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DOMINGO 5 DE AGOSTO. 18º DEL TIEMPO ORDINARIO

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Koinonía

18 del Tiempo ordinario.gifLecturas
Ecle 1,2; 2,21-23: ¿Qué saca el hombre de sus trabajos y afanes?
Salmo responsorial 89: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Col 3,1-5.9-11: Busquen los bienes de arriba, donde está Cristo
Lc 12,13-21: El que acumula riquezas no es rico ante Dios
La 1ª lectura nos enfrenta muy directamente con cuestionamientos que todos nos hemos hecho alguna vez, a lo mejor con más frecuencia de la deseada.
El Eclesiastés pertenece a un grupo de libros que llamamos sapienciales.

La “sabiduría” es un amplio concepto que puede englobar desde la habilidad manual de un artesano hasta el arte para desenvolverse en la sociedad, la madurez intelectual… representa una actitud de personas y pueblos cuyo finalidad es encontrar respuestas a los grandes interrogantes y misterios de la existencia humana.

Para la sabiduría bíblica, la realidad y la experiencia son lugar de revelación divina, cuando el ser humano se entrega a la reflexión y a la tarea de leer los acontecimientos en clave “divina”. Para ello, los sabios se apoyan en la razón, muy pocas veces recurren a la revelación o a la luz sobrenatural. Y junto a la observación de la experiencia, la otra fuente de la sabiduría es la tradición. Serán los últimos libros sapienciales (Eclesiástico y Sabiduría) los que incorporen a Dios como fuente suprema de la sabiduría. La vida está regida en el fondo por una serie de leyes, cuya causa última es Dios, por ser el creador del mundo. Ese sentido profundo de las cosas, oculto para el hombre, es el que hay que investigar y descubrir para adecuarse a él y comportarse “sabiamente”.

Los sabios plantean el problema de la vida en su acepción más universal, no centrada en el pueblo elegido. Esta sabiduría tiene su origen en la vida del pueblo, que se va recogiendo en forma de dichos, refranes, sentencias… este patrimonio de saber popular se va enriqueciendo a través del tiempo y de la tradición oral, acogiendo influencias de los pueblos limítrofes. Más tarde todo esa material básico será reelaborado por los círculos sapienciales que le darán forma literaria y una cierta estructura. Con frecuencia estos libros presentan formas dialogadas, incorporando distintos puntos de vista al problema que se está estudiando (Job, por ejemplo, Eclesiastés…).

Generalmente se piensa en el Rey Salomón como el más fuerte impulsor y cultivador de este arte de conducirse en la vida. La sabiduría encuentra su medio ambiente más propicio en la corte, en la que se forman los miembros de la familia real, los futuros responsables de la política, archivos, administración… por eso se le atribuyen a Salomón la mayor parte de los libros sapienciales, como a David los Salmos o a Moisés el Pentateuco…

Podemos calificar de contestatario al autor del Eclesiastés. Es una voz escéptica y crítica, disidente frente a la tradición sapiencial que confía ilimitadamente en las posibilidades de la razón y sabiduría humanas. El sabio Qohélet es un autor, por lo menos, desconcertante. La pregunta que mueve toda la reflexión de su libro es ésta: “¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?” (1,3) y su respuesta: vanidad de vanidades (se puede traducir también por vaciedad, sin sentido…) todo es vanidad (1,2.17; 2,1.11. 17. 20. 23. 26; 12,8)

Éste parece un libro muy poco religioso. ¿cómo se nos propone a los cristianos este libro, como Palabra de Dios, con esa respuesta tan materialista, tan poco optimista…? O esta otra conclusión: “la felicidad consiste en comer, beber y disfrutar de todo el trabajo que se hace bajo el sol, durante los días que Dios da al hombre, pues esa es su recompensa” (5,17) es como decir vulgarmente “comamos y bebamos, que mañana moriremos…”

El autor recorre a lo largo de su libro todas las esferas del ámbito humano: trabajo, riqueza, dolor, alegría, decepciones, religión, justicia, sabiduría, ignorancia, el tiempo, la muerte… buscando respuesta a su pregunta. Hagamos lo que hagamos en nuestra vida, al final el destino es el mismo para todos los hombres: la muerte, ¿la nada? Es una pregunta seria ¿qué pintamos aquí, en la tierra? ¿para qué vivir, trabajar, luchar, amar, pensar, esforzarnos en la ecología, la educación, la política, los derechos humanos…? Breve es nuestra vida sobre la tierra (Sab 2,1), la mayor parte de nuestra vida es fatiga inútil, que pasa aprisa y vuela (Salmo 89, 10). La experiencia humana es como “atrapar vientos” una tarea inútil y decepcionante. Viene a nuestra mente aquella otra frase evangélica: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero…?”.

