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El futuro del socialismo -- P. José Comblin

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Reflexión y Liberación

El imaginario socialista va a prosperar de nuevo. Las consecuencias nefastas del neoliberalismo se manifiestan cada vez con más virulencia. Las instituciones financieras internacionales -FMI, Banco Mundial, OMC…- están cada vez más desacreditadas. El prestigio de EEUU nunca fue tan bajo.

En el siglo XIX aparecieron varias teorías sobre el socialismo. Los autores parecían tener una concepción muy clara del mismo. Marx era el menos definido, en cuanto al método para llegar al socialismo. De modo general, la idea básica era que se debía quitar a la burguesía la propiedad de los medios de producción para entregarla a los trabajadores. Los medios de producción eran las fábricas, con las máquinas.

El camino era la nacionalización de las fábricas, para que los medios de producción fuesen entregados a los trabajadores. Había variantes, pero esta era la idea básica. De ese modo acabaría la explotación de los trabajadores, y estos serían capaces de dirigir la producción de la manera más ventajosa para toda la sociedad. Esta idea estaba en la base de la Comuna de París en 1871, pero la Comuna fue vencida por las fuerzas conservadoras y hubo una represión sangrienta. Millares de obreros fueron fusilados. En el s. XIX el socialismo era revolucionario porque cambiaba completamente las relaciones de clase en la sociedad. En aquel tiempo el objeto de la revolución era precisamente esa transformación de la relación de clases.

En el s. XX el socialismo se dividió entre un ala revolucionaria y un ala reformista. Esta era la de la segunda internacional, y la revolucionaria, la tercera internacional. Ni el socialismo revolucionario ni el socialismo reformista quisieron entregar la economía a los obreros. En la Unión llamada soviética, los soviets duraron apenas algunos meses, y no hubo ni tiempo para montar una organización que pudiese dirigir la producción. Vino Stalin, que estatalizó toda la economía, la tierra y la industria, el comercio y el transporte. Todo fue centralizado y dirigido por una burocracia estatal. El mismo modelo fue establecido en los países que adoptaron el comunismo de tipo ruso. En esta concepción, socialismo quiere decir propiedad en las manos del Estado y dirección de la economía por el Estado.

El modelo ruso cayó al final de la década de los 80 y dejó el recuerdo de un modelo de propiedad concentrado en las manos del Estado. Ya que fue abandonado por la élite dirigente de Rusia que adoptó el modelo capitalista, el modelo socialista revolucionario quedó muy desprestigiado. El modelo todavía subsiste en Cuba, a pesar de los problemas causado por la transformación del mundo soviético. Incluso así, el régimen cubano ha tenido que hacer concesiones al capitalismo, sobre todo en el turismo. En Asia y en Africa subsisten regímenes que todavía se reclaman socialistas, pero que practican un capitalismo exacerbado dentro de un Estado dictatorial. El único país fiel a la revolución comunista es Corea del Norte.

En los años 80 del siglo XX triunfa el hipercapitalismo del modelo neoliberal. La invasión fue un tsunami. El neoliberalismo conquistó las clases dirigentes de casi todo el mundo, y casi todos los medios de comunicación. Conquistó las universidades y dominó en casi todos los gobiernos llamados democráticos… Fue adoptado por casi todos los economistas. Fue adoptado también por los partidos que todavía se dicen socialistas o social-democrátas. Lionel Jospin, el último Primer Ministro socialista de Francia, ni se atrevía a pronunciar la palabra “obrero”. En Brasil, el social-demócrata Fernando Enrique Cardoso, practicó el más puro neoliberalismo.

Con estas condiciones, el socialismo quedó totalmente desprestigiado. Hasta el año 2000 ningún intelectual se atrevía todavía a pronunciar la palabra “socialismo”. Habría sido considerado un troglodita.

