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África, bajo la maldicion del petróleo

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Umoya

En el sur de Chad, el petróleo ha empezado a fluir debajo de una tierra agrícola y pobre. Esta riqueza, sin embargo, en vez de servir para el desarrollo y la lucha contra la pobreza, se ha convertido en una maldición: algo que el “modelo chadiano” de explotación, icono del Banco Mundial, quería evitar.

A pesar del petróleo, Chad sigue siendo uno de los países más pobres del mundo (y de los más corruptos). Las petroleras consumen ellas solas más electricidad que el resto del país, mientras que el agua escasea y las familias tienen que recorrer largas distancias para conseguirla

La casa de Marcel Ngartoudjal se encuentra en el centro de un claro abierto entre la maleza. Hacia el este, su propiedad dispone de varios pozos de agua y diversos sembrados donde planta mandioca, sorgo, mijo y algunas legumbres. Antes también plantaba algodón.

El algodón no estaba mal. Tenía una buena salida. Hasta que los precios se hundieron completamente debido al dumping. El dumping es una palabreja inglesa que sirve para referirse a una de las peores plagas que sufren los países pobres. Marcel, concretamente, hacía sus pequeñas inversiones para poder recoger una buena cosecha de algodón. Trabajaba duro. Pero, finalmente, a pesar de la calidad de su producto, no lo podía vender porque los países ricos habían llenado el mercado con algodón subvencionado.

En África, el dumping causa un efecto tan brutal como lo hizo la trata de esclavos. No todo el mundo, por supuesto, conoce la palabra. Pero lo que es seguro es que a nadie se le escapa en qué consiste esta práctica que presagia infortunio, pobreza, hambre, muerte, desgracia. Imaginemos una familia de agricultores esperando con ilusión a que papá regrese a casa con el dinero de la cosecha. De la venta de sus productos dependerá su supervivencia. Pero papá regresa con las manos vacías. En vez de beneficios trae deudas.

A Marcel le ocurrió con el algodón, aunque el dumping se practica también sobre otros muchos productos. En Camerún, por ejemplo, hundió la industria del pollo. “Pollos bicicleta”, les llamaban. Robustos. Sanos. Sabrosos. Ahora nadie los compra porque el pollo congelado que llega de Europa -sobre todo, patas y alas- es mucho más barato. En Mali pasó algo similar con la leche. Tenían una magnífica producción de leche de vaca que abastecía los mercados locales. Pero los europeos metieron leche en polvo barata. Y la gente dejó de comprar leche local. ¿Por qué gastar más dinero en leche de vaca si la leche en polvo europea -también excedentaria, como las patas y las alas de los pollos- se vende más barata?

Los pobres compran mirando bien al bolsillo. Sólo los ricos se permiten gastar en productos de calidad. Y, además, deben preguntarse con buen criterio las amas de casa de Mali, ¿no es acaso Europa el paraíso al que todos nuestros jóvenes quieren huir? ¡Seguro que la leche europea es mucho más nutritiva!

Pero recuperemos a Marcel porque el tema que nos ha llevado hasta su finca en el sur de Chad no es el dumping, sino el petróleo. De hecho, ambos temas (también el acceso a la medicación contra el sida) deben entenderse en el mismo contexto creado por la nueva relación que el Norte y el Sur tienen en el mundo global, un mundo dirigido por los mercados y casi nada por la política o las “ideologías”, como ocurría durante la guerra fría (algunos utilizan la cruz para expresar este cambio: antes vivíamos bajo el signo de la horizontalidad Este-Oeste; hoy lo hacemos bajo el de la verticalidad Norte-Sur). Pero, así como en el caso de la agricultura -todavía la principal actividad del planeta- hablamos de la subsistencia de los pobres y de cómo sus tradicionales sistemas de vida son incapaces de sobrevivir y adaptarse a las normas impuestas por los países ricos, en el caso del petróleo y, por supuesto, de otras riquezas naturales asentadas en suelo africano, como pueden ser la madera o los minerales, ya no se trata de “vender” sino de aprovecharnos al máximo de aquello que nosotros necesitamos. Se trata de productos que, en África, se pueden “comprar” sin pasar por la ventanilla, algo impensable en los países soberanos.

