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El que calla, otorga -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Ya traté el tema que voy a exponer hoy, o uno muy parecido, en la entrada «Los pastores no pueden abandonar, ni dejar pisotear, sin poner el grito en el cielo, a los más pobres y afligidos», del 13/04/17, al que me remito como referencia. En él hacía una pequeña paráfrasis del tema de los pastores de Israel, de su estrecho compromiso con sus ovejas, los israelitas, y el respeto y obediencia que, en general, sobre todo cuando las cosas iban bien, los fieles judíos tenían y profesaban a sus profetas. También recordaba las tremendas andanadas, los terribles vituperios que el profeta Ezequiel profirió contra pastores que cuidaban de si mismos, que esquilmaban a sus ovejas, y que no sufrían ni la vergüenza, ni el dolor, de verlas atropelladas y exprimidas por gobernantes sin escrúpulos, pero, eso sí, con mucha codicia y desvergüenza.

El tema de este artículo es mi extrañeza, y del de mis fieles, un pequeño grupo de ellos, que con frecuencia, y con libertad, pero con respeto y estilo nada ofensivo, tratamos de temas actuales, de contenido socio-político, y tanto ellos como yo estamos ingratamente sorprendidos del ruidoso silencia con el que nuestros pastores, los obispos, como colectivo, es decir, la Conferencia Episcopal Española, (CEE), están contemplando, impertérritos, quietos como estatuas, la tremebunda, ¡esta sí!, alarma social que el comportamiento de muchos miembros del partido en el Gobierno, el PP, en puestos de gran responsabilidad en la estructura del Gobierno central, o de las comunidades autonómicas, de fiscales en puestos señalados, como de la Audiencia nacional o de la fiscalía Anticorrupción, se están saltando todas las líneas que demarcan la esencial división de poderes, es decir, están poniendo en serio peligro nuestra Democracia, todavía incipiente y vacilante.

Si a eso sumamos el quebranto patrimonial sufrido en las arcas públicas, por los escándalos de corrupción de los que nos estamos enterando, con el último e inimaginable que ha supuesto un proceso de impureza y contaminación de las otrora puras y cristalinas aguas del Lozoya, servidas con diligencia y seriedad por el Canal de Isabel II, y todo ello , en un tiempo en que muchos de nuestros conciudadanos han sufrido las agruras de una crisis que, por lo visto, a los señores listos y avispados, les ha servido para enriquecerse mientras el pueblo se empobrecía, la alarma social, el estupor, la vergüenza y la indignación, están servidos. Está muy bien hablar de pastoral, pero no es sano ni provechoso hacerlo tanto en el más puro sentido simbólico. Y es de agradecer que haya llegado Francisco para afirmar que es bueno, por lógico y elemental, que los pastores de la Iglesia olamos a oveja. Y que, en caso de apuro y emergencia, luchemos contra el lobo, o los lobos. Pienso que ésta es una de las tareas y encomiendas más claras y meridianas que un pastor de la Iglesia debe de cumplir con sus fieles-ovejas; y nunca, de ninguna manea, dejarlas a la intemperie, o al alcance de lobos feroces y sanguinarios.

Dicen que las comparaciones son odiosas. Siempre he entendido que lo son para el que pierde en ellas de manera clara e indiscutible. En este caso, sospecho que los que pierden son los miembros de la CEE, nuestros obispos. Hagamos la comparativa, que se puede comprobar en cualquier somera lectura de periódicos y medios nada sospechosos de radicalidad:

En la época caótica de las últimas semanas previas a la elecciones norteamericanas, y en las primeras después de la victoria de Donald Trump la Conferencia Episcopal norteamericana recordó, en pronunciamiento oficial y público al electo presidente, que algunas de sus promesas electorales ponían en riesgo las propias esencias democráticas americanas, y que no era preciso apelar al sentimiento mayoritariamente cristiano de la sociedad norteamericana, y del propio presidente electo. Afirmó su preocupación por la suerte de tantos hermanos mejicanos con fuertes raíces en los EE. UU., como en la prohibición indiferenciada de permitir la inmigración de los naturales de diversos países, además de que esta medida podría ir en contra de derechos internacionales proclamados por la ONU. Es decir, los prelados norteamericanos católicos se preocuparon, como pastores diligentes y responsables, por sus actuales y sus posibles ovejas futuras.

Los obispos argentinos, y los brasileños, han expresado en documentos claros y precisos, valientes y preocupados, la injusticia en que viven muchos de sus conciudadanos de ambos lados del río Paraná. Y el episcopado brasileño, la CNBB, (Conferencia Nacional de los obispos de Brasil) han expresado con fuerza, y han denunciado que además de que la corrupción económica de anteriores gobiernos ha continuado, el actual está llevando a cabo un proceso de desmantelamiento de los derechos y libertades que el pueblo brasileño había ido adquiriendo, a duras penas, y despacio. Esta situación, del pueblo de Brasil y de su Gobierno, es sorprendentemente parecida con la que los últimos desmanes en nuestra España dolorida están sucediendo.

Y observando nuestros países europeos, vecinos y veteranos en democracia, como Francia, Holanda, o Alemania, sus correspondientes Conferencia Episcopales se han pronunciado. alertando a los Gobiernos de esos países de la importancia de mantener la justicia distributiva, -en Alemania, aconsejando a Angela Merkel que no mirara a otro lado ante las desigualdades sociales en el país, verdaderamente insignificantes (si comparadas con las nuestras. Y, en Francia, los obispos de la país tan laico, en documento oficial y oportuno, alertaron a sus fieles católicos que votaran en defensa de los valores democráticos y republicanos de la sociedad francesa.)

La pregunta es: ¿Existen, o no, en nuestro país, en España, motivos sólidos, yo diría que hasta urgentes, para que la Conferencia Episcopal Española se preocupase de defender y proteger a sus fieles más desvalidos, a sus ovejas más abandonadas, y denunciar los asaltos no solo a las arcas públicas, sino a la dignidad, credibilidad, y mantenimiento de una Democracia justa y sana? Porque al que calla, ante las tremendas irregularidades, injusticias y ataques al funcionamiento normal, ajustado a la ley, y concorde con la constitución, al que así se comporta, cuando tiene una responsabilidad objetiva de denunciar la injusticia y los desmanes que se vuelven siempre contra los más desfavorecidos y frágiles de los ciudadanos, que debería ser la primera preocupación de los pastores. al que así se comporta bien se le puede aplicar el refrán: EL QUE CALLA, OTORGA.

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