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Carta al papa Francisco -- Carlos Escudero Freire , Licenciado en Ciencias Bíblicas (Pontificio Instituto Bíblico de Roma, 1962-1965). Doctor en Teología bíblica: cristología de la Anunciación (Universidad Gregoriana de Roma, 1974).

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A mi hermano Francisco, papa y obispo de Roma.
Ante todo, te felicito cordialmente por tu Exhortación Evangelii Gaudium, en la que tu clara opción por una Iglesia pobre para los pobres, siguiendo las huellas de Jesús, se convierte en el centro de una Iglesia evangelizadora. Esto, unido a muchos de tus gestos y mensajes, nos ha hecho ver que por fin el Espíritu de Jesús, desde tu propia elección como obispo de Roma, ha vuelto a soplar con fuerza en el Vaticano.

De ti nos ha llegado recientemente un amplio cuestionario dirigido a todos los creyentes, para que intentemos ayudarte en tu ardua y difícil tarea. A mí me ha parecido bien centrarme en un tema que considero sustancial en el Evangelio, más bien que responder a ese amplio cuestionario.

Partamos de una pregunta como auténtico dilema. ¿Es el Evangelio sagrado o profano? ¿Incorpora el Evangelio las principales instituciones sagradas de Israel: la Ley de Moisés, las tradiciones de los mayores, el sábado, el templo? Hasta el mismo pueblo de Israel se consideraba el único pueblo sagrado de la tierra, por eso enarbolaba y exhibía a su dios particular como el Dios de Israel. El primer contraste con el Evangelio es que Jesús proclama a su Dios Padre de todos los pueblos y naciones de la tierra, echando así por tierra las barreras sagradas de Israel.

Si Jesús fue aboliendo y desprestigiando estas tradiciones sagradas del pueblo hebreo, por ser discriminatorias e injustas, o por no tener nada que ver con el Dios que él nos presentaba, ¿podríamos afirmar que el Evangelio es sagrado? Vamos a comprobar que no. El Evangelio pertenece a la vida normal de la gente, a su discurrir diario, y se va realizando allí donde la gente, con sus problemas, enfermedades, penas y alegrías, se va encontrando con Jesús y sus discípulos, sin necesidad de recurrir a ministros ni a lugares sagrados. Es decir, el Evangelio es profano. Tratemos, pues, de aclarar y desarrollar este planteamiento inicial.

Al afirmar que el Evangelio es profano, no negamos que el Evangelio sea trascendente y gratuito. Sólo que la esfera de lo trascendente y la gratuidad del Evangelio no están vinculadas al ámbito de lo sagrado, que ha surgido en el entorno humano y ha sido compartido por casi todas las religiones. El conocimiento de la historia nos manifiesta que lo sagrado subordina y discrimina, en contra de la voluntad de Jesús, que quiso para sus discípulos igualdad y fraternidad. Bajo el amparo de lo sagrado, se han cometido multitud de injusticias contra las que Jesús luchó, empleándose a fondo con valentía. El Evangelio no es una religión más, sino un estilo nuevo de vida que incorpora los valores del reinado de Dios; estos valores constituyen una alternativa a las sociedades de todos los tiempos, y no son sagrados, sino profanos.

Querido hermano Francisco, es obvio que El Evangelio se identifica con la persona, actividad y mensaje de Jesús. Pues bien, detengámonos en escenas, narraciones y diversas clases de mensajes, escogiendo los que son de mayor relieve, para comprobar si el Evangelio es sagrado o profano.

En las diversas religiones, lo sagrado ha surgido para aplacar, por medio de sacrificios y diversos actos de culto, a ese ser desconocido, terrible y depredador, que vive en una esfera desconocida e inalcanzable. El Antiguo Testamento también conoce a ese dios terrorífico y amenazador, que no quería que la gente intentara penetrar en su esfera divina, bajo peligro de muerte. Así pues, lo sagrado tiene que ver con esos dioses terriblemente misteriosos, amenazadores e insondables; lo sagrado es de creación humana y se ha ido implantando en las diversas sociedades, a través de sistemas religiosos.

En el Antiguo Testamento, lo sagrado ha contaminado y ha ido degradando y destruyendo las diversas instituciones religiosas, porque ha dañado, sometido y marginado al ser humano, manteniéndolo en un estado de infantilismo perpetuo, temor y servilismo, en lugar de ponerlo por encima de dichas instituciones. Ha ignorado, pues, “el carácter sagrado del ser humano” y su libertad. Este carácter sagrado no es nada sobreañadido.

Es importante poder constatar cómo el reinado de Dios no se ha manifestado en lo sagrado, sino en lo profano, es decir, en los avatares de la vida normal de la gente. Se ha ido implantando y desarrollando en tiempos del Jesús histórico y de la Iglesia primitiva al margen de lo sagrado. Vayamos, pues, sin más dilación directamente al Evangelio.

En la escena del anuncio de la concepción de Juan Bautista, con la que se abre el Evangelio de la Infancia de Lucas (1,5-25), se respira un ambiente marcadamente sagrado, propio del Antiguo Testamento: Zacarías es sacerdote; está ofreciendo el incienso en el templo, lugar oficial de las manifestaciones divinas; el pueblo, que no cuenta para nada, ha quedado rezando fuera. Pues bien, en este ambiente sagrado es donde se le aparece el ángel del Señor y le anuncia la concepción de Juan, a pesar de que su mujer es estéril y ambos son mayores. Estas circunstancias ya se habían dado con otros personajes del Antiguo Testamento, y, a pesar de ello, Zacarías no creyó en el mensaje de Dios.

Lucas hace enmudecer a Zacarías, y con él, por ser un personaje simbólico, a toda la casta sacerdotal. Su condición sacerdotal y el ambiente sagrado y rutinario en que se movían eran la causa de su incredulidad. Ya no tenían nada que comunicar al pueblo como sacerdotes. De hecho Zacarías volverá a hablar después del nacimiento de Juan, pero no como sacerdote, sino como profeta: “Zacarías, su padre, lleno de Espíritu Santo, profetizó: -Bendito sea el Señor, Dios de Israel”… (Lucas 1,67-68).

La Anunciación (Lucas 1,26-38), que tiene como centro la concepción de Jesús y sus prerrogativas divinas, establece un contraste notable y manifiesto con la escena de Zacarías. En la Anunciación no hay vestigio alguno de lo sagrado. El anuncio del Ángel tiene como marco la vida normal de María. La casa de María, la ciudad de Nazaret, y la región de Galilea se encuentran lejos de los lugares y las instituciones sagradas de Israel. María es, a su vez, una joven sencilla de linaje desconocido, pero es la escogida de manera gratuita por Dios. Nos encontramos, pues, en el ámbito de de lo profano. En esta narración interviene Dios con una revelación gratuita y trascendente, a la que María da su asentimiento sin entender la profundidad del mensaje que desborda el Antiguo Testamento.

María se fía plenamente de Dios (Lucas 1,38). Por eso la primera bienaventuranza del Evangelio de Lucas es para ella: -“¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lucas 1,45). En la Anunciación, lo divino se funde con lo humano en Jesús. A pesar de la trascendencia de esta escena, Dios ha tomado partido, no por lo sagrado, sino por lo profano.

