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Brasil: Don Helder a la luz de Aparecida -- Dom Demétrio Valentini, Obispo de Jales, São Paulo

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Adital

Homenaje de Caritas Nordeste II a Don Helder Camara en ocasión de los cien años de su nacimiento.
Introducción
Falta poco para que sea inaugurado el Año Centenario de Don Helder. Es una iniciativa que llega cargada de simbolismo y de fecunda esperanza.
El Año del Centenario debemos dedicarlo a rescatar la memoria de Don Helder, la fuerza de su testimonio, el vigor de su profetismo. ¡Su grande ejemplo de ciudadano del mundo y de apóstol de la Iglesia de Cristo!

Para personajes que alcanzan su dimensión histórica, el ropaje adecuado es el de los siglos. En el contexto del siglo que acogió la existencia de Don Helder emerge mejor su grandeza y la actualidad del gran legado que él nos dejó.

1. Los sueños de Don Helder

La grandeza de ánimo y la generosidad de espíritu encuentran en los sueños la forma adecuada de expresar sus utopías.

Al aproximarse el año 2000, el espíritu de Don Helder alcanzó los mayores grados de osadía, soñando como deseaba ver al mundo, y como deseaba ver la Iglesia, en el nuevo milenio que estaba despuntando.

Como Moisés, que no pudo entrar a la tierra prometida y solo la miró desde la altura del Monte Nebo, Don Helder no entró al «nuevo milenio». Él falleció como todos sabemos en 1999, el 27 de agosto,. Dios lo llamó a entrar a la eternidad, antes que el albor del milenio despuntara en la mañana del año 2000.

Moisés no dejó dudas sobre el rumbo a seguir para entrar a la tierra prometida. Necesitamos descubrir sendas que nos conduzcan a los sueños que Don Helder cultivó para este prosaico milenio que viene repitiendo guerras y produciendo la miseria que Don Helder denunció con tanto vigor.

Pues, para ese nuevo milenio Don Helder tuvo dos sueños:

-Para la humanidad, UN MUNDO SIN MISERIA Y SIN HAMBRE;
-Para la Iglesia: ¡LA CONVOCATORIA DEL SEGUDO CONCILIO DE JERUSALEN!
-Grandes sueños, sueños audaces, sueños generosos.
-Un mundo justo, solidario, fraterno.
– Una Iglesia abierta al Espíritu, pobre y servidora del Reino.

En el sueño para la Iglesia se revela en la creatividad y la perspicacia de Don Helder, que sabía presentar sus ideas, dejando el espacio abierto para que fuesen acogidas con inteligencia y responsabilidad.

Para entender la fuerza el sueño de un «segundo Concilio de Jerusalén» es preciso saber lo que significó el primero, descrito en la Biblia y realizado en el comienzo de la Iglesia. Los apóstoles se congregaron en Jerusalén y percibieron la universalidad del Evangelio de Cristo que necesitaba romper los estrechos límites del judaísmo y de cualesquier otra amarra cultural y religiosa, para ser llevado a toda humanidad que lo esperaba como tierra sedienta, pronta para producir los frutos del Reino de Dios.

Ahora, un segundo «Concilio de Jerusalén» implicaría la predisposición de la Iglesia a revisar su caminada, y la invitación al mundo para abrirse al Evangelio de Cristo, superando prejuicios y confrontaciones inútiles, y abriendo camino hacia un nuevo tiempo de reconciliación y de paz mundial.

Vamos a quedarnos esta noche con esos dos sueños de Don Helder, como llave de acceso a la figura de ese gran ciudadano del mundo y ciudadano de la Iglesia, que fue Don Helder.

Vamos a soñar con él. Pero como José, queremos sentir la urgencia de despertar y de poner manos a la obra para que eses sueños se tornen realidad. Así tiene sentido recordar la figura de Don Helder.

