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CAPITALISMO, PECADO ESTRUCTURAL Y LA LUCHA ESPIRITUAL. Jung Mo Sung

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Jung Mo Sung2.jpgEn el artículo anterior, «Pecado estructural y las buenas intenciones», vimos que en la dinámica social ni todo depende de buenas o malas intenciones en la medida que las estructuras sociales, económicas, culturales y de otros tipos tienen un rol significativo en los resultados de las acciones de individuos y de grupos sociales. Cuando la Teología de la Liberación (TL) utiliza la noción de «pecado estructural» para criticar el capitalismo está mostrando que las buenas intenciones no son suficientes para solucionar los graves problemas sociales y ecológicos que enfrentamos.

Es necesario cambiar profundamente las estructuras Del capitalismo; en otras palabras, es preciso construir una sociedad alternativa al capitalismo.
En esta crítica al capitalismo, necesitamos cuidar para no caer en la tentación de una crítica «absoluta» a todos los elementos económicos y sociales que hacen parte del capitalismo. Por ejemplo, relaciones comerciales, sistema de crédito, mercados financieros y la propiedad privada son partes importantes en el sistema capitalista, pero eso no quiere decir que en una sociedad alternativa se deba acabar con todo eso solamente porque están presentes en el capitalismo.

Lo que caracteriza el capitalismo (como todo y cualquier sistema) no es sus partes, sino la forma específica como las partes están organizadas en el sistema. Las partes, por sí solas, no nos dicen si un sistema es o no una estructura de pecado, una lógica que regula la organización del sistema y el espíritu que lo mueve.

El objetivo fundamental que nortea toda lógica capitalista es la acumulación de más capital. Si es necesario, provoca guerras civiles en países y continentes, como en África, para controlar e expropiar riquezas minerales; o, entonces, provoca desempleo en masa en ciertas regiones del mundo porque consigue explotar más a los trabajadores en otras partes. Lo peor es que en este sistema económico actual, empresas que huyen de esta lógica tienen mucha dificultad en sobrevivir.

Pero, lo que mueve todo este sistema no es solamente la parte más visible del sistema. Hay también un espíritu que lo mueve. Pues, sin un espíritu que da sentido y energía, ningún sistema social se reproduce y desarrolla. Y el espíritu que mueve el capitalismo, es «espíritu capitalista» (Weber), es el deseo de acumulación infinita de la riqueza y la ostentación del consumo como el sentido último de la vida. No se busca bienes económicos (materiales o inmateriales) para vivir; pero, se vive para alcanzar aún más riqueza. En esta cultura, una persona se afirma como persona en la medida que consume más y «mejor» (mercancías de marcas famosas).

Este espíritu capitalista está «colonizando» las mentes y los corazones de casi todas las personas y pueblos del mundo. Hasta jóvenes chinos educados en el comunismo o asiáticos de tradiciones budistas tienen como uno de sus deseos más ardientes comprar carros nuevos y equipos electrónicos, bien como lo hacen jóvenes estadounidenses y europeos. Una grande parte de experiencias de fascinación e de sagrado que ocurre en el mundo se da hoy en el ámbito Del consumo. Podemos percibir la fuerza de eso también en las Iglesias cristianas y en otras religiones: cristianos que escogen a la iglesia de acuerdo con su «poder» para aumentar el patrón de consumo; o, entonces, pastores y ministros religiosos más preocupados con salarios altos y consumo de que en servir a Dios y a su pueblo que sufre de las más diversas formas.

La expansión de este espíritu capitalista para todos los cantos del mundo es una exigencia de la propia dinámica económica capitalista globalizada. La acumulación «infinita» Del capital exige un mercado mundial – lo cual, por su vez, exige la homogeneización de los deseos -, así, como una imposición de un único sentido de vida.

Esta es la razón por la cual no basta solamente exigir buenas intenciones o pequeñas reformas económicas y sociales, dejando de lado las cuestiones estructurales (la lógica y el espíritu) del sistema capitalista. Necesitamos luchar en estos dos ámbitos: (a) reformas y de iniciativas concretas para mejorar las condiciones de vida de los pobres en corto plazo e; (b) profundos cambios estructurales. Y, en esta lucha, yo pienso que las religiones en general y el cristianismo en particular, tienen la gran tarea de desvelar y criticar el espíritu que mueve el capitalismo y de presentar un sentido más humano para nuestras vidas. Ese sentido humano presupone rescatar el sentido original de la vida: el trabajo es más importante que el capital; y la economía debe estar en función de la vida digna para todos y todas.

Sin esta lucha espiritual contra el espíritu del capitalismo, no podremos superar el pecado estructural en que vivemos. La reconciliación con Dios y con la comunidad humana exige un nuevo espíritu moviendo la humanidad. Exige que creemos nuevos tipos de relaciones humanas y sociales y un nuevo sentido de vida que atestigüen la presencia del Espíritu entre nosotros. Por eso, la tarea fundamental Del cristianismo hoy es espiritual. Luchar por la vida de los más pobres y, por eso, por una sociedad alternativa al capitalismo no es solamente un «compromiso social» o una articulación entre la «fe y la política», sino es vivir la «vida en el Espíritu», contra el espíritu del «mundo».

Por todo eso, pienso que una de las tareas y contribuciones fundamentales del cristianismo hoy se da en el campo espiritual: en el testimonio de la experiencia de gracia, en el reconocimiento mutuo entre personas – independiente de su nivel de consumo, de su religión, etnia o…-; y de la vivencia de la «fe actuando en la caridad» (Gal. 5,6) – luchando por una otra sociedad.

* Profesor de postgrado en Ciencias de l Religión de la Universidad Metodista de San Pablo y autor de Sementes de esperança: a fé em un mundo em crise

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