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Un turbosanto que pasará a la historia con la sombra de la sospecha -- José Manuel Vidal

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Religión Digital

Decepción. No tanto por el fondo, cuando por la forma de la subida a los altares de Juan Pablo II. Un Papa, al que a estas alturas, a nadie se le ocurre negarle un puesto en la historia. Y Quizás también, en los altares. Pero, a su debido tiempo. El Papa Magno no se merece esta turbobeatificación, rodeada de poémica, de sospechas y, quizás, de manchas.

Flaco favor se le hace a él y a la institución. La Iglesia que vive y presume de jugar en la división del tiempo eterno, resulta que acorta plazos y se lanza a una carrera santificadora que sólo puede traer malas consecuencias. Ya se sabe que las prisas son malas consejeras y, en asuntos tan delicados como el de la santidad, pueden convertirse en un contrasentido, en un antiejemplo.

Para esto, mejor que se vuelva a reimplantar el proceso de beatificación por aclamación. Al menos, sería el pueblo el artifice. De esta forma, queda comprometida también la figura del Papa actual. Porque él y sólo él es el ultimo responsable de la decisión.

Es verdad que la «derecha católica» le presionaba de una forma atroz. Esa derecha, más ratzingeriana que el propio Ratzinger. pero sólo para lo que les conviene. Estos mismos días, mientras le urgía insistentemente a acelerar el proceso para el santo subito, también le reprochaba abiertamente a Benedicto XVI su convocatoria del encuentro interreligioso de Asís.

Otros dicen que el Papa Ratzinger se ha visto obligado a dar su placet a la beatificación de su «amado» predecesor no sólo por las presiones de la «derecha católica», sino también para adelantarse a los eventuales acotecimientos y poner a salvo la figura del Papa polaco. Ya se sabe (y se comprobó con Escrivá) que, una vez que un personaje público sube a los altares, se torna cuasi inmune a las críticas y a las acusaciones.

Pero eso era hace un par de décadas. Hoy, las cosas han cambiado. Y si surgen nuevas implicaciones, nuevas acusaciones, nuevas connivencias probadas del Papa Wojtyla con Maciel o con algún caso de pederastia, le va a salpicar igual. O más. Y para siempre. Y sin marcha atrás. Y con otro Papa comprometido en su autoridad.

Difícil de explicar la decisión del Papa Ratzinger. ¿Habrá otras razones que sólo él sabe y no puede ni debe explicitar públicamente? ¿Como es posible que el Papa barrendero de Dios, comprometido con la limpieza a fondo de la Iglesia y de las hipotecas del pasado más reciente, eleve a los altares a su predecesor, al que se acusa ya (y, al parecer, con pruebas) de al menos saber (cuando no de favorecer) al «profeta de la maldad» de Marcial Maciel?

Tristeza y decepción. Lo que, dentro de 10 o 15 años, podría ser una fiesta universal de gozo y esperanza en memoria del Papa Magno, se va a covertir en una solemnidad gozosa para unos y triste para otros. Una vez más, un turbosanto que pasará a la historia con la sombra de la sospecha.

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