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Colombia: Cuando un amigo se va -- Javier Giraldo Moreno, S. J.

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Enviado a la página web de Redes Cristianas
Quiero agradecer a todas las personas, grupos y organizaciones que me han hecho llegar mensajes de solidaridad marcados por el dolor, con ocasión de la muerte de Eduar. Con todas y todos ustedes quiero compartir mis sentimientos, recuerdos y reflexiones que esta partida, impresionantemente prematura, hace aflorar en este momento lleno de tristeza.

No puedo olvidar el comienzo de mi relación con él. Carlos Alberto Ruiz, abogado que me acompañaba en ese momento, lo recuerda y relata muy bien en el mensaje que me envía: “hace 22 años un muchacho algo tímido y de mirada limpia llegaba a la oficina de la 71[de la Comisión de Justicia y Paz], para leer y conocer más lo que allí hacíamos, sobre denuncias y preguntas que fueron compartidas, de cómo unos derechos humanos eran pisoteados, violentados, por un poder que luego le fustigaría, sin verdadera tregua… ya iba comprometido y creció cada vez más su pertenencia radical a una causa, la de los pobres y perseguidos…”

En ese momento Eduar era estudiante de filosofía integrado a la Comunidad Salesiana. En mi primera conversación con él, me manifestó que los estudios y el estilo de vida de su comunidad no le satisfacían; que él quería una relación directa con la gente que vivía en situaciones difíciles. El Padre Mario Peresson, hoy Superior Provincial de los Salesianos, al confirmarle la noticia de su muerte me comentó: “desde que lo conocí comprendí que era un joven que no cabía en nuestras estructuras; su radicalismo y su compromiso lo llevaban mucho más allá”.

Poco tiempo después Eduar se retiró de su congregación y me fue pidiendo trabajos cada vez más difíciles. Luego de encargarle por unos meses que nos ayudara a sistematizar informaciones sobre violaciones graves a los derechos humanos, pasó a integrarse al Equipo Pedagógico de Justicia y Paz, un grupo profundamente creativo que abrió caminos de educación en derechos humanos para diversos sectores, pero que también se fue sintiendo progresivamente insatisfecho con un trabajo que se enmarcaba, en gran parte, en campos teóricos y de discurso.

Eduar era quizás el más insatisfecho y me pedía misiones cada vez más riesgosas. Con temor por su ju-ventud, un día le pedí que se encargara de coordinar el albergue para desplazados que teníamos en Barrancabermeja y aceptó con enorme entusiasmo. Allí vivió quizás sus primeras experiencias de alto riesgo y de confrontación directa con las fuerzas represivas. Un día me llamó por teléfono al amanecer para relatarme que en la puerta había un grupo de militares intentando ingresar ilegalmente al albergue pero que él había exigido con firmeza una orden judicial y se negaba a abrir la puerta.

No fue fácil sortear aquella situación pero, en lugar de sentirse temeroso, sus principios se fueron afianzando.
Cerrado el albergue de Barranca luego de un prolongado discernimiento, la Comisión de Justicia y Paz creó un Equipo en Urabá para acompañar a los desplazados. Eduar se integró nuevamente con sus antiguos compañeros del Equipo Pedagógico y se fue para Urabá. La pedagogía de los derechos humanos buscaba entonces, en ellos, un “polo a tierra”, pasando del discurso a enfrentar la realidad trágica del conflicto y la masacre, y pasando, además, del aula a los cambuches y los caminos ensangrentados.

Yo veía que Eduar había encontrado, finalmente, lo que buscaba: estar con la gente que sufría; compartir con ella su suerte. En esa coyuntura se produjo el éxodo masivo de comunidades afro del Cacarica y del Salaquí, al tiempo que los campesinos de San José de Apartadó cocinaban su decisión de convertirse en una Comunidad Neutral. Corría el año 1997, si bien el proceso se había iniciado desde mediados de 1996.

