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Un grave peligro de las religiones -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Después de unos días de descanso y desconexión de las tareas cotidianas, pastorales unas, otras, demasiadas, burocráticas, retomo este blog, con ganas, y con ilusión. Parece mentira lo que una pequeña dedicación literaria, cultural, teológico-bíblica, te pude prender y cómo la puedes echar en falta. Así que, de vuelta a mis ocupaciones, sacaré de ellas, como siempre, materia e inspiración para mis escritos.

El evangelio de la misa de hoy, 2º Domingo de Navidad, repite el del día 25, fiesta de la Navidad. Se trata del famosísimo prólogo del Evangelio de San Juan, que les hubiera encantado conocer a Platón y Aristóteles. ¡Cómo habrían gozado con esas líneas!, unas de las más lúcidas, decisivas y bellas de toda la literatura universal. No exagero. Su mensaje central es: todo, en el Universo, -para los creyentes, en la Creación-, ¡todo!, tiene sentido, porque está inspirado, ejecutado, y sostenido, en la Palabra, en el Logos, en la Idea, en el Verbo; como lo queramos llamar. Como he afirmado más arriba, Platón, para decirlo con expresión juvenil un tanto irreverente, habría flipado con esa certeza, que él también pregonaba, aunque con una separación peligrosa, -abismal, sería la palabra exacta-, entre los dos mundos: el de lo empírico, o falsa realidad, y el de las ideas.

Sin la presencia de esa Palabra, que es creadora, y vivificante, el ser humano viviría alejado de la verdadera Sabiduría. Y al extenderme, y abundar en esta idea, y de la Gracia que ellos, unos pocos y pusilánimes miembros del Pueblo de Dios en Vallecas, tienen por poder escuchar todos los domingos la Palabra, uno de los presentes me ha preguntado: Pero, ¿no existe el peligro de que los creyentes, como ahora los musulmanes, abusen del Nombre de Dios, y lo aprovechen para atacar a los que consideran sus enemigos? La intervención tenía su miga, y yo no podía menos que aprovecharla para recordar a mi asamblea eucarística, tan fiel, una de mis ideas motrices y troncales en lo referente a la idiosincrasia de la Religión.

La idea central a la que me refiero es que «el Cristianismo NO es una religión». Ésta, que para todos los efectos que nos interesan, la podemos identificar con la «religiosidad natural», es una creación humana normalmente fruto de alguna, muchas, o todas, las inseguridades con las que el ser humano convive en su existencia. Así que podemos decir que por la religiosidad el hombre descubre la utilidad, que rápidamente se convierte en necesidad, de una «transcendencia protectora», llamémosla así. Y la protección recae, como dice la lógica, sobre los que transcienden su finitud y limitación humanas, porque, en el fondo, ese es el objetivo de la experiencia de finitud, primero, y después, de la institucionalización, del sentimiento religioso natural. Un ejemplo: los judíos viven su relación con su Dios, en los primeros momentos de su historia, como una Religión. Por eso llaman a su Dios «Yavé sebaot», que traducimos como «Señor de los ejércitos». Después, en la época gloriosa de los profetas, después de haber sido purificados con la gran decepción, -el «gran pecado», para los grandes profetas-, del Exilio, que tuvo que ser repetido, para mayor y mejor purificación, pasan a vivir su fe en Yavé como una Revelación, y apreciarán y saborearán la gratuidad de la Alianza que un Dios «clemente y misericordioso» tuvo a bien hacer con ellos.

Pero si en los comienzos del Antiguo Testamento (AT) los judíos tuvieron que pasar un tiempo descubriendo su fe, para pasar de la religiosidad natural a la Revelación, este proceso no fue necesario, ni se realizó en la Iglesia, ya desde sus primeros pasos. Porque ésta estaba fundada, y se sostenía, por la Palabra, los hechos, y la muerte y Resurrección del Maestro. «De muchas maneras y de muchos modos habló Dios antiguamente, por los patriarcas y profetas, pero en los días actuales nos ha hablado por su Hijo». He aquí no el inicio, pero si el fin de la Revelación, porque los textos que vendrán después de Él, en el Nuevo Testamento, (NT), sólo serán la trascripción e interpretación autorizadas, por la inspiración, que el Hijo proporcionó a su pequeño rebaño.

Lo malo fue que este espíritu y estilo de respeto máximo a la Palabra del Maestro duró poco, exactamente hasta que la Iglesia salió de la persecución y de la vida subterránea en catacumbas, y se instaló en las cercanías del poder imperial. Ese paso significó lo que para mí ha sido el mayor trauma de la Historia de la Iglesia, porque imitó tanto a las religiones naturales, (hasta le punto de llamar sacerdotes a los ministros de la Iglesia, en contra flagrante de la enseñanza de todo el NT, en el que nunca se llama así a ningún cristiano; al contrario, se proclama repetidamente, y con toda solemnidad, que El único sacerdote, para siempre, es Jesucristo). Y tanto copió a las religiones, que ella misma comenzó a vivr su fe revelada, como uan Religión natural. Y todavía muchos, en la Iglesia, permanecen en esa experiencia frustrante.