En la narración del nacimiento de Jesús (Lucas 2,1-20), tampoco estamos en el ámbito de lo sagrado, sino de lo circunstancial de la vida, el decreto de César Augusto, y de lo profano: Jesús nace en un pesebre. A través del nacimiento de Jesús en un pesebre, “por no tener sitio en una posada”, comprendemos la condición de María y de José como gente normal y corriente. De nuevo, tiene lugar una revelación celeste, gratuita y trascendente, que relaciona la esfera de lo divino –atributos trascendentes de Jesús: Salvador y Señor- con su condición humana. En toda esta escena no hay vestigio alguno de lo sagrado. Los pastores, destinatarios directos de dicha revelación, y despreciados sobre todo por la clase dirigente del judaísmo, fueron los elegidos por Dios gratuitamente, para ser los primeros portavoces del nacimiento de Jesús, en un ambiente marcadamente profano.

En la presentación de Jesús en el templo (Lucas 2,22-32), El Espíritu Santo establece línea directa con Simeón; el rito sagrado de la presentación desaparece de la escena y cede el paso a la comunicación del Espíritu de Dios que no depende de intermediarios. Es la fuerza de lo divino frente a lo sagrado. Lucas va dejando cada vez más claro que con Jesús y con el Espíritu de Dios vamos divisando un nuevo horizonte, el del Nuevo Testamento, como ámbito de lo profano: “La Ley y los profetas llegaron hasta Juan (resumen del Antiguo Testamento y ámbito de lo sagrado); desde entonces se anuncia el reinado de Dios” (Lucas 16,16) (anuncio del Nuevo Testamento, inaugurado por Jesús, y ámbito de lo profano).

Las tentaciones de Jesús (Lucas 4,1-13) prefiguran y anticipan las verdaderas tentaciones que lo acompañaron y acosaron en su vida pública. También podemos afirmar que si no hubiera superado la tentación de poder y dominio sobre los seres humanos, Jesús habría quedado incapacitado para anunciar, promover y realizar el reinado de Dios. Es lo que sucede en la segunda tentación: el diablo le promete a Jesús poder y dominio sobre el mundo, poder que, por provenir del espíritu del mal, sería utilizado para someter y esclavizar a los seres humanos. Es la tentación de convertirse en el Mesías esperado por la mayoría del pueblo israelita y por su clase dirigente, con marcado carácter político y guerrero, para derrotar y sacudir el humillante yugo de los romanos.

Esta tentación de dominar, someter y coronarse de gloria, como los emperadores romanos y demás reyes y jefes del mundo conocido, fue la gran tentación que acosó a Jesús durante toda su vida pública. Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo logró vencer esta grave tentación, para llevar a cabo la misión que el Padre le había encomendado: proclamar y promover el reinado de Dios.

Querido hermano Francisco, llegados a este punto y buscando la verdad, es conveniente confrontar el recorrido de la Iglesia jerárquica durante siglos con el Jesús de Nazaret que nos presentan los evangelios. Estoy convencido de que tú, hermano Francisco, estás en la onda de Jesús, porque eres su seguidor y te va sirviendo siempre de modelo. No obstante, quiero mostrar brevemente y con la mayor delicadeza posible, adónde nos ha llevado el carácter sagrado de la Jerarquía eclesiástica. Lleva siglos anclada en estructuras de poder: no ha podido vencer esta tentación que la ha apartado ostensiblemente de su misión, y que, por tanto, la ha incapacitado para ofrecer al mundo una imagen nítida de Jesús de Nazaret.

A partir del Edicto de Milán – año 313 -, Constantino el Grande concede plena libertad a la Iglesia. Ésta, a su vez, presta todo su apoyo al Emperador. De este modo, el Imperio y la Iglesia jerárquica comienzan a caminar juntos de la mano. Así empezó la carrera imparable de la Iglesia jerárquica para detentar todo el poder religioso y con éste el poder político y económico-social. Unas veces, lo ha ejercido de manera dura y contundente, sobre todo en la Edad Media, como los emperadores y príncipes de esa época; otras, con más refinamiento y sutileza, como en la época del Renacimiento, o en la historia contemporánea.

Lo más grave es que la Iglesia jerárquica lleva establecida en estructuras de poder demasiado tiempo. Ese poder, que ha ejercido de manera habitual y le fue pareciendo algo connatural, es la causa fundamental de que haya interpretado erróneamente algún que otro pasaje central del Evangelio. Así ha creído que podía imponer el mensaje de Jesús, utilizando toda clase de medios, con los que coaccionaba la libertad y la libre decisión de las personas. Jesús nunca impuso su mensaje, lo proponía. Desde el poder, la Iglesia jerárquica admitió y mandó practicar la tortura, y dictó sentencias de muerte, entregando a una muerte violenta a los llamados herejes. Es la página más negra y triste de nuestra Iglesia. Este aparato de poder sagrado se llamó la santa –sagrada- Inquisición que perduró varios siglos con más o menos virulencia. Jesús, por el contrario, siempre consideró la vida humana y la dignidad de las personas como valores supremos.

En la narración programática de Nazaret (Lucas 4,16-30), todo es profano. Jesús es laico, de la tribu de Judá; el descenso del Espíritu de Dios sobre él, para ungirlo proféticamente y capacitarlo para realizar la proclamación del reinado de Dios, tiene lugar sin intermediario sagrado alguno. Jesús tiene línea directa con su Padre y el Espíritu. Lo único sagrado, reiterado por Jesús como centro de su mensaje, es el ser humano, no las instituciones religiosas. Jesús ha venido para devolverle al ser humano su dignidad, empleándose a fondo contra los opresores, sobre todo, si se instrumentalizaba la religión con fines de poder y dominio. El rostro de Jesús se hace luminoso y atrayente, y la gente acepta a este Jesús, despojado de todo rango de poder y de atributos sagrados. Su persona pasa por las sinagogas como un hombre normal aunque polémico al interpretar las Escrituras. No hay rastro de lo sagrado en su vida.

Jesús se aplica el pasaje de Isaías (61,1-2), indicando así que ha sido enviado para liberar, sobre todo y en primer lugar, a los pobres, oprimidos y marginados. Este anuncio recoge uno de los principios fundamentales del reinado de Dios. Está, además, en consonancia con la parábola del juicio de las naciones del evangelista Mateo (25,35-40), donde no encontramos nada relacionado con lo sagrado.

La escena del leproso (Marcos 1,39-45). Jesús hace ver que la Ley mosaica sigue marginando al ser humano en el ámbito religioso y civil. Los exegetas consideran esta escena como el episodio central de esta primera sección de Marcos. Proponemos lo esencial. Jesús iba predicando por las sinagogas de Galilea y expulsando demonios:
– “Acudió a él un leproso y le suplicó de rodillas: – Si quieres puedes limpiarme.Conmovido, extendió la mano y lo tocó diciendo: – Quiero, queda limpio.
Al momento se le quitó la lepra y quedó limpio”.

