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Cuarenta años después de Medellín -- José Comblin, teólogo

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Reflexión y Liberación

El documento de Aparecida proclama con mucha fuerza que quiere situarse en continuidad con Medellín. Esta afirmación alegró a muchos católicos que tenían la impresión que en América Latina la Iglesia se había alejado de Medellín. Sin embargo, mirando con más atención los documentos de las dos conferencias, es imposible no percibir diferencias fundamentales.

El documento de Medellín pretendió ser una aplicación del Vaticano II para América Latina. Sin embargo, en Medellín el mensaje básico del Concilio estaba en la Gaudium et Spes. Además de eso, Medellín era una aplicación también del Pacto de las Catacumbas firmado por 40 obispos en una catacumba de Roma al final del Concilio. Por ese pacto los obispos asumían el compromiso de una vida pobre al servicio de los pobres. Muchos de los que firmaron el Pacto eran obispos del Tercer Mundo y había entre ellos un grupo importante de latino-americanos. Claro está que don Helder estaba en el origen de ese Pacto. Ese pacto estaba en el aire en el momento de Medellín, aunque por razones obvias nunca haya sido mencionado.

La Curia romana estaba desconfiando, aunque Pablo VI hubiera aceptado la propuesta de Medellín con mucha satisfacción. Cambió algo de la programación para reducir el tiempo de palabra de obispos como don Leonidas Proaño, dividiendo su tiempo y dando la mitad a don Eugenio Sales que daba plena confianza y naturalmente sería mucho más moderado. También la curia romana suprimió de la lista de los asesores 4 belgas, todos asociados a la Universidad de Lovaina, juzgada peligrosa. Yo era uno de los cuatro. Asimismo la curia representada en Medellín por el cardenal Samoré-uno-dos-tres presidentes, no consiguió orientar los debates y la redacción del documento. Este fue publicado inmediatamente al final de la Conferencia tal como había sido redactado por las comisiones. El cardenal Samoré no consiguió suspender la publicación hasta que el texto fuese enviado a Roma para ser corregido. De vuelta en Roma, el cardenal Samoré fue severamente castigado. Pero ya el texto estaba en manos de los latino-americanos.

Después de la Revolución francesa que inició el proceso de destrucción de la cristiandad de Occidente (romana), hasta el Vaticano II, los documentos de la Iglesia estaban centrados en la reafirmación de la identidad católica, identificada con la institución definida en el Concilio de Trento, y en el llamado a la conversión a los pueblos que se alejaron de la Iglesia. Creían que la formulación del catolicismo integral llevaría a una conversión del mundo pecador. Este volvería al seno materno de la Iglesia. El movimiento deseado era la conversión del mundo a la Iglesia. Y el mundo no se convirtió.

Juan XXIII quiso mudar esa orientación. Quiso que la Iglesia mirase al mundo de manera más positiva y proclamó el fin de la era de las condenaciones. Las condenaciones caían sobre los católicos que buscaban una aproximación a la sociedad nueva nacida de las revoluciones modernas. Juan XXIII creó en el Concilio un ambiente favorable a esa actitud, pero no todos los que aprobaron los textos, entendieron o aprobaron interiormente. Por otra parte los textos conciliares son muy heterogéneos, porque la mayoría quiso dar satisfacción a la minoría conservadora e introdujo en los textos ideas que eran contrarias a aquello que se proclamaba por otro lado. Cada uno podía escoger los textos que le agradaban.

El Concilio fue avanzando cada vez más en la orientación dada por el Papa Juan XXIII, que fue reasumida por Pablo VI. El paso final y definitivo fue dado en la Gaudium et Spes. En esta Constitución la Iglesia tomó como orientación el servicio a la humanidad. Implícitamente el tema dominante es una conversión de la Iglesia para el mundo. Fue lo que Pablo VI subrayó y defendió claramente en su discurso de clausura. El centro era el hombre y la Iglesia estaba al servicio del hombre.

Conversión del mundo a la Iglesia o conversión de la Iglesia al mundo. Este es el dilema. Desde la introducción, el documento de Medellín define claramente el propósito de la Conferencia. “La Iglesia latino-americana, reunida en la II Conferencia General de su Episcopado, situó en el centro de su atención al hombre de este continente, que vive un momento decisivo de su proceso histórico.

