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Un año sacerdotal -- José Carlos

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Disculpen ustedes si durante el último mes he estado ausente de este blog. Un viaje por Uganda de varias semanas me ha mantenido alejado de ordenadores y conexiones a Internet. Mi mujer (ugandesa) y yo, acompañados de nuestro hijo de un año, aprovechamos nuestra visita para casarnos por la Iglesia en una ceremonia que intentamos fuera lo más sencilla posible.

Después de haber trabajado en este país africano durante 20 años, no me sorprendí mucho cuando muchos de mis amigos y antiguos feligreses me felicitaban con el consabido «enhorabuena, padre Carlos… perdón, señor Carlos».

Al hilo de este importante acontecimiento personal en mi vida, quisiera comentar un par de cosas sobre unas recientes declaraciones del Cardenal Bertone, quien acaba de decir que «el año sacerdotal se dirige también a los que han abandonado el ministerio». Por lo que a mí me toca, es un consuelo saber que desde las más altas instancias de la Iglesia no se nos olvida.

Somos miles los sacerdotes que un día tomamos no la decisión de abandonar el ministerio, sino de casarnos, y que al querer regularizar nuestra situación para participar de la vida sacramental de la Iglesia no tuvimos más remedio que dejar de ejercer nuestro sacerdocio, algo que si hubiera sido cuestión de elección no habríamos hecho. Yo, personalmente, pedí la secu-larización (el año pasado) por amor a una mujer, no porque tuviera nada en contra de la Iglesia ni del ministerio sacerdotal, que ejercí durante 22 felicísimos años, la mayor parte de los cuales pasados en el África más pobre.

Reconociendo que hay muchos y muy distintos casos, no se puede negar que muchos de nosotros, si se nos permitiera seguir sirviendo a la Iglesia como ministros ordenados, lo haríamos de todo corazón.

Nuestra reciente visita a Uganda así me lo ha reafirmado. En dos ocasiones mi familia y yo estuvimos durante varios días en aldeas remotas del Norte del país donde no había cura en la parroquia y la gente llevaba varias semanas sin tener la Eucaristía. Ni que decir tiene que si me lo hubieran permitido con mucho gusto habría celebrado la misa durante los días en que estuve allí, como lo mismo habría hecho de vuelta en Madrid para ayudar al cura de nuestra parroquia que no daba abasto al haberse quedado solo.

Y en ambos casos ni siquiera habría pensado en una remuneración ni nada parecido. En muchas ocasiones pienso que es un contrasentido que en la Iglesia nos quejemos de la falta de vocaciones y escasez de clero, cuando somos muchos los sacerdotes casados que, si se nos permitiera, estaríamos en-cantados de seguir sirviendo al pueblo de Dios con nuestro ministerio. No hace falta ahondar en lo que tantas veces hemos oído: que durante muchos siglos en la Iglesia el celibato no fue obligatorio, y que hoy la Iglesia

Católica de rito oriental mantiene el celibato como un estado de vida opcional para su clero. Y que son muchos los sacerdotes católicos prove-nientes de la Comunión Anglicana que mantienen su vida familiar.

La misma visita me ha hecho aflorar también algunos sentimientos que inevita-blemente un sacerdote secularizado siente en muchos momentos de su vida. Aunque me imagino que en esto, como en todo en la vida, las cosas dependen de la actitud que uno tome, y sabiendo que la mayor parte de las personas con las que uno se relacionó durante sus años de sacerdote siguen teniendo contigo una relación cordial y de sincera amistad (mi antigua congregación, los misioneros combonianos, siempre se han portado exquisitamente bien con nosotros), tampoco se puede negar que en bastantes ocasiones uno se encuentra con situaciones poco agradables, y no por elección propia.

Mi mujer y yo, a pesar de tener todos los documentos en regla, sin traspasar ni un milímetro los límites canónicos, no pudimos casarnos en la parroquia de ella –como hubiera sido nuestro deseo- porque al final el obispo del lugar insistió en que «habría que dar antes una catequesis adecuada a la gente para que no se confundiera».

Ni que decir tiene que por nosotros no había ningún inconveniente, pero al final esta salida de pata de banco se convirtió en un obstáculo insalvable que nos hizo cambiarlo todo a última hora y hacerlo en la capilla de la casa de una diócesis en Kampala donde otro comprensivo obispo nos permitió celebrar nuestro matrimonio a 500 kilómetros del pueblo de mi mujer. Esto nos obligó a organizar el transporte para mi suegra, varios de mis cuñados y cuñadas con sus respectivas proles.

Esto fue solo un pequeño aviso de lo que a bastantes veces puede aguardar al hombre que ha abandonado el ministerio por querer casarse. Te «aconsejan» que no vivas en el territorio de la parroquia donde anterior-mente ejerciste tu sacerdocio, e incluso que no aparezcas por allí para evitar supuestos escándalos. Además, no es raro que conseguir un empleo en una institución de Iglesia (para muchos de nosotros, la primera elección a la hora de buscar un trabajo) se convierta en una carrera de obstáculos, ni que en instituciones de enseñanza eclesiales te esté vedado el poder ejercer la docencia, ni que en muchos ambientes de Iglesia se te mire con una cierta sospecha.

Por esto celebro que según el cardenal Bertone el año sacerdotal tenga un recuerdo, aunque sea modesto, para nosotros lo curas seculari-zados. Siendo realistas, no digo que tenga que ser una ocasión para reabrir el debate sobre el celibato opcional en la Iglesia (aunque tampoco estaría mal que se hiciera algún día con seriedad) pero por lo menos es de desear que se mire a los que hemos pasado a esta «reserva» en medio de elecciones que para muchos de nosotros no han sido nada fáciles. Muchos de nosotros estaríamos encantados de pasar otra vez al ministerio activo, sobre todo para echar una mano en lugares donde los cristianos tienen más hambre de la palabra de Dios y los sacramentos.

José Carlos fue misionero durante décadas en el norte de Uganda

http://blogs.periodistadigital.com/enclavedeafrica.php/2009/09/01/un-ano-sacerdotal-tambien-para-nosotros-

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