Otro momento decisivo que aflora en mi memoria fue el de un domingo de abril de 1997. Yo regresaba a Turbo desde San José de Apartadó, donde un grupo de líderes de la Comunidad de Paz que se había proclamado el 23 de marzo anterior, me abordó con peticiones apremiantes: agradecieron el acompañamiento intermitente de nuestra Comisión de Justicia y Paz pero me hicieron ver que no era suficiente, pues la agresión de los militares, a raíz de la proclamación de la Comunidad de Paz, era excesivamente criminal: bombardeos en todas las veredas; desplazamiento masivo; muertes a granel; éxodo de muchas familias.

Sin embargo, me decían que si nos arriesgábamos a acompañarlos en forma permanente, al menos 800 personas estaban dispuestas a no huir de allí y a resistir. Yo les prometí explorar esa posibilidad y esa noche le expuse al equipo la situación, advirtiendo el enorme riesgo para sus vidas que eso implicaba y suplicándoles que nadie tomara esa decisión bajo presión sino con plena libertad y conciencia. Eduar fue el primero que se lanzó al agua y luego lo hicieron una religiosa española y una joven, que como Eduar, se había retirado hacía poco tiempo de su congregación religiosa pero quería continuar viviendo lo más valioso de ese carisma: el servicio a los más necesitados.

El día siguiente, estas tres personas se trasladaron a San José a vivir allí en medio de la más ex-trema zozobra.
Al ritmo de enormes tragedias y riesgos, Eduar se fue convirtiendo en el amigo y confidente de todas aquellas familias y personas. Pero además sus sueños e ideales fueron encontrando allí un campo que lo seducía con fuerza. Cuando venía a Bogotá y me traía los informes de los horrores que vivían para que yo los convirtiera en denuncias y constancias ante organismos nacionales e internacionales, conversábamos largas horas sobre las verdaderas perspectivas de una comunidad de paz en medio de la guerra, como un reto que punzaba nuestra imaginación y todos nuestros ideales de convivencia.

Para él fue un reto seductor la construcción, radicalmente democrática, del Reglamento de la Comunidad de Paz. Fue un largo pro-ceso participativo, en el que incluso los niños de 12 años aportaban y en el que cada artículo era sometido a varias rondas de discusión y decisión. Eso le permitió conocer profundamente a todas las personas que conformaban la Comunidad y también a éstas les permitió conocerlo a él profundamente, compenetrándose todos cada vez más en ideales y sueños comunes que miraban a crear un mundo alternativo.

Para mí fue cada vez más claro que Eduar estaba “en su salsa” y él mismo me arrastraba y convencía cada vez más en sus viajes a Bogotá y en los míos a la zona. Todo esto fue acercando necesariamente nuestras vidas y creando lazos que superaban los formalismos en que ordinariamente se apoyan los proyectos por más humani-tarios que sean. Yo fui apreciando en él un amor y una identificación con aquellos a quienes servía, fuera de lo común, algo realmente excepcional.

Lo descubrí a fondo el día en que asesinaron a Ramiro Correa, uno de los líderes más valiosos de la primera época de la Comunidad (octubre de 1997). Eduar lloró intensamente al recibir la noticia y yo sentí una gratitud profunda por sus lágrimas: ellas me revelaban que su relación con esa Comunidad y con sus sueños estaba lejísimos de formalismos y ficciones y encarnaba un amor transparente y auténticamente humano.

Poco a poco también fui descubriendo que Eduar no tenía otro proyecto de vida; sus estudios se habían cortado y no ambicionaba ningún título profesional. Si bien leía mucho y escribía, todo lo hacía alrededor de un caminar práctico en pos de sueños y utopías. Su ‘ego’ parecía no existir. Se preocupaba por la seguridad de los demás pero la suya nada le importaba. Mirando retrospectivamente mi relación con él, creo que este fue el único aspecto que nos hizo enfrentar en algunos momentos.

Recuerdo muy bien cuando en una de sus venidas a Bogotá, hacia junio de 1998, me contó, sin darle importancia, el episodio en que los militares le habían robado una vaca a un campesino en cercanías del caserío de San José, la mataron a bala y, mientras la descuartizaban, le comentaban a los campesinos que así mismo iban a descuartizar a Eduar en pocos días. Yo me estremecí, pues era bien consciente de que los militares podrían cumplir su promesa. Por eso le dije a Eduar que eso lo teníamos que denunciar pero él se opuso rotundamente. Tuve que amenazarlo con retirarlo de la región para que aceptara que el hecho fuera denunciado.