Cojamos, por ejemplo, el caso de Noruega. Gracias al petróleo, Noruega es uno de los países más ricos de Europa. A ningún inversor extranjero se le ocurriría en nombre de la libertad de mercado pretender beneficios superiores a lo estipulado por las leyes democráticas, que en este sector permiten ganar más o menos un 14 por ciento sobre la inversión. En Bolivia, el nuevo Gobierno de Morales pidió a los inversores que cumplieran estándares más justos y les exigió que el beneficio pasara del 40 al 20 por ciento. Hubo un primer murmullo de desaprobación, pero pronto los inversores, incluidos los españoles, aceptaron encantados.

En África, no. En África, cuánto más rico es un país, peor para él. Sudán, por ejemplo, vive desde hace años una guerra genocida asociada a los intereses del petróleo. Las compañías occidentales y, especialmente, China miran hacia otro lado cuando se les señala la gravedad que supone apoyar a un gobierno que mata a los agricultores y los ganaderos de Darfur y quema sus aldeas. Que las Naciones Unidas y las ONG se ocupen de los refugiados: el petróleo es una necesidad estratégica.

La tierra roja. Las máquinas han trazado una nueva geografía sobre un paisaje antaño agrícola y boscoso. Dos niños, descalzos sobre la tierra herida, contemplan la explanada abierta sobre sus cultivos donde ahora se construirá un pozo de petróleo.

Guinea, gracias al petróleo, podría ser uno de los países más ricos del mundo, pero es uno de los más pobres. ¿Dónde va el dinero? Va a los bolsillos del presidente Obiang y de su familia. Las compañías extranjeras tienen permiso para explotar los pozos a cambio de esta corrupción. Y siempre les resulta más barato pagar la corrupción que actuar según la ley. Por eso Obiang se mantiene en el poder. Incluso el Gobierno español decidió recibir a este personaje, que podría sentarse perfectamente en el banquillo del tribunal de La Haya. “Debemos velar por nuestros intereses., .si no lo hacemos nosotros, lo harán otros”, dijo un portavoz del partido del mismo Gobierno que provocó entusiasmo cuando nos sacó del sucio embrollo de la guerra de Iraq.

El petróleo, pues, en vez de ser una suerte puede ser una maldición. Comparemos, por ejemplo, dos países como Mozambique y Angola. En el primero, que no tiene petróleo, se empieza a caminar lentamente, paso a paso, después de una trágica historia colonial y una larga guerra civil. En el segundo, con la misma historia colonial y una guerra civil todavía peor, el petróleo fluye a mares y podría servir para superar su nefasto pasado -¡sólo tienen 11 millones de habitantes y casi un millón de barriles diarios!-. Lo que ocurre, sin embargo, es que, en vez de mejorar, cada vez circulan más coches de lujo -en Luanda incluso se ve algún Maserati-, existe más corrupción, más sátrapas, y la gente común sigue sufriendo la pobreza extrema.

Esta paradoja -tener es peor- se conoce como “paradoja de la abundancia” o “maldición de los recursos”. Los países africanos con recursos propios tienen motivos sobrados para temer a sus riquezas como si fueran la peste, porque tenerlas significa guerra, soldados, violaciones de los derechos humanos, desplazamientos, destrucción de la vida civil y del medio ambiente, corrupción…

En uno de los despachos del Ministerio del Petróleo de Chad, bajo el retrato del presidente Idiriss Déby, reza la siguiente leyenda: “¡Que tengamos suerte y la explotación del petróleo de Chad sea un maná y no una maldición!”.

