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Vuelve la tiara, qué horror -- José Manuel Vidal

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Religión Digital

Vuelve la tiara papal. Por ahora, sólo al escudo de armas de Benedicto XVI. Y esperemos que se quede sólo ahí, en el escudo. Me dolería volver a ver a un Papa con la triple corona, repleta de diamantes y piedras preciosas. Por mucho que encarne y simbolice los tres poderes papales, no deja de ser una flagrante ostentación de poder, riqueza y lujo. Un evidente contrasigno en la época actual y en medio de una crisis que golpea sin piedad a los más pobres.

No me gusta la vuelta de la tiara. Ni por ella misma ni por lo que simboliza, por lo que implica de vuelta atrás, de recuperación de lo que, a mi juicio, más aleja a la Iglesia del Cristo de la corona de espinas. ¿Resucitará también el Papa Ratzinger la silla gestatoria?

Lo que está claro es que, en Roma, no se da puntada sin hilo. ¿Qué significa esta puntada tan inesperada? En la más benigna de las interpretaciones, la recuperación de la tiara podría inscribirse en la hermenéutica de la continuidad, tan querida para este Papa. Eso significa, para entendernos, que habría que redimensionar el Concilio Vaticano II a la luz de Trento, del Vaticano I y de los demás concilios de la Iglesia. Es decir, cortarle las alas., domesticarlo y reconducirlo.

Redimensionar el Concilio, causa de todos los males para los que mandan desde hace 30 años, sin conseguir fruto alguno, a pesar de su evidente marcha atrás en casi todo lo que proponía aquella gran primavera eclesial. Y, agraviar, en cierto sentido al Papa que culminó el Concilio, al Pablo VI que decidió prescindir de la tiara y regaló la suya personal a la Basílica of the Nacional Shrine of the Immaculate Conception en la Ciudad de Washington. Como regalo papal a los católicos de los Estados Unidos.

Pero en Roma hay más tiaras. Existen más de veinte tiaras en el Vaticano para un posible uso futuro. Todas ellas obras de arte y de un valor incalculable en piedras preciosas. La Tiara Milán (1922) de Pío XI tenía dos mil piedras preciosas incrustadas, mientras la de Juan XXIII (1959) tenía veinte diamantes, dieciséis esmeraldas, sesenta y ocho rubíes y setenta perlas. La cantidad programada originalmente era el doble, pero Juan XXIII insistió que la mitad fuera devuelta y el ahorro fuese donado a los pobres.

Distintos Papas, distintos signos. No me gustan los antisignos de la tiara ni de la silla gestatoria, aunque respete a los Papas que las promueven y recuperan. Y mucho menos si encubren o insinúan la descalificación del Vaticano II. Quizás por eso, me sigo quedando con Juan XXIII y con Pablo VI. Son mis Papas preferidos. Pero entiendo que otros prefieran a Juan Pablo II o a Benedicto XVI.

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