Por eso podemos afirmar que el Cristianismo que ha usado la violencia, y la imposición por la fuerza, cosa que sí ha hecho, como veremos en la siguiente entrada, lo ha hecho traicionando su esencia, y la explícita enseñanza y recomendación de su Maestro y Revelador. Pero tenemos que aceptar, con sinceridad, que durante siglos, los cristianos, conducidos y guiados por sus pastores, han apelado a la violencia, sin ver en ello un grave quebranto a la fidelidad al Evangelio. (Tendremos ocasión de comprobar esta realidad en el siguiente artículo).

Con motivo de la violencia yihadista se han oído voces en ambientes católicos tachando de blasfema y profundamente irreverente la invocación de Dios en sus ataques a objetivos occidentales, sobre todo los que ellos denominan de conductas inmorales, englobando como tales casi todo el elenco y diversidad de actividades lúdicas y de ocio. Es evidente que no voy a ser yo el que defienda esas intervenciones violentas, crueles, inhumanas en su sangrienta carnicería. Estas líneas, por tanto, no implican ni un gramo de connivencia, y ni siquiera de complaciente comprensión.

No. Mi enfoque y mi reflexión van por otro lado. Mucho más por el que el Maestro nos enseñó con la frase apodíctica “¿Cómo quieres quitar la mota del ojo de tu hermano si tú tienes una viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Retira primero la viga de tu ojo, y verás luego para intentar quitar la mota del ojo de tu hermano.” Con esto quiero decir que igualmente me parece reprobable la violencia y la guerra en nombre de Alá, que de Yavé, que, ¡oh blasfemia!, del Padre del Señor Jesucristo; o de éste, directamente. Y todos estos nombre se han invocado no solo durante hace siglos, en el limbo de los tiempos, sino en tiempos recientes, casi en nuestros días.

Repito para que no me lleven a confusión. Las religiones naturales, o las que siendo reveladas, viven y se comportan como si fuesen fruto de la religiosidad natural, han sido sólo fuente de guerras, conflictos y violencias, sino que han constituido un de las principales fuentes de esos disturbios, si no la principal. Es decir, condenemos la violencia de todas las religiones, y no tapemos nuestras vergüenzas. A mí m sorprende, me irrita, y me escandaliza, que al pobre Santiago pescador del mar de Galilea, decidido, y lanzado, como “hijo del trueno”, le encasquetemos la denominación, y así haya sido retratado, pintado y cantado, como Santiago Matamoros. Y esta no es sino una anécdota muy próxima a la condena de los musulmanes.

El problema estriba, claro, en la radicalización de muchos fieles de las religiones. Pero esta se hace presente, en el cristianismo, tanto en el mundo católico, como en el evangélico, o en el ortodoxo. Todavía recuerdo la reacción violenta de un clérigo, croata, en la violenta guerra que su pueblo riñó contra el pueblo serbio al principio de los años noventa. Muchos quedamos escandalizados de la violencia y la terrible lógica de nuestro colega, que incluía, e involucraba, elementos étnicos, religiosos, e históricos.

Siempre ha sido muy grande la tentación de usar en su favor, la mayor fuerza que pueda imaginar un fiel religioso en su turbio raciocinio: Dios, que es más poderoso que la energía atómica y las furias desatadas del Averno. Y no siempre se han aprovechado las religiones de esta formidable amenaza y fuerza persuasiva contra los enemigos de otras religiones, sino que ha sido capaz de provocar divisiones, y provocar feroces guerras entre miembros de la misma religión. Lo estamos viendo ahora en la terrible pugna por el poder en el seno del mahometismo, entre las facciones chiita y suní. Pero los cristianos recodamos la guerra de los cien años, y como no fueron paganos o sarracenos los que quemaron a Juna de Arco, sino sus correligionarios ingleses.

Se nos cae la cara de vergüenza al recordar la infamia de la violencia inquisitorial, en nombre de Dios, o la bendición de las armas letales antes de las guerras. O, ya entre nosotros, el orgullo de la “cruzada española”, para defender España y la Religión. En fin, Dios nos libre de los radicales, intolerantes y talibanes, que los hay en todos los credos. Lo malo es que en épocas pasadas del Cristianismo la violencia no se debía a radicales, sino que los propios pastores de la Iglesia eran más políticos y soldados que ministros de la Palabra de Jesús, que es de perdón, de misericordia, y de poner la otra mejilla. Exactamente, lo contrario de la violencia.

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