Trabajos presentados al Premio Redes Cristianas-12

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«Soñar en cristiano»

Gabriel María Otalora

Atreverse a soñar en medio de la actual crisis eclesial se relaciona bien con la virtud teologal de la esperanza, tan unida a la justicia y a la misericordia. Pero necesita un espacio temporal para soñar realidades concretas. Si tomamos como referencia los tiempos del Concilio Vaticano II, vemos la gran diferencia entre la propuesta eclesial antes y después del concilio. Juan XXIII parecía un Papa de transición; nadie esperaba que se atreviera a soñar con los pies en el suelo cuando propuso un nuevo modelo de Iglesia llegando a convertirse en la persona más importante de la Iglesia del siglo XX.
Mediante su impulso conciliar logró un catolicismo más cercano al mundo moderno que respondiera a los cambios sociales, y más cercano también a otras confesiones cristianas. No menos importante fue la visión de una Iglesia renovada pastoralmente y enfocada a la dignidad humana desde la opción por los pobres. Antes del Concilio primaba una visión espiritualista que dificultaba a los católicos centrarse en el prójimo con la exigencia que pide el Evangelio.
En definitiva, Juan XXIII y Pablo VI trataron de orientar a la Iglesia hacia una espiritualidad encarnada cuyo compromiso solidario estuviera impregnado de actitudes de amor concreto, dentro y fuera de la Iglesia. Porque fue Pablo VI quien se percató de que la Iglesia había perdido la sinodalidad de los primeros cristianos. El creó la Secretaría para el Sínodo de los Obispos (1965). Avanzamos muy lentamente a pesar del impulso de Francisco (“la Iglesia es sinodal o no es Iglesia”) que ya continúa con León XIV hacia el encuentro entre el laicado, religiosos y obispos en diálogo fraterno para discernir el camino del Espíritu Santo.
En este camino de atrevernos a soñar juntos, lo social y lo espiritual deben ir de la mano como corresponde los seguidores de Jesús. Nuestra actitud, por tanto, debe impregnarse de un fuerte contenido solidario y con el amor por bandera. Ambas cosas en el día a día, dado que la transformación del mundo comienza en el corazón y en lo cotidiano… de una determinada manera: si no pongo amor, nada soy (1 Cor 13). Esta es la clave. Parece obvio, pero significa que rezar no basta, ni tampoco “hacer y hacer” sin la necesaria humanidad compasiva con la que actuaba Jesús. La manera de hacernos presentes determina la calidad con la que evangelizamos. Ningún sueño se convierte en realidad con poco esfuerzo y sin perseverancia; necesitamos caminar con determinación moldeando las actitudes hasta convertirlas en conductas, iluminados por la oración.
Sueño con no descuidar la verdadera oración, la que comienza con la escucha y transforma al orante, no a Dios. Sueño con la cercanía del corazón en forma de sonrisa que nos convierte en personas compasivas; da igual si el prójimo es persona amiga o extraña, a la manera del buen samaritano. Cada dificultad debe ser vivida como una oportunidad de amar desde nuestra experiencia de fe.
El sueño del Papa Francisco nació del convencimiento de que el Señor pedía un cambio de Iglesia. Pero la institución eclesial cambiará solo si cambiamos individualmente para ser una comunidad que ofrece esperanza. El activismo y el clericalismo -tanto el de curas como en el de laicos y laicas- pueden ser muy piadosos y de buenas obras, pero duros de corazón y causantes de desafección, no solo a la Iglesia, sino al Evangelio. La ética es de mínimos de justicia; por tanto, es exigible. Pero el Evangelio es un plus, que no podemos exigir -como tantas veces en la historia- sino ofrecer como Buena Noticia.
Quizá el camino de Juan XXIII hoy sería a la inversa, en el sentido de introducir más espiritualidad radical (amor) en la cultura materialista actual. Si todas las heridas pueden ser consoladas por el amor de Dios, el acento está en la actitud de nuestras conductas, en amar y servir; no solo en servir, sino en hacerlo amando. Sueño con una Iglesia más cercana ¡primeramente entre nosotros! que acompaña, escucha con paciencia y sana con hechos y con denuncia profética contra el pecado estructural. Sueño que se repita, gracias a nuestra actitud renovada, el asombro de Tertuliano cuando exclamó “Mirad como se aman”, admirado ante la actitud ejemplar de la comunidad cristiana (s. II-III). Estamos en un tiempo de esperanza ante el revulsivo de la sinodalidad al que León XIV se refirió desde la balconada vaticana en sus primeras palabras, recién elegido Papa. Es algo novedoso y a la vez muy antiguo que viene desde las primeras comunidades (Hechos de los Apóstoles). Todo un gran sueño de vivencia cristiana que la Iglesia del siglo XXI tiene por delante…Vivir y relacionarnos con actitud de mano tendida, desde el corazón compasivo y misericordioso.
Sínodo significa comunidad, el “nosotros eclesial” guiados por la fuerza del Espíritu para evangelizar. Esta dimensión comunitaria en la que todos participan en aquello que afecta a todos se perdió hasta el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium). Ahí se concretó el sueño de Juan XXIII al presentar una Iglesia Pueblo de Dios mucho más importante que la institución eclesial. Y Francisco retomó la sinodalidad como el estilo para la Iglesia del tercer milenio con el mantra: “Iglesia: comunión, participación y misión”. Nos hizo soñar con la participación de este proceso en las Iglesias locales, diocesanas, estatales y continentales.
