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Un ejército de trabajadores pobres y frustrados -- Daniel Martín

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(PUBLICO)
El mercado laboral español y las deficiencias del estado del bienestar arrastran a la precariedad a gran parte de la población. Sin embargo, hay dos grupos de población que sufren especialmente. Por una parte, los jóvenes, recién asomados al mundo del trabajo. Por otro, los mayores de de 50 años. El escenario de fondo es el mismo: la precariedad. Pero la realidad tiene mil aristas.

La primera gran dificultad para los jóvenes se encuentra en lo más básico: el acceso a un puesto de trabajo. Según la Encuesta de Población Activa (EPA), la tasa de paro entre los jóvenes de 16 a 29 años es del 26,46%, muy por encima del 14,35% general. La cifra se dispara en el caso de los menores de 25 años alcanzando el 34,68%. La situación es peor que hace diez años. Actualmente hay en el país casi dos millones de menores de 30 años que hace diez años. El éxodo no termina. Este escenario lleva a los jóvenes a aceptar empleos en condiciones muy precarias, sabedores del coste que implica dejar pasar una oferta.

“Empecé a trabajar a los 16 años y desde entonces he tenido ocho trabajos y he hecho muchas chapuzas esporádicas, pero solo tuve contrato de verdad durante tres meses”, cuenta Álvaro Alegre, que ahora tiene 25 años. Explica que trabajó dos años como monitor en una ruta de buses tratando con niños con necesidades especiales, sin tener formación para ello, mediante un contrato de una hora al día, aunque en realidad hacía media jornada. Todo por menos de 500 euros. Su único contrato a jornada completa fue como repartidor. Cobraba 1.100 euros, pero además de repartir comida acabó cocinando, limpiando e incluso haciendo las cuentas: “Era inhumano y ni me pagaban las horas extra”. Para huir de la inestabilidad, abandonó Madrid para instalarse en su pueblo, en Aldeanueva de la Vera (Cáceres), donde planta pimiento y tabaco por seis horas la hora y estudia un módulo sobre gestión del medio natural. “Estudio y tengo techo por la ayuda de mis padres; yo intento ayudar, pero no puedo casi asumir ni los gastos de luz, calefacción y agua”, lamenta.

El caso de Álvaro es la tónica habitual. Emanciparse se ha convertido en un reto. Sólo el 21% de los jóvenes ha conseguido salir de casa de sus padres. Irina Zapata, de 23 años, es un ejemplo de joven trabajadora que quiere salir de casa de sus padres, pero no puede. Lleva seis años en el mundo laboral, pero no ha conseguido ahorrar, “solo ayudar con los gastos y comprar un coche de segunda mano”. La experiencia de esta joven es la temporalidad, el pluriempleo y los salarios ínfimos. Los menores de 24, como ella, cobran de media 1.029 euros mensuales, según la última Encuesta de Estructura Salarial, que cifra en un 8,6% el descenso del salario medio entre 2011 y 2016. En consecuencia, la posibilidad de muchos jóvenes para acercarse al mileurismo pasa por tener más de un trabajo. Bienvenidos al siglo XXI.

“Hace menos de un año tenía tres trabajos y no llegaba ni a los 1.000 euros”, dice Irina, que cuidaba a un niño dos horas por la mañana –sin contar otras dos de transporte–, luego iba dos horas a un comedor escolar y por la tarde otras seis horas en un parque de bolas. Todo por 900 euros. Aguantó así cuatro meses tras experimentar problemas físicos relacionados con el estrés. Ahora trabaja como manicurista por algo más de 400 euros. “Para pagar la formación necesito dinero, por lo que me veo obligada a coger trabajos que luego no me dejan tiempo para formarme”. Es el círculo vicioso de la precariedad. Los datos de la EPA reflejan que un mayor nivel de formación aumenta las posibilidades de encontrar empleo, sin embargo, una mayor formación no garantiza unas mejores condiciones laborales.

Así lo atestigua la experiencia de Alejandra Martínez, de 30 años, filóloga especializada en enseñanza de español para extranjeros. Al terminar la carrera se desplazó de Cádiz a Tenerife para dar clases con un contrato de 15 horas semanales, a los que sumaba “un montón de horas extra”. “En un mes bueno no llegaba a los 700 euros y además me llevaba trabajo a casa”, relata. Esta situación llevó a Alejandra a alejarse de su sector. Ahora trabaja en Madrid de dependienta en una tienda de ropa. Cobra 1.100 euros al mes. “Prefiero estar en un puesto no especializado. Gano más dinero y cuando termino no me llevo las camisetas a casa”, concluye.

Según datos de Asempleo, siete de cada diez empleados menores de 24 años supera el nivel de formación requerido para su puesto. Alejandra García (29 años), por contra, decidió no alejarse de su campo y mantenerse en la precariedad. Es maestra de educación primaria. Trabaja a tiempo parcial por 670 euros en un colegio y por otros 250 euros como asistente en un comedor escolar. No llega a los 1.000 euros, cifra que sí alcanza su pareja, David Manso, un licenciado en Ciencias Ambientales que trabaja en Carrefour a sus 30 años. Alejandra y David viven juntos, pero sienten que las limitaciones financieras no les permiten desarrollar un proyecto de vida. “Este año nos subieron el alquiler de 500 a 700 euros, lo que ya fulmina mi sueldo del colegio”, cuenta Alejandra antes de apostillar que “así es imposible ahorrar para comprar un piso o tener hijos por muchas ganas que se tengan”.

