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El uso evangélico de los bienes -- Fernando Torres Pérez

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Alandar

En el consejo de redacción de alandar se sienta gente muy variopinta, de diversos orígenes y mundos, de diversos lenguajes y estilos. Salen a borbotones los temas de los que se podría hablar en la revista y generalmente estamos de acuerdo. Pero el tema de este artículo nos hizo discutir y dialogar durante un buen rato. Al primer toque, el tema del “uso evangélico de los bienes” nos sonaba a meditación espiritual para frailes o monjas un poco noños (y que me perdonen los frailes y monjas que leen alandar que seguro que no tienen nada de eso). Por eso, nos hizo falta darle más vueltas.

La Iglesia y los bienes. Primeras ideas

En el diálogo emergieron muchas ideas. Si íbamos a hablar del “uso evangélico de los bienes”, habría que hablar, claro está, de los bienes de la Iglesia. Y allí nos salió de todo: desde las riquezas del Vaticano hasta los palacios episcopales en que todavía viven –o malviven, para ser realistas– algunos obispos.

Desde la crucecita que ahora se nos pide que pongamos en la declaración del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas desde carteles, periódicos y cualquier medio de publicidad de los muchos que hay, hasta el dinero que reciben muchos colegios de religiosos y religiosas en eso que se ha dado en llamar la enseñanza concertada. No nos olvidamos de Gescartera y aquel famoso cura-ecónomo de la diócesis de Valladolid, que muy perspicazmente sacó a tiempo los dineros de la diócesis de aquella inversión tan dudosa. Y salieron algunas congregaciones religiosas femeninas que en aquel pozo sin fondo de ilusiones inversoras que fue Gescartera se dejaron los fondos con que contaban para atender a las necesidades de su misión. Alguno se encargó de dejar claro que el dinero que todavía hoy la Conferencia Episcopal recibe del Estado no revierte en modo alguno en los religiosos y religiosas, que no reciben en cuanto tales un duro, porque aquel dinero se destina exclusivamente a la atención de los curas, seminarios y curias diocesanas. Otro entró en el tema de la existencia de parroquias ricas y parroquias pobres. Porque no es lo mismo una parroquia en el centro de una de las grandes ciudades españolas que una parroquia de barriada. Y no vamos a hablar de las parroquias rurales que yacen en el olvido de la misma manera que el mundo rural español. Algunas tienen fondos para poner aire acondicionado en verano y en otras los curas todavía celebran misa con ornamentos preconciliares por la sencilla razón de que no hay fondos para hacer ni las reparaciones más elementales en el edificio de la iglesia.

El tema da para mucho. Porque la Iglesia en su conjunto, diócesis, religiosos, religiosas, instituciones varias, mueve mucho dinero. Los bancos lo saben bien y algunos disponen casi de un departamento dedicado especialmente a ofrecer sus servicios a las instituciones religiosas, ofreciendo numerosas ventajas, a cambio de poder captar para su banco esos fondos tan apetecibles. Todo eso parece que está, en principio, en contra de cualquier “uso evangélico de los bienes”. Y la vía de la crítica resulta un resbaladero en el que es fácil de caer.

De la Iglesia al cristiano/a pasando por el Evangelio

Pero en algún momento hay que dejar ese camino y reconocer que el Evangelio, además de dirigirse a los demás, se dirige también a nosotros, a cada uno de nosotros. Porque al final, la culpa no puede ser siempre de los demás. Hay un momento en que tenemos que asumir que “yo” soy el responsable de mi vida, que “yo” soy miembro de una comunidad, de una familia, de una sociedad, y que no puedo pasarme la vida echando balones fuera. El “uso evangélico de los bienes” es un tema que me afecta a mí. No nos debe extrañar. Es claro para todos –supongo– que el Evangelio tiene que ver no sólo con una alta espiritualidad –la relación con Dios, con el Abbá de Jesús– sino que esa alta espiritualidad tiene en la mentalidad y en las palabras de Jesús una capacidad increíble y sorprendente para aterrizar en lo más material de la vida humana. Como le dijo Jesús a Zaqueo, que se había subido a un árbol para ver mejor el paisaje: “Baja del árbol, que hoy comeré en tu casa”, en una expresión que hoy
todavía nos hace pensar a todos que Dios tiene la manía de meterse en nuestras cosas y cambiar el orden “establecido” y que Zaqueo, vistas sus palabras en las que prometía devolver lo que había robado, entendió perfectamente.

Por más que a algunos les moleste, el Evangelio tiene mucho que ver con la realidad material, con los bienes y con sus distribución. El Reino que Jesús propone es un reino de fraternidad muy poco espiritual y muy real. Es difícil leer el Evangelio y dejar de lado esta realidad. En Lucas, a poco de empezar, leemos el Magnificat y en él aquello de que el Señor “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. Eso lo dice, según san Lucas, la Virgen María. Al que no le suene a la tan temida por algunos “vuelta a la tortilla” es que está sordo. Podríamos seguir con más textos evangélicos, pero la directora de ALANDAR no me deja alargarme.