León XIV ha recordado que, a estas alturas, la esencia de la sinodalidad no es producir documentos doctrinales, sino hacer que germinen sueños, profecías y esperanzas que nos ayuden a tejer relaciones fraternas, a curar heridas, a aprender unos de otros con diálogo verdadero creando un imaginario positivo que enardezca el corazón. Por tanto, es necesario tomarnos en serio este caminar juntos a la escucha entre diferentes.
La primera conclusión es que este sueño está en marcha, aunque marcado por el rechazo y el escepticismo que supone esta conversión eclesial, primero de los corazones y las actitudes para que la reforma de las estructuras de la Iglesia sea eficaz en términos de evangelización. La “pirámide invertida” a la que se refería el Papa Francisco, significa que los que mandan, sirven: es decir, que su liderazgo es de servicio, con el lavatorio de los pies como signo de autoridad y no de poder. Pero costará superar el encallecimiento del activismo, el clericalismo y elitismo jerárquico espiritual.
La segunda conclusión es que requiere de nuestra parte a una predisposición hacia la comunión eclesial verdadera donde los carismas laicales tengan su justificación más allá de la falta de clérigos. Esto significa también que el laicado abandone la pasividad y las seguridades espirituales, sin olvidar la realidad de las mujeres en la Iglesia que gracias a “la lógica bautismal» (Cristina Inogés) les iguala a los varones en derechos y deberes. Yo sueño con un cambio en la corresponsabilidad que se mantiene desigual por razones de sexo; una asignatura pendiente viendo la actitud que Jesús tuvo con las mujeres. No olvidemos que por una mujer nació el Salvador, y mujeres fueron las primeras personas apóstoles (enviadas) de la Resurrección, tal como narran los cuatro evangelistas.
La tercera conclusión nos lleva a una dinámica diferente, comenzando por la vivencia de las Eucaristías, alejadas de una “celebración comunitaria” en verdadera común unión donde la liturgia no es un fin, aunque a veces el rito es más importante que revivir el amor fraterno como alimento de vida. Es la oración que el Maestro pidió que sea comunitaria, pero mantiene un formato individualista donde lo celebrativo ha dado paso a lo solemne. Una dinámica diferente con nuestro sueño en marcha, siempre en marcha, para renovar también las instituciones eclesiales, con especial atención al modelo de Estado Vaticano, incompatibles con las enseñanzas de Jesús a sus primeros discípulos. En realidad, toca soñar la evangelización interna en todos los ámbitos: catequesis, liturgia, pastoral, juventud, Derecho Canónico, seminarios, enfoque compasivo de las obras sociales… Llegados a este punto, sueño que todos los fieles tengamos el derecho y el deber de manifestar a los pastores la opinión sobre lo que entendemos es el bien mejor de la Iglesia. Que se implante la subsidiaridad para que todas las decisiones eclesiales no dependan necesariamente de lo que diga el Vaticano. Y que llegue también a las conferencias episcopales, consejos diocesanos, unidades pastorales y parroquias.
No quiero olvidarme de un aspecto esencial de la sinodalidad poco claro a nivel de feligresía, el llamado sensus fidei o sentido de la fe de los fieles. Se trata de una dinámica espiritual orientada a activar la participación de todos los sujetos eclesiales que se halla presente en la conciencia eclesial “desde siempre”, asimilada por la tradición teológica y tema central en la enseñanza del Vaticano II (Lumen Gentium).
No puede haber discernimiento ni toma de decisiones en la Iglesia sin procesos previos de consulta y escucha a todos los fieles como algo esencial en la Iglesia. La fuerza del proceso sinodal está en la reciprocidad entre la consulta y el discernimiento; es el principio que lleva al desarrollo fecundo de la sinodalidad. Es desde la importancia a la que vengo refiriéndome en estos sueños míos eclesiales de conjugar sana espiritualidad con actividad compasiva (María y Marta), que anhelo nos creamos de verdad la mediación del Espíritu a la comunidad aun sabiendo que puede ser dificultosa de llevar a la práctica. A la escucha con intercambios a todos los niveles desde la diversidad de dones.
Esto nos aboca a un proceso de discernimiento y toma de decisiones personales y comunitarias, ligado a la misión pastoral de la Iglesia. Si escuchamos la voz del Espíritu como Pueblo de Dios, nos abrimos a que surja el sensus fidei sinodal en una Iglesia en permanente salida, que es lo que somos desde que Abraham salió de su tierra.
Quiero terminar mi soñar en cristiano inspirado en unas palabras de Dolores Aleixandre a modo de corolario. Ella se refiere al tránsito de la vida a la muerte (Las puertas de la tarde), pero entiendo que encajan perfectamente en la esperanza de una Iglesia renovada, sinodal, hoy y aquí:
Abríos a la llegada del Dios sorprendente que guarda el buen vino para lo último. Optar por situarse en esa perspectiva supone un cierto ´descaro teologal´, de la decisión de llevar la fe, la esperanza y el amor hasta sus últimas consecuencias, dando crédito a la promesa evangélica de vida en abundancia. No es algo que podamos conseguir a fuerza de empeño, sino una tarea emprendida con “determinación determinada”, a sabiendas de que lo que se consiga se recibirá como un don gratuito. Tampoco será una actitud en la que nos encontremos de repente, sino al estilo cristiano de ir haciendo el tránsito de un paisaje vital a otro.