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Una esperanza para el fin del celibato

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Clarín

El autor recuerda el vínculo de Bergoglio con Jerónimo Podestá, un obispo argentino casado, fallecido en 2000.
Durante mi infancia en Nueva Inglaterra, en el seno de una comunidad de ex sacerdotes que se consideraban exiliados de la Iglesia Católica, a menudo oí hablar de un lugar mítico donde restricciones eclesiásticas como el celibato eran más flexibles que en las parroquias de mi país: América del Sur.

Mi padre, a quien ordenó sacerdote la Arquidiócesis de Boston en 1961, sirvió a la iglesia durante ocho años antes de dejarla para casarse con mi madre, una religiosa que daba clases en una escuela parroquial cercana a la parroquia de mi padre en Roxbury. Aunque su casamiento causó revuelo en la localidad, ellos no se alejaron de la ciudad en su vida post-clerical, ya que querían formar una familia en el mismo estado, y la misma fe en la que se habían criado.

Sin embargo, muchos de sus hermanos norteamericanos, que se sentían ignorados o rechazados por la iglesia a la que anhelaban servir, no podían evitar sentirse reconfortados al saber que en la Argentina había incluso un obispo casado, Jerónimo Podestá, y que su matrimonio, se rumoreaba, había sido bendecido por un arzobispo brasileño, Helder Cámara.

Podestá no sólo se había casado en 1972 sino que además había dedicado el resto de su vida a luchar por el reconocimiento de los sacerdotes que habían tomado decisiones similares y por las mujeres con quienes compartían su vida. El celibato obligatorio, sugería Podestá, en gran medida se basaba en “la subestimación de la mujer” y la idea de que los hombres contaminados por el contacto femenino deberían tener prohibido el altar.

Tras la muerte de Podestá en 2000, su esposa, Clelia Luro de Podestá, continuó la lucha. Viajó a Roma en 2011 con la esperanza de tener una audiencia con el Papa Benedicto XVI. En una carta abierta donde describía a los sacerdotes como su difunto esposo y lo que podían significar para el futuro de la iglesia, escribió: “Hay miles que podrían llenar hoy la plaza San Pedro con sus esposas e hijos, pero el Papa todavía no puede verlos”.

Quizá sea revelador que entre los pocos funcionarios de la Iglesia que pudieron verlos estaba un alto prelado de la Iglesia Católica argentina. Mucho antes de que se lo considerara destinado al papado, el arzobispo de Buenos Aires Jorge Mario Bergoglio visitó a Podestá en su lecho de muerte para administrarle la unción de enfermos.

En aquel momento, un cuarto de todos los hombres ordenados en América Latina abandonaba el sacerdocio tempranamente, y las confesiones protestantes, sin el obstáculo de la regla del celibato ni el pasado políticamente problemático de la Iglesia Católica, crecían. ¿Es posible que Bergoglio no se preguntara si el camino elegido por el hombre que tenía delante no sería una solución local a problemas que parecían insolubles desde la distancia de Roma?

El reconocimiento puede ser indicio de algo más significativo. Una década después de la muerte de Podestá, Bergoglio, entonces cardenal, habló sobre el celibato con la sinceridad de un hombre que no imaginaba que podía llegar a Papa.

“Por ahora, la disciplina del celibato sigue firme”, le dijo al rabino Abraham Skorka en una entrevista de 2010. “Algunos dicen, con cierto pragmatismo, que estamos perdiendo recursos humanos. Si, hipotéticamente, el catolicismo occidental revisara la cuestión del celibato, creo que lo haría por razones culturales (como en Oriente), no como una opción universal. Por el momento, estoy a favor de mantener el celibato, con sus pros y sus contras, porque hay diez siglos de buenas experiencias más que de fracasos”.

Las frases “por ahora” y “por el momento” nacen de la conciencia de que las normas y las opiniones inevitablemente cambian con el tiempo.

“ Es una cuestión de disciplina, no de fe”, añadió Bergoglio. “Puede cambiar”.

Según la viuda del obispo, el hombre que ahora se llama Francisco siguió llamándola mucho tiempo después de muerto su marido. Este desdibujamiento de los límites entre la flexibilidad privada y el poder público ya no provoca escándalo en los fieles sino esperanza.

*Escritor y académico, autor de “Votos: La historia de un sacerdote, una monja y su hijo”.

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