El leproso, sin nombre propio ni procedencia es una figura representativa de la multitud de gente marginada en toda Galilea por las leyes discriminatorias del sistema religioso judío. Aparece como prototipo de la marginación religiosa, que es aquí también la causa de la marginación civil. El leproso era un portador y transmisor de impureza. Era un maldito castigado por Dios. Por eso, al estar alejado de Dios, estaba también apartado del pueblo elegido que era puro y sagrado. Al acercarse a Jesús está infringiendo la Ley mosaica. Jesús al tocarlo y decirle, quiero, queda limpio, también. Ante la gente y los jefes del pueblo los dos quedan contaminados. Ante los ojos de Dios, no. Jesús no realiza ningún rito de carácter religioso. Al tocarlo, contraviene la Ley mosaica, que es injusta, porque no expresa el sentir de Dios. Lo que sucede en realidad es que el leproso queda limpio y Jesús no queda contaminado. La distinción entre lo puro y lo impuro, consagrado por infinidad de leyes y pernicioso para tanta gente, nada tenía que ver con Dios y con sus planes.

La dicotomía puro-impuro, o lo equivalente, sagrado-profano ha causado mucha marginación y sufrimiento en el pueblo hebreo a lo largo de su historia y ha dado lugar a un nacionalismo exclusivista que es propio del Antiguo Testamento y no tiene nada que ver con el reinado de Dios, inaugurado por Jesús. La Iglesia jerárquica ha tardado siglos en eliminar de su teología tradicional la sentencia “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Esta afirmación es también exclusivista y ha atentado contra el proyecto del Dios de Jesús, que, de manera reiterativa en los evangelios, se ha proclamado Padre de toda la humanidad.

Querido hermano Francisco, la distinción entre clérigos y laicos, establecida desde hace siglos en el Código de Derecho Canónico, ¿no se fundamenta en esta misma dicotomía, lo sagrado -los clérigos-, y lo profano -los laicos-, rechazada por Jesús como algo aberrante y pernicioso para la gente? Hoy en día, la Jerarquía sigue teniendo muy claro que es sagrada y que ostenta todo el poder sagrado; el resto de los creyentes son laicos y deben sumisión total a la Jerarquía. ¿Por qué se asusta la Alta jerarquía de que los laicos quieran defender sus derechos, si ella misma, en el Código de Derecho Canónico, les colocó la etiqueta de personas sometidas a los así llamados ministros sagrados y consagrados?

El Evangelio no es sagrado, ni introduce en la vida de los cristianos este elemento distorsionante, que causa sumisión incondicional, discriminación, marginación e injusticia, como enseña la escena del leproso. La Iglesia jerárquica, que detenta y hace gala del poder sagrado, lleva funcionando igual que el judaísmo durante muchos siglos. Es impensable que Jesús le haya otorgado ese poder sagrado que él mismo rechazó como tentación y combatió durante su vida pública como discriminatorio e injusto. ¿Cómo iba a crear Jesús un sistema religioso, parecido al judaísmo, en el que prevaleciera lo sagrado, fuente de injusticia y marginación?

No hay personas sagradas y personas profanas. Todo ser humano es “sagrado” por creación – “hecho a imagen y semejanza de Dios” (Génesis 1,27). Lo sagrado no le sobreviene por un rito o ceremonia religiosa. El mismo Jesús es una persona laica, normal, secular y, como él, somos el resto de los mortales.

El tema de las bodas. El ambiente de la boda de Caná en el Evangelio de Juan (2,1-11), es el normal de una boda cualquiera, es decir, de alegría y felicidad; se trata pues de una realidad, que pertenece a la vida normal de la gente, no a una realidad sagrada. Todos los símbolos de esta escena son igualmente propios de una boda y, aplicados a Jesús, no tienen nada que ver con un ambiente sagrado. El amor y la lealtad, que Jesús ha manifestado con la señal realizada, afecta a cuantos creen en él o a los que, sin conocerlo, luchan por implantar los valores que pertenecen al reinado de Dios, y que tienen que ver con la vida real y cotidiana de la gente; por eso pertenecen al ámbito de lo profano.

Siguiendo a Marcos, encontramos una pequeña parábola (Marcos 2,21-22) que concluye afirmando: “a vino nuevo, odres nuevos”. La novedad radical de Jesús se percibe “en el vino nuevo”, que prefigura su sangre derramada voluntariamente por todos, como sello de la Nueva Alianza. A partir de ahora, irán cayendo las principales instituciones sagradas de Israel que se han quedado viejas e inservibles para contener la novedad absoluta de Jesús. Con él, todo se irá realizando en un ambiente propio de la vida normal de la gente, es decir, en un ambiente no sagrado. El sentido religioso de lo sagrado no se da en la persona de Jesús. Su actividad y mensaje están siempre relacionados con el discurrir de los problemas y vivencias que preocupan a la gente, al margen de todo sacrificio o rito sagrados; por eso Jesús, según avanzaba su vida pública, iba dando en rostro a las autoridades político-religiosas, sobre todo, a las altas jerarquías del templo. Y esto sí que fue peligroso.

En el pasaje del mandamiento del sábado (Marcos 2,23-28), la conclusión no admite réplica: al Hijo del hombre, por poseer el Espíritu de Dios en plenitud y por ser también hombre en plenitud, no hay ley externa alguna que lo pueda dirigir o limitar. Al afirmar que él es señor también del sábado, está afirmando su autoridad de manera absoluta, porque el sábado era la institución judía más sagrada. Jesús, por ser portador del Espíritu para toda la humanidad, hace que el ser humano, guiado por el Espíritu de Dios, sea también señor del sábado y de cualquier otra ley. La etapa de la Ley queda, pues, superada. El hombre tiene una nueva ley interior, el Espíritu Santo, que lo hace hijo de Dios y señor de la ley, como a Jesús. De nuevo, estamos hablando de la gratuidad del Espíritu, que actúa sobre los seres humanos en el ambiente en que se mueven; también estamos afirmando que toda ley externa, de tipo religioso, es inservible e inútil para los que están movidos por el Espíritu. Tampoco nos sirve el Código de Derecho Canónico, ley de leyes de la Alta jerarquía católica.

En cuanto al templo (Juan 2,13-22) podemos afirmar, siguiendo el Evangelio de Juan, que los allí instalados comerciaban con todo lo sagrado, cometiendo auténtico fraude. El templo, lugar sagrado, donde Dios residía y debería manifestar su gloria y su amor, se había convertido en lugar de explotación, abuso y engaño.
El nuevo templo es Jesús, y con él Dios-Padre pasa al ámbito de lo doméstico y de lo cotidiano. En esta narración del Evangelio de Juan, Jesús denuncia con fuerza el abuso y la corrupción de lo sagrado. Jesús personalmente no tiene ningún título sagrado, pero pasa a ser el templo vivo de su Padre. La abolición del culto, como tapadera de tantas injusticias, entra dentro de la abolición de lo sagrado que abarca y lo engloba todo.

La novedad radical de Jesús está relacionada directamente con la abolición de lo sagrado. Jesús, dejando de lado lo sagrado, inaugura la normalidad de lo profano, de la vida y avatares de la gente. Su persona, su vida y actividad se movieron siempre en este ámbito de la vida normal. Es verdad que lo sagrado es esencial e imprescindible para todas las religiones, pero el Evangelio no nos presenta a Jesús inaugurando una religión más. El Evangelio, reflejo fiel de Jesús, no es sagrado, sino profano.

