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CRISTIANISMO DE LIBERACIÓN (II): LOS POBRES Y LA LIBERTAD-LIBERACIÓN. Jung Mo Sung

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Adital

Hay, en diversos sectores del cristianismo, una cierta expectativa sobre si el Papa Benedicto XVI, en ocasión de su visita a Brasil, y si la V Conferencia de Obispos de América Latina van a hablar o no sobre los pobres y si van a reconfirmar explícitamente la opción por los pobres.

En una época en que hasta el FMI, el Forum Económico Mundial de Davos y el G-7 (la reunión de los países más ricos del mundo) hablan de la importancia de combatir la pobreza en el mundo, sería mucha y demasiada falta de sensibilidad con lo que pasa en el mundo si el Papa y la V Conferencia no hablasen a favor de los pobres. Por lo tanto, yo creo que no existen dudas de que este tema estará presente en los discursos y documentos.

Sin embargo, no podemos olvidarnos de que en el mundo moderno todas las colonizaciones y dominaciones fueron realizados o en nombre del evangelio o de la misión de llevar la civilización a los pueblos dichos incivilizados y pobres. Es decir, todos los discursos de opresión son realizados en nombre del bien común y de la defensa de los pobres.

Siendo así, la cuestión central no es si la V Conferencia hablará sobre los pobres -lo que yo pienso que ocurrirá- y también si asumirá explícitamente la opción por los pobres -lo que creo será un poco más difícil. La cuestión central es cómo se hablará de los pobres.

Lo que diferencia al cristianismo de liberación de otras corrientes es, entre otras cosas, la convicción de que los pobres no son y no pueden ser tratados como objetos de la evangelización o de la «promoción» económica y social. Primero, porque el anuncio de la buena nueva presupone que haya un interlocutor que reciba la noticia dada como una noticia nueva y buena. Sin esta percepción y juicio por parte de los pobres y oprimidos (no nos olvidemos de que Jesús vino a anunciar el evangelio a los pobres y a liberar a los oprimidos, cf. Lc. 4,18-19), el anuncio de la buena nueva no se realiza, sino que ocurre solamente como un mero pronunciar de una doctrina religiosa. En este sentido, podemos decir que la evangelización sólo se realiza en cooperación, en el encuentro, entre los/as que anuncian y los/as que reciben la buena noticia del anuncio de la liberación. Tanto aquellos/as que anuncian, como aquellos/as interlocutores que son capaces de darse cuenta del anuncio como una buena nueva de Dios son sujetos o agentes de la evangelización.

El segundo motivo es el hecho de que la pobreza actualmente no es el resultado solamente de la incapacidad de los pobres para integrarse en el mercado de trabajo y de consumo, sino que es fundamentalmente un problema estructural del actual modelo de globalización capitalista. Por lo tanto, el modelo de «promoción» no es suficiente – a pesar de tener su valor -, es necesario también luchar por reformas y transformaciones estructurales en el actual modelo económico-político. Y en esta lucha, los pobres no pueden ser tratados como meros objetos, pues ellos pueden y deben participar también como agentes. Aquí entra el tercer motivo: el cristianismo de liberación parte del presupuesto de que, en el capitalismo, el pobre no es solamente alguien que sufre carencias materiales y es económicamente explotado, sino que también es alguien que tiene su dignidad humana negada. Por ello, la participación activa de los pobres y también de las víctimas de otros tipos de opresión es fundamental en la «recuperación» o en la afirmación de esa dignidad. Cuando hacemos de los pobres y víctimas unos meros objetos de nuestras luchas políticas, estamos reproduciendo la lógica de la dominación.

Yo pienso que la noción de que los pobres deben participar de la lucha como agentes de transformación social y personal no puede ser confundida con la noción de pobres como «sujetos históricos», si entendemos por esta noción que los pobres son sujetos y la historia un objeto a ser moldeado por este sujeto. La noción de «sujeto histórico» reproduce la lógica del sujeto que tiene control y dominio sobre un objeto que le es exterior. De esta manera los dominadores pensaron y todavía piensan en relación con la naturaleza, los pobres y otros pueblos. En realidad, vivimos en el interior de la «naturaleza» y de la historia; y éstas no pueden ser pensadas y tratadas como meros objetos de nuestro deseo y acción. En el interior de la historia y de la «naturaleza», debemos luchar en cooperación con otros pueblos, culturas y grupos sociales dominados y explotados por el actual sistema capitalista en la construcción de otros tipos de relaciones sociales, económicas y políticas entre los miembros de la especie humana y entre éste y el medio ambiente.

El cristianismo como un todo debería ser testimonio e instrumento de lo que Pablo dijo a los Gálatas: «Es para la libertad que Cristo nos liberó» (Gal 5,1). «Y la libertad no es una sustancia que alguien o alguna iglesia tiene y da o deposita sobre otra persona. Libertad -que es el camino de nuestra humanización, porque somos llamados para la libertad y no para la sumisión- sólo se conquista y vive en una relación humana y social donde las personas involucradas se vuelven más libres en la lucha contra todas las formas de opresión. Y nuestra fe nos dice que «ese algo adicional» que experimentamos en esas luchas por la liberación, que nos hacen más libres, es la gracia de Dios en medio de nosotros.

Ser parte del cristianismo de liberación es perseverar en esta lucha por la libertad-liberación, testimoniando que el cristianismo todavía tiene sentido y valor porque es capaz de proclamar que la vocación humana es la libertad y que «donde se encuentra el Espíritu del Señor, ahí está la libertad» (2Cor 3,17) y que, por ello, donde hay lucha por la libertad-liberación encontramos al Espíritu del Señor.

(Este es el segundo artículo de una serie que pretendo escribir sobre el tema del «cristianismo de liberación» como una contribución a los debates en vista de la V Conferencia del CELAM)

Traducción: Daniel Barrantes – barrantes.daniel@gmail.com

*Jung Mo Sung es Professor de pós-grad. em Ciências da Religião da Univ. Metodista de S. Paulo e autor de Sementes de esperança: a fé em um mundo em crise

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