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El norte que no existe -- Raúl Zibechi

Publicado en

Brecha, Uruguay
Revueltas y rebeliones
“Indignados” españoles hablan con Brecha de cómo y por qué se gestó el denominado 15M: desconfianza hacia la partidocracia, los bancos, los políticos. Dicen que la gente está hastiada –no sólo en España– de ver cómo se desarman sus sistemas de bienestar social mientras los ricos son más ricos que antes. Defienden la organización espontánea y por asambleas y tratan de hacer visibles no sólo a las clases medias que se vienen abajo sino también a los inmigrantes, a los desempleados, a los jóvenes con título en mano que no les sirve para nada y a los lúmpenes de fuera del sistema. Aquí un panorama del movimiento.

“El 15M produce un efecto político notable: los inmigrantes dejan de ser los culpables de todos los problemas, en particular de la inseguridad y el desempleo. Coloca en el centro a los políticos y al sistema financiero. Es el gran cambio en la conciencia social que ha generado este movimiento”, aseguran Manolo Sáez Bayona y Luis Carmona, activistas del colectivo Baladre, explicando cómo el movimiento de los indignados ha provocado un viraje en la sociedad española.

Hasta ese momento la voz cantante la llevaban los sindicatos, con su retahíla de arengas, paros, marchas y concentraciones, que se desgranaban incluso antes de que los dirigentes terminaran sus discursos. Pero la irrupción de los indignados, con la sorpresiva ocupación de las principales plazas de las ciudades españolas durante semanas, generó ondas expansivas que están removiendo inercias y hasta culturas políticas largamente sedimentadas.

Observando con ojos latinoamericanos, los nuevos movimientos en la península ibérica –también en Grecia e Irlanda– tienen varios rasgos en común con los que, entre las décadas de 1990 y 2000, modificaron la relación de fuerzas en este continente: desde el zapatismo chiapaneco hasta los desocupados de Buenos Aires. “Lo que más me gusta es que la gente hable en primera persona, que salga a mostrar su situación, dejando atrás una cultura política en la que los dirigentes hablaban en nombre de otras o de todas”, se entusiasma Manolo, que siempre utiliza el género femenino.

LA CALLE, LA VIDA. “Aunque esto se termine ya mismo, ha sido maravilloso”, dice Luis, que participa en las asambleas de Valencia, tanto en la ciudad como en la que se formó en su pueblo, Paterna, un suburbio de 60 mil personas en la periferia. “Está sucediendo lo que buscábamos desde hace por lo menos treinta años, que la gente haga ver su realidad, ya sea que se quedó sin trabajo, que le cerraron el ambulatorio del barrio o que lo están por desahuciar por no poder pagar la hipoteca de la vivienda. Hay una ruptura del aislamiento, de la individualidad en la que se habían encerrado.”

El marco preelectoral hizo lo suyo, amplificando un debate que en estos casos suele quedar reducido a los espacios televisivos. Anota Manolo: “Las asambleas duran horas y horas, y hasta días. Hay como un aprendizaje de sentido común, nadie tiene que ir a explicar cómo se hace sino que la misma gente lo hace y pregunta cómo se ha hecho antes. Yo estuve en diez asambleas, sobre todo en Málaga, que es donde vivo. Hay que remontarse a 1980, cuando el movimiento contra la Otan, para encontrar algo apenas similar. Más aun, se habla mucho de los inmigrantes, y se han frenado redadas en Lavapiés, en Madrid, y se impidieron desahucios”.

Luis enfatiza la ruptura con la memoria histórica, algo que impide que la gente encuentre algún hilo entre lo que está haciendo hoy y la resistencia antifranquista y antifascista de la década de 1960. En este punto, las diferencias con la experiencia social latinoamericana son importantes: “El Estado español se ha esmerado en borrar huellas, la transición de la dictadura a la democracia ha sido un canto a una reconciliación inexistente, a escribir nuevas páginas, pero la inmensa mayoría no tiene una lectura alternativa de la transición ni de lo que sucedió en la historia reciente”.

La sorpresa es esa enormidad de personas movilizadas contra el pacto del euro y la Unión Europea que impusieron las recetas neoliberales. “Cuando las grandes asambleas comienzan a agotarse –explica Manolo– se decide ir a los barrios a trabajar con base en ejes temáticos como género, renta básica, consumo, producción, vivienda. Se forma una red muy extensa que se combina con las concentraciones masivas, que busca darle continuidad en cada localidad al movimiento.”

En el pueblo de Luis funciona una asamblea con 80 personas que decidieron trabajar tres ejes: la recuperación de la huerta valenciana abandonada por la especulación inmobiliaria, la solidaridad con los trabajadores municipales despedidos masivamente por la bancarrota de la comuna, y “generar algo que no sean sólo acciones, que sea duradero”. Por ahora, ese “algo” resulta sorprendente en un país europeo y en una gran ciudad como Valencia: “Hemos recuperado espacios para formar a la gente y cultivar para el autoabastecimiento. Cultivamos en tierras alquiladas a bajo precio y en espacios cedidos por campesinos que por su edad ya no pueden cultivar. Las ceden por el placer de ver que haya gente que siga esa tradición”. A su vez, la asamblea de desocupados de su pueblo inició un proceso de formación para generar cooperativas de productores.

