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Trabajando por la paz desde la Universidad -- José Ellacuría

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ellacu.jpegAunque este artículo se centra en la figura de Ignacio Ellacuría, no hay que olvidar que con él fueron asesinados otros cinco jesuitas y dos colaboradoras en la madrugada de aquel 16 de noviembre de 1989. Todos eran conscientes del peligro que corrían y decidieron quedarse con el pueblo.

En los años 1960-1970, El Salvador (Centroamérica) se encontraba en estado de ebullición, con asesinatos de gente indefensa organizados por los paramilitares, con una pobreza creciente y con movimientos sindicales que protestaban porque la reforma agraria no acababa de llegar. Y de aquí nace el punto de partida y el motor de reflexión-acción de Ignacio: La experiencia del sufrimiento y de la opresión de las grandes mayorías populares del país, por un lado. Él la llamaba inhumana pobreza y se le removieron las entrañas al ver a todo un pueblo postrado, oprimido, engañado, burlado. Por otra parte, veía la buena nueva de Jesús para que los hombres y mujeres tengan vida y la tengan en abundancia.Y su conclusión fue que las destinatarias principales de su trabajo deberían ser las inmensas mayorías del mundo a las que la vida les resulta casi imposible; para las que el mero sobrevivir es la cuestión fundamental.

Desde esta perspectiva Ignacio reflexionaba, actuaba y meditaba; por eso su filosofía-teología y la vida no quedaban separadas. Su reflexión teológica tenía carne en las mayorías populares; y las mayorías populares tenían un compañero de reflexión y de orientación. Ellacuría ayudó a construir una teología que partiera del presente histórico del país y del continente americano, en los que vivía.

Un día, Ignacio, hablando con Zubiri sobre su filosofía esencial, le decía que su pensamiento seguía a Heidegger -Filosofía pura-; que si no le parecía mejor enfocarlo en su dimensión socio-política. Ignacio ya había escrito un libro importante, que no llegó a ver publicado en vida: ‘Filosofía de la realidad histórica’. La filosofía, dice, debe interpretar los signos que nos permiten entender lo que ocurre e influir en los acontecimientos para hacer que la historia vaya no hacia una catástrofe, sino hacia una utopía en términos civiles, hacia el Reino de Dios en términos teológicos.

Entre los dos, discutieron sobre la inteligencia sentiente, es decir, el discurrir y el sentir la realidad, dos elementos de un único acto, el conocer la realidad para no pararse en ella (puro intelectualismo), sino para sentirla y mejorarla, y lo plasmaron en estas tres frases que se han hecho célebres:

Hacerse cargo de la realidad = Dimensión noética.

Cargar con la realidad = Dimensión ética.

Encargarse de la realidad = Dimensión práctica.

Hacerse cargo de la realidad: Supone el abrirse a la realidad; darse cuenta de lo que pasa y de sus causas. Objetividad para acercarse a esa realidad, captarla, analizarla tal como es en toda su complejidad, descubriendo sus estructuras de dominación e injusticia. Supone un estar en la realidad de las cosas no de un modo pasivo, sino con implicación en un esfuerzo activo.

Cargar con la realidad: Es un mensaje ético; yo también soy responsable de lo que pasa.

Encargarse de la realidad: Es el carácter práctico; sólo comprendo la realidad cuando me hago cargo de un hacer real. Profecía para denunciar los males existentes en la realidad y no acomodarse a ella de modo conformista. Utopía para proponer aquello a lo que apunta la causa de los males de la sociedad y el horizonte de justicia que se vislumbra.

El fin de la filosofía no es sólo avanzar en el conocimiento -aunque esto sea bueno y necesario-, sino en encargarse de la manera más adecuada posible de la realidad. Y todo esto hecho universitariamente.

Ignacio insistió desde los años 70 en que una universidad está al servicio de la sociedad, y no cerrada sobre sí misma. Por tanto, el fin último de la universidad no deben ser los estudiantes universitarios sino la realidad nacional. En el caso de El Salvador la realidad nacional primaria era la pobreza de la mayoría del pueblo, debida a la justicia institucionalizada. De ahí que los estudiantes deben ser formados-preparados para conocer, cargar y encargarse de la realidad. En una universidad se estudian las ciencias de la naturaleza, las ciencias del hombre, carreras técnicas y artísticas, entre otras. Todas esas carreras están al servicio de la sociedad, para ayudarle a conocer mejor su realidad bajo prismas analíticos, constructivos, artísticos y de toda índole.

Esto lo señaló el Padre General de los Jesuitas, Peter Hans Kolvenbach, cuando decía: «Ni en teoría ni en la práctica podemos decir que una universidad no puede tener como preferencia a los más débiles; lo ha hecho la UCA siendo excelente en formación intelectual y, a la vez, poniendo todos sus recursos a favor de los pobres en sentido amplio».

La UCA adoptó una relación con la realidad social y política que da qué pensar hoy a universidades, centros educativos e instituciones sociales en general. ¿Al servicio de quién están? ¿Para qué existen? ¿Hacia dónde pretenden dirigirse? Cuántas facultades están completamente desconectadas de la realidad humana de sus alumnos y de los miembros de su sociedad. Cuántas escuelas y centros culturales se olvidan de los problemas fundamentales de los hombres al servicio de los cuales supuestamente están.

Ignacio insistía en que el servicio de la Universidad a la sociedad debía ser «universitario».

En una ocasión, los universitarios hicieron una huelga en contra del Gobierno y se alojaron en el salón de actos de la Universidad. Enterado Ignacio, se fue donde ellos, mandó que se callaran y les dijo: «Otros tendrán otros medios para resolver los problemas de la sociedad, pero el nuestro es hacerlo universitariamente. Es decir, a base de estudios científicos sobre la realidad nacional y los medios mejores para resolverlos. El quemar contenedores, destruir propiedades, pintadas e insultos no son medios universitarios».

Hacerlo universitariamente no es apoyar una tendencia política frente a otras, sino «invitar a diferentes partes de la sociedad a construir el país».

A él no le gustaba ver cómo ciertas universidades, pretendiendo acercarse a la problemática política de su país, se convertían casi en locales de partido, perdían la seriedad en los estudios, en los exámenes, y se dedicaban a organizar manifestaciones, conferencias contestatarias, panfletos populares. Ignacio era académico hasta la médula y no soportaba nada de eso. La Universidad tenía que servir a la sociedad en cuanto universidad, y no en cuanto sindicato, partido o grupo popular. Lo mismo habría dicho de una escuela, de un centro cultural o de un sindicato, si él hubiera trabajado en ellos.

Cada institución debe preguntarse qué pretende, a quién quiere servir, y debe hacerlo según el tipo de institución que es, y no según otra cosa. La Universidad universitariamente, la parroquia parroquialmente, el partido partidariamente, la escuela escolarmente.

Hay que reconocer que la Universidad que dejó Ignacio a su muerte es un modelo de centro universitario serio, tanto en lo académico como en la investigación al servicio de un país y de un continente en ebullición socio-política. Ese modo de ser universidad, ese modo de ser institución cultural, puede muy bien ser adoptado en nuestros días, no sólo en América Latina, sino también en otros continentes. ¿Seremos capaces de dejarnos interpelar por el legado de Ignacio Ellacuría?

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