Centrémonos en el tema. El “uso evangélico de los bienes” suena irremediablemente a austeridad y pobreza. Llegados a este punto, nos acordamos de los religiosos y religiosas que dicen que hacen voto de pobreza –de nuevo vuelve la tentación del resbaladero de la crítica, porque pertenecen a instituciones en las que no les falta de nada…–. Volvemos a Jesús. Él, naturalmente, debió hacer una “uso evangélico de los bienes”. Pero, ¿fue pobre Jesús? No está tan claro. Más allá de alguna expresión suya bastante exagerada (“Las aves del cielo tienen nido y las zorras madriguera, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza”), que no parece hacer honor a la realidad, la verdad es que Jesús más bien habló –y lo que predicaba lo vivía primero– mucho de no poner la confianza en los bienes materiales y de estar cerca de los más necesitados.

Jesús no se dedicó a arreglar los problemas económicos de su tiempo. No buscó el poder político. No habló de las estructuras sociales que generaban injusticia y desigualdad. No hizo ninguna cosa de esas. Aunque a veces nos cueste reconocerlo, Jesús se dedicó básicamente a hablar de Dios y a actuar como Dios lo haría. Se hizo cercano a todos, especialmente a los más necesitados –pobres, enfermos, marginados–. En su cercanía también tuvo palabras duras, sin complejos ni prudencias pastorales, con los que usaban de su sabiduría y conocimiento de la Ley para oprimir al pueblo de cualquier modo que fuera, incluido el económico. Si en Jesús –y esto es un axioma teológico– todo es revelación de Dios Padre, de su modo de ser para con nosotros, entonces hay que reconocer que su forma de hablar y actuar tiene inevitables consecuencias prácticas para nuestras relaciones sociales y económicas. Así de claro.
Ser seguidores de Jesús nos llevará a asistir a misa con una cierta regularidad. Dicho de otra manera más mejor: a participar en los sacramentos, porque es en ellos donde celebramos nuestra fe y la presencia de Dios que se entremezcla en nuestra vida. Pero la verdad de este Dios encarnado es que su presencia no se limita al mundo de lo “espiritual”. Entra sin tapujos ni vergüenzas en la vida cotidiana, en la escalera de vecinos y en los túneles del metro. Se le encuentra entre los apretujones del autobús o en el colegio electoral a la hora de ir a depositar nuestro voto. Y, por supuesto, en las tiendas en que entramos para hacer la compra o en la información de la cuenta corriente que recibimos periódicamente del banco. Desde que Dios se encarnó, todo lo cotidiano de la vida se ha hecho lugar sagrado de presencia de Dios que nos invita a vivir la fraternidad y la utopía del Reino en todas las dimensiones de nuestra vida.

De hacernos pobres a optar por la justicia

¿Es que nos llama a ser pobres, a hacernos pobres? No lo creo. La pobreza no es ningún ideal de vida. No me creo el mito del pobre bueno y feliz, el que cuentan los que pasan unas semanas conviviendo con alguna tribu que todavía vive como en la edad de piedra y hablan sin parar de lo felices que son aquellas gentes –claro que no cuentan que los niños mueren como chinches y que casi siempre mueren jóvenes–. Los pobres lo son por muchas razones –no es cuestión tampoco de entrar aquí en las causas de la pobreza– pero en ningún caso es la suya una situación ideal. Porque no es lo mismo vivir en la miseria que ser austero. Porque no es lo mismo la capacidad del sabio para vivir en la pobreza que la desesperación del que nunca ha tenido nada y carece de todo.

Lo tengo claro. No quiero ser pobre y creo que los avances conseguidos por la humanidad tienen muchísimos aspectos positivos y que son del Reino. Entiendo a Jesús cuando me dice que no tengo que poner mi confianza en las riquezas. Pero creo que voy a seguir esperando que en este país tengamos un buen sistema sanitario, que funcione el sistema de pensiones, que educarse no sea una tarea inalcanzable por su coste, que haya buenos medios de transporte que nos permitan viajar y disfrutar de las muchísimas cosas hermosas que hay en este mundo creado por Dios. Y tantas otras cosas. No voy a poner mi confianza en los bienes pero espero tener una aspirina a mano cuando me duela la cabeza y un buen vino para celebrar la llegada a mi casa de un amigo.

