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Volver a Hegel -- Antonio Zugasti

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Está claro el fracaso de UPyD e IU en las últimas elecciones. No han tenido más remedio que reconocerlo. Todos los demás dicen que han ganado. ¡Hasta el PP! Y ciertamente no se puede negar que ha sido el partido más votado.
Ganando o perdiendo unos u otros, sobre lo que sí hay un amplio consenso en la opinión pública y en la publicada, es en que se ha producido un cambio muy sonado. Y sonado sí ha sido, pero a mí me parece que hay más ruido que nueces. Es verdad que más de tres millones de votos han ido a las nuevas formaciones Podemos y Ciudadanos, aparte de todos los que han cambiado dentro de las opciones tradicionales, la abstención y los votos en blanco.

Ese cambio indica un extenso malestar e insatisfacción de la sociedad y, lógicamente, un deseo de cambio. Pero ¿qué es lo que se quiere cambiar? Porque si analizamos los cambios, parece que la mayoría se han producido dentro de los mismos tonos del espectro político. Está claro que la mayoría de los descontentos con el PP se ha ido a Ciudadanos, otra formación de derecha clara. Más que cambio, la derecha descontenta se ha ido al “recambio”.

Pero el fenómeno Podemos ¿es que no supone un notable giro a la izquierda? Personalmente me parece bastante dudoso. Desde luego la gente que se ha ido a Podemos procedente de IU no ha girado a la izquierda, ni mucho menos. ¿Y los procedentes del PSOE? Habrá que ver dónde se sitúa Podemos, y eso está todavía por clarificar. Ciertamente, los cambiazos que ha dado en su programa en pocos meses, su fijación en “la casta” como el gran enemigo a batir, su pretensión de superar la vieja división de izquierdas y derechas y la salida de Monedero, son datos que nos permiten abrigar serias dudas sobre su nítida postura de izquierdas.

La definición que hace Esperanza Aguirre de Podemos como un partido de “extrema izquierda”, nos dice más de la rabieta y la demencia senil de doña Esperanza, que de la realidad de Podemos. No cabe duda del enfrentamiento entre los líderes de las dos formaciones, pero me parece que las bases son en gran parte intercambiables. Una buena parte de las bases del PSOE se siguen considerando, a pesar de los pesares, como verdadera izquierda, y su marcha a Podemos no supone una variación sustancial de su definición política. Incluso no sería demasiado extraño que Podemos pudiera ser el “recambio” del PSOE.

Entiendo que la insatisfacción es por la pérdida del añorado Estado de Bienestar y de una plácida sociedad de consumo, y la aspiración más común es la de mantener una socialdemocracia más o menos avanzada, lo cual no me parece una postura excesivamente izquierdista.

Creo que el deseo de avance y de cambio es más perceptible en las coaliciones electorales del ámbito municipal. Lo que ocurre es que la política municipal es la más cercana a la vida cotidiana de los ciudadanos, pero la más alejada de las grandes opciones políticas. El ayuntamiento pone los autobuses para que vayas al trabajo, pero tiene poco que decir si te quedas sin trabajo, o sobre las reformas laborales.

Mucho me temo que el famoso cambio se quede en un cambio de collares, pero que el perro, ese enorme perrazo que es el poder económico, salga totalmente indemne de estos jaleados cambios. Y que ni siquiera se haya planteado el tema, me hace pensar que los cambios tienen mucho de cosmético. Es verdad que se trataba de unas elecciones autonómicas y municipales, que no son los ámbitos más apropiados para ponerle al perro un sólido collar con una fuerte correa, pero que se haya hecho tan poca mención, si se ha hecho alguna, del problema que supone ese perro insaciable, me parece sospechoso.

Bueno, y Hegel ¿qué tiene que ver con todo esto? Vamos por partes. Me parece que todo esto está poniendo de manifiesto la debilidad del discurso de las izquierdas. Difícilmente se podían imaginar unas circunstancias más favorables para lanzar un discurso alternativo. Difícilmente se podía poner de manifiesto más claramente la incapacidad del sistema capitalista para gobernar a la humanidad. No se trata sólo de las crisis económicas de las sociedades europeas, son los tremendos conflictos que hay en todo el mundo y la amenaza de colapso ecológico, reflejada, entre otros muchos espacios, en el manifiesto “Ultima llamada” –que muchos líderes de izquierdas han suscrito y del que se han olvidado completamente en sus discursos electorales-. Pues ni en estas circunstancias la izquierda es capaz de articular un discurso que pueda, por lo menos, plantear un cambio sustancial del modelo económico y social. ¿Qué le pasa a la izquierda?

Zygmunt Bauman habla de que la izquierda ha perdido la batalla ideológica y cultural con la derecha. Mi duda es si ha perdido la batalla, o si ni siquiera la ha dado. Ha sido incapaz de ver que el capitalismo no es sólo un sistema económico, que detrás hay una filosofía, con su visión del hombre y de la sociedad, con sus valores humanos y éticos.

Y, por tanto, la filosofía capitalista se ha impuesto en la sociedad, ante la pasividad, cuando no complicidad, del pensamiento de izquierdas. Y parece evidente que esto se remonta al mismo Marx. Este le dio la vuelta al idealismo de Hegel (bueno, confieso mi osadía al meterme con Hegel, un filósofo, que según dicen los entendidos, es la leche). Lo que no cabe duda es que Hegel se define como idealista. Se entienda como se entienda, en el fondo está la idea, el pensamiento, el espíritu. Marx le da completamente la vuelta y pone en el fondo, como fundamento último de toda la realidad, a la materia. La estructura económica, la organización de la producción y el consumo es la infraestructura de la sociedad, el cimiento sobre el que se levanta todo el entramado de la realidad humana, de la vida de los seres humanos.

No se me ocurrirá entrar en la discusión filosófica que se podría montar sobre el tema. Voy a otro principio de Marx, con el que estoy de acuerdo: una teoría tiene que validarse en la práctica, la praxis nos dirá si es válida o no. Y me parece evidente que la pretensión de cambiar el mundo basada en el pensamiento de Marx ha fracasado. A pesar del profundo y acertado análisis que Marx realiza del sistema capitalista, su alternativa, basada en ese materialismo radical, no ha podido realizarse.

Ese profundo filósofo que es El Roto, en uno de sus análisis sociales, presentados como un chiste, afirma: “El comunismo ha fracasado, el capitalismo ha fracasado… ¿por qué no probamos a ser decentes?” El ser decentes no tiene nada que ver con la infraestructura económica. Es una opción moral que se toma antes de cualquier circunstancia económica, y que, en las mismas circunstancias, unas personas la toman y otras no. Tendríamos que pensar que en el fondo de las opciones humanas está la dimensión espiritual del ser humano.

¿No es esto una vuelta a Hegel? ¿No hay ya motivos suficientes para decir que una filosofía basada en un materialismo radical ha sido incapaz de evitar que la humanidad se enfangue hasta las cejas en el barrizal apestoso del capitalismo? ¿No habría que plantearse la oposición al capitalismo desde unas bases totalmente distintas a las empleadas hasta ahora? Al hablar de un cambio radical no dejo de tener en cuenta otra característica atribuida a la filosofía de Hegel. No podemos olvidar la relación dialéctica entre lo material y lo espiritual, la influencia de uno en otro, pero manteniendo, al contrario de los manuales de marxismo que nos tragamos en nuestra juventud, que lo determinante en última instancia, es el mundo del espíritu.
Y sobre eso habría que construir una nueva teoría del socialismo. Vamos, echarle royo a lo de ser decentes. Y sensatos, digo yo, que eso tampoco lo da la infraestructura económica.

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