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Acerca del quehacer de la Iglesia en el Mundo. Año 2.009 -- Enrique Fragoso (México)

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1.-Por una visión y acción cristianas frente a la crisis actual del mundo
Objetivo:“Discernir para el presente una perspectiva cristiana y como consecuencia una acción coherente de nuestra iglesia ante un mundo sumido no sólo en una crisis material que arroja hambre y miseria sino también y sobretodo por la ausencia de un liderazgo espiritual que sustente y guíe tanto el camino de sobre vivencia y sustentación materiales como de trascendencia hacia un Dios que nos llama”

No se trata en este ensayo de repasar los detalles de la crisis que cimbra por doquier nuestro planeta, porque todas las opiniones de todos los signos ideológicos se han encargado de describir como en cámara lenta y precisión notable los estertores de un sistema preñado de maldad que se derrumba. Se trata más bien, de preguntarnos cual es nuestra propia visión como cristianos. Al hablar de la Redención del pecado de los hombres, ¿acaso no nos referimos al mal que corroe de injusticia y de miseria el mundo? Y si es así ¿En que consiste esa redención aquí y ahora, en este instante histórico en el que el mal se desborda?

La Redención, mediante la pasión y muerte de Jesús se ha interpretado en la antigüedad como la expiación de los pecados del hombre. Mediante el sacrificio del Hijo, les serían perdonados sus pecados a los descendientes de Adán y estos volverían a ser agradables a los ojos de Dios. Un Dios ofendido y deseoso de la reparación de la afrenta humana. Sin embargo la imagen de un Dios amoroso y compasivo hacia el dolor humano se ha abierto paso y consolidado en la época moderna. La pasión y muerte de Jesús es más bien un sufrimiento solidario con el de la humanidad sufriente, a causa si, del pecado y del mal del mundo, pero estos como consecuencia de la libertad finita del hombre creado.

Es mas bien una recuperación de la dignidad humana por el sufrimiento solidario de Dios mismo en la carne de su hijo y finalmente, mediante su Resurrección, el triunfo definitivo de la vida en el Reino a pesar de cualquier mal en el mundo.

Pero los hechos ocurridos durante aquellos tres días de fatalidad y triunfo, de muerte y resurrección, no son el único testimonio de Jesús, ni la única fuente de modificación radical de la historia, porque su principal mandamiento : “que os améis los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 13.34) y la experiencia de sus discípulos y el pueblo que lo seguía, al ver su hechos, escucharle, hablarle y convivir en todo con su naturaleza humana, hacen de la experiencia de los que entonces vivieron, la experiencia del cielo posándose en la tierra.

El Reino de Dios se había manifestado en aquel “aquí y ahora” que se ha convertido después en el aquí y ahora de toda la historia por venir del hombre. Porque cuando el Resucitado les anunció que “el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre os lo enseñara todo” (Jn 14.26) estaba en realidad sellando el nuevo pacto eterno entre Dios y el hombre, pero un pacto aquí, en esta casa terrena, que se convierte por ese hecho, en sagrada, es decir, en una parte del Reino para el transitar del hombre.

No existen ya, por eso, dos mundos diferentes, “un cielo arriba y un mundo abajo” sino que se trata de una sola realidad, incomprensible a la finitud humana, pero una sola realidad al fin y al cabo en la que lo invisible abarca más que lo visible.

La conclusión, desde esta óptica cristiana, es que no puede haber en el quehacer del hombre nada que importe más que el ensanchar y hacer prosperar cada día la vida en comunión del hombre y su Creador, del hombre y todos sus hermanos, del hombre y su casa sagrada que es la Tierra. Ese quehacer siguió después de Jesús, bajo la conducción y guía de los Apóstoles al formarse las primeras Comunidades Cristianas en las que “todos los creyentes estaban de acuerdo y tenían todo en común”(Hch 2.44) pero que fueron paso a paso violentadas a manos no solo del Poder Romano sino de la propia jerarquía eclesiástica que surgía implacable con la institucionalización de una gigantesca estructura, en manos y al servicio primero del Imperio Romano y después de otros imperios opresores que conoce la historia del mundo, sin excluir el imperio capitalista moderno bajo cuyo control económico y financiero han sucumbido no pocos estratos de poder de la curia romana.

2.-Por que nuestra Iglesia puede discernir y actuar de acuerdo a los signos de estos tiempos

Pero toda esta etapa de la vida de la Iglesia no ha podido derrumbar la figura de Jesús el Nazareno. Su pisar por los caminos polvorientos de Galilea, caminos miserables como los de hoy en día, con su rebeldía y misericordia, nos ha sembrado para siempre el rechazo a la injusticia, por la opresión y explotación de los pobres a manos de los “ricos y hacendados”, y por su lucha por levantar la dignidad del hombre a la escala del Reino, donde el amor sea sinónimo de paz y ésta de alegría.

