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AUTORIDAD DE LOS PADRES Y VIOLENCIA DE LOS HIJOS. Leonardo Boff

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Leonardo Boff3.jpgLos hechos recientes de hijos de familias de clase media alta que se entregaron a la violencia, golpeando a una empleada doméstica, imaginando que era una prostituta, e involucrándose en violencias con otros jóvenes, nos suscita la cuestión de la autoridad de los padres como principio creador de límites.
No podemos echar toda la culpa a la familia y al padre. La familia tiene hoy muchos sustitutos y concurrentes que la sobredeterminan. Antes que nada, la sociedad misma, desde su fundamentación asentada en la violencia, la magnificación de la truculencia por parte de la televisión, la impunidad general de la corrupción casi generalizada en el aparato del Estado y de otros crímenes, la pubertad cada vez más precoz, que hace que no raramente a los 15 años el joven tenga ya un cuerpo de adulto que sobrepasa hasta en diez centímetros a sus padres, más la liberalización general de las costumbres… todo este conjunto de cuestiones pesa sobre los padres y los jóvenes que están en la plenitud de su vitalidad, y descubriendo las virtualidades físicas de su cuerpo.

Importa mucho también incorporar a la interpretación del fenómeno una visión filosofante de la vida humana, presente en los grandes maestros del psicoanálisis, que se dan cuenta de que en el interior de las personas, desde los bebés inclusive, hay fuerzas tremendas de amor y de agresión y que, a lo largo de toda la vida las deben trabajar, buscando una maduración que les convierta en padres y madres de sí mismos, de forma que puedan llevar una vida autónoma y creativa. Esta tarea de la vida está cargada de tensiones, fracasos y victorias. Comienza a despuntar de forma volcánica en la adolescencia. No tener en cuenta tal hecho es hacer injusticia a los jóvenes y, en el fondo, no entenderlos ni acompañarlos en el momento en que su humanidad se abre a la vida.

Por otro lado, sabemos que la regla de oro de la educación es saber imponer límites, y a veces, hasta sancionar. Esta tarea incómoda pero imprescindible le corresponde a la figura del padre o de quien hace sus veces. Sobre ello queremos reflexionar rápidamente.

El niño viene de la experiencia de la madre, de la acogida y de la satisfacción de sus deseos. Pero al crecer se da cuenta de que existe otro mundo que no prolonga el de la madre. Allí se dan tensiones, dificultades y conflictos. Las personas trabajan y en función de ello tienen que mostrar disposición para el sacrificio y para aceptar límites si quieren alcanzar sus objetivos. Es tarea del padre ayudar al hijo/a a hacer esta transposición. Es el momento en que el hijo/a se desprende de la madre y se aproxima naturalmente al padre; pide ser amado por él, e informado en sus indagaciones. Es la hora de reconocer la autoridad del padre y la aceptación de los límites que él quiere mostrar, propios de este continente nuevo. Para ello él exige disciplina y contención de los impulsos del hijo. En caso contrario, éste va a entrar en una confrontación que lo va a aislar y a perjudicar.

Tiene que aprender a convivir con los diferentes, y los límites que éstos imponen. Y ahí cabe, si es necesario, después del diálogo y del consejo, sancionar sin humillar. La sanción a punta al acto y no directamente al adolescente. Sancionar no significa humillar, sino imponer un límite a un comportamiento que crea trastornos a la convivencia y que sería sancionado aunque hubiese sido practicado por otro.

La misión de los padres es tan sublime y cargada de responsabilidades que no puede ser dejada al mero espontaneísmo. Los padres necesitan conversar con otros padres y estudiar. Aconsejo el libro de uno de los mayores psicoanalistas de esta área: D. Winnicott, Tudo começa em casa (1989).

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