No había transcurrido un año de su presencia en la Comunidad de Paz, cuando los militares ya lo habían ubicado como alguien que era necesario eliminar. Todas las labores de inteligencia militar y paramilitar convergían en señalarlo como un ‘líder’ de la Comunidad, aunque él sólo quiso ser acompañante y asesor de ellos, y puesto que se trataba de una Comunidad no sumisa a los planes de control militar y paramilitar de la zona, su presencia inspiradora y solidaria era perturbadora para los intereses del Estado y del Establecimiento.

El 11 de septiembre de 1998 los militares incursionaron en la vereda Buenos Aires donde detuvieron gente arbitrariamente, torturaron y asesinaron. Cuando ya habían matado a Arnulfo Mora en un episodio típico de “Falso Positivo”, llegó en helicóptero el Coronel Martín Emilio Carreño Sandoval, comandante de la Brigada 17, montó el cadáver en una mula y escribió una boleta para Eduar, remitiéndole el cadáver de Arnulfo y afirmando que, puesto que él era guerrillero, se lo enviaba para ser sepultado en esa comunidad guerrillera.

Ya desde entonces se sabía que Eduar era un blanco de persecución prioritario para la Brigada y sus brazos paramilitares. Poco a poco nos tuvimos que acostumbrar a recibir noticias de aquí y de allá, en las que muchos miembros de la Comunidad eran abordados por militares y paramilitares para que informaran sobre el paradero de Eduar. En la medida en que la resistencia de la Comunidad se afirmaba con más fuerza, también se arreciaba la persecución contra Eduar.

Paramilitares que a veces les hacían confidencias a miembros de la Comunidad en la terminal del transporte de Apartadó, múltiples veces les hicieron referencia a reuniones en que se decidía la “arremetida final” de exterminio de la Comunidad de Paz, siempre acompañada de la decisión de asesinar o capturar a Eduar, para lo cual ofrecían recompensas a quien informara sobre sus rutas. Y dado que la resistencia se hizo más fuerte luego de la horrenda masacre del 21 de febrero de 2005, cuando fueron masacrados 8 miembros de la Comunidad, entre ellos varios niños, también la persecución se arreció.

En agosto de 2007, un joven emparentado con la familia de Eduar recibía cursos en la Escuela de Cadetes José María Córdova del Ejército, y en una sesión le fueron presentados videos y fotos por el Capitán Nelson Gutiérrez Mariño; allí aparecía una foto de Eduar, como ejemplo de “guerrilleros” a los que había que asesinar. El joven desertó más tarde y le informó a la familia lo sucedido y yo remití el caso a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, pero hasta hoy las investigaciones sólo arrojan respuestas evasivas.

Muchos episodios demuestran que en el año 2009 los militares y sus brazos paramilitares se hicieron el propósito de eliminar a Eduar a toda costa. Cuando en febrero Eduar asistió a la conmemoración de la masacre de 2005 en Mulatos y La Resbalosa, varios hombres armados abordaron a miembros de la Comunidad y a delegaciones internacionales, para preguntar insistentemente por Eduar y por sus rutas de salida; tuvimos que sacarlo por zonas boscosas con un fuerte acompañamiento.

El 28 de mayo del mismo año 2009, el ex Ministro Fernando Londoño Hoyos, en su perverso programa ‘La Hora de la Verdad’, por la emisora Radio Super, le hizo una entrevista profundamente manipulada al ex guerrillero de las FARC alias “Samir”, en la cual éste profirió numerosas calumnias contra la Comunidad de Paz para hacerla aparecer como su colaboradora (del Frente Otoniel Álvarez de la FARC del cual era comandante), a pesar de haber mandado matar a más de 20 miembros de la Comunidad y de haber tratado de “paramilitares” y amenazado a todos sus líderes. El blanco de todas las acusaciones de alias “Samir”, era Eduar.

