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Vidas que saltan por los aires -- Josep Cobo

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Cristianismo y Justicia

«Los olvidados de los olvidados» es la impresionante historia de un hombre loco, Grégoire Ahongbonon, un reparador de neumáticos que un día decidió dedicarse por completo a una misión: rescatar, curar y reinsertar en la sociedad miles de enfermos mentales.

Hombres, mujeres y niños, encadenados, la mayoría en la intemperie, privados de comida y agua o abandonados en las ciudades desde niños, por sus familias… Ésta es la situación en la que se encuentran la mayoría de enfermos mentales africanos.

. Las reacciones no suelen hacerse esperar. Después de ver «Los olvidados de los olvidados», la buena gente siempre se hace la misma pregunta —y nosotros ¿cómo podemos ser cristianos sin tocar fondo, sin ir tan lejos como Grégoire Ahongbonon?—… sin caer en la cuenta de que ésta es, de hecho, la pregunta del joven rico: cómo ir más allá de nuestras buenas costumbres… sin pagar el precio del seguimiento.

O también cómo dejar que Dios entre en nuestras vidas, como suele decirse, sin que estas vidas salten por los aires. Pero lo cierto es que no es posible. Nadie que tenga su vida mínimamente garantizada puede desear honestamente que Dios entre en su vida. De hecho, para ser buena gente no hace falta ser cristiano. Confucio ya tiene la respuesta. La virtud de la generosidad, el permanecer abierto a lo que de algún modo nos supera, la actitud de la disponibilidad… todo eso no exige la mediación de un Crucificado.

No hace falta ninguna Cruz para saber que es mejor dar que recibir, ser capaz de sacrificarse por los demás que no serlo… y cosas por el estilo. Poner a Dios por en medio es hacer trampas. Si Dios entra en escena —si Dios, el único que puede valer como Dios, se aparece en los cuerpos de esos locos atados a los árboles—, entonces uno ha de estar dispuesto a dejar que los muertos entierren a los muertos. Nada será como antes.

No es cierto que Dios nos pida a cada uno de nosotros cosas diferentes. La demanda de Dios es siempre la misma. Sin duda, podemos estar en diferentes frentes, pero la guerra es una. Y lo que un cristiano tiene ante sí es siempre lo mismo: el clamor de un Dios que se identifica con los crucificados de la Historia. No se trata de ser buenos, sino de responder a la voz que no admite nuestras componendas con el mundo. Y la bondad, si la hubiera, se nos dará por añadidura.

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