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Dios lo recompone todo -- Javier Sánchez

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Estas eran las palabras que me decía Miguel al pie del cadáver de Pedro, cuando hacia apenas unas horas que acaba de fallecer. Yo le comentaba que la vida era injusta y que además había vidas especialmente trucadas y un tanto maltratadas, y él, desde la tranquilidad que le caracteriza y desde su sencillez habitual me decía “Menos mal que al final Dios lo recompone todo”, y fueron palabras que una vez más me llenaron de aliento y de esperanza.

Hace poco más de tres semanas llamé a Pedro por teléfono porque tenía ropa en la parroquia y además hacia mucho que no sabía de él, y me dijo que estaba en el ambulatorio porque se encontraba mal, que al salir vendría a verme. Al salir fue a verme, y me quedé estupefacto: estaba totalmente amarillo y había perdido más de 20 kilos. Enseguida montamos en el coche y fuimos a las urgencias del hospital y allí se quedó ingresado… no sabían lo que tenía pero desde el momento todos temíamos lo peor. Tenía dolores, cansancio y además una sed que era incapaz de saciar, bebía y veía agua con angustia, pero la sed no se le calmaba. Estuvo apenas un dia en urgencias y en cuanto hubo cama lo subieron a la planta, la verdad es que daba pena verlo, no se quejaba, solo decía que tenía sed.

Enseguida lo comentamos en la parroquia con la gente que lo conocía de estos años y todos se preocuparon por él y comenzaron a ir a verle. A Pedro lo conocíamos bastante gente de la parroquia; había salido hace poco más de dos años de la cárcel de Navalcarnero y estaba solo aquí, no tenía a nadie, siempre hablaba de su hermana, de su hijo, de su ex-mujerr… pero la realidad es que se encontraba solo, y siempre nos decía que nosotros éramos “su familia”. Cuando salió de la prisión estuvo con unos amigos primero en un pueblo cerca de Fuenlabrada, y luego no tenía a nadie y por eso hasta que pudo encontrar un sitio y comenzó a cobrar el paro pasó alguna noche en las urgencias del hospital porque decía que allí se encontraba bien y que no quería molestarnos; allí en las urgencias íbamos a verlo, lo llevábamos comida y también iba a comer al comedor benéfico que existe en Fuenlabrada, todos estábamos ya en aquel momento cerca de él. Cuando comenzó a cobrar el paro cogió una habitación y trabajaba como un burro echando propaganda en los buzones para poder sacar algo más, pero siempre sin quejarse, siempre riendo y siempre diciendo que no necesitaba nada, dándonos las gracias por estar con él, por preocuparnos de él y por llamarlo o estar cerca. Participaba en las actividades de la parroquia, en las excursiones y en todo lo que hacíamos, cuando nuestra parroquia de la Sagrada Familia era lugar de encuentro y acogida para los presos, hoy por desgracia, por decisión episcopal, eso se ha truncado y nuestra parroquia ha dejado de ser ese centro de acogida de presos y de familias.

Terminó el paro, le ayudamos, vino la prórroga… pero todo eran pesares, y a pesar de todo iba saliendo hacia adelante, con su tesón y con el cariño de todos los que estábamos con él. Hace como año y medio, al quedar una plaza libre en el piso de acogida de inmigrantes que lleva otro compañero cura de Fuenlabrada se pudo alojar allí, y allí ha estado hasta hace unos meses, contento, con alegría, procurando ahorrar cuando trabajaba, y eso sí siempre con la alegría y las “gracias” en la boca. Después dejó el piso de acogida y buscó uno de alquiler con otros compañeros, donde ha estado hasta ahora… pero a pesar de tanto sufrimiento iba saliendo hacia adelante, y ahora que podía tirar un poquito más… un tumor agresivo se lo ha llevado en apenas tres semanas.