Muchos santos, padres, profetas, místicos, mártires y pastores a lo largo de la historia obscura de la iglesia, que vivieron y murieron al mismo tiempo de que ocurrían sangrientas cruzadas e inquisiciones, pudieron mantener la muestra del verdadero corazón del mensaje cristiano, y estamos aquí y ahora a más de dos mil años de esos hechos, lavando nuestro pasado con cada nueva comunidad cristiana que en el siglo XXI emule a aquellas del relato de Lucas. Poco nos importarían los banquetes de los que se han adueñado de la riqueza creada por el trabajo humano, si no fuera porque significan muchas mesas vacías frente a niños hambrientos. La avaricia de unos cuantos ha traído la miseria y sufrimiento de tantos, que el quehacer de ensanchar y hacer prosperar el Reino de Dios en la tierra implica el trabajo de oponernos a la destrucción del hombre y de la tierra.

Pero ¿cual debe ser la acción de la iglesia como una táctica y una estrategia bien definidas en seguimiento del camino y el horizonte de esperanza revelado en el tiempo histórico de Jesús el Nazareno? Lo cierto es que no se trata de inventar una experiencia que ya existe y que por muchos años ha sobrevivido al desdén y aún al quebranto desde una jerarquía que aún con un lenguaje de misericordia hacia los pobres lo que ha hecho es convertirse en un poder sobre los pobres.

Se trata de la experiencia de las Comunidades Eclesiales de Base, que como fresca inspiración del Espíritu Santo en plenos siglos XX y XXI han logrado hacer realidad las nuevas letras del Concilio Vaticano II y las declaraciones escritas de no pocos miembros de una curia encarcelada en si misma. Han sobrevivido hasta lograr el más reciente reconocimiento del CELAM de Aparecida.

El paso importante y necesario no sería pues decir como deben ser y qué deben hacer esas comunidades porque son esas comunidades las que nos lo están diciendo: in culturizando la Fe en el Cristo de la Justicia y de la Redención en cada lugar donde han surgido, dando como significado la recuperación de la dignidad del hombre; haciendo de la igualdad y fraternidad una realidad soportada en la distribución equitativa de sus escasos bienes y en la decisión democrática de todas sus acciones.

Se trata más bien de clarificar nuestra visión cristiana y nuestra posible respuesta frente a esta crisis planetaria de incalculables proporciones, buscando la forma de ayudar a un camino de formación y consolidación de muchas nuevas comunidades marcando un espacio de acciones tácticas y un derrotero estratégico que asegure la viabilidad de esta esperanza. Proponemos tres de estas acciones:

Primero: Las comunidades deben asegurar su sobre vivencia mediante los recursos y acciones que les son propias: Dentro de las comunidades rurales, municipales y de las grandes ciudades deben surgir las más diversas formas de auto organización para la sobrevivencia.

Con sus propias formas de seguridad en contra de delincuentes y narcotraficantes mediante sistemas locales de vigilancia y denuncia, sus propias formas de comerciar y conseguir alimentos por medio de cooperativas y trueques partiendo de sistemas conocidos de hortalizas y “techos verdes”, sus propias formas de hacer trabajos mediante brigadas de reparación, construcción y todo tipo de servicios hacia la propia comunidad y hacia el exterior de la misma, sus propias forma de educar a los niños y jóvenes reafirmando lo aprehendido en escuelas públicas pero sobretodo enseñándolos a actuar con fraternidad y solidaridad cristianas no solo hacia su comunidad sino hacia la sociedad en su conjunto, sus propias formas de preservar la salud de todos sus miembros recurriendo a costumbres y formas de medicina alternativa que son tesoros de nuestras comunidades rurales e indígenas, y en las fábricas la unidad de todos los que laboran en cada centro de producción para preservar las fuentes de trabajo, así sean de “confianza “ o de “base”, de cualquier nivel obrero o profesional porque el trabajo de todos es el que a fin de cuentas le da vida productiva y eficiente a cualquier empresa socialmente útil.

Segundo: Las comunidades así auto organizadas serán por sí mismas repelentes a ser arrastradas en el derrumbe actual del sistema neoliberal en el que se basa la acumulación de riqueza de unos cuantos monopolios financieros, cuya quiebra y consecuente arrastre de todo el sistema económico actual está sucediendo y seguirá sucediendo en forma irreversible.

No hay a la vista solución definitiva a un proceso en su etapa final, de corta o de larga agonía, que desde el principio se sustentó en una mala libertad: la libertad de la avaricia, un proceso que ya es imposible de frenar con tímidos e inconsistentes formas de “control” a los bancos y a los especuladores financieros y con inyecciones masivas de dinero que podrían salvar la vida de millones sumidos en la “pobreza extrema” y que será deuda finalmente de esos mismos pobres. La unión solidaria de todas nuestras comunidades representará así una fuerza social estratégica capaz de oponerse a la afectación letal de toda la sociedad por causa de este derrumbe.

