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El laicismo y Benedicto XVI -- José Eduardo Muñoz Negro

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Diario de Sevilla

ME pregunto desde el respeto y la distancia crítica sobre la utilidad y el significado del viaje del Papa a España. Se ha ido envuelto en la polémica, encorsetado entre dos extremos, el de un falso laicismo, excluyente de la dimensión pública de la religión por un lado, y cierto clericalismo que pretende la tutela de la sociedad española por otro. Ambos se alimentan de una dialéctica de negación del otro y recrean dos polos emocionales con un claro significado político.

Paradójicamente, a ambos les une un profundo desconocimiento de las más modernas
reflexiones sobre el hecho religioso. Unos han reducido la religión a sus aspectos más patológicos y otros han sustituido lo evangélico por una ideología conservadora del poder. Cabe preguntarse, por tanto, si la visita papal ha servido para facilitar el desarrollo de un laicismo incluyente donde diferentes visiones se puedan encontrar, o al menos respetarse; o bien, su presencia ha reforzado una dialéctica de enfrentamiento y polarización.

El Papa es un intelectual que se mueve mejor en un debate académico que en la escena pública, sus intervenciones públicas están sometidas a la tergiversación y al exceso interpretativo permanente, suscitan reacciones más viscerales que racionales. Sin embargo, sus posiciones son complejas, independientemente del juicio que a cada uno le supongan. Paradigmático en ese sentido fue el debate del 19 de enero del 2004, entre el entonces cardenal Ratzinger y el filósofo de la modernidad Jürgen Habermas.

Se abordaron en él los temas de la dialéctica de la secularización. Ratzinger defendía la importancia de que el Estado y la democracia se atengan a una moral objetiva, Habermas subrayaba la necesidad de que la religión haga aportaciones racionales al debate público.

Salvando las dificultades que plantea una moral «objetiva», es evidente la absoluta necesidad de una ética civil, pública y laica. Una ética mínima válida para todos, religiosos o no. Algunos como el teólogo suizo Hans Küng la han llamado ética global y otros, como el también teólogo Leonardo Boff, ética planetaria. Las religiones deben realizar aportaciones racionales a ese debate público, y no solamente eso, sino que también vehiculan aspectos «no racionales» que sólo pueden ser entendidos desde el lenguaje religioso.

Aportan motivos para la acción ética y solidaria. La cuestión es si la Iglesia católica está en disposición de realizar esas aportaciones o está en un claro fuera de juego cultural. En este sentido, dar por supuesto que la sociedad es cristiana no aporta nada, más bien bloquea las posibilidades de diálogo.

Hay que asumir de una vez por todas la autonomía de la sociedad con respecto a la Iglesia. Pero, por otro lado, no se puede negar el carácter público de la religión, no es una cuestión privada, sino
pública, la libertad religiosa y de conciencia es una libertad pública, reconocida por la Constitución; sería necesario que la futura ley de libertad de conciencia tuviera el máximo consenso posible.

Por parte de la Iglesia católica, la real politik vaticana con respecto al laicismo parece ser la de «a Dios rogando y con el mazo dando». Existe una gran distancia entre el espíritu y la letra del Concilio Vaticano II y la situación actual. Hay un doble juego entre una Conferencia Episcopal española, que con frecuencia es injusta con el Gobierno, y un Vaticano que juega a ser más diplomático y prudente. El doble papel del Papa como líder religioso y jefe de Estado tampoco ayuda en absoluto a su función religiosa, ambos deberían deslindarse totalmente, la confusión en ese sentido es permanente.

A pesar de los esfuerzos teológicos de los últimos 40 años, se sigue funcionando con un concepto clericalizado de Iglesia, una eclesiología anticuada sigue bloqueando el desarrollo de un cristianismo laico que se mueva sin complejos, ni de superioridad ni de inferioridad, en la escena pública. Se silencia, se excluye o se ignora a los que están en condiciones de realizar esa tarea, sustituyendo el laicado por una aglomeración de movimientos neoconservadores que sirven para ocupar las calles y para marcar las distancias en temas de familia y bioéticos, mientras en las «fronteras» se permite, no sin fiscalización permanente, que otros elaboren otro discurso.

Ha habido un desplazamiento desde los temas de justicia social y de diálogo entre la fe y la cultura a un tratamiento de los temas bioéticos que refuerza el conflicto y la polarización. El uso y el abuso de este tipo de discurso sobre la familia, la mujer, el aborto o la homosexualidad parece que más que buscar la verdad sirve para ver quién es «cristiano viejo», quién es cristiano de verdad y quién no.

Sirve como perímetro de seguridad ideológico que cierra las fronteras exteriores e interiores. Todo esto ha empujado a amplios sectores de la Iglesia de base a coquetear con cierto laicismo
excluyente, con el consiguiente riesgo de acabar siendo los «tontos útiles» del mismo.

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