Marcel Ngartoudjal hizo la misma reflexión que el presidente -debemos suponer que el texto que acompaña la foto de Déby expresa una inquietud personal- cuando saltó la noticia de que Chad poseía abundantes recursos en petróleo.
-Pensábamos que todo iba a cambiar…-explica mientras caminamos a través de sus cultivos, cogido de la mano de una de sus hijas.

-… aunque no sabíamos en qué dirección. Ahora ya lo sabe.

El petróleo, se dijo, traerá progreso, desarrollo, trabajo. Los padres de Marcel vivían justamente en los terrenos donde ahora se levantan, en Koba, en el sur del país, las principales instalaciones de la petrolera norteamericana ExxonMobil. A cambio de los terrenos les dieron una casa en la ciudad de Doba. Nunca habían tenido una casa. Así que parecía un buen trato. Pero las casas estaban tan mal construidas que se hundieron con las primeras lluvias.

Cuesta imaginar el trato: miro a Marcel, vestido con un pantalón, el torso desnudo, miro a su hija pequeña, tocada con una gorra ajada, un vestido amarillo hecho jirones; pienso en la choza que habitan, en los pozos que se han contaminado y los animales que antes cazaba -había búfalos y gacelas e, incluso, elefantes-. Fijo a continuación la vista en las modernas instalaciones que consumen ellas solas dos veces toda la electricidad del país, calculo el flujo de 250.000 barriles diarios que cada día salen de la tierra, viajan a través de un oleoducto de 1.050 km que cruza Camerún, llegan a la costa atlántica y son embarcados rumbo a las refinerías de Texas. Miro de nuevo a Marcel y las instalaciones y pienso que no hay que pensar mucho para darse cuenta de que este hombre pobre y su hija, nacidos encima de una bolsa inmensa de oro negro sobre la que ahora caminan descalzos, son el símbolo vivo de lo que hoy entendemos por un trato con África. Por un buen trato.

La explotación del petróleo en Chad debía ser, sin embargo, un proyecto ejemplar para el resto de África. Así lo anunció a bombo y platillo el Banco Mundial cuando, bajo su patrocinio, las compañías extranjeras y el Gobierno de Chad acordaron que el beneficio que el país recibiría por el petróleo -un 12,5 por ciento del total- se utilizaría en la lucha contra la pobreza.

El “modelo de explotación chadiano”- Ley 001- se convertía, de esta manera, en el icono de una nueva manera de entender las relaciones con África y, gracias a un innovador mecanismo de control en el que participan la sociedad civil -incluidas las distintas iglesias-, se pretendía controlar la corrupción, al tiempo que se dirigían las inversiones hacia cinco sectores preferentes: educación, sanidad, servicios sociales, desarrollo rural, infraestructuras, medio ambiente y agua.

La ley preveía también la creación de un fondo de ahorro para las generaciones futuras y una fuerte inversión para amortiguar el impacto ambiental y desarrollar la región afectada por los pozos.

Unas niñas de la región de Doba preparan la comida. A pesar de la presencia de la maquinaria moderna y el desarrollo que prometía la explotación del petróleo, la vida de los pobres no ha mejorado, más bien lo contrario.

Doumadjide Djenangode consiguió un trabajo en mantenimiento. Dice que el material que se utilizó para la construcción y luego fue desechado -coches, toneladas de madera, ordenadores…- él mismo lo ha enterrado en fosas cavadas a seis metros de profundidad. “Todo se importó desde fuera sin pagar impuestos y resultaba más barato deshacerse del material que legalizarlo”, explica.

Djenangode tenía algunas tierras que fueron expropiadas y se queja de que sólo le han pagado la parte por donde pasa una carretera, pero que el resto no se lo han abonado.

