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El extraño pacto de EEUU y la UE con el dictador de Etiopía -- Tobías Hagmann

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África

La próxima vez puedo ser arrestado por terrorista. ¿Por qué? Porque he publicado artículos sobre la política de Etiopía.
Escribí un reportaje político sobre las dificultades de Etiopía con el federalismo. Di una charla en la que cuestioné las elecciones de mayo de 2010 en Etiopía, en las que el partido en el poder el EPRDF (Frente Democrático Revolucionario del Pueblo de Etiopía) obtuvo 545 de los 547 escaños del parlamento.

Como parte de mis investigaciones en curso, sobre la violencia masiva en territorios de Somalia, entrevisté a miembros del Frente de Liberación Nacional de Ogadén, un grupo rebelde separatista, del este de Etiopía, que el gobierno ha designado como organización terrorista.

A los ojos del gobierno del primer ministro Meles Zenawi, mi trabajo es equivalente a la subversión. No solo sus oficiales tienen tolerancia cero con las críticas, sino que además consideran a la gente que o habla o escribe sobre la oposición como cómplices con terroristas.

En los últimos años, el gobierno ha silenciado de manera efectiva a los partidos de la oposición, las organizaciones de defensa de los derechos humanos, los periodistas y los investigadores. El pasado 27 de junio, un tribunal federal condenó al periodista Eskinder Nega, y a 23 políticos de la oposición por “participar en organizaciones terroristas”. También, más de 10 periodistas han sido acusados bajo la ley antiterrorista, aprobada en 2009. Entre ellos dos suecos, Martin Schibbye y Johan Persson, que cumplen una condena de 11 años de prisión en Etiopía. Cientos de seguidores de la oposición languidecen en prisión por ejercer sus más básicos derechos democráticos, que normalmente protege la constitución etíope.

La mayoría de la gente de fuera de Etiopía asocia el país con el hambre y la pobreza. Apenas saben nada sobre la historia y la política del país, por ejemplo que Etiopía nunca fue colonizada, o que tiene la segunda población más grande de África. Tampoco son conscientes de que Etiopía es la niña bonita de la comunidad de donantes, recibiendo más ayudas que ningún otro país africano. Sólo durante el año pasado, la Agencia para el Desarrollo Internacional de los Estados Unidos dio a Etiopía 675 millones de dólares en ayudas. Los Estados Unidos colaboran estrechamente con Etiopía en misiones encubiertas contra los islamistas radicales en la vecina Somalia.

Gran parte de este apoyo proviene de la imagen que se proyecta de Etiopía como un gobierno fuerte y estable en una región plagada de agitación política. El problema, sin embargo, es que Etiopía está plagada de demasiado control del estado.

Cuando el EPRDF llegó al poder en 1991, prometió democratizar el país. Dos décadas después el partido tiene un control férreo de todas las instituciones públicas, desde la capital hasta los pueblos más remotos. Formalmente una democracia federal, Etiopía es un estado unipartidista altamente centralizado. No existen en la Etiopía de hoy medios, ni tribunales, ni grupos de oposición o de la sociedad civil independientes, de los que se pueda hablar. Muchos de los empresarios del país están afiliados al partido gobernante. La mayoría de los etíopes no se atreven a discutir sobre política por miedo al acoso de los oficiales de seguridad locales.

Como he podido averiguar en docenas de entrevistas con etíopes y somalíes, las fuerzas de seguridad matan, encarcelan y torturan a civiles indiscriminadamente, por sospechar de ellos que ayudan a los rebeldes de Ogadén.

¿Cómo han reaccionado a esto los donantes y programas humanitarios que financian un tercio del presupuesto estatal de Etiopía? No lo han hecho. Ellos no sólo continúan apoyando al gobierno de Etiopía, sino que en los últimos años han aumentado su ayuda. Occidente, más destacadamente Estados Unidos y la Unión Europea, han sellado un extraño pacto con Meles Zenawi: Mientras su gobierno pueda producir estadísticas que evidencien crecimiento económico, estaremos dispuestos a financiar su régimen, no importa los abusos de los derechos humanos que haya cometido.

Esta política es un error, miope y contraproducente. Es un error porque miles de millones del dinero de los contribuyentes occidentales son gastados en apoyar a un régimen autoritario. Es miope porque ignora el hecho de que la ausencia de los derechos y libertades más básicos es una de las razones por las que los etíopes son pobres. Es contraproducente porque muchos etíopes están resentidos con la ayuda incondicional y el reconocimiento dado a sus gobernantes. En Etiopía, y también en Ruanda y Uganda, Occidente está cometiendo, una vez más, el error de premiar la estabilidad y el crecimiento mientras cierran los ojos a la represión.

New York Times

Tobías Hagmann está especializado en política del África Oriental. Es profesor visitante del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de California, en Berkeley.

Tomado del Ethiopian Review, donde fue publicado el 11 de julio de 2012.

Traducido por Rosa Moro.

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