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DISTANCIAS QUE CRECEN ENTRE LA CULTURA Y LA FE. Manuel Antonio Garretón

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Clarín

El Papa acaba de visitar América latina, un continente que se considera reservorio del catolicismo. Sin embargo, se advierten en su mensaje criterios que parecen ahondar la brecha entre la sociedad y la cúpula de la Iglesia. No lejos de la región en que vivió Jesucristo, vengo de asistir a un encuentro entre intelectuales de las ciencias sociales del mundo árabe y del mundo latinoamericano para comparar la situación de la democracia en ambas regiones, intentando sacar las enseñanzas de las transiciones a la democracia en América latina para los países árabes.

Por ese tiempo el Papa hacía su visita a Brasil y ponía en el tapete una de las cuestiones tratadas en el seminario mencionado: las relaciones entre religión y política. Si en el caso de los países árabes esta cuestión puede ser formulada en estos términos, es más comprensivo en América hablar de la relación entre Iglesia y política. Aquí estamos menos frente a la cuestión de si la ley de Dios permite u obstaculiza la existencia de regímenes democráticos que frente al papel que juega una organización en nombre de Dios respecto de las sociedades y su política.

Es probable que sólo en algunos siglos más pueda hacerse una evaluación justa del significado de los últimos dos papados, principalmente para nuestro continente que, sin duda y pese a sus diferencias de estilo, han marcado una estricta continuidad. Pero lo que vemos en estos tiempos es un fenómeno regresivo, simbolizado en la frase del Papa sobre el papel de la Conquista respecto de las poblaciones indígenas y la reciente descalificación de un eminente teólogo progresista.

Así, más allá de lo que hacen las propias comunidades eclesiásticas o algunos sectores de ella más distantes del Vaticano, tanto en la reunión de Aparecida como en el día a día de su trabajo, lo que ocurre es un fenómeno de consecuencias civilizatorias: desde las altas esferas de la Iglesia romana se busca consolidar la separación entre Iglesia y pueblo que había iniciado Juan Pablo II, revirtiendo las tendencias que se consagraron en el Concilio Vaticano II y en las Conferencias Episcopales de Medellín y Puebla.

Se sabe de la profunda intervención vaticana en las últimas décadas en la Iglesia latinoamericana a través de los nombramientos de obispos conservadores o «pastorales», a través de sanciones o llamados al orden y aislamiento de sacerdotes y congregaciones progresistas. También se observan el apoyo a congregaciones cercanas al fundamentalismo y la promoción de posiciones amenazantes frente al mundo que se aparta de una Iglesia vista por sus autoridades como la depositaria de una verdad absoluta.

La posición de la Iglesia Católica frente a los temas culturales o de valores —que en algunos países se reducen a la sexualidad y su represión—, la prioridad dada a la competencia con otras Iglesias o religiones, la defensa de sus cuotas de poder en la sociedad como en el campo educacional, la preferencia por una Iglesia pequeña pero incondicional de las autoridades vaticanas y sus normativas —temas todos presentes en la acción de Juan Pablo II— adquieren con su sucesor un nuevo sello. El basamento teológico e histórico a la vez, como en Ratisbona, frente al islam o en Brasil frente a la Conquista y colonización en América latina —independientemente de insostenibles aclaraciones posteriores— se acercan al fundamentalismo y la arrogancia, lo que no hace sino evocar lo que algunos con otros fines han llamado el choque de civilizaciones centrado en principios y cuestiones religiosas.

Es evidente que detrás de todo esto están tanto el crecimiento de otras Iglesias o el descreimiento de la población y el terror de ver que esto ocurre en el continente que se considera la reserva católica de la humanidad.

Pero en vez de ir en la dirección del acercamiento a las sociedades y aprendizaje de los pueblos y de las experiencias de la humanidad, la reacción es la de la autoridad que se siente abandonada y depositaria única de la verdad y por lo tanto se refugia en sí misma, desconfiando y aislándose de este mundo.

Así, en estas latitudes, los fenómenos religiosos o lo que podría llamarse el sentido trascendente de la existencia tienden a separarse o no encontrar respuesta en las instituciones en que tradicionalmente se expresaron. Y éstas, la Iglesia y sus autoridades, tienden a girar más en torno a sí mismas transformándose en corporaciones que persiguen sus propios intereses particularistas y que parecen estar subordinadas a un Estado extranjero interventor, el Vaticano, más que ligados a una comunidad que se abre y acoge. Una buena expresión de este distanciamiento entre cultura y fe, Iglesia y religión lo da la opinión pública respecto de los temas culturales mencionados donde los que se declaran católicos contradicen en sus opiniones y comportamientos los principios y normas de una autoridad patriarcal que en vez de revisarlos y aprender de tales rechazos, se obstina en tratar de imponerlos.

Curiosamente, en muchos casos vemos que los gobiernos están más interesados en mantener buenas relaciones con este poder eclesiástico autoritario y conservador que con la gente que éste dice representar, con lo que se completa esta separación entre las instituciones formales, la autoridad (cualquiera que ella sea) y el sentimiento y vida de los pueblos.

El cisma entre clase política y ciudadanía en nuestras sociedades es coherente con el mismo cisma que separa la Iglesia de su pueblo. Sólo que en democracia hay mecanismos de superar esta separación, lo que no ocurre con la Iglesia.

(*) Manuel Antonio Garretón SOCIOLOGO, DOCENTE UNIVERSIDAD DE CHILE

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