Asisto en Krim Krim a una reunión de campesinos, “la sociedad civil”, que se ha reunido para tratar de conseguir un precio justo por sus tierras, que las petroleras siguen comprando a medida que abren nuevos pozos. La reunión se celebra bajo un chamizo de paja. Algunas ONG, entre ellas Intermón-Oxfam, acompañan a estas gentes que nada saben de leyes, la mayoría de los cuales ni siquiera son capaces de leer. Todos llevan sus papeles de las expropiaciones, y los más instruidos toman apuntes en libretas escolares. Se respira un ambiente de ingenua solemnidad que emociona: esta pobre gente tratando de hacer sentir su voz, en esta fase primitiva de la esperanza en la lucha social, antes del palo.

André cuenta su caso: le expropiaron tres hectáreas; le han pagado 36.000 francos CFA; en estas hectáreas sacaba todos los años 14 sacos de arroz; un saco de arroz lo vendía por 42.000 francos CFA. Multiplicamos 14 por 42.000, restamos 36.000. Un tenso murmullo recorre la reunión.

Los campesinos explican a continuación cómo transcurrió el día en el que se les pagó por sus tierras expropiadas. Llegaron el ejército y la furgoneta de la petrolera. Se reunió a los campesinos a un lado. Se les fue llamando uno a uno para que pasaran a cobrar por la furgoneta. Después de recoger el dinero en metálico, firmaron un papel que no sabían leer. Fuera, en una mesa, el jefe del cantón esperaba la salida del campesino para llevarse un montoncito de dinero del fajo. Y lo mismo hizo el jefe del pueblo.

Cuando contó lo que le quedaba, André supo que con aquel dinero sólo podía comprarse una cría de buey.

¿Y las infraestructuras? ¿El desarrollo? ¿Las escuelas? ¿Los hospitales? ¿La electricidad? ¿Las carreteras? ¿La lucha contra la pobreza?

En julio del 2003 salió el primer barril de la región de Doba para fluir hacia la costa atlántica a lo largo del oleoducto que atraviesa Camerún. Pronto se regularizó una producción diaria que se estima en unos 250.000 barriles, sobre unas reservas de un millardo de barriles.

El mecanismo de cobro por parte del Gobierno debía funcionar de la siguiente manera: las empresas explotadoras depositan en una cuenta del City Bank londinense la parte del beneficio correspondiente al Gobierno -el 12,5 por ciento- después de cobrar sus propios beneficios. El Banco Mundial escucha al “collage” donde está representada la sociedad civil y libera el dinero a medida que se presentan los proyectos de inversión.

Los hechos son los siguientes: a partir del mes de octubre del 2005 el conflicto fronterizo en Darfur empeora la situación en el este de Chad. El Gobierno “secuestra” los primeros fondos del petróleo para comprar armas y defender “la soberanía nacional”. En enero del 2006, el Gobierno modifica la Ley 001. El Banco Mundial bloquea las cuentas de Londres. El Gobierno amenaza con cerrar los pozos (se habla de que los chinos podrían sustituir a los estadounideses si éstos no aceptan el cambio de la Ley 001). En abril, un grupo rebelde, el FUC, ataca la capital, aunque es repelido. La guerra en Darfur se extiende a Chad, con un importante aumento de desplazados. Wolfovitz visita la región. Los norteamericanos y el Banco Mundial restablecen el diálogo. En julio se firma un acuerdo entre las partes. Se acepta que el Gobierno pueda utilizar fondos del petróleo en otros asuntos que no sean la lucha contra la pobreza (compra de helicópteros militares a Suiza, por ejemplo) o para gastos de la Administración pública.

¿La lucha contra la pobreza?

El petróleo sigue fluyendo… hacia Texas. La pobreza puede esperar. Es la guerra. Marcel dice que antes dormía muy bien y que ahora esta maldita central de hormigón instalada encima de la casa donde nació, la casa de sus padres, produce un ruido sordo que se le mete en la cabeza y no le deja dormir. Ya lo veía venir.

Texto y fotos Bru Rovira

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