Querido hermano Francisco, ahora vamos a reflexionar sobre un tema que te es muy grato y que tú señalas y persigues como actitud fundamental del discípulo de Jesús. Sabemos por Jesús que el servicio es algo esencial para sus discípulos. El Evangelio, sin embargo, nos muestra a los apóstoles tardos y lentos en comprender a Jesús; están obcecados por el ambiente nacionalista, y siguen pensando con categorías de rango, poder y dominio: ser el más grande. Jesús y los Doce, por el momento, tienen puntos de vista irreconciliables. Pero Jesús es paciente con los apóstoles y discípulos.

Él pretende enseñarles algo tan importante que debería marcar a sus discípulos de todos los tiempos. Su enseñanza, totalmente desvinculada del ámbito de lo sagrado, se refiere a una nueva actitud de vida (Marcos 10,33-45). El lugar desde donde imparte esta enseñanza pertenece también al ámbito de vida normal: la casa de Cafarnaún. Los invita a ser primeros de otra manera: identificándose con él; no han de buscar ser superiores, ni establecer jerarquías o rangos que llevan a la ambición, al dominio y al poder sobre los demás. Aunque parezca una paradoja, la invitación de Jesús es la de ser primeros por la actitud de servicio en un grupo de iguales: así se está más cerca de Jesús y en perfecta sintonía con él. Se trata pues de una novedosa actitud de vida, al margen de lo sagrado.

En este episodio, Santiago y Juan muestran una ambición desmedida por ocupar los primeros puestos junto a Jesús, es decir, pretenden compartir con él su poder cuando Jesús ocupe el trono de Israel. – “Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan” (Marcos 10,41).

Lo primero que se percibe es que la ambición y la búsqueda del poder dividen a los Doce. Los otros diez se indignan contra Santiago y Juan, no tanto por el atrevimiento de su petición, sino, sobre todo, porque ellos también aspiraban a esos primeros puestos. Por eso Jesús los convoca para que comprendan que esa actitud de ambición, dominio y poder, que conlleva el prestigio, la ostentación y los honores, no tiene nada que ver con su persona y actividad, ni con su enseñanza.

Jesús ha venido a inaugurar el reinado de Dios, y Dios-Padre reina sin someter ni esclavizar, porque nos ha elevado a la categoría de hijos suyos. Establece así una igualdad sustancial, la de ser hermanos, entre los miembros de la comunidad, y entre los seres humanos en general. El servicio y la solidaridad con los explotados y oprimidos, para ayudarles a salir de ese estado de marginación, es propia de los discípulos de Jesús, y es una tarea que se realiza en el ámbito de la vida normal, donde ellos sufren y esperan compasión y ayuda, en el ámbito de lo profano, no de lo sagrado que, de nuevo, queda fuera de este mensaje esencial de Jesús a sus discípulos.

Es evidente que Jesús con sus palabras ha querido suscitar una doble actitud en sus discípulos: actitud de servicio hacia los más necesitados, y actitud de igualdad entre los miembros de sus comunidades. La Alta jerarquía, con sus leyes y normas, sigue chocando abiertamente contra esta actitud de igualdad y fraternidad, queridas por Jesús para los miembros de sus comunidades, y, a través de lo sagrado, ha institucionalizado rangos, poderes y diferencias enormes, no sólo entre los propios miembros de la misma jerarquía, sino, sobre todo, entre la jerarquía y los laicos.

El lavatorio de los pies y el mandamiento nuevo (Juan 13,1-35). A diferencia de los evangelios sinópticos, Juan no narra la institución de la eucaristía, porque el lavatorio de los pies tiene su misma categoría y significado: servicio y solidaridad con los más necesitados. En ese mismo contexto del Evangelio de Juan, nos encontramos con el mandamiento nuevo: el amor a los más necesitados brota espontáneamente del corazón de los creyentes en su quehacer diario, y se hace presente como servicio allí donde hay personas oprimidas o marginadas para que recuperen su dignidad y su libertad. La práctica del mandamiento nuevo, “amaos unos a otros como yo os he amado” (Juan 13,34), forma parte del testamento de Jesús y se realiza en el ámbito de lo profano.

Querido hermano Francisco, vamos a entrar juntos en un tema clave y delicado para la comprensión más profunda del Evangelio; me refiero a esas actitudes que nos implican seriamente a todos y que complicaron la existencia misma de Jesús: la entrega sin reservas, como servicio y solidaridad hacia los más necesitados y excluidos. Procurar que, bajo el influjo del Espíritu, el amor al prójimo sea el motor de nuestras vidas. Así seremos testigos y manifestaremos que el Evangelio –el reinado de Dios- es radical y subversivo. Jesús deja este testamento a los suyos en la Última Cena. La Eucaristía, que está relacionada con su ignominiosa muerte en la cruz, encierra todos estos valores .

Seguimos el Evangelio de Marcos (14,22-25):

– “Mientras comían, Jesús cogió un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a ellos diciendo: -Tomad, esto es mi cuerpo”.
Según la antropología de la época, su cuerpo quiere decir su persona. Tomar, pues, el pan es identificarse con Jesús. Es decir, el discípulo de Jesús debe intentar vivir en completa armonía y sintonía con él.

El evangelista Marcos prosigue:

– “Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la pasó y todos bebieron. Y les dijo: -Esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos” (Marcos 14,23-24).

Sólo después de que todos habían bebido el vino, Jesús explicó su significado: beber de la copa es identificarse con su sangre. Por tanto, el que toma este vino se identifica con su muerte violenta, y por ser en la cruz, con su muerte excluyente de la sociedad. Porque la muerte en la cruz era el patíbulo para ajusticiar a los esclavos que intentaban emanciparse, y a los subversivos contra el Imperio romano. Así quedaba bien patente que el ajusticiado quedaba excluido de la sociedad. La cruz indica, pues, la exclusión del sistema de valores dominantes de este mundo, pero también expresa la solidaridad con todos los crucificados de la historia. A los ojos de los distintos sistemas que han ido dominando a lo largo de la historia y que han impuesto “sus valores”, la crucifixión de Jesús ha sido un fracaso de su vida y de su enseñanza; no así a los ojos de Dios que, resucitándolo lo devuelve a la vida, constituyéndolo como piedra angular y fuente de vida para sus seguidores de manera especial, y para toda la humanidad de manera global.

Podríamos resumir lo dicho así: la muerte de Jesús en la cruz, aunque es signo evidente del mayor despojo, degradación y exclusión, a los ojos de los grandes de la tierra, se convierte sin embargo en signo de la mayor eficacia liberadora, ya que es el signo sustancial de solidaridad con los desheredados, marginados y excluidos de todos los tiempos. Así lo percibió Pablo en su primera carta a los Corintios, en la que resalta el significado de la cruz como un revulsivo social: es locura y escándalo (1 Corintios 1,18.23). La lección de Pablo (1 Corintios 1,27-29) es que la salvación de la humanidad no viene a través de los grandes de la tierra, de su poder y orgullo, sino a través de lo pequeño e insignificante, de lo que no cuenta a los ojos de los poderosos.

Ni la eucaristía, ni la muerte de Jesús en la cruz son sacrificios expiatorios de carácter sagrado.

