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Y ahora Francisco, ¿después de las jornadas, qué? -- Luiz Alberto Gómez de Souza

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Adital

En un texto del 21 de julio, antes de llegada de Francisco, me preguntaba si no podría haber una contradicción entre la Jornada, planeada como un gran espectáculo, como las anteriores de los dos pontificados precedentes y, el estilo sencillo y los gestos elocuentes e innovadores de Francisco. ¿”Cómo se ubicará Francisco en este teatro de masas? Podrá tal vez sorprendernos con gestos inesperados”.

No fue por casualidad, que antes de encontrar tan grande multitud, él fue a Lampedusa, casi solo, lanzando flores al agua por quienes murieron tratando de llegar a Europa y luego después celebró una misa íntima por los inmigrantes clandestinos, teniendo como altar un barco volteado, con una báculo y un cáliz de madera, y cuestionó lo que llamó la «globalización de la indiferencia». Criticó duramente a «una sociedad que ha olvidado la experiencia de llanto». Saludó a los musulmanes que celebraban Ramadán. Para un analista, comenzaba ahí su misión universal, no envuelto en los títulos de una tradición de origen pagano, como «soberano pontífice”, o de cierto endiosamiento, como «santo padre”. Si no básicamente Francisco, obispo de Roma, hermano mayor de los otros obispos del mundo.

La Jornada, a pesar de su enorme dimensión, tuvo una excelente organización y representó un fuerte llamado para jóvenes de todo el mundo, que respondieron con entusiasmo y alegría. Sin embargo, por su diseño preparado de antemano, inevitablemente volvió a antiguas concepciones del papado, ha privilegiado devociones tradicionales, con poca presencia bíblica, presentó tres testimonios de vida individual, semejantes a los que vemos en la televisión en programas pentecostales, con fuerte presencia de movimientos intimistas, casi no dio ninguna visibilidad a las pastorales sociales y a las CEBs. Las Jornadas anteriores habían tenido también momentos de fuerte emoción, para luego, al parecer, no dejar muchas señales de crecimiento en la vida real de las iglesias locales. La de Filipinas fue aún mayor que la de Rio. No sé qué incidencia tuvo en la Iglesia de aquel país. Esto vuelve más extraordinario que lo sentí al final de la estadía de Francisco entre nosotros.

Completada la jornada de Río de Janeiro, se pueden percibir algunos puntos significativos. En primer lugar, Francisco trasmitió un tono personal muy fuerte, dirigiéndose a una multitud, como si hablase y mirase a casa uno particularmente. Son innumerables los testimonios de personas -no sólo los jóvenes- sensibilizadas por su estilo de tocar «delicadamente en el corazón» de cada persona. Hay varios relatos de cristianos y no cristianos que se sintieron directamente interpelados por Francisco.

En segundo lugar, su mensaje fue elocuente y firme, con un ropaje sencillo y a veces sin pretensiones. En una entrevista a un periodista, volvió a hablar de la globalización de la indiferencia, continuando lo que había dicho en Lampedusa: «Hoy hay niños que no tienen qué comer en el mundo. Niños que mueren de hambre, desnutrición. Hay enfermos que no tienen acceso a tratamiento. Hay hombres y mujeres que son mendigos de calle y mueren de frío en el invierno. Hay niños que no tienen educación. Nada eso es noticia…. Este es el drama del humanismo inhumano que estamos viviendo. Por ello, es necesario recuperar a niños y jóvenes, y no caer en globalización de la indiferencia”.

Desafió fuertemente al episcopado, en su discurso dirigido al CELAM. Allí él se refirió a una psicología de príncipes, apuntando los riesgos del ‘carrerismo’ y de una inquietante distancia ante los fieles. Desde sus declaraciones en Roma, se venía rebelando contra el narcisismo de una iglesia amurallada y cerrada en sí misma e insistiendo en la acogida y en el diálogo (en una ocasión, repitió esta palabra tres veces). En la entrevista arriba citada, expresó que es fundamental la proximidad de la Iglesia. «Porque la Iglesia es madre y ni Ud. ni yo conocemos una madre por correspondencia. La madre da cariño, toca, besa, ama…cuando sólo se comunica con documentos, es como una madre que se comunica con sus hijos por medio de cartas”. El ya había dicho, que los sacerdotes deberían tener «el olor de las ovejas”.

Y sobre los jóvenes expresó: «el joven que no protesta no me gusta. Porque el joven tienen la ilusión de la utopía… El joven es esencialmente un inconforme. Y esto es hermoso». Y, en la última homilía, indicó a la juventud: «Vamos, sin miedo, para servir». Valoró la acción política de los creyentes en el mundo y la de los jóvenes en particular.

