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Azarosa vocación -- Gabriel Mª Otalora

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En este mes de agosto se cumplen doscientos años desde que Pío VII dictó la bula por la que se restauraba la Compañía de Jesús, suprimida en 1773 por Clemente XIV a cambio de la devolución de terrenos pontificios ante las presiones de monarquías católicas como Francia, España, Portugal y del Reino de las Dos Sicilias (Nápoles y Sicilia). Una vez expulsados, sus reyes exigieron la desaparición de la Compañía. Con la supresión, se convirtieron en clero secular, y el padre general y su Consejo Asesor fueron encerrados en el Castillo de Sant Angelo sin derecho a juicio alguno.

Solo Rusia se negó a cumplir con la bula papal de disolución manteniendo a un puñado de jesuitas como educadores. Ellos aceptaron la oferta de refugio hecha por la zarina Catalina la Grande para continuar la obra educativa iniciada por Pedro el Grande… al más puro estilo de la Ilustración. Precisamente la excelente educación impartida fue una de las razones para desear la supresión de la Compañía de Jesús. Por un lado, los enciclopedistas franceses (despotismo ilustrado) envidiaban el liderazgo intelectual y educativo de los jesuitas, en pleno contexto anticlerical y secularista. Y por otro, España y Portugal veían a la Compañía como un peligro para sus colonos viendo que la labor educativa en las misiones sudamericanas les restaba argumentos para encontrar esclavos, ya que “los jesuitas eran transmisores de dignidad para los habitantes de estas tierras”.

También influyó lo suyo el que los iluministas como Voltaire -educado por los jesuitas- querían cortar cualquier dominio de la Iglesia romana. Sin olvidar que el gran Diderot tuvo que soportar a los jesuitas demostrando que muchos artículos del primer volumen de la famosa Enciclopedia habían sido “fusilados” íntegramente, incluso de autores jesuitas. Otra razón de peso fue la posición de la Compañía contra el jansenismo por su teoría del libre albedrío, a pesar de que sólo divergían a nivel filosófico o de teología moral. La última causa fueron sus propios fallos; tanta clarividencia ejemplar pudo llevarles a actuar con superioridad y empecinamiento incluso ante las bondades de la Ilustración, que las tuvo.

Aunque nunca ha vuelto a darse otra supresión después de aquél agosto de 1814, sí que se han producido otras expulsiones injustas de jesuitas: antes de ese año, en Francia, Inglaterra, Japón y Malta. Después, nuevamente en Francia, Portugal, Brasil Austria… Y más recientemente, la Compañía de Jesús fue disuelta por la República de Azaña en plena ola anticlerical. Azarosa vocación la ignaciana, sin duda.

Sus enemigos estaban en todas partes: conservadores, progresistas, políticos y religiosos, colonos, reyes y filósofos. Curiosamente, Juan III de Portugal reconocía que los jesuitas eran clérigos eruditos y de vida ejemplar. El mismo Voltaire ensalzó el papel de los jesuitas en el Nuevo Mundo como un triunfo de la humanidad que expía los crueles hechos de los primeros conquistadores. Lo cierto es que la orden de san Ignacio de Loiola era la que impartía la mejor educación secundaria de Europa, gratuita e interclasista, y los pobres tenían una oportunidad de aprender. Hay que remontarse a los romanos en versión mucho más limitada, cuando algunos esclavos pudieron formarse e incluso llegar a filósofos, como le ocurrió a Epícteto.

Después de “lo” de Juan Pablo II con Arrupe y con un jesuita como papa, deben ser la vanguardia de los desheredados de la tierra con el evangelio por montera, llenos de misericordia y denuncia profética. Algo así dijo el actual padre general Adolfo Nicolás, en el 125 aniversario de la Universidad de Deusto: “Los jesuitas debemos contribuir a aliviar el dolor y el sufrimiento de este mundo nuestro, formar personas comprometidas con la verdad por una sociedad justa y por la profundidad de un humanismo que no se agota en lo pragmático y en lo técnico”. Y si vuelve la persecución en el intento, no harán otra cosa que seguir los pasos del Maestro.

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