Consultados sobre el tipo de personas que participan en el movimiento, tanto Luis como Manolo coinciden en que no se trata de un movimiento juvenil, como podría dar a entender cierto tratamiento mediático. “El promedio es de 25 a 35 años. Se trata de personas que ya han terminado su ciclo formativo. La crisis difuminó el sarampión de sus expectativas, son trabajadores y están de vuelta de las ilusiones de triunfar. Ellos fueron los que iniciaron el movimiento, porque se habían creído aquello del éxito y ahora ven que no tienen futuro. Y son gente muy lúcida, con gran imaginación.”

LOS DE MÁS ABAJO. Los miembros de Baladre, al igual que los indignados, sienten que la centralidad del movimiento está en la calle, pero consideran la acción colectiva como “un mecanismo de reapropiación del espacio para generar relaciones, porque el objetivo es reconstruir el tejido social que este sistema destruye a cada paso”. Parten de constatar que “los sujetos revolucionarios de los sesenta y los setenta se fueron de vacaciones. En cierto momento nos hartamos de los discursos vanguardistas y nos propusimos activar relaciones para visualizar, movilizar y denunciar lo que nos sucede”.

No todo es maravilloso, tercia Luis: “El punto más oscuro es que la gente de los barrios marginados no participa, salvo excepciones. Los más pobres no van a las asambleas, salvo en Madrid, porque en estos años se los ha excluido de todo, sólo sirven de tropa y no sienten que puedan compartir entre iguales”. Manolo dictamina: “Hay un 30 por ciento de excluidos en un país que es una papelera social”.

Pero en los barrios populares madrileños Pozo del Tío Raymundo y Vallecas los llamados marginados se han involucrado en las asambleas de los indignados. Quizá porque, como dice Manolo, desde hace años viene trabajando una coordinación que agrupa al sindicato libertario cgt, Ecologistas en Acción, colectivos de mujeres y Baladre, con el objetivo de “trabajar abajo y a la izquierda, sin integrarnos al altermundialismo con el que no sintonizamos, para articular dinámicas de visualización y denuncia”.

Sin embargo, su forma de hacer política es distinta a la de las clases medias ilustradas. “Es políticamente incorrecta y se da un choque de culturas que viene generando problemas en muchas asambleas. Se producen choques porque la forma de funcionar y de hablar son distintas, los marginados toman alcohol y son menos higiénicos. Es el tema de todas las asambleas y en muchas es un tema no resuelto. Queremos que se visualicen esas diferencias, porque aparece el discurso del lumpen, y ese 30 por ciento excluido que se supone que nunca va a participar pero cuando lo hace pasan cosas…”, dice Luis dejando la frase en el aire.

20 DE NOVIEMBRE. Nadie sabe cómo seguirán las cosas luego de las elecciones anticipadas del 20 de noviembre, convocadas por el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, en las que es muy probable que la derecha del Partido Popular retorne a La Moncloa. Lo que es seguro es que la crisis seguirá allí, imperturbable, profundizando la grieta social que se venía cocinando a fuego lento desde que en los noventa se comenzó a desmorrugar el Estado de bienestar al que finalmente se lo fumó la especulación financiera.

Los partidos de izquierda intentan surfear sobre el movimiento. Con cautela, porque pueden provocar efectos contrarios. Los sindicatos, Comisiones Obreras y ugt, se abstienen de aparecer en las asambleas y concentraciones “porque también son motivo de indignación”. Unos cuantos intelectuales participan en diversas instancias del movimiento, pero otros que van menos ya han publicado hasta seis libros en los que suelen hablar en nombre del movimiento, algo que alimenta la indignación.

Consultados sobre el futuro del movimiento, Manolo y Luis no ocultan su entusiasmo, quizá excesivo, porque piensan que al no haberse dotado de una organización centralizada y estructurada, no será posible cooptarlo. “Al no existir un cuerpo colectivo organizativo, y al tratarse más de una dinámica de islas conectadas de modo informal y no representativa para tomar decisiones en cada realidad concreta, creemos que el poder tendrá dificultades para poder reconducirlo.”

Se trata de actuar de forma simultánea en diferentes lugares con objetivos similares. Hasta ahora han podido articular cientos de actividades, desde las masivas ocupaciones de plazas hasta el apoyo a inmigrantes sin papeles a punto de ser expulsados. Nadie puede asegurar que el tiempo no los desgaste.

UNA NUEVA ETAPA. Además de la crisis económica y financiera, algo más de fondo ha cambiado en el país. La impronta de eta ya no tiene el poder de polarizar, y paralizar, como lo tuvo durante dos largas décadas. Una parte sustancial de los independentistas vascos optaron por dar la espalda a la vía armada y crearon Bildu, que en su primera aparición electoral se convirtió en la mayor fuerza política municipal.

Lo cierto es que luego de movimientos de la envergadura del 15M “hay cosas que no se conciben igual: por ejemplo el desprestigio de los políticos y el deseo de conocer en qué mundo financiero estamos o por qué hay que rescatar a los bancos; o sea la deslegitimación de la partidocracia y el saber qué está pasando con la economía. La gente empieza a asumir su vida. Paran un poco la locura cotidiana para ver qué hacer”.

