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Un bienestar diferente -- Santiago Sánchez Torrado

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Aclaro desde el comienzo que considero equivalentes en este artículo los términos bienestar y felicidad, entendidos ambos en su sentido más integral y abarcador, sin entrar en mayores disquisiciones ni matices sobre el contenido de cada uno de ellos.

Un brevísimo y muy fragmentario recorrido histórico-filosófico en torno a los primeros rasgos del concepto de bienestar-felicidad puede ayudarnos a situarlo y comprenderlo más claramente. Para Aristóteles la felicidad consiste en la perfecta actuación de la persona según su naturaleza específica. En ella convergen los valores de lo bueno, lo virtuoso y lo feliz, que tienen un contenido ético y espiritual. La virtud es distinta del placer y del gozo, y la felicidad posee un indudable sentido moral: para Aristóteles la felicidad se alcanza indirectamente, a través de la virtud y mediante su práctica.

Según la filosofía hedonista, la suprema aspiración de la vida es el máximo placer corporal. En un lenguaje actual diríamos que se trata de la “buena vida” (tan cultivada por algunos) y no la “vida buena” –de la que tanto ha hablado y escrito Adela Cortina-, de claro contenido moral. El pensamiento epicureista proclama y defiende sobre todo la ausencia del dolor y el sosiego del alma, según el término ataraxia, y considera que la prudencia, la razón y la virtud son las fuentes del placer. Epicuro dice literalmente que “es imposible vivir una vida placentera sin vivir también con prudencia, noble y justamente; y es imposible vivir con prudencia, noble y justamente sin vivir placenteramente”. Para el estoicismo, le felicidad consiste en una vida conforme a la ley, la razón y la virtud, afirmando que es preciso soportar males y privaciones y abstenerse de los placeres que impiden o dificultan la libertad personal.
Según san Agustín, la mayor expresión de bienestar y felicidad es el conocimiento y el goce de la verdad, que para él reside en Dios. Para santo Tomás, el bien perfecto es de naturaleza intelectual, y en la filosofía escolástica la felicidad aparece como el fin último e interno natural del hombre, como un instinto y tendencia consustanciales a la naturaleza humana, que no hace nada en vano.

Tras este esquemático e incompleto recorrido, aunque creo que parcialmente significativo e iluminador, podemos contemplar el modelo de nuestra sociedad actual respecto al concepto y la vivencia del bienestar, destacando su rasgos principales en este ámbito. El más sobresaliente es, sin duda, la primacía del mercado y del dinero, de la acumulación y el enriquecimiento económico, el desigual reparto de la riqueza, la injusticia estructural de nuestra convivencia social. Es la conocida y vieja dialéctica entre el ser y el tener, acuñada y consagrada por Erich Fromm, la tiranía del poder adquisitivo sobre las cosas y sobre los demás a través de ellas. Es la práctica de la dominación y de la explotación (a muchos niveles) como “valores” supremos y con el consiguiente e inevitable cortejo del consumo exagerado e irracional y de la constante incitación a él, de la publicidad sutil y engañosa, de la corrupción generalizada… Y en el fondo de todo ello, la corrosiva implantación del tanto tienes, tanto vales como máxima inspiración y referencia de la vida social.

A este núcleo principal del modelo actual de sociedad pueden añadirse (también esquemáticamente y meramente enunciados) algunos de sus rasgos característicos, unos más bien de carácter negativo y aunque no posean el mismo rango y entidad: el desempleo, la precariedad económica y la pobreza severa, la inmigración, el predominio excesivo de los medios de comunicación y de las redes sociales, la mediocridad y trivialización de la vida personal y de la convivencia, la violencia y la crueldad, la soledad e incomunicación, la insolidaridad y el individualismo, la deshumanización, la incultura y las distintas formas de alienación…

También constatamos algunas notas esperanzadoras que caracterizan a nuestra sociedad: la facilidad de las comunicaciones, los aspectos positivos de la globalización, el ansia de una democracia realmente participativa y ciudadana, (como ha puesto de relieve el reciente movimiento del 15 M o Democracia Real Ya), la búsqueda más o menos explícita de espiritualidad -en diversas formas- y de una dimensión profunda de la existencia, la necesidad y el afán de humanización, la creatividad cultural, la solidaridad en sus distintas expresiones, el compromiso voluntario estable o puntual en favor de los demás y de una sociedad más justa, etc.

