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Una eclesiología Conciliar. (¿Esto querrá decir, ¡entre otras cosas!, desclericalizada?) -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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Considero que muchos teólogos se lían, es decir, se pierden, en la propia terminología, o nomenclatura especializada y pseudotécnica que se inventan. Digo esto a raíz de un serio artículo, y pienso que bastante bueno, con la salvedad que he apuntado, titulado Quo vadis eclesiología?, en el blog Rara Temporum, de Bernardo Pérez Andreo. Voy a permitirme la cita de una parte del primer párrafo de su artículo:

«La gran diferencia entre la Iglesia del Concilio Vaticano II y la anterior radica en la propuesta de Pueblo de Dios como clave interpretativa de la Iglesia. La expresión tenía como función superar el juridicismo apologético y el reduccionismo societario en el que había caído la eclesiología desde Trento. El llamado “giro copernicano” dentro de los debates en torno al esquema de la Iglesia, supuso la expresión definitiva de la ruptura con la Iglesia tridentina, una Iglesia basada en la jerarquía y en el sacramento del Orden, fuente de toda sacramentalidad en la Iglesia preconciliar. La precedencia del capítulo sobre la Iglesia Pueblo de Dios al de la Iglesia jerárquica no es un giro copernicano, es en realidad volver a poner de pie una eclesiología que había estado boca abajo durante el segundo milenio de la historia de la Iglesia, pues durante el primer milenio se consideró la realidad mistérica y sacramental la estructura eclesial por esencia».

El contenido de la cita, y la claridad de la misma, son magníficos. Pero si estamos de acuerdo con ello, como la mayoría de los prelados y teólogos oficialistas de la Iglesia afirmarán estar, no se entiende, después, cómo grandes hombres tratados con infinita generosidad de “conciliares”, como el papa Juan Pablo II, actuasen como si ese cambio copernicano no se hubiera producido. Eso vale también para muchos cardenales, de la Iglesia universal y la española, y para un buen número de nuestros obispos, cuyos nombres me callo, -porque si no tendría que recurrir, casi al completo, a la lista oficial de la jerarquía eclesiástica católica española-, que admitirían de buen grado lo afirmado en este párrafo, pero como digo, después, actúan abiertamente, en la liturgia, en el trato con otros eclesiásticos, o con el pueblo, o en su estilo de gobierno, y hasta en su vestimenta, como si nada de importante y decisivo hubiera sucedido.

La definición de la Iglesia como “Pueblo de Dios” no es una simple expresión teológica más, sujeto de opinión, como si alguien prefiriera describir a la Iglesia como “Cuerpo místico de Cristo”, siguiendo la encíclica “Mystici corporis”, de Pío XII, ampliamente superada no ya por la Teología, sino, directamente, por la enseñanza fundamental del concilio Vaticano II: la Iglesia no se entiende a sí misma como “Sociedad perfecta”, sino como “Pueblo de Dios”. Esta segunda fórmula hace referencia a la Historia de Salvación, a la elección de un pueblo por parte de Dios, y deja de lado las implicaciones mundanas, socio-políticas, que la expresión “Sociedad perfecta”, tan querida por malos canonistas, contaminados por el falso brillo del poder del mundo, les evocaba.

En realidad, la nueva eclesiología del Concilio es una vuelta a la percepción que los apóstoles y los primeros discípulos, y casi inmediatamente después, los miembros de la Iglesia primitiva del primer siglo, tenían del ministerio, es decir, de la tarea que el Señor les había entregado: el cumplimiento de los tres mandamientos típicamente jesuanos, es decir, originales de la boca de Jesús: 1º), “amaos unos a otros”, (así seréis sal, luz y fermento, …etc.); 2º), “id por el mundo entero y anunciad el Evangelio” (bautizando a los que quieran adherirse a la nueva humanidad iniciada y hecha posible por la pascua de Jesús, y construyendo la catolicidad dela Iglesia); y 3º), “tomad y comed, … tomad y bebed, … haced esto en memoria mía”, (es decir, creando y formando comunidades que hicieran presente al Señor Resucitado en medio del mundo con los signos que Él dejó a su Iglesia).

Así de sencillo y así de poco pretencioso a los ojos de los ambiciosos de poder. Y eso es lo que la Iglesia hizo, y así actuó en medio del mundo, hasta el edicto de Milán que sacó a la >Iglesia de las catacumbas y la colocó en medio del mundo, de sus intereses, compromisos y componendas. Y en la vorágine de la búsqueda del poder, que acbó por convertirla en algo que ni el Señor, ni los apóstoles, ni los primeros cristianos, nunca hubieran soñado, y ni siquiera entendido: una sociedad perfecta, como un especie de Estado Mundial, dentro, y por encima de los otros Estados del Mundo. Así s vio la >Iglesia a sí misma en el esplendor de la Edad Media, (véase el caso de Inocencio III, en el siglo XIII), o en el Renacimiento, con el Concilio de Trento, o en el siglo XIX, con el concilio Vaticano I, y el papa Pío IX y sus excesos, y la unificación italiana, y el compromiso posterior con Musolini.

Con todo eso quiso terminar el Vaticano II, pero no lo consiguió, porque lo impidieron jerarcas “¿conciliares?” que no entendieron nada de lo de los “paños nuevos como remiendos de paño viejo, u odres nuevos para vino viejo”, y así le va a la “nueva eclesiología”. Menos mal que un hombre evangélico, no iluminado, sino evangélico, insisto, como Francisco, parece entender, y aceptar, sin celotipia ni miedos, que lo verdaderamente importante en la Iglesia, lo verdaderamente eclesial, es el “Pueblo de Dios”, no la pompa y el esplendor del Vaticano, eso tan opuesto y chirriante comparado con el Evangelio y la Iglesia primitiva.

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