Tercero: Los Gobiernos nacionales que hoy en su mayoría sirven a esos raptores de la riqueza creada por los pueblos y las comunidades, podrán ser exigidos por una aplastante mayoría organizada mediante acciones pacíficas organizadas que superarán finalmente las pequeñas luchas aisladas sometidas hoy en día fácilmente a represión. Serán las células de este movimiento las Comunidades de Base insertadas en grandes movimientos sociales existentes como el representado en nuestro continente por el Foro Social Mundial (FSM). Solo por medio de este tipo de acción masiva se podrá emplazar a los gobiernos para que los recursos que hoy son en su mayoría entregados a los ricos en quiebra del mundo, sean reorientados a garantizar la vida de todos los que vivimos de nuestro trabajo, ahora por arriba del nivel de sobrevivencia., hacia una forma de vida llamada de austeridad suficiente y sustentable, en la que la tecnología y la medicina, la seguridad y la educación, la producción de alimentos y vestido no signifiquen consumismo mercantilista sino austeridad, ni signifiquen destrucción de nuestro habitat terrestre sino la sustentabilidad de nuestra vida en nuestra tierra.

Así, si la auto organización para la sobre vivencia nos asegura nuestra permanencia como especie, la austeridad suficiente y sustentable sería la nueva forma de vida en común con los recursos del avance cultural y científico de nuestro siglo en nuestras manos, entendiendo austeridad suficiente como el rechazo a lo no necesario y por sustentable el respeto a nuestra tierra como una sola cosa viviente con el ser humano.

3.-Porque el Espíritu de Dios no deje de actuar en el corazón y la imaginación del hombre.

Pero no se trata aquí de predecir o definir desde ahora una forma de estructura social que sustituya a los grandes fracasos del intento humano en la época moderna. La Revolución burguesa del siglo XVIII que partió de Francia con su lema “libertad, igualdad y fraternidad” degeneró solo en la “libertad” para que los poderosos instauraran su dominio de explotación e iniciaran el camino que hoy nos agobia con la miseria del mundo.

Las Revoluciones socialistas que se levantaron frente al poder burgués degeneraron en una igualdad de pueblos sometidos sin libertad que pudieron finalmente comer a cambio de su dignidad de hombres libres. Y en ambos casos la ausencia fatal fue la fraternidad pregonada en la Revolución burguesa o el compañerismo y camaradería en las Revoluciones socialistas. El Poder siempre recayó en los “líderes” o abanderados que hicieron de este poder el summum de la acción de sumisión y muerte de millones de seres humanos.

De lo que se trata es de partir de lo noble existente. El Espíritu ya se ha hecho presente en la existencia de las Comunidades Eclesiales de Base en todo el mundo, en grandes movimientos sociales pacíficos, en las tesis largamente marginadas de la Teología de la Liberación y de sus reciente propuesta del modelo social del futuro: el eco socialismo.

Son nuestra referencia y nuevo punto de partida. Su evolución nos dirá paso a paso cuales son las formas estructurales que garanticen y preserven a fin de cuentas, no el poder de unos cuantos sino el amor de todos, porque las nuevas formas de Comunidades Cristianas serán la salvación de nuestra Iglesia por el solo hecho de atenerse al principal mandamiento del fundador del Reino en la Tierra: “que os améis los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 13.34).

Partiendo de su cumplimiento los bienes serán repartidos, los maestros y pastores serán verdaderos servidores, el poder político no será de nadie sino antes bien el poder del amor será de todos y nuestra vista podrá voltear hacia el Poder del amor que nos viene de Dios, que no es poder de opresión sino de redención, es decir, de recuperar en nuestros cuerpos la naturaleza finita de ser de Dios.

Por eso, si queremos soñar y luchar por “otro mundo posible” no debemos pensar en un mundo inexistente, sino en la atracción del mundo divino al mundo terreno como antesala de ese mundo divino que la esperanza nos promete. Nuestra estrategia no es crear un mundo digno de entrar en un cielo distante, sino hacer valer la consumación de un Cielo posándose en la tierra. Pero el verdadero gran reto par hacer realidad esta esperanza es creer y actuar para hacer realidad un nuevo Pentecostés, no por nuestra cuenta sino reconociendo y siguiendo la acción del Espíritu de Dios, porque somos su creación y su innovación constante, somos la Iglesia de este siglo, “la otra Iglesia posible”.

(Información recibida de la Red Mundial de Comunidades Eclesiales de Base)

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