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Una Iglesia sin rumbo y una canción desesperada -- Fausto Antonio Ramírez

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Religión Digital

Antes de nada una pregunta: ¿La Iglesia posee la Verdad, o sirve a la Verdad? La pregunta parece una obviedad, pero no lo es tanto, porque en función de su respuesta podemos comprender la manera que tiene de presentarse ante el mundo y ante la sociedad moderna.

Presentarse ante el mundo como poseedora de la Verdad, implica una conducta de superioridad, de dominio y de imposición. Por el contrario, presentarse ante los hombres como aquella que está en búsqueda de la Verdad, implica, la escucha, el diálogo, el entendimiento, la no confrontación, la colaboración y, sobre todo, el servicio, que en definitiva es lo más importante que esta Institución, fundada por Jesucristo, puede ofrecerle a todo hombre.

La Iglesia no tiene ningún monopolio sobre la Verdad, aunque sus pastores y Jerarcas opinen lo contrario. Afirmar que se tiene la Verdad, lleva consigo no admitir que fuera de ella pueda haber algo de Verdad. El hecho de pertenecer a la Iglesia no garantiza el análisis juicioso, equilibrado y verdadero de lo que Dios va mostrándole al hombre en cada momento.

De la misma manera que por el hecho de pertenecer a la Iglesia no está garantizado el acierto de encontrar la solución mejor para responder a los problemas del hombre contemporáneo.

La Iglesia no ha comprendido todavía cuál es el sitio que debe ocupar en una sociedad pluralista, y por eso no sabe cuál es el discurso que debe emplear, no sólo para hablarle a sus propios hijos, sino incluso para dirigirse con cierta autoridad al resto de los ciudadanos, sean creyentes o no.

A la Iglesia española le ha hecho mucho daño los 40 años de nacional catolicismo, y por eso ahora se revuelve contra los de fuera, y por desgracia, contra sí misma, por volver a recuperar un estado de monopolio en cuanto a la Verdad se refiere, y de poder, en cuanto al dominio sobre el resto de las instituciones civiles, que ya no le corresponde.

La Iglesia debe comprender que en el siglo de las comunicaciones, las formas son tan importantes, o más, que el propio mensaje que se quiere transmitir y, si éstas fallan, el mensaje no llega y no puede ser comprendido por el receptor a quien va dirigido.

Mientras la Iglesia se aferra a formas, tanto de vida, como de costumbres y de expresión, que hoy en día no le dicen nada al hombre moderno, no sólo está perdiendo el tiempo, sino que se aleja a pasos agigantados de los intereses reales de los ciudadanos que, por el contrario, si desearían escuchar una palabra de aliento y consuelo cuando la incertidumbre se apodera de sus corazones.

Con su actual actitud, siempre a la defensiva, siempre eludiendo el diálogo, siempre confrontando, siempre desautorizando, no está haciendo sino dificultar el acceso a la fe de tantas gentes que buscan a Dios desde la nobleza de espíritu.

Pero, para la Iglesia, lo más importante es tener siempre razón, el quedar por encima de los demás, saltándose las reglas más elementales que las sociedades modernas, a través de la democracia se han dado para convivir en paz, en justicia y en derechos para todos.

Los obispos ya no hablan de Dios, sino de moral y de sexo muy mal entendido. Los prelados prefieren la política al Evangelio, y han convertido la homilía en discursos combativos e ideológicos.

Por poner un ejemplo, en el acto de las familias del pasado 30 de diciembre, -un acto litúrgico tal y como explicaron los obispos- las intervenciones de los cardenales y de algún obispo, en ningún momento hicieron alusión alguna a la Palabra de Dios.

Es más, no se puede entender que la “homilía” -que siempre debe venir después de haber escuchado la Palabra, como explicación y aplicación actualizada al momento presente-, se hizo antes de haberla escuchado.

Queda claro, que la intención de los obispos no dejaba lugar a dudas: sus intervenciones fueron discursos, y no explicaciones a la Palabra de Dios en un contexto litúrgico, como así quisieron presentar el acto.

Ciertamente, todos los ciudadanos tienen derecho a opinar de política, también la Iglesia, pero no como aquella que monopoliza la Verdad y que la detenta en exclusiva. Por eso, también es un derecho de todos poder criticarla por sus opiniones con relación a la política, o a las leyes con las que no está de acuerdo y que ha aprobado el Parlamento.

Al final, lo que llama poderosamente la atención es su falta de coherencia. No se puede criticar de ese modo al gobierno y al mismo tiempo poner la mano para cobrar de los impuestos que éste le concede.

No se puede estar en contra del divorcio y al mismo tiempo mantener el Tribunal de la Rota para seguir anulando matrimonios (que ya sabemos todos cómo funciona).

No se puede ir en contra de los matrimonios homosexuales y al mismo tiempo mantener una postura de ocultamiento frente a los curas pederastas que cometen abusos sexuales a menores.

No se puede ir en contra del aborto, y al mismo tiempo mantener la pena de muerte como doctrina en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Estar en el mundo, sin ser del mundo, supone un equilibrio difícil que sólo se puede mantener cuando se bebe a diario de las fuentes del Evangelio.

Si la Iglesia se ha olvidado de Dios, y está más preocupada de sí misma que de los demás, es que tiene un problema muy grave que resolver, y mientras no lo afronte con valentía, su credibilidad seguirá estando en juego, como ya ha demostrado en tantas ocasiones.

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