A partir de 2000 comenzaron a organizarse grandes manifestaciones internacionales de oposición en los lugares en que se reunían los sietes dirigentes de la economía mundial. En 2001 comienza la serie de las reuniones del Foro Social Mundial en Porto Alegre, Brasil. Decenas de miles de militantes o de intelectuales del mundo entero se reúnen para expresar su rechazo del modelo neoliberal dominante. Las críticas comienzan a aparecer públicamente. Los medios de comunicación tratan de evitar que se hable del asunto, pero no es posible hacer que las críticas sean ignoradas. Aparecen también las críticas de altos funcionarios o ex-altos funcionarios de las grandes instituciones mundiales que habían impuesto el neoliberalismo, como el FMI, el Banco Mundial, la OMC…

Salen muchas publicaciones que hacen comentarios sobre el “pos-capitalismo” o “pos-neoliberalismo”. Demuestran todas las consecuencias funestas del neoliberalismo, que había prometido un desarrollo para todos: aumento de las desigualdades socales, ajuste salarial, crecimiento del desempleo, aumento de la economía informal, presión política contra las leyes sociales, favelización de las grandes ciudades… Hubo un gran desarrollo económico, pero sólo algunos beneficiados.

Por otra parte, la palabra socialismo continúa siendo una palabra tabú incluso entre los más críticos del sistema neoliberal… ¿Por qué esa resistencia?

En primer lugar, hoy día asusta más que antaño la cuestión que se planteó Lenin: ¿Es posible el socialismo en un solo país? Lenin ya estaba embarcado, y tenía que hacer su apuesta a favor de la posibilidad. Sin embargo, a medio plazo, la presión ideológica del capitalismo fue tan fuerte que los propios dirigentes de la Unión Soviética dejaron de creer en el socialismo.

Los primeros socialistas tenían la certeza de que una sociedad socialista crearía una economía más fuerte que la del capitalismo. Esto no se dio. Pues el capitalismo reserva todos los recursos humanos y financieros para progresar indefinidamente. Reserva menos recursos para los trabajadores. Un régimen socialista presta más atención a los trabajadores y dispone de menos recursos para vencer en una competencia desenfrenada como aquella que domina a la sociedad hoy en día. La misma Unión Soviética tuvo que renunciar al socialismo y practicar un capitalismo de Estado, e incluso así no fue capaz de seguir el ritmo de Estados Unidos.

Una parte cada vez más importante de la economía mundial pertenece a las grandes corporaciones transnacionales. Estas trabajan con componentes que proceden de muchos países diferentes. Nacionalizar una fábrica que fabrica algunos componentes aislados no podría traer ninguna ventaja, porque esa fabrica no podría vender nada. Los gobiernos nacionales dependen de las multinacionales que dominan la agricultura, la industria, el comercio, los medios de comunicación, el transporte. Solo una institución mundial podría imponer condiciones a las multinacionales.

Un país depende cada vez más de los mercados mundiales. Un país socialista aislado tiene que pasar por restricciones importantes. En Cuba fue posible conseguirlo porque en el momento de la revolución casi un millón de cubanos, toda la burguesía huyeron a Miami. Pensaron que iban a poder volver enseguida, porque el régimen de Fidel Castro iba a caer después de poco tiempo. No cayó, y ellos todavía están en Miami. La ausencia de toda esa clase superior hizo que no se articulara un movimiento de oposición con fuerza dentro del país. Difícil que algo semejante vuelva a ocurrir.

Todavía no existe ningún país con una democracia de participación, ningún país de soviets. Por eso resulta difícil hacer previsiones mínimamente concretas.

Todo eso, y muchas otras consideraciones, hacen que sea muy difícil decir en qué consistiría un socialismo. Por ello es por lo que muchos hablan de un “poscapitalismo”, sin decir en que consistiría.

