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Ecuador. Homilía de Jueves Santo -- Monseñor Leónidas Proaño en 1.980

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Adital

FUNDACIÓN PUEBLO INDIO DEL ECUADOR
Constituida por Mons. Leonidas Proaño
fpie@fundacionpuebloindio.org
Celebramos el XX Aniversario de la Pascua de Monseñor Proaño
Hermanos:

Durante unos breves minutos más yo voy a hacer unas reflexiones tomando el Evangelio en nuestras manos, el que hemos leído, pero antes de hacerlo quiero hacer un breve relato primero de la muerte de Mons. Óscar Arnulfo Romero, y luego, de los acontecimientos de los cuales fui testigo el último domingo.

Mons. Óscar Romero fue asesinado en la Capilla del Hospital La Providencia de San Salvador mientras decía la Misa en recuerdo, en memoria de una señora que había sido también asesinada. Dos años de su muerte.

Pronunciaba su homilía, acababa de pronunciarla, se disponía a hacer el ofertorio. Qué mejor ofertorio que éste de su vida. Sonó un disparo certero, le llegó directo al corazón. Y cayó desplomado. Muerte instantánea. Ríos de sangre brotaron por su boca, por sus narices y aún por sus ojos.

He estado en la capilla en donde fue asesinado, y allí se exhiben diversas fotografías, porque por coincidencia estaba un fotógrafo allí y pudo tomar toda una secuencia de fotografías del acontecimiento.

El asesino huyó de inmediato y no pudo ser capturado, ni siquiera reconocido.

Por esta razón en la declaración que hicimos y firmamos todos los Obispos que estuvimos reunidos allá, hemos dicho que la Misa de Mons. Romero es una Misa inacabada, inconclusa. Y nos hemos comprometido a terminar esa Misa, a llevar a nuestros pueblos la misma voz que él llevó a su pueblo salvadoreño. La misma voz del Evangelio. La misma voz del amor que es capaz de entregar la vida, para concluir su Misa.

Luego, ¿de qué fui testigo el domingo último? Se organizó la procesión de Ramos desde la basílica del Divino Corazón hasta la Catedral, distancia unas diez cuadras. La procesión transcurrió sin ningún incidente. La Misa se empezó de inmediato en el atrio mismo de la Catedral que daba frente a la Plaza Barrios. La gente, el pueblo colmaba la Plaza. El Cardenal Corripio Ahumada, cardenal mexicano, fue delegado por el Papa para representarlo ante la Iglesia de El Salvador en los funerales y en el sepelio.

Y, en nombre del Papa Juan Pablo II, el Cardenal estaba pronunciando su homilía, estaba exaltando la figura de Mons. Romero como hombre que siguió a Jesús, como hombre que sintió en el fondo de su corazón el amor al pobre, el amor a la persona que sufre. Estaba exaltando la figura de Mons. Romero y diciendo que él se comprometió con la justicia, con los pobres, que fue un hombre coherente, es decir, que lo que él pronunciaba y proclamaba con las palabras lo vivía con los hechos, con las obras, desafiando todas las amenazas de que había sido ya víctima en tantas otras épocas anteriores.

Eso iba diciendo el Cardenal Corripio, cuando una bomba explotó en una de las esquinas de la Plaza, delante del Palacio Nacional, mientras desfilaba un grueso concurso de gentes de lo que allá llaman la Coordinadora de Masas y mientras el pueblo estaba, como estáis vosotros aquí, congregados frente al templo de la Catedral.

Fue, queridos hermanos, algo espantoso, algo que no se me borrará de la memoria y de la imaginación. Ver, desde las gradas de la Catedral, como esa muchedumbre empezó a moverse, a imagen de como se mueve el mar cuando está muy agitado, en búsqueda de un refugio.

En un primer momento, quiso buscar un escape por la esquina derecha de la Catedral, pero, tan pronto como se dirigía esta masa en esa dirección, otra bomba en esa esquina, amedrentó a la gente que se volvió hacia atrás, produciendo como podréis comprender vosotros un desorden extraordinario, y era un solo alarido el que subía desde la plaza. Buscó otra salida por la otra esquina y una nueva bomba y disparos de ametralladora y de fusil cerraban todas las puertas.

