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Vivir entre rejas. El trabajo de una prisión peruana -- Emilia Robles Bohórquez

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Antena misionera

En el exterior, dos largas hileras de puestecillos multicolores. Entre ellas, una hilera de mujeres caminando y comprando provisiones para sus familiares internos. Es día de visita. Hoy toca a las mujeres y niños. Cuando entramos, los reclusos están amontonados a la entrada, esperando a sus familias. Según se encuentran, se distribuyen por los diferentes pabellones. Los perros corretean a sus anchas por el interior del recinto. Entramos en la capellanía. Las sencillas instalaciones ofrecen un microclima diferente de limpieza y orden.

Visitamos la recepción, la capilla, la Biblioteca, salas de reuniones. Hay un jardín modesto, pero cuidado. Tienen un invernadero y crían pequeños roedores: cuis, conejos; todo muy precario, con material reciclado y en pequeña escala. Los suelen vender como mascotas. Un interno se hace cargo de la vigilancia de la zona, para que no haya destrozos, ni hurtos.

Es mi primer viaje a Lima. Me encuentro dentro de una cárcel, aunque he venido para dar unas conferencias en el aniversario del Concilio Vaticano II invitada por los religiosos peruanos. Días antes, había recibido una invitación para visitar el penal de Lurigancho, por parte de Norberto Nikolai, sacerdote de origen alemán, que trabaja en la pastoral penitenciaria. Acepto la invitación. El Penal de San Pedro, más conocido como Lurigancho, recibe esta denominación del nombre del distrito en el que está ubicado. Es el más poblado de Lima y en él conviven la extrema pobreza y la miseria, extendidas y mayoritarias y la nueva clase media limeña, en recientes urbanizaciones.

Una treintena de personas trabajan en el equipo de pastoral penitenciaria. Prestan una atención integral a todos los internos. Hay una oferta, en la capilla, de la Eucaristía y los sacramentos y otras devociones católicas, pero los talleres son abiertos, sin ninguna exclusión y no se hace, en ellos, proselitismo. Les gustaría favorecer un encuentro más ecuménico. No es tarea fácil, por el momento. Atienden también a dos mini pabellones: de psiquiatría y de VIH-SIDA. Los recursos no dan para acoger a todos los enfermos de estas tipologías. Solo a quienes más lo necesitan y acuden voluntariamente. La pretensión es proteger a los más débiles. Me cuenta el cocinero de la estancia VIH-SIDA (que es otro interno) que si no se alojaran aquí, serían capaces de vender su comida para sacar dinero para droga (algo muy fácil, ya que se produce en la misma prisión). De esta manera, les dan una alimentación saludable y a sus horas, para poder resistir los efectos de la medicación.

Pregunto a Norberto por los talleres. Se atiende al interno –me dice- en cuestiones de salud; y se les asesora, a él y a las familias que lo solicitan, en temas legales. La biblioteca ofrece un buen surtido de libros y un espacio en calma para poder leer. Talleres de manualidades, guitarra y peluquería apoyan el desarrollo ocupacional del interno. Otros de desarrollo personal, tratan ayudar a un equilibrio emocional para iniciar el proceso de rehabilitación. Existen talleres de iniciativa del gobierno que ofrecen a algunos internos la posibilidad de estudiar y desarrollar una carrera semiprofesional de grado medio: carpintería, soldadura, computación, etc., acompañadas de beneficios penitenciarios; pero en estos espacios también campea la corrupción y, en muchos casos, la asistencia a los cursos no es real, sólo sobre el papel; por tanto, no pueden ejercer esta ocupación cuando son liberados.

Norberto busca una cámara de fotos y me deja hablando con un interno- ayudante. Luis Ángel (nombre ficticio) lleva doce años en el penal y va a salir liberado en pocas semanas. “Por gracia de Dios y por la atención de la capellanía -me dice- salgo ´limpio´ y dispuesto a reinsertarme socialmente”. Habla de las distintas etapas por las que pasan los internos que llegan voluntariamente al proceso de desintoxicación. Algunas hay que superarlas sin salir de las instalaciones de la capellanía, porque aún es mucha la fragilidad. En otras, ya pueden volver a sus pabellones y seguir asistiendo a los talleres. Norberto regresa y me explica: “es fundamental la implicación de los internos en los diferentes procesos; hacen funcionar la labor apoyando la pastoral y orientan a sus compañeros hacia los servicios que se brindan en la Capellanía de acuerdo a sus necesidades. Los ya recuperados hacen de hermanos mayores o responsables de casa con las personas con adicciones en el programa ANDA. No somos autosuficientes; son los propios internos los que nos guían y acompañan en estos procesos”.

Una microsociedad entre rejas
Converso ahora con Tony, el coordinador. Me cuenta que, el penal de Lurigancho es una microsociedad que funciona entre rejas. Tiene un sistema complejo de castas y de liderazgos que poco se parecen a lo que se vive extramuros. Las «clases sociales» al interior del penal y el lugar que ocupa cada preso dependen principalmente del barrio de procedencia, del delito por el cual está recluido y, sobre todo, de la carrera delincuencial y el grado de reconocimiento que haya tenido la persona en el mundo de la delincuencia. Los narcotraficantes, hasta hace un tiempo no formaban parte de este sistema, pero de un tiempo a esta parte, la violencia del sicariato subvencionada por la droga ha hecho que estos internos sean considerados dentro de las clases altas de este sistema social. Los niveles más bajos se reservan para los adictos, los llamados «sin zapatos» o «lacras». Esta estructura se ha visto modificada en los últimos 5 años con el ingreso al sistema penitenciario de los jóvenes líderes de las pandillas, fenómeno social que se replica en el penal de Lurigancho.