Querido hermano Francisco, esta sección bíblico-teológica que vamos a desarrollar, unida estrechamente a la reflexión que hemos hecho sobre la eucaristía, choca frontalmente contra la praxis secular de la Iglesia jerárquica, pero sabemos por los evangelios que muchas tradiciones, que para el sistema religioso judío pretendían ser divinas, no eran más que tradiciones humanas (Marcos 7,1-23); por eso Jesús las rechazó.

Lo mismo pasa en nuestra Iglesia, porque, a lo largo de su historia, ha tenido más en cuenta sus propias tradiciones, leyes y normas, que fueron dando lugar al Código de Derecho Canónico, que el Evangelio para elaborar su propia teología. De todas formas, esta reflexión no pretende ser exhaustiva, y seguro que será clarificada por otros muchos teólogos; es la manera normal de avanzar en la comprensión de los evangelios, porque encierran el misterio de Jesús y en ellos siempre vamos descubriendo su novedad radical. Simplemente pienso que la dirección que voy a señalar y se debe tomar es la correcta.

A través de los siglos, la celebración de la eucaristía se ha ido desvirtuando, porque la Iglesia jerárquica ha ido convirtiendo esta celebración en sacrificio expiatorio para aplacar a Dios por nuestros pecados, y en el acto de culto sagrado por excelencia. Se ha ido percibiendo como un rito sagrado de carácter hierático, mágico y rutinario, que poco tiene que ver con la vida y del quehacer diario del creyente.

En las dos escenas de los panes (Marcos 6,34-44; 8,1-10), que prefiguran la eucaristía, todo tiene lugar al aire libre, no en lugar sagrado. La bendición (Marcos 6,40) y la acción de gracias (Marcos 8,6), pronunciadas por Jesús, no constituyen consagración alguna de los panes. Los evangelistas las reciben de la tradición judía. Jesús toma la iniciativa para repartir el pan-solidario, pero rehúsa cualquier tipo de exaltación; tampoco exige atenciones, rango o dignidad especiales para su persona.

Las palabras de Jesús, “dadles vosotros de comer” (Marcos 6,37) siguen teniendo hoy plena vigencia. Estos episodios anticipan el significado de la eucaristía, siempre en un ambiente profano, al margen de lo sagrado; eso sí, Jesús, en estas dos escenas, inculca a sus discípulos el principio de servicio y solidaridad para con la gente más necesitada, propio de la nueva sociedad que él está promoviendo: la del reinado de Dios.

Algo parecido sucede al celebrar Jesús la Última Cena con sus discípulos: se reúnen en una casa normal, no en lugar sagrado. Jesús cogió un pan y pronunció la bendición; luego cogió una copa y pronunció la acción de gracias. No hay consagración del pan y del vino; ni éstos se convierten en algo sagrado de distinta sustancia. La intimidad de Jesús con sus discípulos indica que algo especial y culminante de su vida está teniendo lugar. En efecto, Jesús está sustituyendo la Pascua judía por su propia Pascua.

La Iglesia jerárquica ha ido enalteciendo la eucaristía de tal forma que, separándola del compromiso normal de la gente, la ha constituido en centro de adoración y exaltación: ha puesto tan alto a Jesús que ha ido quedando fuera de nuestro alcance. Este Jesús eucarístico tiene muy poco que ver con el Jesús de Nazaret que descubrimos en los evangelios. El cristianismo no debe funcionar como una religión más, ni tener como punto de mira el judaísmo, porque el pueblo cristiano no es sagrado y nuestro Dios es el mismo Dios de los demás pueblos de la tierra.

Los lugares sagrados para celebrar la eucaristía no tienen que ver con la Iglesia primitiva. Se fueron imponiendo más tarde. Y, ¿qué decir de los ministros sagrados? Jesús no fue sacerdote, sino laico y celebró la Última Cena con un grupo de sus discípulos, actuando como el Señor y el Maestro (Juan 13-14). Tampoco consagró a nadie sacerdote. Por eso es urgente insistir en el significado primordial de la eucaristía: Jesús invita a sus discípulos a identificarse con él, haciendo una apuesta clara y radical por los pobres, oprimidos y excluidos de la tierra, para que puedan recuperar su dignidad y sus derechos. Sólo así sus discípulos encarnan y defienden los valores sustanciales del reinado de Dios.

Este es el significado profundo de la eucaristía. Nos hemos movido con Jesús en el ámbito de lo profano; no hemos encontrado un solo vestigio de lo sagrado. La eucaristía pertenece al pueblo cristiano, que es laico y no necesita ser consagrado para esta celebración. Además la eucaristía, preludio y anticipo de su pasión inminente, encierra el testamento de Jesús para sus discípulos. Es, pues, uno de los núcleos esenciales del Nuevo Testamento.

Por último, hay que destacar que, en los textos de los evangelios sobre la institución de la eucaristía, no hay vestigio alguno de que dicha celebración, al estilo de los sacrificios del Antiguo Testamento, encierre el significado de sacrificio expiatorio por los pecados del mundo, para aplacar a un Dios terrible y vengativo contra su pueblo por ser infiel a la Alianza. Por el contrario, la eucaristía prefigura y adelanta el significado de la muerte violenta de Jesús en la cruz, y Jesús, derramando libre y voluntariamente su sangre, que es la sangre de la Alianza nueva y definitiva, no está realizando ningún sacrificio de expiación para aplacar a Dios por nuestros pecados. En los evangelios, en pasajes destacados, Jesús nos presenta a Dios como su Padre, de manera única y misteriosa (Lucas 2,49; 10,22) y su Padre no exige ni necesita ningún sacrificio con sangre para ser aplacado, y menos el sacrificio de su propio Hijo. Además, la muerte de Jesús en la cruz no contiene ningún elemento de carácter sagrado. Todo es violentamente profano: el patíbulo de la cruz, muere fuera de la ciudad, allí no hay sacerdote alguno para ofrecer ritos de carácter sagrado. Nos encontramos sólo ante la trágica muerte de Jesús, por haber llevado a cabo la proclamación y realización del reinado de Dios, sin haberse retractado.

El resto del Nuevo Testamento va cambiando de forma manifiesta el concepto de sacrificio. Vanhoye, buen conocedor de la carta a los Hebreos, afirma que el autor de esta carta cambia radicalmente el concepto de sacrificio. Dicha carta en la exhortación final a los cristianos les dice:

– “No os olvidéis de la solidaridad y de hacer el bien, que tales sacrificios son los que agradan a Dios” (Hebreos 13,16).

Con el resto del Nuevo Testamento pasa algo semejante. Así Pablo escribe:
-“Por ese cariño de Dios os exhorto, hermanos, a que ofrezcáis vuestra propia existencia como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, como vuestro culto auténtico”… (Romanos 12,1-2).

Es decir, el concepto de sacrificio cambia de sentido, deja de ser ritual – un rito realizado en lugar sagrado-, para convertirse en existencial – la propia vida entregada por amor. Hay que afirmar, además, sin titubeos que, cuando otros textos del Nuevo Testamento están en contradicción con el Evangelio, siempre prevalecen los textos del Evangelio. Cada Evangelio es como un cuadro maestro de la persona, actividad y mensaje de Jesús, mientras que los demás escritos del Nuevo Testamento casi siempre responden a circunstancias históricas concretas y pueden discrepar de la visión manifestada por los evangelios. Piénsese, por ejemplo, en el trato exquisito que Jesús prodiga habitualmente a la mujer, a toda clase de mujeres, en los evangelios, mientras que Pablo, que había sido rabino, la pone en un segundo plano y la discrimina en relación con el hombre.