Muchos consideran socialismo un régimen en el que se realiza la jubilación, la gratuidad de los servicios de salud, la gratuidad de la enseñanza al alcance de los más pobres, un programa de vivienda popular, un sistema de transporte barato financiado por la municipalidad, salarios dignos… Todo eso ya fue realizado por la socialdemocracia, o sea, por un reformismo… Todo eso también es combatido por el neoliberalismo considerándolo un obstáculo al aumento de la productividad y a la libre competencia.

La oposiciones al neoliberalismo luchan contra el vaciamiento de esas leyes sociales que proceden del reformismo social demócrata. Es tan más a la defensiva que a la ofensiva. Ocurre que esas leyes sociales nunca fueron aprobadas en EEUU, que quiere imponer su modelo a todos los países. Es un socialismo a la defensiva.

Una economía más participativa exigiría acuerdos mundiales con una autoridad mundial encargada de su aplicación. Mientras, Estados Unidos ejerce una dominación casi total en la economía mundial, y nunca va a tolerar medidas que puedan crear obligaciones a sus empresas. Estamos pensando en la época siguiente, cuando el poder de EEUU quede equilibrado por otros poderes. Incluso en ese caso, EEUU podría tomar la iniciativa de una nueva guerra fría.

Ante estas dificultades Fidel Castro siempre repite que él no tiene consejo ni orientación para dar, y que no tiene receta para otros países.

En América Latina la última tentativa de socialismo clásico, según los doctores socialistas, fue el gobierno de Salvador Allende, en Chile. Nunca se sabrá si el régimen era sostenible o no. En todo caso la oposición de la burguesía fue tan fuerte, que consiguió un golpe militar para acabar con la experiencia. La conclusión fue que ningún socialismo sería posible sin la colaboración o el consenso de las Fuerzas Armadas… En los países latinoamericanos que conocieron algunas transformaciones sociales, aunque limitadas, Perú y Ecuador, los militares ocupaban el poder, eran más nacionalistas que en otros países. El papel de las Fuerzas Armadas es prioritario en América Latina. En África es más fuerte todavía. Y en Asia también es decisivo.

Por eso, no es de extrañar que el socialismo reaparezca en la esfera del poder en Venezuela gracias a un militar. Un civil nunca podría hacer lo que Hugo Chávez está haciendo. El ejército no lo permitiría. Con Chávez la palabra “socialismo” reaparece en el mundo político. Salió de las minorías minúsculas en que quedó confinada durante casi treinta años. Chávez se proclama socialista y afirma querer instalar una sociedad socialista.

Sin embargo, el socialismo no es el elemento principal de su ideología. La palabra dominante de su ideología es el bolivarianismo. Ha dado al país el nombre de república “bolivariana”, no “socialista”.

El bolivarianismo es un nacionalismo de tradición latinoamericana, consciente de que el enemigo principal es Estados Unidos. El bolivarianismo procura organizar una comunidad latinoamericana, o por lo menos sudamericana, independiente de EEUU. En política interior toma como prioridades la educación popular, la salud pública, la vivienda, la reforma agraria. Estas son las prioridades del reformismo social-demócrata.

La mayor batalla de Chávez fue la recuperación del dominio sobre el petróleo, la gran riqueza nacional, que estaba en manos de una administración corrupta. El bolivarianismo no toca los bancos, ni las industrias, ni los medios de comunicación que permanecen en las manos de la burguesía. No se toca la propiedad privada, salvo en la propiedad de la tierra. A este respecto, el socialismo queda proyectado hacia el futuro.

Los impacientes querían que el socialismo dejase de ser una promesa. Querían medidas ya. Por ahora no se habla de eso. Chávez está construyendo una sociedad popular paralela a la sociedad capitalista que se mantiene. Incluso así, afronta una oposición radical. Pero con los recursos del petróleo puede hacer muchas realizaciones sociales, que mejoran la condición de las masas populares. No necesita socializar la propiedad de los bancos, ni de la industria, ni de los medios de comunicación. El pueblo no desea tanto. Sus expectativas son más limitadas. Pero el bolivarianismo de Chavéz ha abierto las puertas al imaginario socialista.