Con el autor, el lector sigue con fruición ese recorrido por la existencia humana, por el devenir cotidiano, deseando que el autor tenga éxito en su búsqueda y su respuesta tranquilice un poco nuestro corazón sediento de verdad, de sentido en todo lo que somos y hacemos…

Por mucho que nos afanemos, nada nos vamos a llevar…

En la época del destierro se empezó a desarrollar la teoría de la retribución personal y del destino individual: el pueblo elegido profesaba una doctrina de retribución colectivista: la bondad o maldad de un individuo tenía repercusiones en el grupo y en los descendientes. En el contexto del exilio estas ideas van cambiando: cada persona recibía en vida la recompensa adecuada a su conducta (2Re 14, 5-6; Jer 31, 29-30; Ez 18, 2-3. 26-27). Sin embargo, la experiencia desmentía este principio. Después del destierro este problema ocupa un puesto primordial en la reflexión sapiencial, y no resulta fácil encontrar una respuesta adecuada. El libro de Job refleja vivamente este drama, apuntando distintas soluciones, pero ninguna definitiva ni convincente: Job es invitado a entrar en el misterio de Dios y desde ahí poder relativizar su dolor, su desesperación y pretensiones. Qohelet se hace eco del mismo escándalo y lo amplía: aún suponiendo que el justo siempre recibiera bienes, tal recompensa no es proporcional al esfuerzo que pone el hombre en conseguirla, pues no da plena satisfacción a los anhelos del ser humano. Tanto Job como Qohelet se mueven en el ámbito de retribución intramundana, no atisban nada más allá de la muerte.

Este problema recibe nueva luz con las ideas sobre la inmortalidad y resurrección que aparecen en Israel durante las guerras macabeas (2Mac 7,9; 12,38-46; Dan 12, 2-4) y encuentran su formulación en el libro de la Sabiduría (Sab 1-5) La revelación del Nuevo Testamento, dará respuestas tres siglos más tarde: la solución definitiva se ofrecerá en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, el Justo sufriente.

Por otra parte, no está mal que Qohélet nos recuerde el sabor de las cosas sencillas, el disfrute de las cosas ordinarias, que también son don de Dios. En esto conectaría muy bien con la mentalidad de la postmodernidad: presentista, del “carpe diem”… No hace falta que hagamos un esfuerzo grandísimo en salir de esta realidad temporal para encontrar a Dios. Él es compañero cercano de todo lo que vivimos. Nos lo dice la fe. La vida tiene sentido porque somos personas humanas, no animalitos, y en nuestros genes llevamos escrita esa búsqueda de sentido, porque estamos hechos “a imagen y semejanza de Dios”, un Dios creador, que se mueve, que sale de sí, que inventa, que busca.

Evangelio: la vida no depende de los bienes

Va en la misma línea sapiencial que la 1ª lectura: el ser humano busca sin descanso la alegría y la felicidad, pero en torno a esta búsqueda planean serios peligros. Uno de estos peligros, que nos plantea este texto evangélico es el de la codicia.

A Jesús, como Maestro, se le acercan dos hermanos en litigio y le suplican que ponga orden, que haga justicia. Jesús sabe ponerse en su sitio: él no ha venido al mundo como juez jurídico, legal. Va más allá de lo externo: “Él sacará a la luz los pensamientos íntimos de los hombres” (Lc 2, 35b), va a la raíz de los problemas, que está en el corazón del ser humano. Para Él es más importante desenmascarar la codicia que nos domina, que hacer valer los derechos de cada uno. Con lo primero, se conseguirá lo segundo.