En el prólogo del Evangelio de Juan (Juan 1,1-18), que contiene las líneas maestras de todo su Evangelio, no hay vestigio alguno de mediación sagrada entre Dios y la humanidad. Lo que hemos observado y comprendido, al reflexionar sobre este prólogo, es que todo lo relacionado con Jesús, su encarnación y sus prerrogativas divinas es pura iniciativa divina, gratuidad absoluta, y comunicación directa entre Dios, Jesús y los seres humanos, a través de su propio Espíritu.

Querido hermano Francisco: sé que el tema del Espíritu Santo y su relación con los seres humanos es uno de tus temas predilectos. Ojeemos, pues, el libro de Hechos de los Apóstoles para descubrir su influjo en los creyentes y en los paganos, así como los avatares y vicisitudes de la Iglesia primitiva.

En Pentecostés (Hechos 2,1-13) nace la primera comunidad cristiana; el Espíritu Santo, además de originarla, empieza a repartir sus dones sobre ella. Así pues, en el origen de la primera comunidad cristiana no hay mediación sagrada alguna, porque el Espíritu desciende gratuitamente sobre todos los presentes, y porque los Doce nunca fueron consagrados por Jesús para un ministerio sagrado de mediación; además la casa donde estaban reunidos era una casa normal y amplia para acoger a los numerosos discípulos de Jesús. Los apóstoles, los discípulos y las seguidoras de Jesús recibieron el don inestimable del Espíritu Santo de manera directa y gratuita, sin mediación sagrada alguna. Así sigue siendo también en nuestro tiempo.

En la narración de Cornelio el Centurión (Hechos 10,1 al 11,18), Dios, a través de su propio Espíritu, puso de manifiesto que la salvación de Jesús nada tenía que ver con el judaísmo, sus instituciones sagradas, sus leyes y sus ritos. El libro de Hechos es un cántico continuo a la actividad del Espíritu. Con él se inaugura una nueva época. La irrupción y actividad del Espíritu en los seres humanos no pueden ser controladas por ninguna institución ni autoridad, y nadie puede impedir que descienda con sus dones sobre las personas que él va eligiendo. El bautismo del Espíritu constituye el verdadero bautismo para los creyentes y para millones de seres humanos que, bajo su influjo e impulso, tratan de devolverle a cada persona la dignidad que le es propia, haciendo el bien a manos llenas. El Espíritu Santo tampoco se somete al ritmo del bautismo de agua, y se hace presente, incluso al margen de los demás sacramentos de la Iglesia, cuándo y dónde quiere. Pedro lo expresa magistralmente. Hablando de los gentiles afirma:

– “Pues si Dios quiso darles a ellos el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor, Jesús Mesías, ¿cómo podría yo impedírselo a Dios?” (Hechos 11,17).
Con el Espíritu de Dios han llegado a su fin las instituciones sagradas, leyes, normas y preceptos que dividen, separaran y distinguen a unas personas por encima de otras. Esto vale tanto para el Antiguo Testamento como para la Iglesia jerárquica de nuestro tiempo. El Espíritu de Dios nos pone a todos al mismo nivel, y esto constituye el hecho esencial o fundacional de las comunidades de creyentes.
La novedad radical del cristianismo estriba en que, en lugar de la Ley mosaica, que ha quedado superada y abolida, Jesús resucitado nos envía gratuitamente el don del Espíritu Santo, que no depende de ritos sagrados, ni está vinculado a lugares sagrados. De hecho, un nuevo Pentecostés tuvo lugar en la casa de Cornelio el Centurión que era pagano.

Por eso, este don del Espíritu Santo escapa totalmente al control de todo lo sagrado: jerarquía, templos, ritos y ceremonias. El don del Espíritu Santo suprime toda ley externa que pretenda regular la vida y actividad de los creyentes, como sucede con el Código de Derecho Canónico. Si Dios no aguantó por más tiempo estar recluido en las estrechas fronteras de Israel, y ser constantemente manipulado por los dirigentes religiosos de ese pueblo, ¿cómo podemos pretender que esté recluido entre las murallas del Vaticano, y ser también a veces manipulado por el poder sagrado de la Alta jerarquía? El tema de lo sagrado nunca nos marcará como discípulos de Jesús.

En el relato del hijo pródigo (Lucas 15,11-32), brilla con luz propia la gratuidad absoluta con la que el Padre acoge y trata a sus dos hijos. La vida del hijo pródigo se desarrolla en el ámbito de lo profano, pero hay una luz que nunca se apaga y que es puro don divino: a pesar de todo, Dios lo sigue considerando hijo suyo. Todo es regalo y gratuidad de Dios, sin referencia a ningún acto de culto, ni ambiente o mediación sagrados. La compasión y misericordia de Dios brotan espontáneamente de sus entrañas de Padre. El amor del Padre penetra e invade toda la parábola y su comportamiento con los dos hijos, que representan a toda la humanidad, es una invitación al amor fraterno. Nos hallamos, de nuevo, en el corazón del Evangelio y al margen de lo sagrado.

Por lo demás, la parábola se desarrolla en el ámbito de lo profano, describiendo duramente las vicisitudes de la vida del hijo menor. En esta parábola, Dios, que se preocupa y ama a los dos hijos, se muestra como Padre de toda la humanidad, por pura iniciativa suya y de manera gratuita, sin que se dé ningún tipo de mediación sagrada. Es que el Evangelio, una vez más, se mueve en el ámbito de la gratuidad divina, de la vida normal, de lo profano.

Las tres parábolas de lo perdido (Lucas 15,3-10) expresan el sentir de Dios-Padre hacia la gente pecadora y despreciada por las clases dirigentes. Jesús, que está con frecuencia en contacto con esas personas, pone así de manifiesto los sentimientos de Dios-Padre, sobre todo, la compasión y la misericordia. Jesús se mueve en el terreno propio de sus vidas, es decir, en el ámbito de lo secular o profano. Lo sagrado sólo atañe a los enemigos de Jesús, sacerdotes, letrados y jefes del pueblo, a quienes va contaminando; Jesús, en contacto con gente de esa calaña, no se siente contaminado, porque está realizando el sentir de Dios, lo que agrada a su Padre.

En la escena de Zaqueo (Lucas 19,1-10), que compendia la actividad de Jesús con “los indeseables”, no encontramos ningún resquicio de lo sagrado; todo se realiza en la calle y en la casa del jefe de recaudadores. Tampoco aparece ninguna mediación sagrada, ya que Jesús es laico y siempre actúa como tal. ¿Por qué nos han atiborrado entonces con tanta mediación y lugares sagrados? El mensaje del Evangelio es claro: la salvación-liberación que nos trae Jesús discurre en el ámbito de lo profano, en el terreno donde viven las personas y en relación directa con ellas, es decir, en el ámbito de la vida normal de la gente con sus penas y alegrías, con sus logros y sufrimientos. La fe, por la que acogemos a Jesús para iniciar o continuar el proceso de nuestra liberación y la de los demás, es un acto personal, libre y gratuito, es decir, es el fruto de la actividad del Espíritu de Dios en nuestro interior, que nadie puede dirigir o controlar desde fuera. Hay pues una comunicación personal y directa con Dios Padre a través de su Espíritu; la iniciativa, totalmente gratuita, es de Dios; la respuesta libre es nuestra. No hay mediador ni mediación sagrada alguna, y estamos en el corazón del Evangelio.