Todo mostraba que buscaban una justificación para detenerlo, estigmatizándolo primero ante la opinión pública, con un testigo comprado que los militares consideraban la “prueba reina contra él”. Ya el 11 de octubre del mismo 2009, el reconocido paramilitar Wilson Guzmán, quien trabajaba para el Coronel Néstor Iván Duque, autor éste de numerosos crímenes contra la Comunidad de Paz, ingresó en moto al caserío de San José y anunció públicamente que era decisión del Ejército y de los paramilitares ejecutar a Eduar, añadiendo que los seguimientos de inteligencia ya arrojaban datos seguros y su muerte era inminente.

Otro colaborador del Coronel Duque, Elkin Tuberquia, localizó por teléfono a un líder de la Comunidad el 25 de noviembre del mismo 2009, para ofrecerle dinero si le informaba las fechas y sitios de ingreso de Eduar a su zona. El 9 de diciembre, los paramilitares reunieron a los pobladores del barrio Policarpa de Apartadó y les presentaron un “plan de exterminio” de la Comunidad de Paz, entregando una lista de próximas ejecuciones, encabezada por Eduar. Al pasar temporadas con familiares suyos en Barranquilla, dos veces su casa fue atacada en la noche por hombres en moto que exigían que Eduar saliera para agredirlo o matarlo.

Todos estos hostigamientos obligaron a Eduar y a la Comunidad a restringir su presencia en ciertas áreas más alejadas y de más difícil acceso. Su práctica continua de estar visitando los diversos asentamientos y transitando por caminos boscosos y enfangados, durmiendo muchas veces a la intemperie, le hizo ser víctima del paludismo en 12 ocasiones, pero las drogas que tomaba para superarlo, le afectaron gravemente el hígado. Casi siempre que sufría el paludismo era hospitalizado pero para ser tratado por los efectos de esos medicamentos sobre el hígado. Era evidente que su salud se fue deteriorando progresivamente.

Ya a finales de 2010 un extraño dolor en un muslo lo mortificaba de manera persistente, sin embargo, no por ello cambiaba su agenda extenuante de correrías, reuniones y talleres con las comunidades. Era la persona que mayor confianza producía en todos aquellos que amaban el proceso de la Comunidad de Paz y que habían vivido y sufrido a su lado los momentos más difíciles y dolorosos.

Él no ahorraba sacrificios para estar visitando los diversos asentamientos, y ya que la persecución le causaba más riesgos en las áreas cercanas a la ciudad, él privilegiaba la presencia en las áreas lejanas, que a su vez eran las de más difícil acceso.
En todos esos años sus sueños crecieron y se proyectaron en logros concretos en la Comunidad de Paz. Acompañó el desarrollo del asentamiento de San Josecito, finca donde se refugió la Comunidad de Paz en el momento en que tomó la decisión más heroica de su historia, cuando al ocupar la fuerza pública sus espacios de vida el 1 de abril de 2005, la casi totalidad de sus habitantes emigraron a un sitio que aún no ofrecía condiciones para vivir: sin agua, sin luz, sin alcantarillado, sin casas, sin escuelas, sin nada.

Poco a poco la solidaridad fue haciendo de ese espacio un lugar habitable y digno. La decisión común y heroica consistió en preferir la dignidad y los valores a toda forma de comodidad condicionada a la presencia de armas criminales. Eduar se sintió pleno en medio de un pueblo que así manifestaba su fe o el sentido de su vida. Era como la proyección y socialización de sus más íntimas opciones.

En los años que siguieron, impulsó el modelo de educación alternativo capacitando educadores y animándolos, para construir una educación que no se fundara en la mercantilización del conocimiento y en la preparación de los niños y jóvenes para integrarse a la sociedad de consumo y abandonar con vergüenza el campo, sino al contrario, una educación que hiciera enamorar a los jóvenes de la vida del campo y les ayudara a cualificar su forma de vida.

