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DEBATE SOBRE UNA RECEPCIÓN DEL CONCILIO VATICANO II. Faustino Teixeira

Publicado en

Atrio

Instituto Humanitas Da Universidade Unisinos (Ihu Online).
ADISTA, nº 56, 28 Julio de 2007-
El reciente documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe es un instrumento utilizable por el magistero oficial para marcar una postura específica en el debate a favor de una determinada recepción Concilio Vaticano II (1962-1965). No es una novedad para los historiadores de la Iglesia que han estudiado el evento conciliar la querella originada en torno a dos eclesiologías: una jurídica, y otro de comunión. Esto se produjo sobre todo en el proceso de elaboración de la Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium.

En algunos documentos del Concilio se evidencia la presencia de textos de compromiso entre estas dos eclesiologías. Pero no se consiguió en el Concilio una síntesis entre las dos visiones eclesiológicas, lo que para algunos autores supone una de las limitaciones del Concilio Vaticano II. A lo que hoy estamos asistiendo es a un decisivo movimiento a favor de un interpretación del Concilio, o una lectura del Concilio orientada a la “reafirmación de la tradición”. No es ninguna novedad, sino una reiterada cantilena desde el inicio de los años 80 o, para ser más precisos, desde el momento en que el entonces cardenal Ratzinger fue nombrado prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), en noviembre de 1981. Vale la pena leer los trabajos recientementre publicados en Roma sobre los documentos de la CDF en el periodo del 1966 al 2005. Son ejemplo vivo del trabajo interpretativo desarrollado por la CDF en tensión con la llamada “hermenéutica de la discontinuidad” incursa en el postconcilio.

Como ha mostrado eficazmente el historiador Giuseppe Alberigo, ese momento post-conciliar es, en gran medida, “una proyección de las tensiones que atravesaron la asamblea, y no por azar los protagonistas son personajes del mismo Concilio”. Alberigo señala que a lo que hoy se asiste es a una nítida vuelta a las “posturas que el Vaticano II invalidó o superó y que estaban circunscritas a núcleos nostálgicos”. En esta recuperación es vigente una valoración pesimista de la historia y la afirmación de una eclesiología cerrada, rígida, típica de la época post-tridentina.

El documento de CDF recientemente publicado, que trata de “respuestas a cuestiones relativas a algunos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia”, no presenta ninguna novedad respecto a otros documentos publicados por la CDF en los últimos años. Cabe indicar su continuidad con la “Carta a los obispos sobre algunos aspectos de la Iglesia entendida como comunión” (1992) y con Domine Iesus (2000). Estos dos documentos se publicaron cuando el cardenal Ratzinger era aún prefecto de la CDF. El nuevo documento aparece firmado por el prefecto de la CDF, cardenal William Levada y por el secretario general, el arzobispo Angelo Amato. Salta a la vista la línea de continuidad entre los tres documentos.

En la presentación que Angelo Amato hace del libro que contiene los documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe ya hay una indicación de algunas “áreas más sensibles” que reclaman la atención del dicasterio romano y que exigen mayor vigilancia disciplinar. Entre los temas indicados está la cuestión trinitaria, cristológica y eclesiológica. Se menciona también la teología de las religiones. El secretario de la CDF reclama la atención sobre los riesgos presentes en los trabajos de ciertos teólogos, que están originando “doctrinas erróneas” en la eclesiología, por ejemplo, en el ámbito de una “eclesiología de comunión” con cierta tendencia “horizontalista”. Su reflexión sobre la Dominus Iesus (DI)está en línea con el documento ahora divulgado sobre la Iglesia. Señala que la DI “ofrece un marco de referencia esencial para la teología de las religiones, el diálogo interreligioso y el ecumenismo”, retomando la discusión sobre el subsistit in de Lumen Gentium 8.

El documento de la CDF trata de responder a cinco cuestiones eclesiológicas específicas: el lugar de la doctrina sobre la Iglesia en el Concilio Vaticano II, el significado de la afirmación de que la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica, la razón del uso de la expresión “subsiste” en lugar de la forma verbal “es”, el hecho de considerar las Iglesias Orientales como Iglesia y el por qué no utilizar esta misma expresión para identificar la comunidad cristiana nacida de la Reforma del siglo XVI. El documento de la CDF sigue las pistas de la Dominus Iesus (cfr DI 16-17(. Se subraya la “plena identidad de la Iglesia de Cristo con la Iglesia católica”. Una identidad que no se da de forma plena en las otras comunidades eclesiales “separadas” en razón de la falta en ellas de “sucesión apostólica en el sacramento del Orden” y de la “sustancia íntegra del Misterio eucarístico”. Según el documento, la palabra “subsiste” de Lumen Gentium 8 puede atribuirse exclusivamente a la única Iglesia católica”, estando las otras comunidades eclesiales privadas de “un elemento constitutivo de la Iglesia”, aunque animadas de “elementos de santificación y de verdad” que las impulsan “hacia la unidad católica”.

La línea teologica adoptada en el documento es evidentemente la del “cumplimiento”, por lo que las otras comunidades cristianas son convocadas a la inserción en la “unidad católica” y sólo así podrán compartir la comunión en la verdadera Iglesia de Cristo. Lo lógica que recorre el texto, en sintonía con la DI, expresa una visión claramente exclusivista y absolutizadora del puesto de la Iglesia católica-romana. No hay espacio para una sensibilidad ecuménica ni para el plausible ejercicio de la diversidad. Permanece alejada cualquier posibilidad de aceptación del pluralismo religioso en el designio unitario de Dios. No se reconoce el valor de una “diversidad reconciliada” y la idea de unidad profesada y problemática. Hoy día en la reflexión ecuménica se da una tendencia a subrayar que la unidad a la que miran las Iglesias cristianas no es una unidad ya adquirida, sino una “unidad inédita” que deriva del ejercicio del diálogo y es capaz de integrar la legítima diversidad de todas las Iglesias.

Igualmente “forzada” es la interpretación de Lumen Gentium 8. No se puede justificar de manera plausible la idea de que la sustitución de “es” con “subsiste” no altere la tradicional visión que identificaba directamente la Iglesia de Cristo con la Iglesia católica. Como bien dice el teólogo Francis Sullivan, estudioso del tema, “lo único absolutamente cierto es que la decisión de no decir ya “es” –decisión ratificada por los votos del Concilio—es la decisión de no afirmar más aquella absoluta y exclusiva identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia católica que se venía sosteniendo en esquemas precedentes”. Cambiando los términod, el Vaticano II reconoce el valor de eclesialidad de las otras Iglesias cristianas, que se encuentran también ellas implicadas en el misterio de la Iglesia de Cristo.

No hay duda de que vivimos un tiempo “invernal” en la Iglesia, donde el “espíritu” del Vaticano II se ve amenazado por los vientos impetuosos de una problemática restauración romana. Pero la mucha resistencia que se hace sentir por todas partes es viva manifestación del hecho de que es muy difícil impedir la “irreversibilidad” del camino ecuménico y del diálogo.

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NOTA DE ATRIO: Para mayor información sobre el debate de la interpretación del Vaticano II, pueden sonsultarse estos documentos publicados en IGLESIA VIVA:

Historia e interpretación del Vaticano II. Nº 225. Debate entre Benedicto XVI y Giuseppe Ruggieri

¿Acontecimiento del Espíritu o corpus doctrinal a aplicar con fidelidad? Por Joaquín Perea. Nº 227
[Traducción de Joaquín Adell para ATRIO.org]

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