A pesar de que el episodio de Zaqueo tiene un mensaje nítido y claro, una parte de la Alta jerarquía de nuestro tiempo ¡qué lejos está de interpretar la actitud y los sentimientos de Dios Padre y de Jesús! Esta Jerarquía establece varias categorías de pecadores públicos a los que les impide el encuentro con Jesús en la eucaristía. ¿No será que toman la eucaristía como un rito arcano y sagrado, como un talismán o un sacramento con valor mágico? ¿Dónde está el Jesús histórico que sintoniza con los pecadores y sale a su encuentro?

Por último, quiero destacar explícitamente dos pasajes fundamentales del Evangelio, que reflejan un ambiente totalmente profano, y que marcan a los seres humanos como discípulos de Jesús.

El primero es la parábola del juicio de las naciones de Mateo (25,35-40), donde no encontramos nada relacionado con lo sagrado.
No se hace alusión al templo ni a sus prácticas religiosas, no se tienen en cuenta los ciclos y celebraciones sagradas, tampoco se nombra a los sacerdotes como intermediarios sagrados. Salir bien parados en ese juicio depende de la actitud que tomemos frente a esas necesidades reales y concretas de la gente. El único referente a tener en cuenta es, pues, el ser humano necesitado y hundido en la miseria:
– “Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me recogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y fuisteis a verme… Y al preguntarle: Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te dimos de comer?…; el Señor les respondió: – Os aseguro: cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, lo hicisteis conmigo” (Mateo 25,35-40).

Ante la pregunta de “¿cuándo hicimos estas cosas”?, el rey les contestó: “Cada vez que lo hicisteis por un hermano mío de esos más humildes, lo hicisteis conmigo” (Mateo 25,40). Huelgan los comentarios. Baste con decir que el Padre y Jesús han considerado a toda esta gente marginada y necesitada como verdaderos hermanos. De esta actividad profana brota un juicio favorable para el que la realiza, es decir, el hombre será juzgado según su conducta para con el prójimo, porque Jesús se identifica con aquellos a los que se les presta o se les niega la ayuda. Lo sagrado queda completamente al margen; no se menciona aquí en absoluto.

El significado de esta parábola es claro y evidente, y está totalmente de acuerdo con el testamento de Jesús en la Última Cena:
– “Hijos míos, me queda muy poco para estar con vosotros… Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, amaos también entre vosotros. En esto conocerán que sois discípulos míos: en que os amáis unos a otros” (Juan 13,33-35).

Estos dos pasajes son esenciales en el Evangelio y en el resto del Nuevo Testamento, y nada tienen que ver con la mediación sagrada y los lugares sagrados. Si cumplimos este mandamiento nuevo, quedamos marcados como discípulos de Jesús.
Querido hermano Francisco, para concluir esta carta, debemos adentrarnos en las Bienaventuranzas . Sé que estamos de acuerdo en que LAS BIENAVENTURANZAS de Mateo (5,3-10) son el compendio del mensaje de Jesús en este Evangelio. Pues bien, este resumen del mensaje de Jesús, ¿es sagrado o profano?

La primera bienaventuranza: -“Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos tienen a Dios por rey” (Mateo 5,3), encierra uno de sus núcleos sustanciales del Evangelio. Tanto la nueva manera de vivir, como el horizonte que descubrimos en ella pertenecen, no al ámbito de lo sagrado, sino de lo profano. Constituye una alternativa a las injusticias de todos los tiempos, porque el pobre-dichoso renuncia voluntariamente al dios-dinero, y a la ambición y poder que comporta, y queda incorporado al reinado de Dios. Esta bienaventuranza puede ser llevada a cabo, tanto por discípulos de Jesús como por personas de otras creencias y por gente no creyente, porque el Espíritu de Dios, don gratuito por excelencia, sigue soplando dónde y cuándo quiere, echando por tierra las barreras sagradas establecidas por las jerarquías de todas las religiones, y sin tener que rendir cuentas de su actuación a nadie. Nos encontramos así con otro de los núcleos sustanciales del Evangelio: la absoluta libertad del Espíritu de Dios, y la libertad con que actúan todas las personas que están inspiradas y movidas por Él. Estamos, de nuevo, el corazón mismo del Evangelio, y el ámbito en que se mueven los pobres-dichosos es el de la vida normal de la gente, el de lo profano.

La segunda bienaventuranza: -“Dichosos los que sufren, porque ésos van a recibir consuelo” (Mateo 5,4), está dirigida a creyentes y no creyentes. Su ámbito y su horizonte son ilimitados, porque se refiere al quehacer diario, al discurrir de la vida misma; propone servicio y solidaridad hacia todo el que está sufriendo la opresión. Lo sagrado queda, de nuevo, fuera del espíritu y realización de esta bienaventuranza, es decir, le es totalmente ajeno. Jesús, retrato viviente de Dios Padre, ha proclamado y vivido esta bienaventuranza, porque siempre ha aliviado a la gente del dolor y del sufrimiento causados por la injusticia.

En la tercera bienaventuranza, -“Dichosos los desheredados, porque ésos van a heredar la tierra” (Mateo 5,5), el reinado de Dios se hace presente en el ámbito profano donde se da la opresión, al margen de todo contexto sagrado. Es una invitación a liberar del despojo, del sufrimiento y de la esclavitud a tantos seres humanos que se sienten impotentes para realizar su propia liberación. De nuevo la actividad de Dios, expresada en esta bienaventuranza, se manifiesta en el quehacer humano, a veces silencioso, de mucha gente solidaria, en el día a día, al margen de todo lugar o mediación sagrada. Esta bienaventuranza, que causa dicha y felicidad a los desheredados y a los que realizan su liberación, se desarrolla en el mismo lugar y tiempo en que se está realizando la opresión, y forma parte del núcleo esencial del Evangelio.

En la cuarta bienaventuranza, -“Dichosos los que tienen hambre y sed de esa justicia, porque ésos van a ser saciados” (Mateo 5,6), la dialéctica entre los malvados, que causan la injusticia, y los que persiguen la justicia con ahínco se establece en el ámbito de los avatares de la vida, donde la gente malvive y sufre, en el mundo profano que nos rodea. Lo sagrado – tanto los lugares como la mediación sagrada -, es ajeno a esta bienaventuranza. Dios-Padre, a través de los discípulos de Jesús y de gente creyente y no creyente, movidos por su propio Espíritu, manifiesta su actividad liberadora allí donde se está cometiendo injusticia y aparecen los problemas de las personas que sufren.

La quinta bienaventuranza, -“Dichosos los misericordiosos, porque ésos van a alcanzar misericordia”, (Mateo 5,7), se refiere a los que prestan ayuda o socorren al necesitado; se realiza, al margen de lo sagrado, en la vida normal de la gente, atendiendo a sus necesidades más urgentes, como lo expresa con nitidez la parábola del buen samaritano (Lucas 10,25-37). Ante aquel hombre medio muerto, que se desangraba al borde del camino, el sacerdote y el levita dan un rodeo y pasan de largo. Jesús pone de manifiesto que los que pasan por ser profesionales de la religión y especialistas en lo sagrado, niegan ayuda concreta al que se está desangrando. Se da una clara ruptura entre religiosidad y vida. Creen que pueden entenderse directamente con Dios a través de ritos, sacrificios, actos de culto y rezos, pero se desentienden de la vida real y de los problemas concretos de la gente. El samaritano se hace cargo de él.