Siendo así, no se cree “desviada”, sino “se volvió hacia “el hombre”, consciente que “para conocer a Dios, es necesario conocer al hombre”. Pues Cristo es aquel en quien se manifiesta el misterio del hombre. Procuró la Iglesia comprender este momento histórico del hombre latinoamericano a la luz de la Palabra, que es Cristo. Procuró ser iluminada por esta palabra para tomar conciencia más profunda del servicio que le incumbe prestar en este momento”.

Por otro lado, así comienza la introducción del documento de Aparecida:

“Con la luz del Señor resucitado y con la fuerza del Espíritu Santo, nosotros los obispos de América nos reunimos en Aparecida, Brasil, para celebrar la V Conferencia General del Episcopado Latino-Americano y del Caribe. Hicimos eso como pastores que quieren seguir estimulando la acción evangelizadora de la Iglesia, llamada a hacer de todos sus miembros discípulos y misioneros de Cristo, Camino, Verdad y Vida, para que nuestros pueblos tengan vida en El.”

Desde las primeras palabras, la diferencia es patente. Por un lado el centro es el hombre, por otro lado el centro es la Iglesia. En los dos casos había una opción de base y todo el trabajo de las Asambleas constituyó en explicitar esa opción examinándola en los diversos aspectos.

Otra diferencia importante aparece en la metodología adoptada. En Medellín las 16 comisiones practicaron el método ver, juzgar, actuar. En cada asunto el punto de partida era ver la situación; después de eso se buscaba en la revelación cristiana la norma que se aplicaba a esa situación, el juzgar. Después de eso venían las recomendaciones pastorales para la acción: el actuar.

En el documento de Aparecida, el conjunto está dividido en tres partes: una trata del ver, otra del juzgar y otra del actuar. Algunas comisiones examinan la situación. Otras comisiones examinan la doctrina y otras comisiones examinan el actuar. El resultado es que no aparece ninguna relación entre el ver, el juzgar y el actuar. El actuar no tiene nada que ver con el ver y así sucesivamente. Oficialmente en Aparecida los obispos adoptaron el método ver-juzgar-actuar, pero de manera que no era operacional. No se puede decir que la doctrina es la respuesta a la situación de América Latina. Ella vale para cualquier lugar en el mundo. También el actuar no es la respuesta a la situación social o eclesial.

En Medellín cada comisión redactó su texto. En Aparecida el texto fue obra de una comisión de redacción. El resultado es que hay más homogeneidad de estilo y de vocabulario, y más cohesión entre los temas en el documento de Aparecida. Pero el discurso de los obispos queda apagado por el discurso de la comisión de redacción. El texto es mejor literariamente hablando, y más homogéneo, pero tiene mucho menos repercusión.

El documento de Medellín está con certeza centrado en el tema de la pobreza. Fue la prolongación del Pacto de las Catacumbas. En esa opción podemos discernir el reconocimiento de la conversión de varios obispos y varios sacerdotes en América Latina que se aproximaron a los pobres, conviviendo con ellos, sintiendo y viviendo sus sufrimientos y sus humillaciones. Todo eso ya existía antes de Medellín. Ya estaba presente la trayectoria de don Helder y de varios obispos del Brasil que habían hecho opción por los pobres. Ya estaba presente la lucha de don Leonidas Proaño a favor de los indios en Ecuador, de don José Dammert en el Perú, de don Samuel Ruiz en Méjico, de don Enrique Angelelli en Argentina y varios otros. Ya estaba presente la ida de varios sacerdotes al mundo de los pobres en varios países. Y había la presencia de Pablo VI animado por el Concilio y muy comprometido, exhortando a los obispos a un mayor compromiso con los pobres.

“La Iglesia de América Latina, dadas las condiciones de pobreza y subdesarrollo del continente, siente la urgencia de traducir ese espíritu de pobreza en gestos, actitudes y normas que la vuelvan una señal más lúcida y auténtica del Señor. La pobreza de tantos hermanos clama por justicia, solidaridad, testimonio, compromiso, esfuerzo y superación para el cumplimiento pleno de la misión salvífica confiada por Cristo”(14. Pobreza de la Iglesia, 6).

Por eso Medellín tenía acentos proféticos: “Un sordo clamor nace de millones de hombres, pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte”(14. Pobreza de la Iglesia, 2).

La educación será una “educación liberadora” esto es que transforma al educando en sujeto de su propio desarrollo. La educación es efectivamente el medio-clave para liberar a los pueblos de toda servidumbre” (4. Educación, II, 1).

