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Un acuerdo ambiguo entre Israel y Palestina -- Saim Naïr, profesor invitado de la Universidad Carlos III de Madrid

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El País

Palestina.jpgEs imposible valorar ahora el alcance de la declaración de Annapolis, al igual que es imposible hablar seriamente del contenido de los acuerdos pactados entre Israel y Palestina. Lo importante -y es una victoria de los palestinos-, es que se ha hablado, en presencia de 44 países, de la creación de un Estado palestino y que el propio Olmert dijo que las negociaciones se deben desarrollar a partir del reconocimiento de la idea de «dos Estados para dos pueblos». Olmert añadió: «Un Estado pacífico, viable, fuerte, democrático y libre… para el pueblo palestino».
Es una evolución notable de la retórica israelí, tras la destrucción de los acuerdos de Oslo y del debilitamiento infligido a la Autoridad Palestina tanto por Barak como por Sharon.

¿Significa una verdadera transformación de la situación? ¿Qué consigue Israel en cambio? Para contestar a estas dos cuestiones, hay que analizar el asunto desde una perspectiva global, sobre todo fijándose en la estrategia de Estados Unidos.

Primero, un recuerdo: Israel no quería esta reunión; le fue impuesta por Estados Unidos.Abbas, por su parte, necesitaba un gesto, pues su legitimidad está destrozada en Palestina y él aparece no solamente como débil, sino como el «hombre de los americanos».

Segundo: Bush está ahogado en Irak, pero pretende quedarse ahí para siempre. Y sobre todo tiene un problema grave: bajo su imperio, Irán se ha convertido en la principal potencia musulmana en la región. E Irán se está armando.

Bush no puede hacer nada mientras la cuestión de Palestina no sea examinada seriamente. No puede intervenir contra Irán -y si lo hace corre el riesgo de hundir la región en un caos más devastador que el que ha provocado la invasión de Irak-. En cambio, un esbozo de solución en Palestina y una negociación con Siria (tanto directamente con Israel como con Estados Unidos) pueden despejar el terreno y preparar una inversión de alianzas amenazante para Irán. Es un cálculo un poco ligero, pero nada extraña de parte de Bush y su equipo.

Tercero: Bush ha aceptado una exigencia muy radical por parte de Israel: el carácter judío del Estado israelí. Dicho con los términos de Olmert: «Un Estado de Israel judío, democrático, viviendo en seguridad… como hogar nacional del pueblo judío». Israel será así el único Estado definido sobre una base religiosa; para ser israelí, hay que ser judío.

Es evidente que Israel tiene todo el derecho a definirse como un Estado religioso. Pero todo el mundo entiende que de lo que se trata es de evitar que los refugiados palestinos (entre cuatro y seis millones de personas) puedan regresar a Israel -lo que, de hecho, sería insoportable para el Estado israelí-. Esta exigencia es todo un programa.

¿Cuál será el estatuto en Israel de los no-judíos; por ejemplo, los palestinos con nacionalidad israelí desde 1948? ¿No van a ser considerados ciudadanos de pleno derecho por no ser judíos? ¿Cuál es el porvenir de la población árabe de Israel? ¿Se prevé unos desplazamientos de poblaciones?

Además, ¿»Estado judío» significa que va a seguir practicándose el derecho de todos y cada uno de los judíos del mundo a instalarse en Israel cuando así lo deseen, mientras que los refugiados palestinos no podrán reivindicar, por no ser judíos, el retorno a los hogares y las tierras que fueron suyas y que hoy están dentro de Israel?

Esta cuestión es fundamental porque va a condicionar tanto las negociaciones sobre las fronteras de Israel como sobre Jerusalén. Si se define el Estado de Israel a partir de las fronteras de 1967, posición que era hasta la fecha la de todo el mundo (salvo Israel), el tema de Jerusalén se soluciona con un acuerdo político. En cambio, si se define a lsrael a partir de la religión, Jerusalén se vuelve indiscutible, y, aún más, los asentamientos en los territorios ocupados en 1967 adquieren una supuesta legitimidad, pues los colonos están en las «sagradas» tierras bíblicas.

Cuarto: el acuerdo, aparentemente, no hace ninguna referencia a la resolución 242 de la ONU (que obliga a Israel a volver a las fronteras de 1967), base de toda negociación internacional sobre el asunto. Es una victoria de Israel. Pero ¿quién va a aceptar este hecho consumado?

Hay que subrayar que Annapolis se presenta como un acuerdo entre Olmert, Abbas y Bush, pero no sabemos lo que opinan los otros Estados participantes en la reunión, y, además, la ONU está totalmente fuera del juego.

Quinto: en Palestina, el partido mayoritario, o sea Hamás, está en contra de este acuerdo. Lo que significa que allí se puede desarrollar una guerra civil.

En resumidas cuentas, el acuerdo de Annapolis es muy ambiguo y no abre claramente el camino hacia la paz. Lo más trágico sería que sólo fuera una pantalla de humo para preparar una guerra en otra parte. Contra Irán, por ejemplo.

Estas cuestiones no deben, sin embargo, ocultar que el mero hecho de reunir a todos los responsables árabes con Israel ha supuesto un avance. Es el aspecto más positivo de este encuentro. Pero, desgraciadamente, la paz, la verdadera paz, no llegará mañana.

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