Ni Evo Morales en Bolivia, ni Rafael Correa en Ecuador adoptan el lenguaje socialista. Anuncian una transformación radical de la sociedad, pero las transformaciones realizadas no pasan del reformismo. Ambos recuperan el dominio sobre el petróleo y el gas. En esto son nacionalistas.

En Brasil, Lula, y en Argentina Néstor Kirchner conquistaron los más altos niveles d e popularidad sin recurrir a la palabra “socialismo”. Saben que las masas populares de hoy no entran en el imaginario socialista.

Pero este imaginario vuelve a la visibilidad. El tema de la lucha de clases no se destaca. Por cierto, la vuelta al marxismo todavía no ha tenido lugar. El nuevo socialismo es más de tipo utópico, pre-marxista. Es el anuncio de una sociedad de iguales, de participación de todos, de una economía al servicio del pueblo, de una educación popular desarrollada que reúne a todos los ciudadanos. Como los sistemas de principios del siglo XIX, el socialismo es ante todo una ética social. No ofrece un modelo de sociedad nueva, con nueva economía, nueva política, nueva educación. Todo sucede como si todavía no se dieran las condiciones objetivas que tornarían factible esa nueva sociedad. El socialismo es un humanismo. Pero no ofrece una revolución.

Consciente o inconscientemente, todos se acuerdan de la historia del socialismo en Rusia. Cuando los bolcheviques tomaron el poder, no supieron qué hacer con ese poder. Perdieron de vista las masas como sujetos de la revolución. Constituyeron un modelo de modernización forzada dirigida por el Estado. Crearon una inmensa burocracia que no deba idea de aquello que podría ser un socialismo. Pero el partido comunista de la Unión Soviética procuró dominar el imaginario socialista. Se presentó como la realización del socialismo, lo que desacreditó el imaginario socialista en grandes capas de la población, e impidió que remultiplicase en las nuevas masas populares. El resultado fue que muchos partidos conservaron el adjetivo de “socialistas”, siendo ultracapitalistas en su programa y en su actuar político. El imaginario había sido confinado a algunos círculos muy restrictos.

Estimulado por Hugo Chávez, el imaginario socialista reaparece, aunque de modo todavía bien moderado, hasta ahora.

Este imaginario se inspira más en la figura del Che Guevara que en la figura de Lenin. En esto se nota que hay una tradición latinoamericana que tiene una figura ideal. Más que la ideología, lo que atrae es el héroe, el Che. El representa un socialismo humanista, puro, exigente, radical. Podría ser un humanismo cristiano, si no fuese ateo… El socialismo sería una sociedad de hermanos, que comparten todo, son austeros, pero intransigentes en los principios: una sociedad heroica, tan bien representada por la muerte del héroe. El Che es un revolucionario puro, que no hace ninguna concesión al capitalismo. Es tan puro que muere en la lucha por la revolución mundial. Incluso los que no se sienten socialistas adoptan al Che como la imagen ideal del ser humano. El ocupa el lugar propio de los santos en la cristiandad. La renovación del imaginario socialista no podía dejar de ser también un nuevo crecimiento del ideal del Che.

El imaginario socialista va a prosperar de nuevo. Las consecuencias nefastas del neoliberalismo se manifiestan cada vez con más virulencia. Las instituciones financieras internacionales -FMI, Banco Mundial, OMC…- están cada vez más desacreditadas. El prestigio de EEUU nunca fue tan bajo. El fracaso criminal en Irak, la política de exterminio del pueblo palestino por parte de Israel… hacen que EEUU esté cada vez más aislado. Ha surgido una nueva opinión pública que se siente indignada por la política de G. Bush.

