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AUTORIDAD Y DIÁLOGO. Juan de Dios Regordán Domínguez

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Ante los conflictos que puedan plantearse en la Iglesia, por muy graves que sean, hay que preferir la solución evangélica a la represión autoritaria. En el siglo XXI los métodos más eficaces para hacer valorar la autoridad han de ser diferentes a “ordeno y mando”. Un padre no tiene autoridad sólo por ser padre, sino que se la ha de ganar diariamente ante sus hijos.

Podemos recordar cómo Jesús corrige la ambición de los apóstoles: “Se suscitó entre ellos un altercado sobre quién de ellos había de ser tenido por mayor. El les dijo: Los reyes de la las naciones las tiranizan y sus príncipes reciben el nombre de bienhechores. Pero entre vosotros no ha de ser así, sino que el mayor entre vosotros será como el menor, y el jefe como el que sirve” (Lucas 22,24-27)

El magisterio de los obispos y el de los teólogos han de estar al servicio de la fe de la comunidad eclesial, aunque en distinto plano y con funciones diversas. Por ello ni el teólogo se debe limitar a justificar el magisterio de los obispos ni los obispos someterse a todas las opiniones de los teólogos. Esta diferencia entre Teología y Magisterio de la Iglesia implica colaboración y complementariedad ya que ambos “ al prestar un servicio a la verdad” están obligados por vínculos comunes: por la Palabra de Dios, por el “sentido de la fe” vigente en la Iglesia del pasado y del presente, por los documentos de la tradición con los que se ha propuesto la fe común del pueblo y por el cuidado pastoral y misional que ambos deben tener en cuenta.

Es misión propia del teólogo distinguir lo que es auténtica tradición de lo que son adherencias históricas o incluso falseamiento de la misma. El trabajo del teólogo es imprescindible en orden a expresar la fe en formas de pensamiento y de lenguaje del hombre contemporáneo, de modo que se haga comprensible el mensaje evangélico. El teólogo plantea nuevas preguntas dirigidas a una mayor y mejor comprensión de la fe. Pero estas preguntas, con sus respuestas, constituyen una oferta a toda la Iglesia, cuya fidelidad a la revelación ha de ser juzgada por la autoridad del magisterio de los obispos, presididos por el Vicario de Cristo.

Sin embargo, cuando se habla de “autoridad” en la Iglesia, ha de entenderse como un servicio a la fe de los creyentes. De ahí se deduce que el magisterio episcopal no puede coartar la libertad del teólogo. La Teología, por su racionalidad científica, tiene por derecho propio libertad y autonomía. La teología, en cuanto ciencia de la fe, es libre en la aplicación de sus métodos y de su análisis, aunque dé por supuesto su objeto, que no es otro que la realidad de la fe, Por eso la Iglesia auspicia una investigación y una enseñanza teológica diferentes del magisterio de la Iglesia, vinculados y obligados sin embargo a éste en el servicio común a la verdad de la fe y al pueblo de Dios.

Al teólogo se le exige fidelidad al testimonio de la fe y al magisterio eclesiástico. Y es aquí donde surgen conflictos serios entre el magisterio de los obispos y la enseñanza de teólogos. La Historia nos recuerda conflictos, anatemas, separaciones y heridas muy difíciles de curar después. Lo lamentable es que sigan sucediendo ahora. Pero, hablando se entiende la gente. Así se hizo en Concilio de Jerusalén. La Iglesia tiene que DIALOGAR.

Hoy, más que nunca, se hace imprescindible un diálogo franco, mutuamente respetuoso y sin miedos, entre obispos y teólogos, que ayude a discernir lo que haya de válido en las diferentes posiciones para poderlo incorporar al común acervo eclesial. Quiénes busquen de verdad el diálogo dentro de la lógica dinámica de la comunión eclesial deben encontrarse con las puertas abiertas para poder ser fieles, ya sean obispos o teólogos, a la misma Iglesia de Cristo.

El Concilio Vaticano II citando a San Agustín nos recuerda: “ Busquemos con afán de encontrar y encontremos con el deseo de buscar aún más” Felices los que, poseyendo la verdad, la buscan más todavía a fin de renovarla, profundizar en ella y ofrecerla a los demás.

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