El sentimiento de no poder desarrollar un proyecto de vidaatraviesa de manera transversal a la juventud. Jóvenes en desempleo, mileuristas e incluso aquellos que tienen un salario más o menos digno se ven expulsados del mercado de la vivienda. Alquilar se ha convertido en una pesadilla, sobre todo en las grandes ciudades, y solo pensar en una hipoteca produce escalofríos. El sociólogo especializado en exclusión social Ángel Belzunegui, de la Universitat Rovira i Virgili, lamenta que “las condiciones de la juventud son de verdadera explotación”. Y justifica su afirmación con datos que asustan. Uno de cada cinco trabajadores está en situación de pobreza. El trabajo ya no garantiza las mínimas condiciones materiales de dignidad. “Vivimos una socialización de la pobreza”, asegura.

A la vista de estos datos, Julia Gómez, catedrática del Derecho del Trabajo por la Universidad Pompeu Fabra, destaca que “estamos creando un ejército de trabajadores pobres”. En la primera línea de ese ejército está “una mano de obra joven precaria y frustrada respecto a sus formas de vida”. En la retaguardia “una mano de obra madura que ve cómo la edad se ha convertido en un factor de discriminación”.

“Me chuparon la sangre”: Es el caso de Elisa, de 52 años, que prefiere no decir su apellido. Ahora trabaja en un supermercado, de cajera. Durante años vivió una situación de “auténtica explotación” en la cocina de un restaurante. “El contrato decía que trabajaba de cocinera, pero al final acababa gestionando todo el restaurante sin un horario fijo de salida. Se aprovechan porque saben que tienes hijos, responsabilidades y una casa. Me chuparon la sangre”, denuncia. Ahora, sin urgencias, Elisa ha optado por el supermercado. Solo gana 600 euros, pero ha recuperado tiempo libre. Elisa, no obstante, sabe que en cierto sentido es una especie de afortunada ya que ha podido renunciar al empleo y, además, conseguir uno nuevo. Los datos demuestran que cada vez es más complicado encontrar trabajo para los mayores de 50 años. Son el sector de la población que más riesgo tiene de sufrir el paro de larga duración. 845.000 personas entre 45 y 55 años llevan más de dos años parados. El reto requiere, en muchas ocasiones, que los trabajadores dejen atrás su profesión de toda la vida, dejando atrás parte de su identidad.

Fernando (55 años) fue pintor durante casi 30 años, desde los 14. Con la crisis empezaron a faltarle encargos y tuvo que buscar otras salidas. En los últimos años trabajó montando cajas de galletas o cargando camiones. Nunca más de tres meses. Pero, sin duda, el trabajo más precario que encontró fue en Cabify, donde condujo un coche en jornadas que oscilaban entre las 13 y las 16 horas al día. “Más de 400 horas mensuales para sacar 820 euros. Y encima me descontaban dinero por todas partes. Me cobraban los trayectos a mi casa y me hicieron pagar un golpe que le di al coche por quedarme dormido al volante tras una jornada de 13 horas”. Cuando echa la vista atrás, Fernando se siente aliviado por haber ahorrado durante sus años de pintor. Al menos, le ha permitido mantener a sus dos hijos estos años. “Con lo que sale ahora es imposible, tengo llamadas de trabajo de un día. Ya me dirás cómo mantienes una casa así”, sentencia.

Pablo, de 51 años, consiguió abandonar el enorme grupo de los parados de larga duración hace poco. Ahora lleva siete meses encadenando contratos con Ilunion. Trabaja como limpiador seis horas diarias y siete días a la semana. Salario, 700 euros. “Me van haciendo contratos temporales. Voy por el tercero, que me durará hasta octubre. Normalmente encadeno las firmas, aunque en julio me tuvieron colgado bastantes días para darme menos paga de verano”, cuenta. El caso, no obstante, es más grave. Pablo tiene una discapacidad, aunque prefiere no detallar en qué grado, y sabe que la empresa “se aprovecha” para obtener beneficios fiscales y pagarle menos de lo que pagaría a otro trabajador. Pero se resigna. No queda otra. “En más de dos años no me salió ninguna otra cosa”, dice.

Las bonificaciones a la contratación son, en opinión de la catedrática Julia Gómez, uno de los principales generadores de precariedad para las personas mayores. Menguan la recaudación e impiden construir y mantener un sistema digno de pensiones. Datos de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza muestran que unas 4,7 millones de pensiones (la mitad del total) soninferiores a 684 euros y por tanto se encuentran por debajo el umbral de la pobreza. Las pensiones bajas se ceban especialmente con las mujeres, cuya esperanza de vida es mayor que la de los hombres.

Ana María Gómez, de 65 años, cobra 650 euros euros de pensión. Dice que el dinero no está del todo mal porque ella vive en casa de su hija, donde cuida de su nieta y ayuda con los gastos. Sabe de sobra que no podría vivir sola con esa pensión. Los lazos familiares han salvado a mucha gente de caer en la más absoluta pobreza. “Las familias se arruinarían si tuvieran que buscar en el mercado aquello que les ofrecen los suyos”, sentencia Julia Gómez, que destaca que la pobreza y la precariedad, como el color de ojos, también se hereda: “Los críos son pobres porque los mayores son pobres. Los patrones de vulnerabilidad forman parte de nuestra herencia social y, mientras quienes mantienen a la familia tengan un bajo nivel de renta tendremos hijos que serán pobres inducidos, lo que marcará su devenir laboral, alimentando un bucle”.

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