Sus palabras son magistrales: “eviten toda clase de codicia, porque aunque uno lo tenga todo, no son sus posesiones las que le dan vida”. Jesús no invita al conformismo. Lo primero es la justicia, querida por Dios, predicada por Jesús: que todos tengan pan, educación, techo… fruto de la comunión, de la solidaridad, nuevo nombre de la justicia, eso es el Reino, la Nueva Humanidad. Pero puede ocurrir que cuando tengamos lo justo, lo que nos corresponde como hijos y hermanos, ambicionemos más. Este codicia nunca nos permitirá ya descansar. Es muy difícil ya decirse a uno mismo: “Hombre, tienes muchas cosas guardadas para muchos años, descansa, come, bebe, pásalo bien…” normalmente, no hay quien pare ya el dinamismo de la codicia. Hay que estar alerta. ¿Hasta dónde llegar en la acumulación de bienes?

La codicia de unos pocos o de unos muchos impide el desarrollo de los pueblos, y además es contagiosa: ¿por qué se me ocurre mirar a otros y compararme con otros para ambicionar más cada día? ¿por qué no se me ocurre mirar a los que tienen menos y que viven peor, para moverme a compartir con ellos? “Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque suyo es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 3) No ambicionar nada más de lo necesario, agradecer lo que ya tenemos, lo que hoy se nos regala, ése es el espíritu del pobre. No son las posesiones las que nos dan la vida. Créelo. “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). “Él es nuestra riqueza.”

Lo que se ha ido acumulando a lo largo de la vida, sin disfrutarlo, sin compartirlo ¿de quién será? ¿para quién será? Todos conocemos personas avaras, con muchas riquezas materiales que viven andrajosamente, sin capacidad de disfrutar lo que tienen ¿son felices esas personas? NO. ¿Para qué vivir pendientes del tener, y no ser capaces de ser? Pensando sapiencialmente ¿qué beneficios nos reporta esa actitud y esa ambición? Eso es amasar riquezas para sí y no ser ricos ante Dios. Enriquecerse en Dios, es vivir como Jesús: vivir confiados en las manos del Padre/ Madre Dios, buscar el Reino como lo más principal, lo demás vendrá por añadidura… enriquecerse en Dios es amasar una única fortuna: la del amor, la de las buenas obras con los más pequeños y desfavorecidos (Mt 6,19).

2ª Lectura:

La intención de la carta a los cristianos de Colosas es afirmar la supremacía de Jesucristo por encima de toda realidad cósmica, terrena o supraterrena. Algunos pretendían introducir en la comunidad ideas filosóficas sobre el mundo de los poderes angélicos, y unas prácticas ascéticas inspiradas en ritos mágicos y mistéricos que confundían y amenazaban con destruir el misterio de Cristo entre los creyentes. Por eso, en el Himno Cristológico de 1, 15-20 se presenta a Jesús como Señor de toda la creación y único salvador del mundo, revelación perfecta de la sabiduría divina, escondida durante siglos, pero revelada ahora en el Hijo, fuente de vida espiritual para el ser humano, de quien recibimos la plenitud. Sólo aceptando esta primacía absoluta de Jesucristo alcanzamos la auténtica condición de nuevas criaturas. Somos en Él, todo se mantiene en Él.

El bautismo introduce al cristiano en la posesión ya presente de la salvación, no como algo conseguido de manera estática, sino en movimiento, en progreso, dinámico, en combate. El bautismo nos une a Cristo y nos hace participar de sus riquezas: “fuimos sepultados con Cristo y luego resucitados por haber creído en el poder de Dios que lo resucitó de entre los muertos” (2,12)

