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Una Iglesia que camina, se mueve, se abre -- Pedro Pablo Achondo, SSCC

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Reflexion y liberación
Adital
A ponerse, cada comunidad, manos a la obra, con mucha audacia y libertad, y sin miedo como nos ha llamado a vivir nuestro ser cristianos el hermano Papa Francisco…
Por Pedro Pablo Achondo, SSCC
Una lectura de la Exhortación Apostólica EvangeliiGaudium
De manera sucinta y clara, en el mismo lenguaje del Papa Francisco, quisiéramos presentar un tema que atraviesa toda la Exhortación Apostólica EvangeliiGaudium, a saber, la apertura, el movimiento de los cristianos y la conciencia transparente de una Iglesia que se abre. O por lo menos, en el querer del Papa. Esa es la hoja de ruta del Obispo de Roma.

Para ello, propongo que nos enfoquemos en el tema de la misión. De una misión que hoy en día es impensable sin una interculturalidad. Desde aquí veremos de qué forma Francisco nos invita a caminar.

El primer indicio de apertura vendrá temprano (n° 20) donde Francisco nos propone que «cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide… todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio”. Nos empuja a soñar, a atrevernos, a caminar. «Sueño, dice en el n° 27, con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda costumbre eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación”. Si nos hacemos cargo de este sueño compartido, habremos de revisar hasta lo más profundo de la casa. Horarios incómodos y muchas veces dogmáticos; puertas cerradas, estilos que tal vez no responden a los tiempos actuales, estructuras feudales en urbes cosmopolitas, parroquias al estilo urbano en campos y sectores de misión itinerante… El Papa nos empuja a soñar. «Que la pastoral ordinaria sea más expansiva y abierta” (en el mismo n° 27). Es un llamado claro más a salir de nosotros mismos y nuestros refugios, que reformarlos para que otros vengan.

Otro indicio, tan luminoso como profético, es cuando Francisco invita a los obispos a ser pastores en movimiento, «a veces estará delante para indicar el camino y cuidar de la esperanza del pueblo, otras estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos” (n° 31). La tarea será del rebaño. Que cada comunidad busque, pruebe, invente, organice, celebre, manifieste, ayude, acompañe… Tenemos el olfato, ¡pues a usarlo! Y sigue (n° 33): «Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, estructuras, estilos y métodos evangelizadores de las propias comunidades”. Cuánta libertad respiramos en estas líneas; cuánto deseo de novedades, de búsquedas y formas audaces se percibe en estas simples líneas. El Obispo de Roma, nos vuelve a incomodar; «Exhorto a todos a aplicar con generosidad y valentía las orientaciones de este documento, sin prohibiciones ni miedos” (33). Muchas veces nos vemos como cristianos reclamando y criticando. Otras veces cargando con pesadas mochilas llenas de «nos”; bueno, aquí tenemos un sí. Un inmenso y generoso sí. Si busquen, si equivóquense, si dialoguen, si sean cristianos de verdad, al estilo de Jesús. Libertad Pastoral, vamos a llamar a este llamado insistente del Papa.

Un tercer indicio es lo que refleja el n° 40: «A quienes sueñan con una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto (la existencia de diversas líneas filosóficas, teológicas y pastorales en la Iglesia) puede parecerles una imperfecta dispersión. Pero la realidad es que esa variedad ayuda a que se manifiesten y desarrollen mejor los diversos aspectos de la inagotable riqueza del Evangelio”. Libertad de pensamiento, derecho a la crítica (y autocrítica), al debate y al diálogo. Basta de autocensura teológica, dice el Papa; pues, justamente es en esa pluralidad donde se manifiesta la riqueza inconmensurable del Evangelio. «La expresión de la verdad es multiforme”, afirma en el n° 41. Y, más adelante, abre la posibilidad y necesidad de «reconocer costumbre propias (de la Iglesia) no directamente ligadas al núcleo del Evangelio…pueden ser bellas, pero hoy no prestan el mismo servicio… no tengamos miedo de revisarlas” (43).

Un cuarto indicio del llamado a la apertura y a la creatividad viene dado por la apertura al otro. Son varios los números en donde Francisco nos instala ante los pobres, los excluidos, los sufrientes. «hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos” (n° 48). «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (n° 49). ¿Cómo no escuchar esta palabra y ponerla en práctica? ¿Cómo no actuar según los inesperados soplos del Espíritu? ¿Si no es tiempo de cambios, de transformaciones radicales y profundas, de conversiones interiores y exteriores, entonces qué? Libertad para actuar y transformar; para crear y nombrar. Es el momento de echar a andar el laboratorio del Reino.

Hay mucho más que comentar y compartir, pero quisiéramos dedicar este último tramo a lo anunciado al inicio y que, a nuestro parecer, es uno de los mayores desafíos actuales, a saber, la libertad litúrgico-misionera. Muchas veces es allí donde se juega una verdadera apertura e interculturalidad desde el Evangelio. Veamos. Francisco alude al substrato cristiano de los pueblos y sus múltiples formas, en donde hay «una reserva moral (especialmente en los más necesitados) que guarda valores de auténtico humanismo cristiano” (n° 68). Allí, hay mucho más que semillas del Verbo; hay autentica fe con modos propios de expresión y pertenencia a la Iglesia (cf. 68). El Papa llama la atención sobre las ciudades, llegando a considerar «llamativo que la revelación nos diga que la plenitud de la humanidad y de la historia se realiza en una ciudad” (n° 71; la Nueva Jerusalén del Ap. 21). Remarca que hoy son espacios multiculturales y que «es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas” (n° 74). Acercarnos a realidades que nos parecen excesivamente seculares o ajenas. Relatos que nos asustan y mundos que no entendemos. Allí hay que llegar, estar, aprender, escuchar, compartir y anunciar la Vida. Es en estas ciudades, donde muchos mundos posibles coexisten; donde urge el desafío de muchas formas litúrgicas y misioneras.