2. Don Helder a la luz de Aparecida, o Aparecida a la luz de Don Helder

Pareciera carecer de sentido el cotejar el pensamiento de Don Helder con la Conferencia de Aparecida, que presentaremos en rápidos rasgos a seguir:

En realidad podremos afirmar sin miedos o rodeos que en Aparecida reconoceremos preciosos frutos de la Iglesia en América Latina, cuyas semillas fueron lanzadas por Don Helder.

Haciendo esa comparación entre Don Helder y la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y Caribeño, tornamos vivo el actuar de Don Helder y, a la luz de su testimonio, potenciamos mejor la riqueza del mensaje de Aparecida y percibimos la conveniencia de tener a Don Helder como referencia providencial para la caminada de la Iglesia en nuestro continente.

¡ES LA HORA DE ELEGIR A DON HELDER PESSOA CAMARA COMO PATRONO DE ESA INCOMPRENDIDA IGLESIA LATINOAMERICANA Y PROCLAMARLO SANTO PROTECTOR DE NUESTRO CONTINENTE!

3- El sabio arquitecto de la Iglesia Latinoamericana

Al sumergirnos en los meandros de las Conferencias Latinoamericanas encontramos a Don Helder presente en todas las esquinas, recorriendo todos los pasillos.

Las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano señalan la caminada histórica de la Iglesia Latinoamericana y en esa caminada Don Helder dejó sus huellas, que son reconocidas con mucha claridad.

Particularmente, la Conferencia de Aparecida se parece a la Conferencia de Medellín. Ambas significaron, respectivamente, la conciencia de la importancia de la caminada propia que la Iglesia de nuestro continente necesitaba hacer, y la conciencia de retomar esa caminada, tal como aconteció en Aparecida.

La Conferencia de Medellín fue fermentada ya durante la realización del Concilio Vaticano II. Fue Don Helder, juntamente con Don Manuel Larraín, (obispo de Talca, Chile), que reiteradas veces presentaron al Papa Paulo VI la necesidad de traer el Concilio para América Latina, adaptándolo a la realidad de nuestro continente a través de una «Conferencia General de su Episcopado» de la cual ya habían tenido una primera experiencia en la Conferencia de Rio de Janeiro, en 1955.

Medellín fue imaginada por Don Helder y por Don Larraín. Ciertamente, ¡Don Helder tiene que haber vibrado con alegría celestial al ver que Aparecida retomó los caminos de Medellín!

Pero, es importante señalar otro factor decisivo al retomar las «Conferencias Generales Latinoamericanas». Solamente fueron posibles por contar con una estructura que las hizo viables. Sin la creación de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB), en 1952, y la creación del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), en 1955, no tendríamos el soporte indispensable para la realización de estos eventos eclesiales.

Entonces, identificamos la importancia providencial de Don Helder. Fue él quien tuvo la intuición de fundar la CNBB, en 1952. Él la imaginó a partir de su actuación dentro de la Acción Católica Brasilera.

Y nuevamente fue Don Helder juntamente con Don Larraín de Chile quienes arquitectaron el CELAM, fundado en 1955, en ocasión del Congreso Eucarístico Internacional de Rio de Janeiro, que propició la realización de la Primera Conferencia general de Episcopado Latinoamericano.

En la noche de hoy nos cabe recordar otra importante iniciativa de Don Helder: la fundación de Caritas Brasilera, el 12 de noviembre de 1956.

¡En 1952, la CNBB; en 1955, el CELAM; en 1956, Caritas de Brasil!

Entonces, tal como San Pablo, él podría decir: «Como sabio arquitecto, puse los fundamentos. Ahora, otro construye sobre ellos. Pero vea cada uno como construye» (1Cor 3,10)

Esas iniciativas de Don Helder tuvieron repercusiones de largo alcance, mas allá de lo que a primera vista pudiera parecer.

La Iglesia en Brasil y la Iglesia en América Latina fueron las únicas que entraron en el Concilio con una estructura adecuada para acoger sus propuestas de renovación.

Por sus Conferencias Generales la Iglesia de América Latina fue la única que abrazó el Concilio de manera orgánica y global. Y en eso Don Helder tiene muchos méritos.

