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EL JÚBILO DE LA PREJUBILACIÓN…A PESAR DE TODO. Jairo del Agua

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Somac

Me piden que os escriba sobre la prejubilación. Me resisto a utilizar esa palabreja que no responde a mi situación real ni legal. Si acaso, parado retribuido, asalariado vacacional o trabajador emérito. En mi antigua empresa estoy catalogado como excedente especial, es decir, sobrante. Y es que está de moda en las grandes empresas, sobre todo en los Bancos, el prescindir de los trabajadores más o menos entrados en la cincuentena. Esa expresión genérica y popular de «prejubilación» recoge muy distintas situaciones bajo el denominador común de «no trabajas y cobras» hasta que puedas jubilarte legalmente.

Esta realidad tiene su cara y su cruz. La cruz es verte tratado como un mueble viejo. No importa si eres una magnífica silla isabelina o un bargueño de caoba. Te sustituyen por otros más funcionales y más baratos. Tampoco importa si has dado tu vida por la empresa en larguísimas jornadas de 10 ó 12 horas diarias, con harto sacrificio personal y de la familia, que ha sufrido tu ausencia. No cuenta tu maduración personal, tu experiencia profesional, tus cualidades humanas, ni siquiera tu salud. Se presupone que estás quemado, destensado, acabado.

Después está la «dictadura del miedo», mucho más grave. Si no aceptas la prejubilación «voluntaria», pueden ocurrirte diversos males según la política y el descaro de la empresa. Pueden amenazarte con despedirte y ¡ya nos veremos en los tribunales! Pueden acosarte con continuos traslados, hasta que pidas árnica. Pueden despojarte de cualquier signo de categoría laboral: el despachillo, los poderes, el cargo, el aparcamiento, etc… hasta que la humillación te ahoga. Pueden simplemente dejarte sin actividad alguna, leyendo el periódico toda la jornada, hasta que te venza el aburrimiento.

A este particular calvario, más o menos prolongado en función de lo que tardes en firmar, hay que añadir la «disminución y congelación salarial». No importa si faltan 8, 10, o más años, para la jubilación real y, por tanto, para las actualizaciones anuales del coste de la vida. Te lanzan en paracaídas sin garantía alguna de que te dure hasta el suelo. Si una inflación galopante disuelve el paracaídas y te estrellas en la miseria, eso es cosa tuya, la empresa no asume ningún riesgo sobre tu futuro.

Pero esa prematura situación de holganza tiene también su buena cara. Se resume en dos palabras: tiempo y paz. Frente a las larguísimas jornadas laborales, te encuentras ahora con que el tiempo es casi todo tuyo. Frente al estrés de las tensiones laborales de diverso origen, te encuentras ahora contigo mismo, en el silencio de la casa o de la naturaleza, paladeando tu paz interior, si has venido cultivándola de una u otra forma. Ya no cabe excusa para dedicar tiempo a los tuyos, para «hacer familia», como dice el bisabuelo Francisco, hombre muy anciano y muy sabio, cuya sencillez de adobe y vino bueno ha sido coronada con esa sabiduría evangélica, patrimonio de la gente sencilla.

En esta nueva situación el problema radica principalmente en la administración del tiempo. Si has vivido sólo hacia fuera y has penalizado el mundo interior, puede que el aburrimiento te clave los dientes o se te haga inaguantable la respiración del reloj. Hay quien se deprime y envejece prematuramente.

Si has vivido la apertura a tu realidad interior bajo la piel de la prisa, ahora descubres un tiempo para leer, para escribir, para escuchar, para observar, para profundizar, para orar sin prisas, para contrastar tu vocación con lo que realmente pudiste hacer en la vida, para retomar tus sueños… Tengo un compañero, más joven que yo, que ha iniciado la carrera de Medicina con la firme decisión de ejercerla. Otros colaboran con alguna ONG y otros están reencontrándose con los familiares dispersados por los avatares de la vida. Algunos han decidido restaurar la vieja casa rural y vivir en el campo.

Casi todos, al llegar esta situación, nos miramos los pies y las manos. Nos asaltan inexorables preguntas: ¿Por dónde he caminado? ¿A dónde me han llevado mis pasos? ¿Están mis manos llenas o vacías, sucias o limpias? Ya no vale apoyarse en el reconocimiento de la empresa porque se convirtió en recuerdo, se esfumó. No puedes seguir encaramado sobre tu imagen profesional porque el puesto, conseguido con harto esfuerzo, lo ha ocupado otro y ya no eres nadie. El afán de ganar más se ha frustrado con el descenso de ingresos y la congelación. Sólo te queda la esperanza de reorientar tus pasos, de caminar hacia tu misión si antes no pudiste alcanzarla. Sólo te queda el gozo de dar a los otros esa riqueza interior que, tal vez, no aprovechó tu empresa porque sólo se interesó por tus manos fabriles o por tu cabeza disecada por sus rutinas.

Particularmente a mí me apasiona ayudar al hombre a ser hombre, sembrar humanidad en este mundo tan necesitado de encontrar su identidad. Prejubilado sí, inactivo no. Me quedan unas manos abiertas para ayudar a otros en lo que pueda. Eso no me lo pueden congelar. Cuanto más ayudo, más se abren y llenan mis manos, más se acelera el caudal del manantial interior que rebosa por mis manos abiertas. Empiezo a experimentar que esa es la mejor forma de vivir la alegría, el júbilo de la prematura jubilación.

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