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Todo un galimatías -- Jesús Peláez

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En la fiesta del Corpus Christi
“Hay tres jueves en el año
que relucen más que el sol:
Jueves Santo, Corpus Christi
y el día de la Ascensión”.
Así reza un refrán tradicional. Curiosamente dos de estos jueves rememoran la última cena: el primero, directamente, y el segundo, centrado en la Eucaristía.

En este segundo jueves del refrán se celebra la procesión del Corpus con la custodia que contiene una hostia consagrada, procesión hoy suprimida o limitada al interior de las iglesias por la pandemia. La Iglesia española ha pasado esta celebración del jueves al domingo en la mayor parte de las comunidades autónomas, por no ser festivo en la mayoría de ellas el día del Corpus.

La fiesta del Corpus Christi comenzó a promoverla la religiosa Juliana de Cornillon en 1208; la difundió Sto. Tomás de Aquino, autor del poema Pange Lingua; la instituyó como fiesta el Papa Urbano IV en 1264 y le dio el espaldarazo definitivo Nicolás V, al salir procesionalmente con la Hostia por las calles de Roma.

Esta procesión del Corpus Christi, viene descrita hoy (05-06-21) con todo cúmulo de detalles por Carmelo Casaño en el Diario Córdoba con estas palabras:
“Mujeres tocadas con velo, exhibiendo grandes escapularios que, vela en mano, no paraban de corear cantos eucarísticos; hombres con cirios colocados sobre una especie de bastón; niños y niñas con los atuendos que habían lucido en su primera comunión; representantes de las cofradías portando banderas y estandartes; alumnos de los colegios regentados por religiosos; todas las parroquias con su cruz alzada; miembros de la Adoración Nocturna; frailes y clérigos de las numerosas observancias que tenían convento o colegiata en la ciudad; largas filas de seminaristas con beca azul sobre la sotana y un gesto de recogimiento meditativo, que parecía algo teatral. Inmediatamente, entre nubes de incienso, aparecía la artística custodia de Arfe, una inverosímil torre de filigrana con campanitas,

Además de los fieles abundantes, la procesión contaba con tres presidencias: la eclesiástica, encabezada por el obispo, rodeado de canónigos, con atavíos de riguroso pontifical; la militar por el gobernador de la plaza, sus ayudantes y los oficiales francos de servicio uniformados de gala; y la civil por el gobernador, también jefe provincial del Movimiento, flanqueado por el alcalde y el presidente de la Diputación, con ediles y diputados antecedidos por cuatro maceros con medias blancas y dalmáticas de terciopelo granate…”.

De niños, en la catequesis se nos decía que “Jesús en persona” paseaba ese día por las calles, por cierto con balcones y ventanas adornados de flores y mantones de manila, y con el suelo cubierto de juncia, lentisco, romero, tomillo y otras hierbas aromáticas. Al hacer la primera comunión, el sacerdote nos advertía de que, al recibir la hostia, Jesús entraba en nosotros, cuestión difícil de entender para un niño.

El sacerdote de mi pueblo me enseñó lo que dice el catecismo: “Que el pan y el vino, mediante la palabras de consagración del sacerdote, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, de modo que Cristo resucitado se hace presente en persona bajo la forma de pan y vino. Así, la sustancia del pan y del vino es transformada por el poder del Espíritu Santo en la substancia del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.

Pero, al mismo tiempo, los “accidentes” o apariencia de pan y vino, se mantienen. De modo que lo que parece ser en todos los aspectos, pan y vino (a nivel de “accidentes” o atributos físicos, es decir, lo que puede ser visto, tocado, saboreado o medido), de hecho es ahora el Cuerpo y la Sangre de Cristo (a nivel de “substancia” o de la realidad más profunda). A esta mutación se le llamó “transubstanciación”.

Esta forma de entender la eucaristía comenzó en la Iglesia de modo uniforme hacia el s. X y se consolidó con el Concilio de Trento (s. XVI), que afirmó “la presencia real, verdadera y sustancial de Jesús en el pan y el vino eucarístico”. Y así se ha entendido hasta nuestros días basándose en una interpretación literal de las palabras de Jesús en la Última Cena según los evangelios sinópticos y Pablo, aunque con diferentes matices por parte de cada uno de ellos:
«Tomad y comed, esto es mi cuerpo…
Tomad y bebed, esta es mi sangre».

Entendidas al pie de la letra estas palabras e interpretadas a la luz del fenómeno de la “transubstanciación”, lo sucedido con el pan y el vino se presenta como un verdadero galimatías que desafía las leyes de la física a los ojos del pensamiento moderno. Que una frase pronunciada sobre un pedazo de pan o una copa de vino pueda convertir a este en un cuerpo humano –aunque no lo parezca- es una figura literaria propia de cuentos infantiles o de relatos mágicos. Claro que la Iglesia afirma que ese cambio no es obra de magia, sino de la intervención de Dios, y que esta intervención tiene lugar de manera infalible siempre que el sacerdote ordenado para ello (por cierto, siempre hombre, nunca mujer) pronuncie las palabras de la consagración. Se trata de un dogma que hay que creer a pie juntillas.

¿Se puede concluir esto de las palabas de Jesús sobre el pan y la copa en la Última Cena? podemos preguntarnos. Personalmente creo que esta interpretación tradicional parece estar muy lejos del significado originario y filológico de las palabras de Jesús aquella tarde, como veremos en el próximo comentario, con el que finalizará por ahora este ciclo de comentarios a los evangelios, que he titulado “Creo, pero no como antes”.

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