También le invirtió enormes esfuerzos al proyecto de soberanía alimentaria; aquí los logros fueron hermosos, avanzando en una planificación de los productos básicos de la dieta alimentaria y organizando su producción limpia y autónoma por bloques de veredas. También impulsó la reflexión sobre el derecho y la ruptura con una justicia putrefacta que sólo produce frutos de impunidad o de montajes infames. Cada vez sentía sobre sí el peso más abrumador de sostener esos proyectos mediante una asimilación de valores y una convicción sostenida por parte de los pobladores.

Sin embargo, el deterioro de su salud, seguramente agravado por el inevitable estrés producido por una persecución tan enconada, se fue manifestando de manera preocupante. En la Semana Santa de 2011 estuvimos juntos oficiando las ceremonias en diversas veredas, pero ya su dolor en la pierna aumentaba en forma alarmante. Un médico bioenergético que él consultó en Turbo, a comienzos de la Semana Santa, lo dejó alarmado: le dijo que sólo le podía hacer algunas infiltraciones para disminuirle el dolor, pero que él tenía allí en la pierna algo muy grave y que debía consultar con rapidez un especialista.

El incremento alarmante del dolor al final de la Semana Santa, lo obligó a hacerse chequeos de fondo y pronto el diagnóstico de las biopsias fue contundente: tenía un tumor canceroso en la pierna. Entre mayo y junio el problema se fue volviendo apremiante. Hicimos gestiones con la Embajada de Cuba para solicitar su atención en ese país, pero mientras llegaba la respuesta, el caso se fue agravando por momentos. Los médicos de Barranquilla, donde él tenía su familia y su seguro médico, pensaron simplemente en sacarle el tumor y rasparle el hueso.

Afortunadamente la solidaridad de Marta Castillo, quien urgió la consulta a otros oncólogos en Bogotá, evitó que le hicieran esa operación, pues pocos días después habría estado totalmente invadido de cáncer. Fue trasladado a Bogotá en julio, y el oncólogo opinó que estaba en el límite y que si no se le operaba inmediatamente, habría que amputarle la pierna. En ese momento llegó la respuesta de Cuba, según la cual, si la operación se realizaba en Colombia, ellos no podrían atenderlo. Hubo que optar por la operación inmediata para que no le amputaran la pierna.

La propuesta del oncólogo fue extraerle el fémur y parte del hueso de la cadera y reemplazarlos por una prótesis para que no hubiera riesgo de reproducción o matástasis en la misma área. La ope-ración se la hicieron con anestesia local y Eduar me contaba que él presenció todo conscientemente, es decir, cómo le abrían la pierna con una motosierra y le extraían los huesos. Al final él mismo le pidió al médico que le mostrara el tumor. También allí se revelaba su enorme resistencia y su capacidad de enfrentar sufrimientos enor-mes.

En toda esta coyuntura percibí el cariño y la gran solidaridad de toda su familia. Su madre, Doña Isabel, sus hermanos Edison y José, todos sus sobrinos, tíos y primos estuvieron rodeándolo con un cariño inmenso, sin ahorrar sacrificios. Tuvimos en su casa varias Eucaristías, una para administrarle el sacramento de la unción, antes de la cirugía, y otras después para dar gracias y acompañarlo en ese período difícil. Fue muy hermosa y cálida la participación de todos. Ese fue el ámbito familiar donde se formó ese corazón tan sensible ante el dolor ajeno y donde se sembró tan profundamente el valor de la solidaridad.

Después de la operación, el oncólogo decidió someterlo a 25 sesiones de radioterapia preventiva. Los dolores en la pierna, a causa de las heridas, eran muy intensos. Las radiaciones lo dejaban agotado. Los últimos chequeos en Bogotá mostraron ya unos pequeños tumores en los pulmones, lo que comenzaba a revelar una metástasis. El oncólogo le advirtió que si esos pequeños puntos llegaran a crecer, no habría nada que hacer, pues el tipo de cáncer que lo había afectado era el más agresivo de los conocidos y aún no se ha descubierto siquiera una droga que pueda utilizarse en quimioterapia; en ese caso, a él le tocaría tomar las decisiones más difíciles y radicales.

