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ÁFRICA, FEMENINO Y PLURAL. Rosa Olazábal

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África y mujer son dos conceptos tan llenos de significados que, unidos, estallan en un sinnúmero de realidades. Por tanto, hablar de la mujer en África es una tentación tan grande como inabarcable y, en cierto sentido, con riesgo de caer en generalizaciones. Por otro lado, para entender la vida y la supervivencia de las gentes de África hay que comprender en su justa medida qué significa ser mujer en muchos lugares de este continente fascinante.

Se calcula que las mujeres generan el 80% de los alimentos, hacen las tres cuartas partes de las tareas agrícolas, la totalidad de los trabajos domésticos y el 80% del pequeño comercio. Estas cifras se quedan cortas. Se puede decir, sin miedo a lo rotundo de la afirmación, que las mujeres están salvando África. Sobre sus espaldas cae la responsabilidad de sacar adelante a sus familias en un continente donde la pobreza hace estragos y el trabajo formal es casi un espejismo.

Escribo desde la ciudad de Bukavu, situada al este de la República Democrática del Congo. Bukavu ronda en la actualidad los 700.000 habitantes. La ciudad ha sufrido un crecimiento muy brusco en los últimos años como consecuencia del gran número de familias procedentes del medio rural que se refugiaron en la urbe durante la reciente guerra.

Los habitantes de Bukavu viven envueltos en una gran nube de polvo anaranjado que cubre calles y barrios de una ciudad a medio construir. Unos de los barrios que rodean el centro de Bukavu es Cahi, situado al sur de la ciudad y habitado por cerca de 100.000 personas. Aquí se encuentra la parroquia de San Juan Bautista, regida por misioneros javerianos.

Mujeres en Congo: la lucha por sobrevivir

Con el apoyo de los misioneros, se formó hace 2 años la Unión de Madres por el Desarrollo de Cahi, una asociación de mujeres que se reúne habitualmente en los locales de la parroquia. Ya son 80 las socias de este grupo que, poco a poco, se han organizado para apoyarse mutuamente y encontrar juntas soluciones a su situación. No lo tienen fácil, pero si algo le sobra a la mujer africana es valor y ganas de luchar por su futuro y el de sus hijos. A eso no hay quien les gane.

Bahati Ntabalinzi, presidenta de la asociación, cuenta: “Nuestros niños no van a la escuela, no tienen qué comer. Nuestros maridos no tienen trabajo. Somos las mujeres las nos ocupamos de buscar algo para alimentar a nuestras familias. Esa es la razón fundamental por la que se creó esta asociación”.

La situación de ciudad-frontera con Ruanda hizo de Bukavu en estos últimos años un lugar especialmente peligroso. La guerra que sufrió la República Democrática del Congo desde 1998 hasta 2003 causó estragos en la ciudad que ahora comienza a recuperarse de sus heridas. Como sucede siempre, uno de los colectivos que más sufrió y sigue sufriendo las consecuencias de la guerra son las mujeres, sobre todo en un lugar tan inestable políticamente como esta región de Kivu Sur, donde se siguen produciendo enfrentamientos en poblados fronterizos.

Violación: arma de guerra

El uso generalizado de la violación en tiempos de conflicto armado refleja el horror indescriptible que supone para las mujeres, la sensación de poder que le da al violador y el excepcional desprecio que manifiesta por la víctima.

La violación se utiliza durante los conflictos para intimidar, conquistar y controlar a las mujeres y sus comunidades. Se emplea como método de tortura para obtener información, castigar y atemorizar. Los menores varones y los hombres también sufren actos de violencia sexual durante los conflictos, pero las principales víctimas son las mujeres y las niñas.

En tiempos de conflicto, la violación es una herramienta usada por una amplia gama de hombres, entre ellos soldados, funcionarios gubernamentales y miembros de los grupos armados. Incluso los encargados de proteger a la población civil –como trabajadores de ayuda humanitaria y miembros de las fuerzas de mantenimiento de la paz de la ONU– han infligido abusos sexuales a mujeres y niñas que estaban a su cuidado. En mayo de 2004, la ONU emprendió una investigación sobre informes que indicaban que miembros de su destacamento de mantenimiento de la paz en Bunia, en la República Democrática del Congo, habían abusado sexualmente de civiles, pese a la política de «tolerancia cero» que aplica la ONU a tales abusos.

Bahati confirma esta situación: “las mujeres hemos sufrido mucho. En primer lugar, han sido las mujeres las que fueron violadas. He conocido mujeres repetidamente violadas. Nos violaron incluso delante de nuestros hijos y en presencia de nuestro marido. Esto se ha convertido en una espina clavada en nuestro corazón para las mujeres del Congo”.

Nuevas iniciativas

Pese a todo, las mujeres de Cahi –como las de tantos otros lugares de África- siguen adelante en su empeño por sobrevivir. La asociación consiguió una donación de un molino. Aquí muelen su harina las mujeres del grupo de Cahi que, en su origen, funcionó como una cooperativa con un capital inicial aportado por todas para comprar más baratos los cereales que luego vendían en el mercado.

La ONG española Manos Unidas ya ha aprobado ayudar a estas mujeres con un proyecto presentado por ellas consistente en una máquina para la fabricación y posterior venta de jabones.

En el pequeño mercado del barrio de Cahi encontramos a algunas de las mujeres que forman parte de la asociación. Todas venden, como muchas mujeres africanas, que se pasan media vida en los mercados.

Chantal vende alubias. Tiene 52 años y 8 hijos y su marido no tiene trabajo. Tras una larga jornada y con un poco de suerte consigue ganar 300 francos, unos 70 céntimos de euro.

Adeline vende un pequeño pescado seco que aquí llaman “frette”. Se suele comer con el frufrú, una salsa. Adeline vende cada bolsa de frette por 200 francos. Descontados gastos, quizá gane un euro al día para alimentar a sus diez hijos. Su marido está trabajando en el campo.

Inmaculé vende pequeños montones de carbón junto a su casa. Con lo que gana tiene que alimentar a sus siete hijos porque su marido no trabaja. La lucha diaria de Inmaculé se parece como una gota de agua a otra a la de miles de mujeres congoleñas. Siempre viviendo bajo la más pesada de las espadas de Damocles: la del hambre.

“A los españoles les pedimos que nos ayuden a conseguir la paz, comenta Bahati. En primer lugar, la paz. Y que nos den una pequeña ayuda para poder trabajar. Que nos ayuden a las mujeres del Congo. Lo necesitamos mucho”.

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