La parábola encierra la fuerza de una ironía mordaz, que raya en el sarcasmo, porque Jesús contrapone un samaritano que trata con mimo al malherido, a los hombres de religión. Este buscado contraste tuvo que ser profundamente hiriente para el jurista que le planteó a Jesús la cuestión de quién era su prójimo: también fue un auténtico mazazo para el pueblo judío que despreciaba a los samaritanos por ser descreídos, herejes y paganos. De hecho, en el contexto del linaje de Abrahán, el mayor insulto que recibe Jesús de los dirigentes judíos fue éste: – “¿No tenemos razón en decir que eres un samaritano y que estás loco?” (Juan 8,48).

Así pues, si hay una parábola sobre el reinado de Dios, referida a los avatares de la vida misma, y que exponga con nitidez en qué consiste el amor al prójimo y quién actúa como prójimo de alguien, ésa es la parábola del buen samaritano. Toda la parábola pertenece al ámbito de lo profano, y no tiene nada que ver con los lugares o la mediación sagrada. Va dirigida directamente a aquellos que enseñan que el amor a Dios se identifica con actos de culto, rezos, ritos religiosos y con el estricto cumplimiento de leyes, normas y preceptos. Jesús mostró su misericordia, socorriendo a los necesitados que iban apareciendo a su alrededor. No se relacionaba con lo sagrado, porque contaminaba, oprimía y fanatizaba a la gente, despojándola de su propia libertad. El Evangelio es profano: su centro es el reinado de Dios, que no se deja sobornar ni contaminar por lo sagrado.

Sexta bienaventuranza: -“Dichosos los limpios de corazón, porque ésos van a ver a Dios” (Mateo 5,8). Mientras que para el salmista, la pureza de corazón es un requisito indispensable para participar en los actos de culto, dentro del templo, para el evangelista Mateo, los limpios de corazón no necesitan entrar en ningún lugar o recinto sagrado; es decir, cualquier mediación ritual o cultual es superflua. La actitud interior de transparencia, que pide esta bienaventuranza, y la actividad positiva que comporta en favor de los semejantes, sin hacer daño a nadie, es fundamental y suficiente para el el Evangelio. Esta bienaventuranza supone e implica adhesión a Jesús y al reinado de Dios, y establece una relación inmediata y directa con Dios-Padre por eso no se necesitan instituciones ni mediadores sagrados entre el creyente y Dios; el templo y las demás instituciones sagradas resultan superfluas y caducas. Es más, dado el ámbito universal de esta bienaventuranza, la mediación sagrada se convertiría en un obstáculo para la comunión y comunicación entre Dios-Padre y el ser humano.

Séptima bienaventuranza: “Dichosos los que promueven la paz, porque a ésos los va a reconocer Dios como hijos suyos” (Mateo 5,9). Promover la paz entraña conflicto y de lucha y se plantea de manera desigual e inquietante; eso sí, siempre en el ámbito de lo profano. Pero los creyentes tenemos un arma poderosa, aunque invisible, el Espíritu de Dios, que interviene directamente en el interior de los discípulos de Jesús para darles valentía y fortaleza, sin que lo sagrado le pueda poner barreras ni fronteras. El Espíritu también proporciona la convicción de que la construcción de la paz, un aspecto importante del reinado de Dios, es como el grano de mostaza, o la levadura que hace fermentar toda la masa (Mateo 13,31-33).
Ser reconocidos como hijos de Dios por promover la paz, no tiene que ver con una situación futura, situada en el más allá; se refiere a la vida presente y al dinamismo que supone la lucha por la paz y la justicia.

Tampoco se refiere sólo a los cristianos, sino a cualquier persona que profese otras creencias. Es más, también los hombres que se confiesan agnósticos y ateos pueden tener este reconocimiento por parte de Dios, porque la construcción de la paz no es un tema específicamente religioso, ni está relacionado con ministros y lugares sagrados. Esta lucha sin cuartel para conseguir la paz, tiene sólo que ver con el amor fraterno que se transforma en servicio y solidaridad hacia los más necesitados.
Es bueno recordarlo una vez más: Jesús, Hijo de Dios en sentido único y misterioso, no fue una persona sagrada, ni consagrada; fue un laico más en su tiempo, y nunca se refugió en lo sagrado en su misión profética; su Evangelio tiene que ver con los avatares de la vida normal de la gente, con lo profano; lo sagrado no ha tenido cabida en su actividad liberadora ni en su mensaje.

En la octava bienaventuranza, “son proclamados dichosos los perseguidos por su fidelidad a Jesús y a su mensaje”, es decir, siguen siendo fieles a la opción por la pobreza y así contribuyen a erradicar la miseria, la opresión, y la marginación en el mundo. Por eso corren hoy la misma suerte que corrió Jesús en su tiempo: rechazo y persecución.

Jesús nació pobre, y vivió de manera pobre, como parte de una familia humilde en Nazaret. Luego, durante su vida pública, se abrazó libre y voluntariamente al estado de pobreza para poder proclamar el reinado de Dios, sin caer en la tentación del dios-dinero, de la ambición que conlleva, y del consiguiente poder y dominio sobre los seres humanos. Por eso pudo ser fiel a la misión que el Padre le había confiado, y esta fidelidad a su Padre, por encima de todo, lo llevó a enfrentarse con las autoridades político-religiosas de su tiempo, por las que fue rechazado y perseguido hasta la muerte. Está claro que tanto la bienaventuranza como sus consecuencias pertenecen al ámbito de lo profano; lo sagrado también es ajeno a esta bienaventuranza.

Querido hermano Francisco, llegados a este punto, estimo que la carta, que te he escrito con cariño, debe llegar a su conclusión. El recorrido realizado marca un camino, una tendencia cuyas raíces se hunden en el Evangelio. ¿Qué más puedo decir? ¿Quién soy yo para darte un consejo? Creo que el Evangelio es claramente profano, pero la inmensa mayoría de los creyentes en Jesús de Nazaret llevamos marcado con hierro candente lo sagrado en nuestras vidas. Si la Jerarquía es y se considera masivamente sagrada, ¿cómo se podría hacer una aproximación al Evangelio que es profano? No lo sé y lo veo muy difícil, porque el terreno en que nos moveríamos sería movedizo y peligroso. Lo que sí sé es que no debemos poner coto ni trabas al Espíritu Santo, que ya ha soplado fuerte con motivo de tu elección como papa y, por eso van apareciendo signos inesperados e importantes para suscitar confianza y optimismo. Acometer esta tarea puede ser muy difícil y peligroso, pero ahí está esta bienaventuranza evangélica, la bienaventuranza de la persecución, que Mateo propone en el sermón de la montaña:

-“Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por causa mía”… (Mateo 5,11).

Un fuerte y cariñoso abrazo de hermano.

Madrid, enero de 2014

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