Lo que pasa es que con el Evangelio en la mano, quiero, deseo, espero –y muchos otros verbos– que eso pueda estar al alcance de todos. No entiendo porque algunos tienen que estar excluidos. Y me comprometo a trabajar y esforzarme para que todos tengan, al menos, parecidas oportunidades. Ya sé –no hace falta que me levanten la voz ni que me miren mal– que un mundo absolutamente igualitario es un sueño. Ya sé que en el mejor de los mundos posibles seguirán haciendo falta cárceles y hospitales psiquiátricos y policía y jueces y rejas.

Pero también sé que lo nuestro es soñar el sueño de Dios, que los creyentes mantenemos viva la esperanza y la ilusión contra toda esperanza, que el Reino sigue siendo para nosotros un banderín de enganche, que su sola mención nos conmueve el corazón. Queremos el Reino con todas las implicaciones terrenas y terrenales que puede tener.

Volvamos al “uso evangélico de los bienes”

Por este camino habría que volver a hablar del “uso evangélico de los bienes”. No se trata de hacerse pobre. Además, es muy difícil, si no imposible, renunciar a nuestra propia educación y cultura. Me atengo a lo que hace muchos años leí en un libro de Leonardo Boff (La vida religiosa en el proceso de liberación, Salamanca 1975). Decía Leonardo a los religiosos latinoamericanos que se asomaban, entonces, al nacimiento de la teología de la liberación, que había hecho de la opción por los pobres la clave central de su construcción teológica, que no se trataba de hacerse pobres sino de “pasarse a los pobres con armas y bagaje”. Decía que religiosos y religiosas que muchas veces habían hecho el juego a la burguesía y a las clases poderosas, debían pasarse al lado de los pobres. No tenían que renunciar a nada. No había que dejar nada atrás sino llevar todo consigo y ponerlo al servicio de la vida de los pobres, de su crecimiento humano, de favorecer una mayor comunión social que ya sería un signo del Reino. Creo que Leonardo hacía una interpretación válida de lo que en nuestros días debe ser el “uso evangélico de los bienes”.

En la práctica eso significa:
1) Reconocerlos como hermanos. No es poco para empezar. Poner nombre y rostro al otro significa convertirle en persona y, para el cristiano, en hermano o hermana. La mirada cambia y, en consecuencia, cambia el trato y cambia la actitud. Eso no significa que seamos tan idealistas que se nos olvide la realidad. Los pobres no son buenos por serlo. A veces son incluso muy malo. Ya le oí a Gustavo Gutiérrez en una conferencia hace muchos años que a él no le gustaría encontrarse por la noche en un callejón oscuro con algunos pobres de la ciudad en que vivía. Pero incluso así son hermanos. Muy importante.

2) Un compromiso real por cambiar esa situación. Cada uno desde su perspectiva, desde sus posibilidades y luces concretas. Cada uno a su modo, si se quiere. Contando con todas las limitaciones que tenemos. Tratando de revisar siempre si en esa lucha se nos están colando intereses egoístas medio inconscientes. Pero comprometidos con la justicia como actitud vital. Respetando los caminos que otros hayan tomado. En la comunidad cristiana habrá quienes opten por unos caminos o por otros. Habrá diversas opciones políticas. Diferentes opciones prácticas. Hay mucho que hacer y no se trata de excluir a nadie sino de aunar fuerzas, de dialogar, de escuchar a los otros, de comprender las diversas opciones, de respetar. Pero con la mano puesta en el arado.

Y revisar nuestra relación con los bienes

Tampoco podemos dejar esta cuestión de lado. Jesús tenía razón cuando nos invitaba a revisar nuestra relación con los bienes. A veces, hablamos mucho de fraternidad, de justicia y cosas por el estilo y, sin embargo, en la vida diaria los bienes, algunos bienes, se nos han ido convirtiendo poco en idolillos en los que hemos ido poniendo nuestra confianza y seguridad. Poco a poco, sin darnos cuenta –o dándonos cuenta que también– esas cosas se han ido interponiendo entre nuestros hermanos y hermanas, necesitados o no, y nosotros. Esas cosas rompen la relación, quiebran la fraternidad, nos aíslan y hacen imposible la construcción del Reino en que decimos que hemos comprometido nuestra vida.

Conviene recordar aquí que algunos documentos eclesiales relativamente recientes han dejado muy claro que la propiedad privada no es un derecho absoluto y que está limitada por la necesidad de los demás. Basta con desempolvar de nuestra biblioteca la Gaudium et Spes, del Vaticano II, o la Populorum Pregressio. No indico los números concretos porque así quizá los volvemos a leer enteros lo que nos vendrá de maravilla. En esos textos queda claro que el mismo concepto de lo mío es muy relativo. Sobre todo cuando lo mío se convierte no en algo a compartir sino en ladrillos para construir el muro sin puertas que afiance nuestra seguridad. Eso no tiene nada que ver con el “uso evangélico de los bienes”.

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