Eduar, a pesar de los dolores y molestias del posoperatorio, se dedicó a leer mucho sobre el cáncer. Varios le regalamos libros sobre el tema. A él le llamó mucho la atención el libro sobre la Terapia Gerson, que ofrece un método naturista curativo. Navegando por internet descubrió más información y la existencia de un centro especializado en esa terapia en México.

Hizo todas las averiguaciones y el tratamiento era de un mes, como mínimo, pero era muy costoso y debía ir con algún acompañante, lo que aumentaba los costos. La Comunidad de Paz ofreció embarcarse en un préstamo para poder ayudarle, con la ilusión de que ese tratamiento iba a ser definitivo para su curación. Los últimos meses de 2011 los pasó en Barranquilla, junto a sus niñas y su compañera. Nos comunicábamos por teléfono pero siempre decía que el dolor seguía siendo intenso.

En enero salió para México con Ella, su compañera. Allí le cambiaron por completo su régimen alimenticio y le formularon un plan de cápsulas con elementos nutritivos procesados. En febrero, cuando regresó, nos decía que allá le habían advertido que el proceso curativo era largo y que tenía que pasar por tres meses muy duros, mientras el organismo se adaptaba al nuevo régimen.

La mejoría no llegaba, sin embargo. Cada vez se quejaba más de congestión respiratoria y comenzó a dejar de responder al teléfono porque tenía dificultades para hablar. El día en que la Comunidad cumplió 15 años de existencia, el 23 de marzo, todos teníamos puesta la mente en él y queríamos que él se comunicara, así fuera por unos segundos, con todos. Yo logré hablar con él hacia las 5 p. m. y le supliqué que le hablara siquiera unos segundos a la Comunidad y a los visitantes.

Hacia las 7 p.m., en la vereda de La Unión donde se habían concentrado todos, se conectó un celular al equipo de sonido y él dio un brevísimo saludo invitándolos a todos a continuar en la construcción de la Comunidad. La gente quedó tan llena de tristeza al escuchar su voz cortada por la asfixia, que la mayoría renunciaron a la fiesta programada para esa noche y se regresaron llenos de pesadumbre a sus casas.

El pesimismo comenzó a invadirnos a todos, aunque las esperanzas de recuperarlo no estaban perdidas. Ya en mayo suprimió casi totalmente sus respuestas al teléfono. Su familia y otras personas le propusieron que se dejara trasladar a Bogotá, pero no quería. Nos fueron llegando noticias de su depresión. La asfixia era cada vez más permanente, por ello no insistíamos en hablar con él, pero también nuestra angustia crecía, tanto entre sus amigos como en su familia. Un domingo de junio me reuní con Marta Castillo y con Gloria Cuartas, luego de una conversación con Ella, su compañera, quien también estaba sumida en el pesimismo porque sólo veía retrocesos.

Ellas me pidieron que yo viajara a visitarlo y tratara de convencerlo de venir a Bogotá, entre tanto se irían gestionando citas con los especialistas que conocían su caso. Al llegar a su lecho de enfermo en Barranquilla, el jueves 21 de junio, quise sentarme a llorar cuando lo vi; su apariencia era cadavérica; su asfixia y su debilidad extremas. Para colmo de males, cuando todavía podía levantarse ayudado de un bastón, un día el bastón se apoyó en unas gotas de agua que se habían regado en el piso y se deslizó y él cayó y se fracturó la clavícula, esto lo inmovilizó mucho más. Pasé horas muy tristes junto a su cama, pero él aceptó venir a Bogotá y convinimos en que el martes 26 sus hermanos viajarían para ayudarlo a trasladar; le prometí que lo acompañaría si no se me complicaba una cirugía odontológica que tendría tres días antes
.
Al día siguiente de mi regreso a Bogotá, me informaron que se había puesto más grave y sus hermanos viajaron de urgencia para acelerar su traslado, sin embargo, lo vieron tan mal que lo llevaron inmediatamente a la Clínica del Caribe. Los médicos le diagnosticaron una anemia aguda y una infección bacteriana en los pulmones. El día siguiente fue de optimismo, parecía que estaba respondiendo bien, pero el lunes volvió a agravarse y hubo concejo médico en la clínica y conceptuaron que ya no había nada que hacer, que se trataba de una metástasis del cáncer y que el desenlace se iba a producir en algunas horas.