Me confirma Tony que el penal arrastra una historia terrible de violencia, motines y muertes; estos fenómenos han disminuido de unos años para acá, conforme se han ido endureciendo las medidas. “Podemos hablar de una mejoría en este sentido, pero la violencia estructural, cotidiana, que se da mayormente entre los propios internos, la violencia que produce la corrupción de los funcionarios penitenciarios y de la policía, la falta de medicinas y de acceso a la salud, la gran cantidad de enfermos con tuberculosis y Sida, y el imperio de la droga que esclaviza y destruye a las personas siguen existiendo y configuran un escenario que no admite mucho espacio para la resocialización de las personas, que sería el objetivo último de la cárcel, incluso, en la letra muerta de la ley peruana”.

Sí va habiendo cambios significativos –señala- “en la mirada que los profesionales y fuerzas policiales tienen de los internos, muchos comienzan a mirar al interno como a un igual, como persona que merece oportunidades porque esencialmente es un ser con posibilidad de cambio”. “Se han logrado acuerdos con los delegados de los mismos internos para favorecer a los grupos más vulnerables y hacer que ellos mismos apoyen los programas de sobrealimentación para los afectados de VIH/SIDA y problemas psiquiátricos. Se han favorecido los acuerdos entre la población interna para evitar llegar a la violencia de años anteriores y se está buscando en el futuro cercano que la propia población penal se organice y potencie sus organizaciones para poder lograr mejoras para todos”.

Acompañar el cambio y la reinserción
Norberto me invita a comer en el pabellón de narcotraficantes. Un rústico “restaurante”, improvisado en alto, al que atienden internos. Da a un patio, hoy adornado con globos por la asociación Betel. Decenas de familias comen en mesas azules de resina. Los internos montan su propia orquesta. Es difícil escucharse. Me cuenta, entre el bullicio, que le costaba trabajo realizar su labor pastoral, sabiendo de estos abusos y corrupción. Pero, a pesar de eso, ahora experimenta que merece la pena acompañar al interno en su proceso de cambio. “Siento mi rol en ese equipo en el acompañamiento espiritual y en la organización de la pastoral, en conjunto con Antonio, el coordinador”. “Me ayuda trabajar en equipo, sabiendo que no necesito ni puedo resolver todas las inquietudes de nuestros internos, pero que dentro el equipo, hay alguien a quien derivarles”.

A la salida vamos a visitar un proyecto de casa de acogida, en un barrio próximo, donde van a vivir Norberto y algunas personas más, en marzo. Era una antigua casa de las dominicas. Ahora le van añadir dos pisos más. Habrá residencia para cinco o seis recién liberados y espacios de talleres y asesoramiento para un número mayor y para sus familias. También se podrá dar aquí albergue a los voluntarios que vayan de fuera. El tema familiar es de gran importancia y complejidad en el proceso de integración social o resocialización de los liberados. También las familias requieren algún tipo de acompañamiento, tanto en el período de internamiento cuanto a la salida. Pero, excepto el pequeño grupo de familiares que asiste a las reuniones de ANDA, el resto no tiene ningún tipo de acompañamiento. Y encuentran poca acogida social al salir de prisión. Muchas familias los acogen al principio, pero si transcurre el tiempo y no aportan dinero a casa es muy posible que les den de lado, por lo que muchos vuelven a delinquir, para obtener algunos ingresos. Desde el Estado no hay políticas de integración de los liberados. En la Capellanía, hacen lo que pueden a pequeña escala.

Llegamos al tema de la financiación. Precario. No hay apoyo económico fijo, ni siquiera del Obispado (Chosica) para el proyecto de la Capellanía. “Con algunas donaciones de amigos y comunidades cristianas se logra pagar los gastos de secretaría, de los dos terapeutas y de la enfermera. El resto del personal es voluntario” me explica Norberto. Adveniat y la Misión de Belén (Suiza) les prestan algunos apoyos puntuales de subvenciones y/o apoyo temporal con personal cualificado. “Es un gran hándicap no contar con un apoyo económico continuo para el personal que trabaja y para nuestro programa de alimentación especial”. “En nuestra consejería legal tampoco contamos con recursos para brindar un mayor acompañamiento. ANDA necesitaría, por lo menos, un psicólogo profesional para garantizar mejores resultados sostenidos. Nos resultaría de gran ayuda, además del apoyo económico, recibir voluntarios de habla española, para ayudarnos y colaborar en los diferentes proyectos. Sería deseable una cierta especialización: psicólogos, trabajadores sociales, asesores jurídicos, médicos, enfermeros…El apoyo debería ser mínimo de 6 meses, para poder conocer la realidad, tanto del país cuanto de la cárcel. Nosotros brindamos el alojamiento y, en los días de trabajo, el almuerzo en el penal. Y hay algo aún más importante que la propia especialización. El voluntario debe ser una persona de mente abierta, con un carisma especial de escucha y con capacidad de trabajar en equipo”.
Me despido agradecida. Mi modesto compromiso, tras esta invitación, es contar lo que he visto y oído. Y, tal vez, alguien que lea esto, se sienta llamado a colaborar de algún modo en este proyecto de humanización y reinserción, que puede redundar en positivo para los privados de libertad y sus familias, para toda la sociedad peruana y para nuestro mundo global.

01/02/2013

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