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El celibato no es cosa de hombres -- Fausto Antonio Ramírez

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Religión Digital

Celibato.jpgLa condena no se ha hecho esperar. Un sacerdote de 41 años de la Diócesis de Padua ha sido suspendido “a divinis” por haberse enamorado de una mujer.
El sacerdote alega en su defensa que no hay ninguna norma en la Iglesia que impida amar, sin por ello tener que romper sus compromisos como sacerdote célibe.
Una vez más surge la cuestión de lo que la Iglesia entiende por celibato, anteponiendo imposiciones contrarias a la naturaleza humana al sentido común de las personas.
Ciertamente, el celibato no deja de crear conflictos al interior de la Iglesia católica, que exige a sus ministros un comportamiento contrario a la teología de la castidad demandada en el sacramento del Orden.

El celibato de la Iglesia católica se fundamenta en tres pilares esenciales que en ningún momento están en contradicción con el hecho de enamorarse, como le ha ocurrido a este cura italiano.

Una vez más, la jerarquía católica ha exagerado en el “castigo” impuesto a esta persona que reconoce abiertamente amar a una mujer, sin por ello ser infiel a las promesas contraídas el día de su Ordenación.

Para la Iglesia católica el celibato es un estado de vida que cobra su sentido en tres aspectos fundamentales: la exclusividad en el amor a Dios; la libertad para el ejercicio del ministerio pastoral; y la continencia sexual.

A continuación veremos que estar enamorado no contradice en nada ninguno de estos tres principios de la teología del celibato de la Iglesia católica.

El principio de exclusividad pretende que no se ame a nada ni a nadie que pueda entrar en conflicto con el amor a Dios sobre todas las cosas. En realidad este es el primer mandamiento de la Ley de Dios: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, aunque a mí me gusta más decir: “Amarás a Dios EN todas las cosas”.

Este primer mandamiento es vinculante para todo cristiano, sea célibe o casado. ¿O es que los matrimonios que aman a sus parejas, aman de hecho menos a Dios por compartir su vida con otra persona? No seamos ridículos, y no confundamos la velocidad con el tocino.

El amor a Dios sobre todas las cosas, o en todas las cosas, se realiza precisamente en el amor entregado a la pareja y a las personas que forman parte del círculo más estrecho y personal de cada uno.

El amor a Dios en todas las cosas incluye a los tuyos, a los otros y por supuesto a Dios siempre. Mal entendida, la exclusividad del amor a Dios por parte de los célibes, impide que se ame a nadie, salvo a Dios.

Esto es una entelequia absurda sin fundamento serio de ninguna clase. El amor a Dios, exclusivo o no, pasa necesariamente por el amor a los demás y en particular a personas concretas con rostro y nombre humanos.

Pretender lo contrario, como pide la Iglesia católica, es no haber entendido nada de la esencia del amor. Y claro, así le van las cosas…

En segundo lugar está la cuestión de la libertad. Al cura italiano suspendido no se le puede acusar de que en ningún momento su amor por esta mujer le haya apartado de sus responsabilidades ministeriales. ¿O es que las personas que trabajan 10 ó 12 horas en una fábrica, y que están casados, están menos disponibles para amar y cuidar a sus parejas?

Seamos serios e intentemos hacer el cómputo de horas reales que un sacerdote está disponible para su comunidad y el tiempo que emplea cualquier trabajador en una empresa en cumplir su horario laboral. Una vez más me temo que esos curas aburguesados que hacen pastoral de despacho, y se pasan la mañana entera leyendo el periódico, saldrían muy mal parados.

El trabajo pastoral de los sacerdotes, se debería medir por la calidad y no por la cantidad. Ya me gustaría que todos esos curas que trabajan como oficinistas, en los obispados de tantas Diócesis, dejaran un tiempo los papeles y fueran al encuentro de los que tienen hambre y sed de Dios en todos los sentidos.

Pero, estas personas, al llegar la hora, fichan y hasta el día siguiente, con la salvedad de una “misita” por la tarde y a veces a regañadientes.

La disponibilidad pastoral y la eficacia son otra cosa muy diferente, y el amor no sólo no quita aquí para el ejercicio del ministerio, sino que lo sustenta con más razones todavía.

Por último, me detengo en el asunto de la continencia. Las palabras de este cura de la Diócesis de Padua han sido muy claras: “Conozco a Laura desde hace más de ocho años, pero no en el sentido bíblico de la palabra”, y eso significa que no ha mantenido relaciones sexuales con ella.

Es decir que Don Sante Squotti, como así se llama este párroco, no ha dejado de ser continente, como prometió el día de su Ordenación.

¿Entonces por qué se le ha castigado con la suspensión “a divinis”? Si la Iglesia no se lo explica y no nos lo explica a los demás, pensaremos una vez más que sus normas están por encima de las personas y que las razones de los “acusados” jamás son tenidas en cuenta, por muy formadas y fundamentadas que puedan estar.

Me temo que si la Iglesia no toma partido por los hombres que dan su vida por amor, y creen en los sentimientos por encima de cualquier otra realidad, como expresión del amor a Dios en todas las cosas, entonces tendremos que confirmar que la Iglesia está verdaderamente enferma, pero enferma de amor, y seremos los demás los que tendremos que suplirla con nuestros gestos de acogida, perdón, amor y reconciliación para que el mundo siga creyendo en la esperanza.

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