El martes en la noche su mamá voló a Barranquilla con uno de sus hermanos que se había regresado. Llegó a las 9 de la noche a la clínica y Eduar aún vivía. Los médicos les habían explicado a sus hermanos que sólo había dos opciones antes del final, o entubarlo para darle algo de oxígeno o aplicarle morfina para aminorar el dolor. Al parecer aplicaron las dos. Tuvo consciencia hasta pocos minutos antes de expirar. Una médica, con su tensiómetro iba anunciando que le quedaban pocos anhélitos hasta que, a las 3:20 horas su respiración cesó y su corazón se detuvo. En su rostro quedó reflejada una serenidad impresionante.

Marta Castillo, quien estaba ese día en la Comunidad, se encargó de coordinarnos y avisarle a mucha gente por teléfono. Gracias a ella pude tomar un avión a las 7:30 a. m. y llegar a Barranquilla hacia las 8:30. Eduar le había expresado a Ella y a sus hermanos el deseo de ser sepultado en la Comunidad de Paz. Doña Isabel, su madre, trató de oponerse, pues ella quería tener sus restos cerca, en Bogotá, sin embargo al final todos decidieron respetar sagradamente su voluntad.

Ella negoció con la funeraria su traslado a Apartadó. Hubo discusiones sobre si convenía más por avión o por tierra, pero todos preferimos por tierra y hacia las 11:30 salimos de Barranquilla hacia Apartadó. El viaje fue largo, duró 13 horas, pero los miembros del Consejo se iban comunicando sobre el avance de nuestro recorrido.

Durante el día, a medida que se iba difundiendo la noticia, las familias de todas las veredas de la Comunidad emprendían viaje hacia San Josecito para recibir sus despojos. Al llegar a la vereda Caracolí, pocos minutos antes de San Josesito, hacia la 1:00 de la madrugada, una multitud salió al encuentro del féretro con velas encendidas y llevaron desde allí el cadáver en hombros hasta colocarlo debajo de la cúpula del recinto ceremonial del Monumento a las Víctimas.

En una breve ceremonia recibimos tan queridos despojos. Gloria Cuartas nos acompañaba y leyó una hermosa poesía de un sacerdote perseguido que tituló “Para ascender al Pueblo”. Seguimos la canción de Serrat, “Cantares”, apropiada para un caminante que no se ciñó a los caminos ofrecidos e impuestos sino que “hizo camino al andar”. Mucha gente se quedó orando y reflexionando junto a su sarcófago hasta que aclaró el día, mientras escuchaban las mismas 7 marchas fúnebres que nos habían servido para acompañar las marchas con los féretros simbólicos de nuestras víctimas.

En la mañana comenzó a llegar más y más gente: llegaron primero sus tíos con algunos otros familiares y su hermana media, Laury Mariana. Llegaron las familias que faltaban de las veredas más lejanas e incluso algunos de la Comunidad que estaban en Boyacá. Llegaron en representación de Justicia y Paz la Hermana Cecilia Naranjo y Abilio Peña; llegó Dora Lucy Arias del Colectivo de Abogados; llegó Mireya Ramírez de Heks; llegó la Hermana Mariela Beltrán de FISC, de la Compañía de María; llegó Yineth Romero de la Corporación Claretiana Norman Pérez Bello; llegó una delegación de las mujeres des-plazadas de Turbo; también llegó gente que había perte-necido a la Comunidad y se había retirado y estaban en Apartadó o en otros municipios.

Entre tanto por internet llegaban mensajes llenos de dolor de todas las Comunidades hermanadas con la Comunidad de Paz: Tamera, Narni, Westerlo, Madison, Burgos; los ex voluntarios de FOR y muchos otros con mensajes muy hermosos y sentidos.