No hace falta decir que este modelo de sociedad, con sus luces y sus sombras, es claramente insatisfactorio. Existen abundantes testimonios, pruebas y documentos que confirman esta apreciación, basada en la experiencia personal y colectiva de individuos y grupos, de la sociedad en su conjunto. Cabe señalar aquí solo algunas de las consecuencias negativas de este modelo de sociedad y del concepto de bienestar que encierra. Una de ellas es la degradación de la persona, de su entidad y dinamismo, tanto en su vertiente interior y profunda como en su proyección exterior hacia los demás. Los valores de la gratuidad y de la reciprocidad, por ejemplo, se ven muy mermados por los condicionamientos y presiones que la sociedad actual ejerce sobre las personas.

La alienación en sus múltiples formas y expresiones es otra derivación de un bienestar social puramente material y reductivo, que conlleva también la trivialización del ocio y de la vida en general, la banalización de costumbres y actitudes, que contribuyen a la mediocridad ambiental. Y otra consecuencia nada despreciable de este modelo de sociedad son las deficientes condiciones del trabajo, de la vida laboral, que conducen a su progresiva deshumanización. Todo ello produce lógicamente una sana y legítima rebeldía social, de la que tenemos recientes muestras en el movimiento del 15 M y otros afines.

Aunque no se trate de autores de una estricta actualidad, quiero finalmente hacer referencia al pensamiento de Bertrand Russell y de John Stuart Mill, que pueden enriquecer nuestra reflexión sobre el tema del bienestar personal y social y abrirnos perspectivas humanizadoras de transformación cualitativa, ensanchando nuestro concepto y vivencia del bienestar.
En su obra La conquista de la felicidad (Espasa, 1978, págs. 22 y 23), el primero de ellos se atreve a delinear algunos rasgos de una plenitud o felicidad siempre buscada y nunca totalmente conseguida: tener buena salud, disponer de los medios suficientes para no sufrir privaciones, disfrutar de relaciones personales satisfactorias y gratificantes, y mantener una actividad laboral o profesional productiva.

El propio Bertrand Russell amplía, colorea y matiza esta aproximación plural al concepto de plenitud y a los elementos que la constituyen: el interés amistoso por las personas y las cosas, el sostener ideales o valores lo más amplios posible, el procurar que nuestras relaciones sean afectuosas y no hostiles… Y resume con rotundidad las que califica como “las cuatro condiciones de la felicidad” (o de aspiración a la plenitud, al bienestar integral): el amor de (y a) una persona, el desprendimiento de toda ambición, la creatividad y la vida aire libre.

En su Autobiografía (Alianza, 1986, págs. 16 y 17), John Stuart Mill expresa magistralmente su concepto moral de la felicidad y del bienestar, que consiste básicamente en el acuerdo con nosotros mismos, en la coincidencia entre lo que proyectamos y lo que hacemos, lo que pretendemos ser y lo que somos en realidad: “La felicidad es la prueba de todas las reglas de conducta y el fin que se persigue en la vida. Pero ahora pienso que este fin solo puede lograrse no haciendo de él la meta directa.

Solo son felices quienes tienen la mente fijada en algún objeto que no sea su propia felicidad: la felicidad de otros, la mejora de la humanidad o, incluso, algún arte o proyecto que no se persiga como un medio, sino como una meta en sí misma ideal. Así, apuntando hacia otra cosa, encuentran incidentalmente la felicidad. Las satisfacciones de la vida son suficientes para hacer de ella algo placentero cuando se toman de pasada, sin hacer de ellas el objeto principal. En el momento en que les damos la máxima importancia percibimos inmediatamente que son insuficientes. No podrán sostenerse si los sometemos a un examen riguroso.

Preguntaos si sois felices y dejaréis de serlo. La única opción es considerar no la felicidad, sino algún otro fin externo a ella, como propósito de nuestra vida. Dejad que vuestras reflexiones, vuestro escrutinio y vuestra introspección se agoten en eso… Esta teoría se convirtió en el fundamento de mi filosofía de la vida”.

Como podemos ver, los rasgos apuntados por ambos filósofos –exponentes cualificados de un idealismo humanista no exento de sabio pragmatismo- apenas coinciden con las características de nuestra sociedad actual y su modelo de bienestar, que he señalado en la primera parte del artículo. Pero nos abren a una perspectiva dialéctica enriquecedora, a un contrapeso indispensable que equilibra y otorga densidad al conjunto de la sociedad.

Existen, pues, complementos y contrapuntos alternativos a un modelo de sociedad y de bienestar más bien estrecho, cerrado y rígido como es el nuestro, a esa búsqueda obsesiva de “felicidad” puramente material e individualista. Es posible y viable otro bienestar social. Hay un camino abierto para un compromiso de humanización y de transformación en sus dimensiones estructural y personal. Se trata de un trabajo cívico y militante, también para los creyentes, voluntario, desinteresado y colectivo, en el horizonte de una utopía que dinamiza la historia.

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