Intelectuales enojados
Allá y acá, peor que los padres

Para los que alguna vez pensaron que el neoliberalismo era un fenómeno del Tercer Mundo, la reflexión de algunos intelectuales sobre lo que sucede en Londres, Madrid, Atenas, Tel Aviv, El Cairo y Santiago muestra que las diferencias entre Norte y Sur son cada vez menos evidentes.

“En 1980, antes del neoliberalismo, en Nueva York el 1 por ciento más rico se apropiaba del 12 por ciento de la renta de la ciudad. Hoy, ese 1 por ciento se queda con el 44 por ciento”, explica la socióloga holandesa naturalizada estadounidense Saskia Sassen al diario O Estado de São Paulo (14 de agosto). Y continúa: “La economía robó a esos jóvenes un futuro razonable, y el sistema político les robó la voz política, la capacidad de ser escuchados”. Por eso la calle es el único espacio posible para quienes no pueden utilizar su voz.

Un proceso que en las grandes ciudades del mundo comienza en la década de 1980, cuando la especulación inmobiliaria expulsó a los habitantes tradicionales de los centros urbanos para confinarlos en periferias escasas de servicios. En paralelo, “la globalización empobreció a las clases medias y agravó la situación de los pobres, ya que en 30 años la mitad de la población mundial perdió ingresos”, que fueron capturados por los más ricos.

La conclusión es tan clara como aterradora: una generación entera, quizás dos, “tendrán una vida peor que la de sus padres”, algo para lo cual la humanidad no estaba preparada. Es el capitalismo “desenfrenadamente salvaje” que denuncia el geógrafo estadounidense David Harvey (Counterpunch, 12 de agosto), quien asegura que ya no es posible “encontrar un capitalista honesto, un banquero honesto, un político honesto o un comisario de policía honesto”. En referencia a los alborotadores y saqueadores de Londres señala que “sólo están haciendo lo que hacen los demás”.

Tariq Alí cree que en su país, Inglaterra, se trata de desmontar el sistema neoliberal antes de que arrase aun con más gente. Critica a jueces y magistrados que castigan con severidad a los jóvenes revoltosos, “pero nunca se han cuestionado seriamente que no haya un solo encausamiento judicial en marcha por las más de mil muertes que se han producido desde 1990 entre ciudadanos detenidos por la policía” (Página 12, 14 de agosto). El gatillo fácil ya no es patrimonio de las corruptas policías del Sur.

El portugués Boaventura de Sousa Santos denuncia que las sociedades contemporáneas están generando un “combustible altamente inflamable que fluye por los subsuelos de la vida colectiva” (Página 12, 15 de agosto). En su opinión se trata de desigualdad, mercantilización de la vida, racismo y secuestro de la democracia. Para quienes crean que los megaoperativos y la ocupación de barrios “problemáticos” es patrimonio de las políticas de los gobiernos del Sur, vale la siguiente descripción: “En nuestras ciudades un joven negro vive cotidianamente bajo una sospecha social que existe independientemente de lo que él o ella sea o haga”.

Ahora que sabemos que el Norte ya no existe –tanto en el sentido material como en el simbólico–, podemos intuir que esas formas de protesta dejaron de pertenecer a un locus determinado. Sería deseable que la indignación de los intelectuales, que a menudo va de la mano de su compromiso social y político, se difunda por el mundo hasta volverse otra vez parte del sentido común.

Baladre, adelfa, laurel en flor
Nacer en la basura

Enfatizan que no son coordinadora sino coordinación, porque rechazan la institucionalización, la división entre mayorías y minorías aun de una manera informal. “Nos relacionamos de modo horizontal y la coordinación existe en la medida que hay encuentro, pero nadie está obligado a desarrollar lo que una parte decide. Coordinadora es más una institucionalización, la regularización de la pertenencia y la centralidad.”

No parten de una teoría sino que llegaron a teorizar lo que vienen haciendo desde tiempo atrás, una suerte de cultura política “que recoge el poder estar en la medida que los vínculos y los deseos lo permitan”. Sin táctica ni estrategia y, por tanto, sin dirigentes ni dirigidos.

“Baladre” sustituye un nombre impronunciable y menos aun traducible a la escritura: “Coordinación de Personas y Grupos del Estado Español en la Lucha contra el Paro y la Pobreza”. “Significa adelfa o laurel en flor y tiene varias ventajas: se dice igual en vasco y en catalán, tiene flores blancas, lilas y rosas, crece en la basura y cuando quieres agarrarla resulta que es venenosa”, dice uno de los participantes.

Ya tienen 30 años: “Si somos alguna cosa, que no somos nada, es la idea firme de que hay que sacar a la luz pública las cuestiones sociales, todo lo humano, y mostrar el fracaso del capitalismo. Para hacer visible a la gente que vive en la calle, dormimos en calle, y mostramos esa miseria del sistema”.

(Información recibida de la Red Mundial de Comunidades eclesiales de base)

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