Es en estas ciudades donde no cabe para el cristiano vivir un «relativismo práctico… actuar como si Dios no existiera, decidir como si los pobres no existieran, soñar como si los demás no existieran, trabajar como si quienes recibieron el anuncio no existieran” (n° 80).

En esta línea, el hermano Papa nos interpela con una joya; «sentimos el desafío de descubrir y transmitir la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de tomarnos de los brazos…de participar de esa marea algo caótica que puede convertirse en una verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación” (n° 87). Vivir según el Espíritu del Resucitado es vivir sin miedo a lo que no conocemos y pueda sorprendernos y desajustar todos nuestros engranajes teóricos y metafísicos. Francisco nos insta a mirarnos desde otro lugar, a bajar del pedestal de las ideas y las instituciones «sacras”, para tomarnos de los brazos y ser pueblo, caravana, romería. Nos insta a sacarle el jugo a la Encarnación. Y dejar de vivir como si Dios no hubiese entrado en la historia, no hubiese puesto su tienda entre los pobres, como si Su Verdad no se dijera en lo rastrero, en la locura y lo despreciable a los ojos del mundo contemporáneo (cf. n° 90).

Para el Papa es claro que la Iglesia puede tomar tantos rostros como culturas haya, pues el cristianismo no es una cultura (fue el gran «error” de la Cristiandad). Puede tomar lenguajes de otros, símbolos de otros, vestimentas de otros, formas de otros. «El Pueblo de Dios se encarna en los pueblos de la tierra, cada uno de los cuales tiene su propia cultura…. La gracia supone la cultura, y el don de Dios se encarna en la cultura de quien lo recibe” (n° 115). Qué maravilla pensar un cristianismo policéntrico y multicultural. Algo de ello existe –lo sabemos-, sin embargo muy incipiente y muchas veces hostigado, censurado, folkclorizado. ¿Acaso es muy loco pensar e imaginar un cristianismo (con todo lo que ello implica) urbano (¡en su diversidad y diferencia!) y otro rural, uno con rostro aymara y otro con rostro mapuche, uno con rostro joven (¡en su multiplicidad!) y otro con trazos afroamericanos; uno con símbolos orientales y otro con formas tropicales? El Espíritu dirá. «La diversidad cultural no amenaza la unidad de la Iglesia… es la Santísima Trinidad la que asegura la unidad” (n° 117). Y no un mismo misal. «No haría justicia a la lógica de la encarnación pensar un cristianismo monocultural y monocorde” (n° 117). «Cada pueblo es el creador de su cultura y el protagonista de su historia… Cada porción del Pueblo de Dios… da testimonio de la fe recibida y la enriquece con nuevas expresiones que son elocuentes” (n° 122).

Cabe aquí tomarse en serio la piedad popular, como dice Francisco, que «tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico” (n° 126), es decir, lugares para pensar a Dios, para descubrir la imagen de Dios, lugares para experimentar la fuerza de la fe y desde ahí releer la propia vida. Incluso el Papa interpela el lenguaje de los presbíteros o de quienes poseen el ministerio de la palabra y la predicación. Ésta también debe empaparse de la cultura en la cual está inserta; lejos de prédicas lejanas e incomprensibles (por su supuesto alto nivel especulativo), lejos de elucubraciones inteligentes cargadas de ego; el Papa invita a que «la prédica cristiana encuentre en el corazón cultural del pueblo una fuente de agua viva para saber lo que tiene que decir y para encontrar el modo como tiene que decirlo… es hablar en lengua materna…en clave de cultura materna” (cf. n° 139), sea ésta la que sea.

El desafío de la misión intercultural se topa con la forma, los símbolos; en definitiva, con la belleza. Para el Papa la belleza es un tema. Sin embargo tiene muy claro que una cultura estética sin una adecuada ética (praxis evangélica) es pura cascara vacía (los párrafos sobre la praxis cristiana y la opción por los pobres, son de un fuerte talente profético y llenos de la frescura del Evangelio. Ver todo el capítulo IV): «¡Qué peligroso y qué dañino es este acostumbramiento que nos lleva a perder el asombro, la cautivación, el entusiasmo por vivir el Evangelio de la fraternidad y la justicia!” (n° 179) y «la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde” (n° 189), lo que le pertenece.

Volviendo al tema de las expresiones de la belleza, Francisco nos dice: «Es deseable que cada Iglesia particular aliente el uso de las artes en su tarea evangelizadora, en continuidad con la riqueza del pasado, pero también en la vastedad de sus múltiples expresiones actuales, en orden a transmitir la fe en un nuevo lenguaje parabólico. Hay que atreverse a encontrar nuevos signos… una nueva carne” (n° 167). De esta manera nos empuja e insta a crear, caminar, buscar, salir, encontrarnos y soñar con una verdadera praxis creadora y creativa.

Entonces, a ponerse, cada comunidad, manos a la obra, con mucha audacia y libertad, y sin miedo como nos ha llamado a vivir nuestro ser cristianos el hermano Papa Francisco, teniendo la claridad de que «la misión es una pasión por Jesús, pero al mismo tiempo, una pasión por su pueblo” (n° 268) y que es el mismo Jesús quien «nos introduce en el corazón del pueblo” (n° 269).

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