Por las cuatro esquinas quiso salir el pueblo y se le cerraron las puertas.

Entonces, desde la Catedral se les llamó para que se refugiaran por lo menos cuantos pudieran en ella. En la Catedral por grande que es no había espacio necesario para dar cabida, para dar refugio a tantas decenas de miles que se habían congregado allí. Fue algo horrible. Murieron tanto por el impacto de las balas, por las esquirlas de las bombas, como también pisoteados, ahogados por ese vaivén de la muchedumbre.

A tres metros de distancia de donde yo estaba, ya dentro de la Catedral, murió una señora de un ataque al corazón, en fila se pusieron en ese mismo momento once muertos. Y después, subió a más alto número el de muertos ocurridos en ese tremendo día.

Teniendo presentes estos hechos. Aquí tenemos otra misa inacabada. Se interrumpió la homilía del representante del Papa, se interrumpió la Misa. No fue posible darle sepultura con la Misa, sino simplemente, un responso en medio de ese gran desorden, de ese caos que se produjo allí. Dos misas inacabadas, dos misas inconclusas. Se ha llegado al sacrificio, se ha muerto a mucha gente en este último domingo. Tenemos que concluir esa Misa no solamente en el acto litúrgico, en el acto de culto, sino viviendo nuestra fe, comprometiéndonos a amar a nuestros hermanos, comprometiéndonos a establecer una sociedad nueva, una sociedad justa, una sociedad más humana tal como vienen clamando los Papas, los últimos pontífices de la Iglesia.

Después de esto tomamos pocas palabras del Evangelio. Hemos escuchado este trozo: Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de salir de este mundo al Padre, amó a los suyos que quedaban en el mundo y los amó hasta el extremo.

Sabía Jesús, en un Jueves como hoy, que había llegado la hora de salir de este mundo. Era la víspera de su sacrificio. ¡Qué coincidencias las que estamos viviendo!

Pero quiero destacar tres palabras: Habla aquí de los suyos. Amó a los suyos. ¿Quiénes eran los suyos en relación con Jesús? Sus apóstoles: Pedro, Juan, Santiago, Bartolomé y todos los demás, estos eran los suyos. Los suyos: su madre. Los suyos: las mujeres que lo acompañaron en su peregrinaje de proclamación de la Buena Nueva. Los suyos: los pobres, aquellos a quienes había curado de tantas enfermedades. Los suyos: todos aquellos a quienes resucitó, a quienes devolvió la vida. Los suyos: todos aquellos a quienes liberó del temor y del pecado. Estos eran los suyos.

Y dice el Evangelio «los amó», «amó a los suyos». Quiere decir que todos estos que he señalado eran los amigos de Jesús, eran aquellos a quienes Jesús mismo dijo: Ya no os llamaré siervos, os llamaré amigos porque os he revelado todos los secretos de mi Padre. Solamente al amigo se le revela los secretos, los secretos del Padre había revelado Jesús a sus amigos. Los apóstoles eran gente pobre, eran gente humilde, estos eran sus amigos, a ellos había revelado los secretos del Padre. Ellos conocían al Padre habiendo conocido a Jesús. Felipe: el que me ve a Mí, ve al Padre. Vivían realmente en la intimidad del misterio de Dios, en la intimidad del corazón de Cristo, estos amigos suyos.

Y destaco la otra frase, la otra palabra: los amó hasta el extremo. ¿Hasta qué extremo? Hasta el extremo de dar la vida. Ya Él había dicho una vez: No hay amor más grande que aquel de quien da la vida por sus amigos. Y Él dio la vida por sus amigos.

Mañana mismo vamos a actualizar el misterio de la muerte de Cristo por sus amigos.

En relación con los acontecimientos que nos han congregado en esta tarde aquí.