Muertos y resucitados con Cristo debemos buscar lo que Cristo buscó, las cosas de arriba, las cosas de dentro donde está nuestra verdadera riqueza, la del corazón, pero también las malas intenciones (Mt 15, 19). Hay que hacer morir lo terrenal, despojarse del “hombre viejo”. Esta renovación es espiritual (Ef 4, 23), es decir, bajo la acción del Espíritu, el mismo que movió a Jesús en su existencia terrena. El “hombre viejo” es egoísta, mentiroso, esclavo de sus apetencias… el “hombre nuevo” es bondadoso y compasivo, volcado y preocupado por los demás, comunitario, misericordioso, comprensivo, hace del amor la norma de su vida… para con los demás actúa de la misma manera que Cristo ha actuado en él. Ese es el ser humano nuevo. (Ef 5, 1-2). La fuente de toda moral humana es la unión con Cristo, a la que se llega por el bautismo. Sin este fundamento, la vida será un conjunto de recetas y normas que hay que cumplir. La nueva condición de personas nuevas se va renovando cada día según la imagen del creador. Hay una frase del P. Arrupe que dice mucho en este sentido: “Señor, quiero conocerte. Tu imagen sobre mí, bastará para conocerme”.

En la comunidad de hombres y mujeres nuevos y nuevas, recreados por el Espíritu a imagen de Cristo, todos somos iguales, no hay categorías ni clases sociales. Cristo es todo en todos. Lo llena todo, no hay lugar para otras aspiraciones, intenciones… es la gran verdad de esa comunidad, de cada hermano, por eso no cabe la mentira y el engaño.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 73 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su guión y su comentario puede ser tomado de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1400073
Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap73b.mp3

Para la revisión de vida
– ¿Te produce satisfacción tu trabajo? ¿Encuentras sentido en lo que haces y vives? ¿Cómo vives tus afanes en el trabajo, en todo lo que realizas a lo largo del día?
– ¿Qué haces para despojarte del hombre viejo: el egoísmo, la envidia, la mentira… y revestirte de las actitudes de Jesús: bondad, amor, misericordia, comprensión…? ¿Cómo vas renovando en ti la imagen de tu creador día a día?
– ¿Te sientes apegado a tus bienes, pocos o muchos, los que tengas…? ¿Qué quieres hacer con ellos? ¿Cómo puedes hacerte rico en Dios?

Para la reunión de grupo– Leer no sólo el texto propuesto en la Liturgia para este Domingo, procurar leer algo más del libro de Qohélet y compartir las respuestas personales al problema que se plantea el autor: ¿qué saca el hombre de todo su trabajo, de los afanes con que trabaja bajo el sol? ¿Pensamos que la vida es vaciedad sin sentido? ¿Qué sentido damos a nuestra vida?
– Nuestro grupo, nuestra comunidad ¿está formada por mujeres y hombres nuevos? ¿En qué se nota?
– ¿Qué pensamos acerca de la codicia? ¿Qué podemos hacer como alternativa?

Para la oración de los fieles
– Para que todos los que formamos la Iglesia, vivamos con fuerza nuestro bautismo, lo renovemos cada día y vayamos despojándonos de la vieja condición humana y sus actitudes, roguemos…
– Movidos por el Espíritu de Jesús pidamos fuerza para no dejarnos llevar por la codicia, antes bien promovamos la justicia, el compartir. Que sepamos afanarnos por acumular los bienes que merecen la pena y que nos hacen más felices a nosotros y a los que nos rodean. Roguemos…
– Que el Señor nos conceda un corazón dócil a su Palabra, como el de María nuestra Madre, que pone por obra aquello que escucha, roguemos…
– Por los que más sufren entre nosotros, por cualquier motivo: hambre, persecución, enfermedad, mentira… que puedan contar con nuestro apoyo y ayuda desinteresada, roguemos…
– Siempre es necesario pedir a nuestro Dios nos regale el don de la paz: a cada persona, a cada grupo, familia, a las naciones. Que sea posible la superación de las guerras, los odios, divisiones entre los humanos, por medio del diálogo, el entendimiento, la mansedumbre y la práctica de la justicia, roguemos…

Oración comunitaria
Líbranos Señor de toda codicia.
Concédenos Señor un corazón sencillo,
que no ambicione más allá de lo que necesitamos
que sepa agradecer lo que ya tenemos,
lo que cada día nos regalas Tú y nuestros hermanos.
Confesamos que sólo Tú eres nuestro verdadero tesoro,
Y en tus manos amorosas queremos vivir confiados.
Que no nos cansemos de vivir así, buscando primero y ante todo el Reino.
Padre, que tu Espíritu nos haga cada vez más parecidos
A tu Hijo Jesús, que contigo vive y reina…

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