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BENEDICTO XVI ENTRE LÍNEAS. Juan Masía

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Atrio

La lección académica del Papa-profesor en Ratisbona provocó una reacción en cadena que aún continúa. La indignación islámica, mediáticamente orquestada, subrayó con lápiz rojo desde el primer día la cita desafortunada del emperador bizantino. La defensa de buena voluntad insistió en subrayar en el texto la invitación al diálogo y el rechazo de la violencia. Pero el discurso no es una homilía pastoral del Pontífice, ni una declaración política del jefe del Estado vaticano. Pretende ser, ante todo, una clase universitaria. Por tanto, será apropiado reaccionar como ante una clase: comentando, preguntando, debatiendo y, si es el caso, objetando o disintiendo.

Puse una semana por medio y releí despacio el texto. Nada de lápiz rojo detractor, ni azul apologético. Al explorar entre líneas aparece la otra cara del discurso: estimulador, a la vez que preocupante. Me estimula su invitación a la amplitud de miras. «Hace falta valentía, dice, para comprometer toda la amplitud de la razón». Pero me preocupa su rechazo de la deshelenización de la teología, reclamada desde hace medio siglo, así como el tono logocéntrico del discurso. Me estimula su opción por «lograr ese diálogo genuino de culturas y religiones que necesitamos con urgencia hoy». Pero me preocupa su énfasis en la validez universal de las expresiones helenizadas del cristianismo y el tono eurocéntrico con que parece entender el encuentro de la fe bíblica con el mundo grecorromano, condicionando exclusivamente las raíces de nuestra tradición cultural.

Me estimula cuando dice que «el amor sobrepasa el conocimiento» y que «Dios actúa lleno de amor por nosotros». Pero me preocupa su acento helénico en la lectura del prólogo de san Juan: «Al principio era el logos». Citando al emperador bizantino, ve el teólogo Ratzinger a Dios actuando como logos y percibe el encuentro del mensaje bíblico y el pensamiento griego como una «necesidad intrínseca». Una teología bíblica menos andro-céntrica (menos centrada en lo masculino de la razón) ve hoy ese logos como la versión encarnada de la Sabiduría (con mayúscula y en femenino), actuando más sapiencial que racionalmente. He apuntado tres preocupaciones desde la perspectiva de una teología actualizada que trata de ser: más cordial y menos logocéntrica; más intercultural y menos eurocéntrica; más inclusiva y menos androcéntrica.

Mientras hacía esta reflexión no podía evitar el recuerdo de algunos textos del magisterio eclesiástico durante la época en que Joseph Ratzinger fue prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe: la instrucción sobre la teología de la liberación (Libertatis nuntius, 1984); la declaración sobre la exclusión de la mujer del ministerio sacerdotal (Ordinatio sacerdotalis、1994); y el documento sobre cristología y pluralismo religioso (Dominus Jesus, 2000). He aquí lo verdaderamente problemático, a mi parecer, del discurso de Ratisbona, algo mucho más peligroso para el propio cristianismo que las alusiones a la guerra santa para los musulmanes.

Claro está que no vamos a protestar quemando efigies papales. Reaccionaremos universitariamente. Reiterando el cariño a la persona del obispo de Roma y el respeto a su ministerio de unidad, nos permitiremos disentir de las connotaciones logocéntricas, eurocéntricas y androcéntricas, que detectamos entre líneas al leer el texto sobre el telón de fondo de anteriores publicaciones del dicasterio inquisitorial. Lo hacemos desde la urgencia actual para la iglesia de aprender a navegar por aguas en las que no suele hacer pie: me refiero obviamente a la triple temática de la teología de la liberación, la teología crítica de las discriminaciones de género y la teología que fomenta los encuentros interculturales e interreligiosos.

(Publicado en “La Verdad”, de Murcia, el 13 de octubre de 2006)

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