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El Evangelio del mes: Una llamada a la autenticidad -- Fernando Torres

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El mes de febrero está dominado, litúrgicamente, por el Miércoles de Ceniza. Ahí entramos de cabeza en la Cuaresma. En tiempos antiguos era costumbre cubrir las imágenes de las iglesias con telas moradas. El morado invadía la vida de la Iglesia en Cuaresma. Era el tiempo de las misiones, los ejercicios espirituales, los retiros, todo orientado a que los fieles se confesasen con el objetivo de cumplir con aquel precepto de “comulgar por Pascua florida”.

Los tiempos han cambiado. La liturgia se ha simplificado. Es menos barroca , más sencilla. Pero la Palabra de Dios sigue resonando con fuerza. Cuaresma sigue siendo Cuaresma. Y el Miércoles de Ceniza es su pórtico.

En Cuaresma seguimos hablando de la conversión. Desgraciadamente conversión nos suena aún a mirarnos al ombligo, a rebuscar, a veces de forma un poco malsana, en nuestros pecados. Convertirse era sinónimo de hacer penitencia. Y ésta se identificaba con una suerte de autocastigo, que volvía todavía más a la persona sobre sí misma: yo, mis pecados, lo malo que he sido. Entendiendo siempre el pecado en un sentido intimista: una ofensa hecha a Dios. Convertirse era necesario para evitar el castigo infinito que merecían nuestros pecados.

Hay que releer el Evangelio del Miércoles de Ceniza (Mt 6,1-6.16-18). Es el texto que marca lo que debe ser el tiempo de Cuaresma para el creyente. Se centra en tres términos: limosna, oración y ayuno. Los tres miran al futuro y no al pasado. Jesús no se regodea en el mal realizado, mira al bien que podemos hacer a partir de ahora.

Dar limosna es ni más ni menos que practicar la justicia. La justicia del Reino, diríamos nosotros, que va mucho más allá del juridicista “dar a cada uno lo suyo”. Es practicar la fraternidad. Es abrir la mano al hermano y estrecharla con fuerza.

Hacer oración no es participar en liturgias solemnes. Es pararse un momento del tráfago diario, de los compromisos –los buenos y los malos– y conectar con el que hace que seamos lo que somos, el que nos da la esperanza y la razón para vivir.

Ayunar no es dejar de comer carne los viernes. Ayunar es dejar de lado el egoísmo que nos hace mirar siempre primero por “mis” necesidades. Y poner por delante a los hermanos y hermanas, y sentir con ellos. Ayunar tiene mucho de empatizar y sentir con el otro.

Cuaresma es una llamada a la conversión y eso significa ser auténticos, comenzar a comportarnos como lo que somos: hijos e hijas de Dios. ¿No es esa la mejor manera de cumplir el viejo precepto de la comunión pascual?

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