Ante esta situación, el socialismo aparece como anti-Bush, o antineoliberalismo, la única alternativa. Ciertamente, el imaginario socialista va a crecer. Sin embargo, será difícil dar un contenido a ese socialismo. ¿Cuál sería la alternativa económica a la presente situación del mundo? ¿Qué sería una alternativa socialista hoy día? Volviendo la mirada a las potencias del futuro, China e India, nos quedamos perplejos. Ambos países pasaron por fases del socialismo, o, por lo menos, de un discurso socialista. Pero el contenido real que dieron al socialismo, nos preocupa un poco. El futuro de la humanidad, ¿sería una sociedad china o la sociedad india? Está claro que será determinante su papel al final de este siglo. ¿Qué pensar de esta perspectiva?

¿Podría ser América Latina una alternativa? ¿Podría ofrecer otra versión del socialismo? No sé decir.

¿Cuál será la posición de la Iglesia al respecto? Benedicto XVI ya ha hecho fuertes críticas al sistema mundial dominante. Hasta ahora se ha quedado en un nivel muy general y no ha estimulado a los católicos a entrar en los movimientos de transformación social.

La Asamblea de Aparecida ha proclamado un apoyo muy entusiasta al sistema democrático que se instaló después de la caída de los gobiernos militares. Ese entusiasmo por la democracia no deja de ser un poco sospechoso. Se manifiesta en el momento en que se multiplican las críticas a la manera como funciona la llamada democracia latinoamericana. La sospecha aumenta cuando el documento hace serias advertencias al gobierno de Venezuela y a los que siguen su mismo camino. No cita a Venezuela, pero el texto está claro.

Ahora bien, el episcopado estuvo en la cabeza del golpe que quiso deponer al presidente Chávez, elegido de acuerdo con as reglas de la democracia establecida. El cardenal fue el primero en reconocer al jefe de los rebeldes como nuevo presidente. Y la Nunciatura estaba apoyando. La sospecha aumenta cuando se sabe que la jerarquía venezolana nada dijo ante la inmensa corrupción del gobierno de Carlos Andrés Pérez, y la de los anteriores. El episcopado apoya la democracia corrupta, no cuando los elegidos no le agradan.

En Bolivia y en Ecuador la jerarquía parece más reservada, pero no manifiesta apoyo a las causas que están en juego. En Bolivia está en juego el pueblo indígena. En Ecuador, por primera vez, un gobierno democráticamente elegido se emancipó de una oligarquía que llevó al país al fracaso y obligó a la tercera parte de la población a emigrar a EEUU y Europa.

En esos países, una gran parte del clero y de los religiosos milita también en la oposición, al lado de los grandes latifundistas y de los miembros más corruptos de la sociedad.

En el momento en que estoy escribiendo todavía no se han realizado las elecciones en Paraguay. El candidato popular era el ex-obispo Fernando Lugo. La jerarquía de Paraguay no parecía estar muy entusiasmada. Por otro lado, los otros candidatos, no despertaban ninguna confianza. Si, por milagro, gana Lugo, no se puede prever que vaya a tener un fuerte apoyo de la Iglesia oficial.

Ante los movimientos de oposición tan fuerte al sistema neoliberal la Iglesia permanece muy discreta. No ha participado en los Foros Sociales Mundiales realizados en Brasil y en Venezuela. Continúa el silencio de la doctrina social de la Iglesia denunciado hace más de 10 años por el padre Calvez, que no fue ningún extremista.

En Chile, desde la caída de Pinochet, la “Concertación” entre demócrata-cristianos y partidos socialistas permaneció fiel a la más ortodoxa expresión del neoliberalismo. Y la mayoría de los católicos apoya a los partidos de derecha, más neoliberales todavía. Es verdad que la Iglesia chilena tuvo que aguantar al nuncio Angelo Sodano… Gran parte de la somnolencia de la Iglesia de América Latina se debe a él. Habrá que esperar a saber cuál será el episcopado de Benedicto XVI.

Agenda Latinoamericana Mundial 2009

Publicado en revista “Reflexión y Liberación”, Nº 80 – Chile / Ed. Aniversario.

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