Cuando le ingresaron todos los que le conocíamos comenzaron a ir a visitarle y a preguntar por él; Pedro no quería comer porque decía que no podía, que no le entraba, sólo quería beber de manera angustiosa pero nada le calmaba la sed. Se nos ocurrió que podríamos turnarnos para ir en el momento de la comida y de la cena, con el fin de poder animar algo y que le fuera más fácil. Y así lo hicimos. Con lágrimas de emoción en los ojos tengo que decir que han sido tres semanas espectaculares de sentirnos comunidad unidos por un mismo fin: estar cerca de Pedro, aliviar su dolor, sentirnos cercanos e ir descubriendo en lo que hacíamos que eso es lo que merece la pena de nuestro ser cristiano.

Ahora no tenemos parroquia, nos la han quitado, pero nuestra comunidad no se ha roto, lo que hemos vivido y compartido en todos estos años lo hemos puesto en práctica en estas semanas junto a Pedro. En ningún momento ha estado solo, unos días iban unos a darle de comer y cenar y otros días iban otros, unas veces iban unos por la mañana a estar con él y otros iban por la tarde, pero nos hemos sentido comunidad enviada por “el espíritu del Señor para aliviar el dolor de Pedro.”; la parroquia de la Sagrada Familia ha estado presente junto a Pedro como lo ha estado siempre que alguien nos ha necesitado y la verdad es que me siento orgulloso y contento de estos días; puedo volver a decir que “con este pueblo no cuesta ser buen pastor”, que decía nuestro querido Monseñor Romero, puedo decir que la Comunidad de la Sagrada Familia ha seguido y sigue siendo una comunidad acogedora, fraterna y cercana a los más pobres y necesitados. Y hemos descubierto que la comunidad cristiana somos las personas y que es mucho más que una parroquia concreta o que unas paredes.

Con alegría escuchábamos decir a Pedro que éramos su familia, cuando alguien le preguntaba si tenía familia siempre nos señalaba y nos decía “aquí está”. Y yo siempre cuando lo decía recordaba las palabras del evangelio de San Lucas “mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” ( Lc 8, 21), porque nosotros, familia de Pedro, estábamos también siendo familia de Jesús en aquel hombre que poco a poco iba acabándose y despidiéndose de la vida, y hemos intentado que no se sintiera solo en ningún momento, y que el cariño fuera lo fundamental. Hace unos días se cayó cuando fue al baño porque ya estaba muy débil y apenas el cuerpo le sostenía y siempre al llegar nos decía si le podíamos dar un masaje; con todo el cariño del mundo le dábamos ese masaje y él cerraba los ojos y parecía que algo le aliviaba; cuando pasábamos las manos por aquel cuerpo lleno de huesos ya y comido por la enfermedad, en el fondo tocábamos al mismo Jesús crucificado, en el cuerpo de Pedro estaba el cuerpo del mismo Jesús, y sin duda que en cada una de las caricias hemos ido transmitiéndole el amor de Dios; ojala que Pedro haya sentido ese amor del Padre en nuestros gestos, ojala que haya podido experimentar que no estaba solo en ningún momento y que el Dios de la vida, su Padre, le amaba y le acariciaba en cada una de nuestras caricias.

Hemos ido asistiendo en su debilidad y en su deterioro al paso del Jesús pobre y sencillo en su vida que se iba acabando. Me dijo que habían preguntado por alguien que se hiciera responsable y enseguida dijo que me llamaran a mí, que lo que tuvieran que decirle a algún familiar suyo me lo dijeran a mí. A las dos semanas de estar ingresado me llamo por teléfono con voz entrecortada y me dijo: “ya me han dicho lo que tengo, un cáncer de páncreas”, y me lo dijo como si le hubieran dicho que tenía una gripe, pero después si que me dijo “me da miedo, me encuentro asustado”, y enseguida le dije que iría por la tarde y que no se preocupara. La enfermedad ha avanzado enseguida, y el oncólogo pronto dijo que era una metástasis cerebral y sin mucha solución. Hace menos de una semana el médico me decía que iban a empezar con un tratamiento de quimioterapia pero que pensaba no iba a resistir y que sería bueno buscar un sitio de paliativos, y eso fue lo que intentamos buscar. Reconozco que el oncólogo también ha sido una pieza muy importante en estos días y hay que resaltar su cariño y su cercanía tan especial a Pedro, desde el primer momento me dijo que el importante era él; cuando yo le increpé el por qué le habían dicho enseguida lo del tumor lo que me dijo fue que no era su estilo, pero que en el equipo había mas médicos, “yo prefiero ir preparando al enfermo y irle haciendo ver lo que tiene”, me ofreció su teléfono para estar comunicados en todo momento y así lo hemos ido haciendo en estos últimos días.