4- El espíritu de Don Helder en Aparecida

Aún relativizando las semejanzas, podríamos imaginar en quien Don Helder «incorporó» su espíritu en Aparecida. Los santos, ciertamente, tienen su libertad de actuación en los acontecimientos humanos que precisan de su intersección. No cabe a nosotros descubrir estos secretos.

En homenaje al amigo chileno, Don Larrain, recordamos la eficiente y sensata articulación hecha en Aparecida por el Presidente del CELAM, el cardenal Francisco Javier Errázuriz (Santiago de Chile) Y si nosotros brasileros evocásemos la figura de Don Luciano (1), que también ya no estaba en Aparecida, podríamos recordar otro jesuita, el cardenal Bergoglio, de Buenos Aires, que también supo conducir muy bien su oficio de coordinador de la comisión de redacción, cosa que Don Luciano hizo de manera eximia en Puebla y Santo Domingo.

Pero, más que esas semejanzas externas podremos ahora con brevedad identificar coincidencias fecunda entre Don Helder y Aparecida, asociando las grandes intuiciones de Aparecida con los grandes sueños de Don Helder.

5- Intuiciones de Aparecida y sueños de Don Helder

5.1. Primera intuición: el tema de Aparecida: Discípulos y misioneros de Jesucristo.

El sueño de Don Helder: retomar el impulso original del Evangelio de Jesucristo.

La Conferencia de Aparecida comenzó ajustando el paso con la oportunidad del tema escogido. Él, en verdad, expresa la síntesis dinámica del Evangelio. ¿Qué hizo Jesús? Llamó a sus discípulos, a quienes transformó en misioneros de su Evangelio.

Ciertamente, Don Helder, si fuese vivo, estaría vibrando de entusiasmo con ese tema de Aparecida. Pues coincide plenamente con su sueño de retornar al vigor y a la fuerza de la Iglesia Primitiva.

Aún sin el encantamiento de la utopía del «Segundo Concilio de Jerusalén», Aparecida no deja de ser una concretización verdadera del sueño de Don Helder. Quizás Aparecida no llegó a Jerusalén. Pero, ¡no hay duda de que apunta en su dirección!

5.2. Segunda intuición: La Iglesia al servicio de la vida.

Otra riqueza fecunda de Aparecida fue desdoblar su tema central dándole una finalidad sorprendente: ¡la consecuencia del seguimiento y de la misión de los cristianos debe ser la vida de los pueblos!

Esa intuición coincide plenamente con el sueño de Don Helder, de un mundo justo y de una Iglesia al servicio de la vida de todos.

Es bueno percibir como los sueños audaces pueden encontrar terreno firme y propicio para concretarse.

5.3. La retomada de la identidad propia de la Iglesia de América Latina y de El Caribe.

Esa es otra de las intuiciones fundamentales de Aparecida. Retomar y reafirmar la validez de la caminada propia de la Iglesia Latinoamericana. Vale la pena citar el pasaje que lo reafirma de manera clara y contundente:

«La Quinta Conferencia del Episcopado Latinoamericano y Caribeño es un nuevo paso en el camino de la Iglesia, especialmente a partir del Concilio Vaticano II. Ella da continuidad y al mismo tiempo recapitula el camino de fidelidad, renovación y evangelización de la Iglesia latinoamericana al servicio de sus pueblos, que se expresó oportunamente en las Conferencias Generales anteriores…» (DA 9).

Toda la vida de Don Helder encarna esa causa de afirmación de la identidad propia de la Iglesia Latinoamericana, como fruto de fecundidad del Evangelio que suscita por todas partes nuevas expresiones eclesiales, en sintonía profunda con la inagotable gracia de Dios

5.4. Retomada de la renovación eclesial iniciada por el Concilio Vaticano II

De manera muy oportuna, la Conferencia de Aparecida reafirmó la validez y la urgencia, de la renovación eclesial desencadenada por el vaticano II:
«fiel a la Iglesia de siempre (la Iglesia Latinoamericana) proseguirá con la renovación iniciada por el Concilio Vaticano II, impulsada por las Conferencias Generales anteriores, y para asegurar el rostro latinoamericano y caribeño de nuestra Iglesia…» (DA 100 h).