Hacia las 15:30 horas del jueves 28 iniciamos la ceremonia exequial. La Comunidad de Tamera había anunciado una ceremonia simultánea en Portugal, en el parque de las piedras sagradas. Luego de marcar su sepulcro con los símbolos cristianos de la cruz, la luz, el agua, las flores y los Evangelios, escuchamos la canción del Amigo, de Roberto Carlos, la cual seguimos con el corazón en la mano: “Tú eres mi hermano del alma realmente el amigo.” Una lectura de Jeremías, leída por Abilio, nos recordó el temple de profeta solitario y perseguido pero insobornable, que tuvo Eduar.

La Canción de Don Pedro Casaldáliga: “Detrás de nosotros estamos ustedes” nos puso frente al reto de continuar su camino y el de todos los que se van yendo, como un camino que es de todos. El Evangelio de Lucas [Lc. 4, 16-21] nos recordó que Eduar, como Jesús, sintió sobre sí la fuerza del Espíritu que lo empujó a romper las cadenas de toda opresión, a abrirles los ojos a los ciegos y a anunciar un mundo nuevo liberado.

Después de la lectura del Evangelio invité a todos los de la Comunidad a construir un mosaico de memoria de Eduar, pasando por las diversas etapas históricas de la Comunidad, por todas las veredas y por todos los procesos. Fue realmente una colección preciosa de testimonios en los que el amor y la gratitud se fundían con la historia ensangrentada y heroica de esta Comunidad. Después de la Plegaria Eucarística, invité a que todos participaran en una comunión simbólica con canastas de pan que habíamos puesto sobre la mesa y que, al igual que Jesús, que había escogido ese signo de su propia vida: el pan, para significar que se destruía él mismo para dar vida a otros, así también Eduar se había destruido él mismo en su tenaz caminar con ellos, para darles vida.

Terminada la Eucaristía, colocamos la bandera de la Comunidad de Paz sobre el féretro y todos los miembros del Consejo Interno de la Comunidad cargaron el féretro en sus hombros y comenzaron un recorrido por todo el caserío. Lo llevaron e introdujeron en aquellos sitios que recordaban su presencia actuante: en la Casa de los Acompañantes; en el Kiosko de las reuniones; en la Biblioteca; en el Centro de Salud; en el restaurante; en la escuelita; en el Centro Agrícola; en la Procesadora de Cacao y en la Procesadora de Frutas.

Finalmente se condujo el féretro a una bóveda que había sido construida desde por la mañana dentro del Monumento a las Víctimas, justo en el eje de todos los osarios, sitio que se había reservado para una gran cruz y que luego de sacar sus restos se erigirá allí. Mientras el recorrido, resonaba repetidamente el Himno de la Comunidad de Paz. Cuando cerramos su tumba estaba ya de noche. Una cierta oscuridad invadía nuestros corazones pero fue iluminada por algunas luces que se encendieron sobre su tumba y que se confundieron con el fulgor de las estrellas.

Eduar se situaba ya en otra dimensión. Ya no era vulnerable al sufrimiento ni a la persecución ni a la muerte. Quienes aún siguen buscándolo para matarlo, sólo lo encontrarán en el fondo de los corazones de muchos de nosotros y tendrán que extirparnos el corazón y el alma para poderlo eliminar.
Al contemplarlo en el sepulcro reconocí al mismo muchacho silencioso y de mirada limpia que un día me fue a pedir que lo conectara con la gente que sufría, con insistencia intransigente, pero ya en su rostro no se reflejaban la incertidumbre y los afanes del principio, sino la madurez de quien había conocido a fondo las consecuencias de sus sueños sin hacerles el quite.

Desde la cima de su pascua comprendí, en perspectiva de síntesis, la hermosura evangélica de su caminar. Comprendí también cuánto lo quise y cuán enorme es el vacío que en mí queda. No dudo ahora en leer su vida como la de un testigo del Evangelio y como un nuevo paso de Jesús por nuestra historia humilde, esa que se escribe con letras menudas y casi clandestinamente, pero que, en mi sentir, es la que realmente vale y convence.

Un abrazo adolorido para todas y todos, y nuevamente GRACIAS por su compañía.

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