Fui amigo de Mons. Romero. Se tejieron lazos de amistad, de fraternidad entre la Iglesia de Riobamba y la Iglesia de San Salvador, desde años atrás. Estuvimos juntos en Puebla. Luchamos dentro de la Conferencia hombro con hombro. Estuvo aquí un sacerdote jesuita que trabajó en su diócesis: Rutilio Grande y aquí, en la experiencia que tuvo en el trabajo con las comunidades campesinas aprendió también a sacrificarse. Y él fue asesinado también por la espalda, junto con dos campesinos, mientras se dirigía a celebrar la Misa. Y esta muerte de Rutilio Grande impactó profundamente en la vida de Mons. Romero y se comprometió desde entonces más a fondo con el pueblo, con los pobres, con la justicia.

Los suyos, los de Mons. Romero: los campesinos, los pobres, los que no tenían voz. Él hablaba cada domingo para denunciar valientemente, con nombres concretos de lugares y de personas, todos los asesinatos que se estaban cometiendo, todas las represiones que se realizaban en contra de humildes campesinos, en contra de los trabajadores. Esos fueron sus amigos. Los amó.

Y porque los amó y los amó entrañablemente les entregó su corazón, les entregó su cabeza, les entregó su vida y les entregó en esa denuncia a que he hecho referencia, en ese acercamiento, podían los campesinos, podían los pobres, podían los trabajadores acercarse hasta él con toda confianza para decirle: esto está sucediendo con nosotros, aquí ha sido asesinado mi hijo, acá ha sido asesinado mi hermano, esta es la situación de nuestro recinto, de nuestra comunidad, nos han echado de nuestras casas, han abaleado a una manifestación, y él, mientras los medios de comunicación colectiva estaban acallados por la amenaza y por el terror, él levantó siempre su voz con valentía para denunciar ante el mundo entero lo que estaba sucediendo en el interior de su país. Porque los amó. Amó a los suyos.

Y tanto los amó. Los amó hasta el extremo, como Jesús. Hasta dar su vida. Ya había recibido amenazas de muerte. Cuando llegó a Puebla ya escuchamos que le habían amenazado de muerte y que no podría volver a su país, pero volvió.

Quince días antes habían colocado en la Catedral desde donde él hablaba por radio, y era retransmitida su alocución a través de una potente radio y se le podía escuchar aquí y en la Argentina y en otros países, habló con una constancia grande, con una serenidad grande, con un amor grande, con una valentía muy grande. Y allí se le había colocado una carga de dinamita capaz de volar toda la manzana en donde estaba la Catedral. Si esa bomba de dinamita hubiera explotado habría habido que lamentar centenares o tal vez millares de muertos porque muchísima gente acudía a escucharle sus homilías largas y denunciadoras. Viendo que les fracasó este último intento parece que pagaron a un criminal avezado y le clavaron la bala en su corazón.

Por eso, creo que no es exagerado llamarle como le hemos llamado profeta y mártir. Profeta de nuestros tiempos, mártir de nuestros tiempos. No fue un líder político, no fue un hombre que luchó por ambiciones personales. Fue un hombre que luchó por la justicia. Fue un hombre que luchó por el Evangelio. Fue un hombre que no dejó, que no permitió, que no cedió el puesto de un cristiano auténtico que siguió al pie de la letra las enseñanzas de Cristo. Por eso, profeta y mártir de nuestra América Latina. Profeta y mártir del hermano pueblo de El Salvador.

Quiero terminar hermanos para continuar con el sacrificio eucarístico, haciendo simplemente unas preguntas, unas preguntas que querría yo fueran cuestionadoras de nuestra vida, fueran curativas de lo que pudiéramos tener de egoísmo, de cobardía, de timidez antievangélica.

Preguntémonos y contestémonos en nuestro interior. A ejemplo de Jesús, ¿quiénes son los nuestros?, ¿a quiénes podemos llamar los nuestros, los míos?, ¿son los pobres?, ¿son los compadres ricos?, ¿son los poderosos?, ¿son las palancas?

Si nosotros tenemos que seguir las huellas de Jesús: preguntémonos. Él llamó los míos, el Evangelio dice «los suyos», a sus apóstoles extraídos de entre el pueblo pobre, a los pobres que Él curó, a los pobres que Él defendió. Estos eran los suyos, los de Jesús.

