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El Papa y el Pepe -- Agustín Cabré

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Me hubiera gustado ver el apretón de manos entre el Papa y el Pepe. No se pudo dar porque el presidente de Uruguay, Pepe Mujica, no viajó a Roma para asistir al comienzo del “ministerio petrino” de Bergoglio y envió a su vicepresidente. Me hubiera gustado porque son dos personas que se la juegan por los mismos ideales sociales, aunque han estado separados por algo más que la anchura del Río de la Plata: uno en Montevideo y el otro en Buenos Aires.

Uno con un pasado guerrillero y el otro con un pasado jesuita, lo que es parecido pero no es lo mismo. Uno con ancestros paternos españoles y el otro con abuelos italianos. Uno con historia familiar campesina y el otro con pasado ferroviario. Pero quizá e distanciamiento mayor sea el que uno es ateo y el otro es creyente.

Precisamente esa fue la razón que dio el Pepe para no ir a Roma a la investidura papal que se da siempre en una eucaristía: “no somos creyentes y además Uruguay es un estado laico” señaló la esposa del presidente, Lucía Topolansky.
Amplia brecha, por lo tanto, existe entre el Papa y el Pepe.

Pero hay que considerar también lo que los une: la pasión por la humanidad. Y eso, quizá sea mayor que las diferencias. El Pepe ha dado muchas muestras de su preocupación por los marginados sociales y por elevar las condiciones de vida del pueblo. Los llamados al respeto por la creación, al diálogo entre las personas, a la bondad por encima de la violencia, a la cultura del encuentro por sobre las odiosidades, que hizo el Papa en su primer discurso oficial los podría haber firmado también el Pepe con las dos manos.

Ambos se parecen, además, por haber llevado una vida austera, alejada de los oropeles del poder, por sentirse bien en los segundos planos, por la sencillez y la cercanía con toda la gente. El Papa, que ama sus zapatones gastados y el Pepe que odia las corbatas, son más parecidos de lo que puede pensarse. Y la increencia o la fe que los separa, al final del camino se verá que es una sola vía: ni al Pepe ni al Papa le preguntarán si asistieron a Misa sino si miraron y trataron de socorrer las penas de los necesitados de pan y de esperanza (Mateo, 25).

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