Hoy el suelo se está moviendo bajo nuestros pies. Ante la emergencia de los BRICS, China y el Sur Global algo parece cierto: EE.UU. y los países occidentales con él, hemos decidido asegurar nuestro dominio imperial sobre los recursos del planeta. Y consolidar la explotación de la mano de obra de sus trabajadores. No nos detenemos ante invasiones, guerras ilegales ni genocidios.
Las llamadas a respetar un orden internacional caen en el vacío. Trump declara: ”No necesito derecho internacional. Mi poder sólo está limitado por mi propia moralidad, mi propia mente” (New York Times). Incluso hay instituciones judeo-cristianas que legitiman estos proyectos acudiendo a la voluntad divina y los grandes medios que conforman nuestra cultura cultivan una fe-espiritualidad escapista y evasiva, que sobrevuela el espesor de la realidad.
Sin embargo, la fe de la gran tradición bíblica es algo bien distinto. Consiste en “discernir el tiempo presente” (Lc12,54) para “escuchar su Voz hoy” (Sal 94,7). Voz que se ha presentado como una lucha por la paz fruto de la justicia. Algo pequeño y frágil, “un granito de mostaza” (Mt 17,20), pero con la fuerza vital que atraviesa los siglos. La Carta a los Hebreos muestra cómo la han experimentado una nube de testigos a lo largo de la historia:
La fe de Abrahán, en el contexto de tribus agrícola-ganaderas, como una manera nueva de vivir el conflicto. No a la manera de Caín, eliminando a su hermano para beneficiarse de sus propiedades, sino compartiéndolas con Lot para que todos puedan llevar una vida digna (Gn13). Abrahán escucha “la Voz” saliendo de su tierra, para emprender un proyecto universal (Gn 12,3).
La fe de Moisés en el contexto de un imperio agrícola, quien “rehusando ser llamado hijo de la hija de Faraón y escogiendo ser maltratado con el pueblo de Dios, se mantiene firme como viendo al Invisible” (Hbr 11). Escucha la Voz interior que no le permite pasar de largo ante la opresión de su pueblo y en el desierto reconoce el rostro de esa Voz (Ex 3).
La fe de los Profetas del Exilio, en un imperio político-religioso extranjero. Ante la derrota de la monarquía y la destrucción del Templo escuchan la llamada a personalizar y universalizar la fe de Israel, superando su carácter nacionalista. Y aparece la figura del “Hijo de hombre”, símbolo de toda la humanidad, Dn 7).
Y, en la plenitud de los tiempos, la plenitud de la Palabra. La fe de Jesús en el contexto de una sociedad teocrática judía, colonia del imperio de la época,”Jesús, autor y consumador de nuestra fe”, (Hbr12), encarna una nueva-vieja imagen de Dios. Se presenta a sí mismo como “Hijo de hombre” –más que como Hijo de David- un “cualquiera”, artesano durante 40 años, en una región -”Galilea de los gentiles”- lejos de los poderes religiosos-políticos vigentes; comiendo con samaritanos, publicanos, pecadores-as, curando paralíticos en sábado en la sinagoga, expulsando mercaderes del Templo, etc.
Y confronta esta imagen de Dios con la de la religión oficial: escribas, fariseos y sumos sacerdotes: “Mi Padre que me ha enviado da testimonio de mí. Le preguntaron: ‘¿Dónde está tu Padre?’, Jesús les contestó: ‘Si me conocierais, conoceríais también a mi Padre… Si fuerais hijos de Abrahán, actuaríais como Abrahán”, (Jn 8,39). Tal enfrentamiento culminará en la escandalosa paradoja de la cruz-momento de gloria: “Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que YO SOY” (Jn 8, 28).
Y, en calidad de “Hijo de hombre levantado-en pie”, convoca a una fe-confianza serena ante la “gran angustia” que acompañará su propio final y el final de una época, el desmontaje de ese “orden socio-político-religioso-cultural”. “Cuando oigáis estruendos de batallas y de revoluciones no tengáis pánico; sabed que está cerca el reinado de Dios” (Lc 21,30-31). Ningún imperio es eterno y la historia humana no pertenece a los poderosos, sino a Dios y a los pueblos que luchan por la paz, fruto de la justicia.
Al “Hijo del hombre” levantado, resucitado “no lo encontraremos en el sepulcro donde lo habíamos puesto, en los lugares sagrados acostumbrados, lo reconoceremos vivo allí donde la vida y la muerte se cruzan cada día, delante de nosotros, llamándonos a salir, volviendo a comenzar desde Galilea” (Cardenal Pizzaballa, Patriarca de Jerusalén, Homilía de Pascua, Santo Sepulcro, 5-4-2026).
La fe-espiritualidad de la tradición bíblica, por tanto, no se compagina bien con la legitimación del orden presente, ni se evade del espesor de la realidad. Lo confronta, lo atraviesa, desde la llamada a construir un orden realmente humano: “La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” (Hbr 11,1). Se verifica en la práctica de la justicia, en la construcción de la paz, haciendo suyos los sueños que acompañan a la gran familia humana a lo largo de los siglos, para hacer visible el “reinado de Dios”. “La gloria de Dios es que el hombre viva”, dirá Ireneo de Lyon.

