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Una misa en latín -- Fernando Torres

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A la salida de la misa, una monja mayor de edad y pequeña de tamaño, con mucho hábito y más toca, le pregunta a una señora: “¿Le ha gustado la misa en latín?” Y me quedo pensando que al final la cuestión está en si gusta o no gusta. Esto de la misa en latín es, pues, una cuestión de gustos. ¿O no?

Domingo 17 de febrero y segundo de Cuaresma, tercer monasterio de la Visitación en lo alto del paseo de San Francisco de Sales, Madrid. Son las 11 de la mañana y comienza una misa diferente. La misa que está a punto de comenzar no sólo es en latín sino que además se celebra según el rito de san Pío V. Para entendernos, de espaldas a la gente, como antes del Concilio.

La Iglesia no es grande pero está llena. Unas 150 personas de todas las edades. Quiero decir que también hay jóvenes. Delante de mí hay dos mujeres mayores. Llevan velo y me recuerdan a mi abuela, que en gloria esté. Todo el mundo parece muy devoto y ensimismado. Nada que se parezca a una comunidad que se encuentra. La relación, y la mirada,, va directa hacia el altar. Comienza la misa. Digo yo que comienza, porque el sacerdote, de espaldas a nosotros y todavía a unos metros del altar se detiene y… no se oye nada. Porque, ahora me acuerdo, la mayor parte de la misa transcurre en silencio. Quiero decir que las oraciones que reza el sacerdote las reza para sí y no para el pueblo. Así que el folleto que nos han dejado en el banco con el rito completo de la misa y su traducción no sirve para mucho. Sencillamente no sé por donde vamos. Sólo al cabo de un rato, se vuelve a nosotros para decirnos un “Dominus vobiscum” al que la gente responde “Et cum spiritu tuo” y busco en el folleto dónde estamos.

No voy a contar aquí la misa en detalle. Hubo muchas incensaciones, más latines y muy poca participación del pueblo. Ni siquiera rezamos juntos el padrenuestro. Y no era posible enterarse de lo que sucedía en el altar por esa manía del cura de ponerse de espaldas.

No voy a discutir con los que prefieran ese tipo de celebración. Al cabo, la vida cristiana no se juega en lo que hacemos en la iglesia sino en lo que hacemos en la calle. No es una cuestión de liturgia ni, si me apuran, de ortodoxia sino de amor práctico, de vida. Ahí es donde todos tendríamos que poner el acento. Tampoco voy a insinuar que habría que echar a esa gente de la Iglesia. ¡Dios me libre! Si son felices así, tampoco hacen daño. Eso sí, pretendo que no me echen a mí porque prefiera celebrar la eucaristía de otra manera. Estoy seguro de que en la Iglesia como en el seno del Padre cabemos todos. Y que ninguno tenemos el criterio, el cuchillo, para establecer con absoluta seguridad lo que es o no evangélico. Yo no les echo a ellos pero, por lo mismo, no quiero que me echen a mí. Y en la praxis, en el amor a los pobres y a los necesitados nos encontraremos o nos deberíamos encontrar.

Pero, dicho eso, me van a permitir que diga que no entiendo una celebración en la que no se reza juntos, como hermanos, el padrenuestro; en la que el incienso supera la fraternidad, en la que el sacerdote da la espalda al pueblo con el pretexto de que debe mirar a Dios (¿es que sabemos donde está Dios?); en la que usamos el latín como si Dios hablase esa lengua o como si fuese una lengua más sagrada que otras; en la que la validez de la celebración se juega en el seguimiento detallado y escrupuloso de un rito. Lo que fue una celebración de Jesús a veces jubilosa (comidas con los pecadores, multiplicación de los panes) a veces triste (última cena), se ha terminado convirtiendo en un rito misterioso (el latín, el incienso, las palabras que no se oyen, los gestos que no se ven…). No me convence. Mucho misterio y, a mi humilde entender, poco Evangelio.

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