En estos últimos días todos hemos ido comprobando con tristeza como Pedro se iba deteriorando de manera estrepitosa y temíamos que el final iba a ser inminente; estábamos pendientes de conseguir la plaza en el hospital de paliativos; rápido preparar informes, llamar al obispado para ver si podía hacer algo, trabajadores sociales…. Todos intento lo mejor para nuestro amigo que era ese hospital donde pasara dignamente los últimos momentos de su vida… y el miércoles me llamó por teléfono el médico para decirme que había una plaza y que esa misma tarde se lo iban a llevar. Dos personas de la comunidad estuvieron con él toda la tarde hasta que llegó la ambulancia y lo trasladaron pero todos a través del teléfono y los mensajes estábamos informados de lo que iba pasando.
Y al amanecer del jueves la fatídica noticia al descolgar el teléfono: había ido la enfermera por la mañana y había visto que Pedro estaba muerto a causa de un paro cardiaco, dentro del cuadro de su enfermedad. Y cuando me llamaron y me lo dijeron la verdad es que me quedé sin saber qué decir, y al principio como desinflado, acababa de llegar al hospital la noche anterior… pero enseguida di gracias a Dios por él y sobre todo por todo lo vivido junto a él en estas tres semanas, y por toda “nuestra familia, por toda la familia de Pedro”.

Fui hacia el hospital y estaba allí Miguel el compañero cura, con Pedro, otra persona de la parroquia, estaban al pie de la cama de Pedro, ya fallecido. Fue cuando le dije a Miguel que había vidas muy rotas, y muy injustamente tratadas, y fue él el que me dijo “menos mal que al final Dios lo recompone todo”. Comenzamos a llamar a posibles personas amigas o “familias de sangre” de Pedro, con los teléfonos que tenia en su móvil, pero fuimos comprobando con dolor como nadie quería saber nada de él, todos decían que para ellos no significaba nada; fue un momento duro y de tristeza. Es verdad que no conocemos toda la vida de Pedro y que su vida podría haber sido como fuera, pero en este momento estaba allí, muerto y desvalido; recordé las palabras que a veces me dicen familiares de los chavales de la cárcel cuando yo las llamo y les digo que me da pena la persona, “claro pero tu ves solo la parte bonita ahora, no lo que ha pasado antes”, y yo siempre les digo que lo comprendo, y que no valoro ni juzgo lo que han hecho antes, pero que en ese momento son una persona necesitada al margen de lo que hayan podido hacer y por eso hay que estar cercano a ellos y ayudarles.

Otro problema era ver quien se hacia cargo del entierro, y al estar empadronado en mi casa, parecía que tenia que correr a cargo del Ayuntamiento de Fuenlabrada, y después de muchas gestiones así fue, y yo me pondría como responsable. Fui al tanatorio y quedamos en que la icineración sería al día siguiente a las cuatro de la tarde.

Nada más saber la hora se lo dijimos “ a toda la comunidad de la Sagrada Familia” y quedamos en acudir allí. Llevaron el féretro a la capilla del tanatorio y todos nos pusimos alrededor, éramos como veinte personas, con los voluntarios de la cárcel, la gente de la parroquia y el otro compañero cura Justo, que le había dado durante año y medio casa a Pedro. Rezamos, leímos el Evangelio de Mateo donde Jesús se ofrece como alivio para todos “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré” (Mt 11, 28); y luego fuimos dando gracias por Pedro, por su vida y también por toda nuestra comunidad, por seguir siendo sensibles a estas realidades, por haber podido tener la gracia de acompañarle y por sentirnos Iglesia de Jesús unida y enviada por la fuerza de su mismo Espíritu, terminamos rezando juntos el padrenuestro y recibiendo el abrazo del Padre a través de su misma bendición.

