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Cuando se apaguen las luces en Haití -- Miguel Angel Navarro Lashayas

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Lanbí

Drama, catástrofe, caos, miseria, consternación, solidaridad son algunas de las palabras que utilizan muchos de los periodistas que en estos últimos días han sido desplazados a Haití. Ciertamente, el terremoto que ha asolado el país es de unas proporciones descomunales, es noticia en todo el mundo, de ello no cabe duda, pero lo que se echa en falta en los medios de comunicación es un análisis que muestre la realidad de Haití. La falta de contextualización del suceso, más allá de las cifras macroeconómicas que se muestran en los informes del PNUD, es alarmante. Y cuando los focos se apaguen, cuando Haití ya no sea noticia, volverá al olvido para las grandes agencias periodísticas, igual que lo harán las claves necesarias para entender las proporciones de la catástrofe sufrida.

Nadie sabrá que en el año 2005 Haití pagó más de 80 millones de dólares en intereses y servicios de la supuesta deuda externa a los que ahora dicen ser sus salvadores. Deuda que, en gran medida se adquirió en la dictadura de los Duvalier, que duró más de 30 años con el beneplácito de los Estados Unidos. Tampoco se sabrá ni se hablará de que en los años 70 Haití era autosuficiente en cuanto a la producción de cereales, y contaba con una importantísima producción de arroz que fue aniquilada por los planes de ajuste estructural impuestos por el FMI y el Banco Mundial, convirtiendo a Haití en uno de los mayores importadores de arroz de Estados Unidos del mundo. Muy lejos de la soberanía alimentaria a la que, un país con un 65% de la población campesina, debiera caminar. ¿Adónde se fueron todos esos campesinos que no pudieron competir con los alimentos subvencionados e importados del norte sin aranceles? Efectivamente, a las grandes ciudades como Puerto Príncipe, y son ellos, los que con sus escasos recursos construyeron una casa ahí donde podían en la ciudad, los que han engordado las escalofriantes cifras de muertos. Los datos hablan por si solos, tras el terremoto, un millón de personas están saliendo de Puerto Príncipe para volver a los pueblos de donde fueron expulsados por esa “mano invisible” que rige impasible los designios del mercado.

Pero estas políticas no son cosa del pasado. En el año 2000, el Banco Interamericano de Desarrollo impuso un embargo a Haití bajo la acusación de fraude electoral sobre Aristide, lo que redujo en un 50% los empleos públicos. Pero como a todo problema siempre hay soluciones, ahí tenemos las maquilas de las grandes multinacionales dando trabajo mísero a los ex funcionarios y ex agricultores. Recientemente se aprobó una reducción del salario mínimo que ya de por si era el más bajo de todo América. Casualidades maquiavélicas, la zona de Ouanaminthe al norte del país, creada como zona franca, no ha sufrido el terremoto y la producción de bienes de consumo para los países ricos a costa del sudor y la vida de los países empobrecidos, no ha dejado de funcionar. No habrá quien pierda la ocasión de proponer ante las ruinas de la capital, la construcción de dichas zonas francas como solución al problema del desempleo del país.

Me voy a permitir el lujo de transcribir el último párrafo de un informe1 realizado por una misión internacional de investigación y solidaridad con Haití, formada por asociaciones y movimientos sociales de América Latina como el MST, las Madres de la Plaza de Mayo o el PAPDA (una red de asociaciones haitianas que buscan el progreso de su país). Dice así: “Debemos trabajar para que al pueblo haitiano no le roben la esperanza de poder construir un país libre y soberano; la esperanza de un pueblo fuerte, que soporta lo insoportable, y sobrevive, y lucha, y canta, baila y ríe. Haití presente!!! Por su soberanía u su dignidad”. Fueron escritas en el año 2005, pero en el contexto actual, cobran más fuerza y relevancia que nunca.

Visto en Rebelión

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