Pues Medellín no tenía miedo de la palabra liberación. La usó muchas veces sin ningún adjetivo. Adoptó el tema de la liberación cuando la teología de la liberación todavía no existía. Quien lanzó la teología de la liberación fue la Conferencia de Medellín. Esto nunca fue escondido y todos los teólogos tomaban Medellín como referencia privilegiada.

Las recomendaciones prácticas eran inspiradas en el mismo espíritu. “La Iglesia de América Latina, dadas las condiciones de pobreza y subdesarrollo del continente, siente la urgencia de traducir ese espíritu de pobreza en gestos, actitudes y normas, que la vuelvan una señal más lúcida y auténtica del Señor. La pobreza de tantos hermanos clama por justicia, solidaridad, testimonio, compromiso, esfuerzo y superación para el cumplimiento pleno de la misión salvífica confiada por Cristo (14. Pobreza de la Iglesia, 6).

En cuanto a los sacerdotes estimularemos a los que se sienten llamados a compartir la suerte de los pobres, viviendo con ellos y trabajando con sus propias manos” (14. Pobreza de la Iglesia, 9a).

En cuanto a la pastoral de las elites “esta evangelización debe ser relacionada con las señales de los tiempos. No puede ser atemporal ni a-histórica. En efecto los signos de los tiempos, observados en nuestro continente, sobre todo en el área social constituyen un “dato teológico”. (7. Pastoral de las elites, II,2).

El documento de Medellín no tiene miedo de la palabra justicia. El uso o no uso de la palabra justicia es una buena señal de identificación. Las clases dirigentes tienen horror de la palabra justicia. Ellas se sienten desafiadas. La pobreza todavía es una palabra aceptable, pero nunca cuando está asociada a la palabra justicia. Es un buen ejercicio buscar cuantas veces un documento usa esa asociación pobre-justicia. La opción por los pobres no asusta tanto cuando no está asociada a la palabra justicia.

La repercusión de Medellín fue extraordinaria. La Conferencia de Puebla pretendió situarse en continuidad con Medellín “nos situamos en el dinamismo de Medellín, cuya visión de la realidad asumimos y que se tornó fuente de inspiración para tantos de nuestros documentos pastorales de la última década”. (Puebla, n.25).

José Marins hizo un estudio de los documentos inspirados por Medellín hasta Puebla. Cita 457 documentos de conferencias episcopales o grupos de obispos que se inspiraron explícitamente en el documento de Medellín. Al frente está Chile con 70 documentos, Bolivia con 53. Brasil con 50, El Salvador con 41, Colombia con 33, Argentina con 30. (José Marins y equipo, De Medellín a Puebla. La praxis de los padres de América Latina, ed. Paul., Sao Paulo, 1979).

Era previsible, que el Documento de Medellín no suscitase solo adhesiones. Le fueron hechas también críticas. Las más fuertes salieron del propio CELAM cuya dirección fue radicalmente cambiada en 1973 sobre todo por la acción de don Alfonso López Trujillo, secretario general y organizador de la Conferencia de Puebla. El gran argumento repetido sin cesar fue que Medellín había sido mal interpretado. En la idea de él la Conferencia de Puebla debía rectificar las falsas interpretaciones de Medellín.

En Puebla, no se produjo la rectificación esperada. En muchos aspectos Puebla explicita más lo que estaba en Medellín. Sin embargo el argumento de la falsa interpretación de Medellín tuvo larga vida en los ambientes conservadores.

Muchos historiadores, observadores, sociólogos, teólogos o pastores tuvieron la impresión de que en Medellín la Iglesia Latinoamericana alcanzaba la plena madurez. Pensó y habló en nombre propio. Se miró a sí misma con sus propios ojos y no por los ojos de otro. Fue más allá del Concilio Vaticano II, sobre todo en la cuestión pobreza. Juan XXIII quería que se proclamase la Iglesia de los pobres. A pesar de los esfuerzos del cardenal Lercaro, no consiguió ser entendido. Pero el tema fue asumido por los líderes del episcopado latinoamericano y fue el alma y el centro de la conferencia de Medellín. La Iglesia latinoamericana tomó una actitud propia que le dio en el mundo una figura muy especial.

P. José Comblin. Teólogo, Animador de Comunidades, reside actualmente en Brasil.

Separata “Reflexiones y Desafíos Cristianos” / Santiago de Chile, Junio de 2008.

Movimiento Somos Iglesia-Chile – Revista “Reflexión y Liberación”

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