Cuando estábamos rezando llegó un matrimonio y se puso junto a nosotros; al terminar se me acercó y me dijo que eran unos amigos de Pedro, con los que había estado nada más salir de la cárcel. La mujer me dijo que estaba impresionada por lo que había visto al llegar a la capilla. “Cuando ayer nos llamaron ustedes diciendo que había muerto me dijo mi marido que iba a venir y yo no soy muy de venir a estas cosas, pero decidí venir para acompañar a Pedro en su último viaje. Cuando he llegado y he visto tanta gente me he emocionado y he visto que Pedro estaba muy acompañado, me ha dado mucha alegría porque he visto a mucha gente cerca de él”; confieso que cuando me lo decía yo también me he emocionado, y se me han caído algunas lágrimas porque he sentido muy cerca la presencia de Dios en todos y cada uno de los que estábamos allí y que en estas tres semanas hemos sido “ su familia”.

Pedro ya no está en este mundo, ya está disfrutando con el Padre, y seguro que “nuestros masajes en la paletilla” como decía él, le han adelantado todo su cariño, seguro que nuestras caricias le han hecho descubrir todo su amor. Ahora no esta solo, ya no nos necesita, ya no tenemos que hacer turnos para darle de comer o de cenar, pero sentimos que el Padre-Madre Dios sigue contando con nosotros, con nuestra comunidad; seguramente hay muchos “pedros” que nos siguen necesitando, y nosotros nos seguimos sintiendo iglesia enviada por el Espíritu de Jesús. Seguimos experimentando la fuerza de alquien que nos sigue convocando a ser sus mediadores, a ser sus brazos y sus piernas, a seguirle en medio de aquellos necesitados y necesitadas de nuestro mundo.

Disfruta del momento Pedro, es todo para ti, ya no tienes que buscar dónde dormir ni qué comer, el Padre te ha preparado su mejor habitación para que estés siempre junto a El. Siente su amor, sus caricias, sus masajes, siente que no te va a dejar nunca, y no nos olvides, seguimos siendo tu familia, ahora tienes un puesto privilegiado junto a Dios, nosotros seguimos aquí, te recordaremos, te echaremos de menos y seguiremos sintiendo tu presencia. Seguirás siendo “Pedro el francés “ como siempre te conocíamos y seguiremos experimentando que Dios sigue contando con nosotros; Dios, nuestro Dios, tu Padre y nuestro Padre, ya ha recompuesto tu vida para siempre, como decía nuestro amigo Miguel.

Termino estas líneas en el sábado anterior al Domund, mañana celebramos en la Iglesia universal el día de las misiones, donde recordamos que muchas personas, hombres y mujeres hermanos y hermanas nuestras, dan la vida cada día por intentar transmitir con su vida a ese Dios que nos quiere a todos, ellos se sienten instrumentos cada día de ese amor de Dios a todos. Y acabo de leer un pregón del Domund que ha hecho Pilar Rahola, la política catalana, que se confiesa como no creyente pero que reconoce la labor de los misioneros, dice muchas cosas importantes a mi entender valorando la labor de estas personas y dice que su no su “dificultad para entender la divinidad no me impide ver a Dios en cada acto solidario, en cada gesto de entrega y estima al prójimo que realizan tantos creyentes, precisamente porque creen”, esa es el testimonio auténtico de Dios, en el fondo las palabras que también decía el obispo Don Helder Cámara cuando le criticaban por lo que hacia: “Cuando doy pan a un pobre, dicen que soy un santo. Cuando pregunto por qué el pobre no tiene pan, me llaman comunista”. En la parroquia de la Sagrada Familia ahora “exponen todos los días al Santísimo”, como ellos dicen, pero porque ese “Santísimo” ni molesta, ni estorba y encima deja la conciencia tranquila, pero me temo que los pobres y los presos no son los primeros.

Y un día más, después de la dureza de estos días, sentimos el amor del Padre, sentimos que nos reconforta, y las palabras del Evangelio de Mateo “lo que hicisteis a uno de estos más pequeños, a mí me lo hicisteis” ( Mat 25, 40).

Fuenlabrada 22 de Octubre de 2016

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