Su presencia en Manguinhos fue uno de los puntos altos de su visita a Brasil, rodeado del pueblo pobre, sujeto y objeto preferencial de su acción pastoral. Alentó los esfuerzos que se realizan en la sociedad brasileña para combatir el hambre y la miseria. Recordemos que en la sociedad hay actores de la sociedad civil, pero también los de la sociedad política y ahí se incluyen los programas gubernamentales en curso. En aquel momento, tuvo un gesto elocuente, que los medios de comunicación no han destacado y valorado. El se dirigió a una Iglesia evangélica, en cuya puerta estaban el pastor y sus fieles y, con ellos, rezó el Padrenuestro.

En Aparecida desarrolló, como buen jesuita, tres puntos de reflexión: mantener la esperanza, dejarse sorprender por Dios y vivir en la alegría. Creo que esto el lo viene aplicando a sí mismo. Observando su itinerario desde Buenos Aires, hay una profunda caminada, de quien se fue dejando sorprender por Dios. No quiero continuar enumerando trechos de sus discursos, que están publicados en muchos lugares. Lo importante es sentir como sus palabras fueron pronunciadas, con una mirada penetrante y cautivadora, anunciando la buena nueva de Jesús.

Es interesante constatar cómo aprovechó entrevistas-principalmente, la que dio en el avión a su regreso-, para comunicar sus mensajes, fuera de los moldes de la Jornada. En ese, camino a Roma, hablando de ética sexual, sin salir de la doctrina tradicional, no quiso reiterar condenaciones. Hay sitesde sectores conservadores que están expresando insatisfacción y hablan de un «silencio preocupante”, pues no condenó explícitamente el aborto, las uniones homosexuales, la ordenación de las mujeres, ni reiteró el celibato obligatorio. Solo indicó que hay una doctrina vigente para esos casos. En entrevista que brinde, me referí a «silencios libertadores”. Ahora hay más espacios, en el pueblo de Dios, para enfrentar, sin miedos y autocensuras, temas que hasta ahora estaban congelados.

La iglesia podrá tener un clima más libre y debemos aprovechar este momento. Veo llegar un tiempo más abierto, en el que podríamos discutir asuntos que parecían tabús. Además, poniendo el ejemplo de las mujeres paraguayas al final de una guerra que eliminó a gran parte de los hombres, hizo sentir como una doctrina puede ser releída en ciertos contextos específicos.

No es cuestión de querer que Francisco introduzca rápidamente nuevos cambios doctrinales, en una actitud de esperar nuevas recetas y normas de arriba a abajo. Es el pueblo de Dios que tiene que madurar posiciones ante nuevas situaciones existenciales. En esto, los análisis pesimistas, no ayudan en nada. En oposición al lado tradicionalista, puede haber un sector hipercrítico que cuestiona y, acaba paradójicamente, en la dirección opuesta, teniendo el mismo resultado paralizante de aquel. En la práctica, sin quererlo, sería fortalecer, desde el lado opuesto, la misma posición conservadora. Esto se ve muy claro, por ejemplo, en la vida política de la sociedad, con una extrema izquierda que termina reforzando a la derecha.

Viví la posición del suicidio político del MIR en Chile, como para temer posiciones radicales y negativas, que facilitan el encuentro de los dos extremos del espectro ideológico. Guardadas las proporciones y las diferencias, algo similar podría ocurrir en la iglesia en estos tiempos de transición. Sería esencial para unir fuerzas y, recordando a Juan XXIII –que, no olvidemos, fue conservador en muchos aspectos– colaborar con el surgimiento de otra «inesperada primavera».

Lo que importa ahora es lo que está por venir. Francisco regresó a Roma, fortalecido por la energía que dio y recibió. Esperemos que pueda pasar de gestos y señales, a introducir algunos cambios estructurales en la iglesia y especialmente en su centro romano. En ese momento Francisco, debería sentir que los cristianos que lo festejaron en Rio –desde los fieles a los obispos–, continúan a su lado. Francisco necesitará un fuerte apoyo frente a la previsible resistencia de quienes están encastillados en los sectores del poder eclesiástico. Para mostrar coherencia al tomar decisiones difíciles, irradia una fuerte espiritualidad y lanza un vigoroso llamado a la conversión de vida y la apertura al prójimo, como en la parábola del buen samaritano que nos ha recordado.

¿Cómo esto podría permitir un nuevo clima espiritual y el diálogo en la iglesia? No depende de Francisco solamente, sino fundamentalmente de los sectores eclesiales comprometidos y plurales, con la libertad al mismo tiempo rebelde y fiel de los hijos de Dios.

[Traducción para ADITAL: Ricardo Zúniga García].

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