Pensando ahora en Don Helder es evidente la coincidencia de su vida con esa causa recordada por Aparecida. Él supo más que nadie valorar el Concilio, que él vivenció como una gracia excepcional, a ello dedicó lo mejor de su actuación.

5.5. La reafirmación de la opción preferencial por los pobres (DA 391-398)

La Conferencia de Aparecida no solamente reafirmó la opción preferencial por los pobres, como lo hizo de manera tranquila y bien fundamentada, como se puede deducir de esa breve cita:
«La opción preferencial por los pobres es una de las peculiaridades que marcan la fisionomía de la Iglesia Latinoamericana y Caribeña». (DA 391)
«La opción por los pobres está implícita en la fe cristológica en Aquel Dios que se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza». (DA 32)

Don Helder fue uno de los signatarios del «Pacto de las Catacumbas», a través del cual decenas de obispos se comprometían a abandonar todas las señales de ostentación episcopal y vivir pobremente, al servicio del Evangelio. Don Helder vivió ese compromiso de manera coherente y emocionante. Vivió pobre y murió pobre, para edificación de todos nosotros.

5.6. Las Comunidades Eclesiales de Base (DA 178-179)

Tenemos acá otra perla de Aparecida; la afirmación clara y serena de la importancia e las CEBs:
«ellas recogen la experiencia de las primeras comunidades, tal como están descritas en los Hechos de los Apóstoles (Cf. Hechos 2, 42,47). Medellín reconoció en ellas una célula inicial de estructuración eclesial y foco de evangelización (DA 178)

La actuación pastoral de Don Helder era coherente con su sueño de revivir hoy la misma experiencia e comunión eclesial realizada por las comunidades de la Iglesia Primitiva.

5.7. La recuperación del método Ver, Juzgar y Actuar

Fue sorprendente constatar lo que Aparecida consiguió: revertir el desvío de ruta practicado por la Conferencia de Santo Domingo que había abandonado el método que Aparecida retoma y justifica.

«En continuidad con las Conferencias Generales anteriores del Episcopado Latinoamericano, ese documento hace uso del método «ver, juzgar y actuar»… Ese método ha aportado a que vivamos más intensamente nuestra vocación y misión en la Iglesia: ha enriquecido nuestro trabajo teológico y pastoral, y en general nos ha motivado a asumir nuestras responsabilidades frente a situaciones concretas de nuestro continente». (DA 19).

Podemos imaginar el entusiasmo que hubiera tomado a Don Helder al constatar que el método que él había visto dar tantos frutos en la Acción Católica era ahora retomado con convicción por la Iglesia Latinoamericana.

5.8. La Iglesia toda en estado de misión

Para concluir. Podemos citar también esa otra grande intuición y decisión asumida en Aparecida: una Iglesia volcada para fuera de si misma, al servicio de la misión que Cristo le confió:
«Ese despertar misionero en forma de Misión Continental… buscará poner a la Iglesia en estado permanente de misión… Recobremos por tanto el ‘fervor espiritual’. Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar… recuperemos el ardor y la audacia apostólicos». (DA 551).

Si pusiéramos esas palabras en la boca de Don Helder, sentiríamos como ellas saldrían directamente de su corazón, en plena coincidencia con el Espíritu Santo que las iluminó para ser asumidas por la conferencia de Aparecida.

Conclusión

La Conferencia de Aparecida nos muestra como los sueños de Don Helder aun continúan vivos en nuestra Iglesia. El recuero de él nos ayuda a percibir como podemos poner en práctica esos sueños.

El Año Centenario se dedica a recuperar la memoria de Don Helder, mostrando cuanto ella aún es oportuna.

Traducción: Ricardo Zúniga García (ricardozunigagarcia@gmail.com)

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