Nosotros, cristianos, ¿a quiénes podemos llamar los nuestros? Es cuestión de opción.

Segunda serie de preguntas, que van por el mismo camino. ¿A quiénes llamamos nosotros nuestros amigos? ¿Nos honramos mucho, nos gloriamos de tener por amigos a personas influyentes? O, ¿hemos convertido en nuestros amigos a los pobres?, ¿a los niños desarrapados?, ¿a los cargadores que por su misma presencia, aquí en la ciudad, denuncian un sistema de injusticia en que vivimos?, ¿a los pobres, a los demacrados, a los que no tienen pan para comer todos los días, a los que no tienen trabajo, a los betuneros, a los que aun cuando trabajen no les alcanza para poder sostener a su familia, a sus hijos? ¿Les llamamos amigos a éstos? ¿Son en realidad nuestros amigos?

Y la última serie de preguntas: Nosotros, todos y cada uno de los que estamos aquí presentes, sin palabrerías, sin vanidades, sin exhibicionismos, ¿estamos dispuestos a dar qué a favor de los nuestros, a favor de nuestros amigos? ¿Qué les vamos a dar? ¿Estamos dispuestos a dar de lo que tenemos? Puede ser que haya mucha gente… el pueblo de Riobamba y el pueblo de Chimborazo es muy generoso, está dispuesto a dar de lo que tiene. Sea el momento de agradecer por la generosidad con la que prestamos nuestra ayuda al pueblo de Nicaragua en dos ocasiones y últimamente también al pueblo salvadoreño. Sí, es generoso. Pero, ¿será suficiente dar una partecita de nuestra pobreza? ¿Será suficiente dar una ayuda esporádica? O, ¿qué más tendremos que dar?.

Cristo empezó dando su mensaje, mensaje de salvación, mensaje de liberación, la Buena Noticia, la Buena Nueva, para eso vino a la tierra. El cristiano está en la obligación de recibir también esta misión de llevar el mensaje a sus hermanos, de enseñar ese mensaje de Cristo, ese mensaje de salvación, el auténtico mensaje de salvación, ese que está destinado a liberar a los hombres de todas las cadenas, porque está destinado a ser libre.

Ese mensaje, tenemos la obligación de llevarlo, de dárselo a nuestros hermanos, de multiplicar por lo mismo, las organizaciones, las comunidades eclesiales de base, todo tipo de organización, al seno de las cuales podamos llevar este mensaje de Cristo. Tenemos que dar, dar el mensaje, pero algo más, ¿qué más? Darnos nosotros mismos, dar de nuestro tiempo, dar de nuestra vida, de nuestras preocupaciones, no encerrarnos en nuestro egoísmo, no movernos únicamente dentro de nuestra capa, no, mirar hacia fuera, contemplar, descubrir, compartiendo las angustias, las incertidumbres, la pobreza, los dolores de tantos hermanos nuestros. ¡Démonos! ¡Demos el corazón! ¡Demos nuestro amor a nuestros hermanos!

El mandamiento del amor es el mandamiento fundamental del cristiano, esa es la única garantía de que somos de verdad cristianos, si amamos al prójimo, si amamos a nuestros hermanos, con un amor grande. No vamos a predicar el odio, no, es el amor, este es el objeto de nuestra preocupación, como cristianos tenemos que amar y si es necesario como consecuencia de todo lo dicho, dar la vida, dar la vida por nuestros hermanos, entregar esto que más apreciamos, a lo que más está apegado nuestro corazón, la vida, como Cristo, como tantos otros mártires de América Latina en nuestros últimos tiempos, como este profeta y mártir de El Salvador, Mons. Óscar Arnulfo Romero.

Que el Señor, que Jesús, nuestro Salvador, nuestro Liberador, con toda su luz, con toda su fuerza esté en cada una de las vidas de ustedes, en cada uno de los corazones de ustedes y que ustedes sepan corresponder a este llamado que hace el mismo Señor Jesús a todos cuantos nos llamamos cristianos, demos, démonos, entreguemos nuestra misma vida.

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