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Testimonios desde Ruanda

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Umoya

En marzo de 2007 decíamos en este mismo boletín: El régimen ruandés se presenta ante el mundo como un lugar casi paradisíaco después de la tragedia del genocidio. La estabilidad, el desarrollo, la paz y la reconciliación son la hermosa imagen con la que se presenta a los turistas o visitantes superficiales.

La realidad es otra. Las cárceles están llenas a rebosar, los tribunales populares “gacaca” reparten la “injusta justicia” a golpe de miedo y de testigos falsos. En este país centroafricano, con un estado policial, la discrepancia desaparece y queda sustituida por la cárcel, el silencio y el miedo o el exilio.

Casi tres años después esta realidad sigue vigente; las 3 cartas recientemente recibidas lo confirman:

“… Aquí seguimos más o menos bien, los niños tiene salud pero yo sigo con una hipertensión que no consigo controlar. Sigo cultivando casi todo lo que necesitamos para poder comer toda la familia ya que la situación está muy difícil.

Quiero contarte que he pasado un mes en la cárcel; ya sabes cómo llevan tiempo amenazándome y acusándome de hechos falsos y cómo tuve que pasar por ser juzgada en un tribunal popular que llaman gacaca. Han tenido que liberarme porque las acusaciones eran tan grandes e irreales que no se sostenían, pero me han puesto una grandísima multa, imposible de pagarla.

He tenido que vender varios terrenos que tenía, tal vez quieran también mi casa, una buena casa que, junto con mi marido antes del 94, construimos para toda la gran familia que somos. Me han dicho que todo lo que tengo lo sacarán a subasta el mes de enero si no pago la multa. Puedes entender mi hipertensión, la realidad es que una gran mayoría vivimos atemorizados. Hace falta haber vivido aquí para comprender cómo intentan someternos, humillarnos, desesperarnos, eliminarnos…, porque ya sabemos la imagen que da mi país en Europa y cómo valoran y ayudan al gobierno. Todo el que puede se va, legal o ilegalmente. Pero tengo una gran fe en Dios, él conoce todo y me sostiene”.

“… Ya conoces cómo cerca de donde vivimos hay una cárcel; era de adultos y resulta que ahora hay 3.000 niños/as de todo el país acusados de violar, robar… Para este cambio no ha habido ninguna rehabilitación; no hay escuelas ni otros servicios básicos, así que te puedes imaginar qué métodos se utilizan para la vida cotidiana de esa “ciudad infantil”.

En el mercado del pueblo han ido marcando con grandes cruces negras las casitas a destruir ya que ahora todas han de ser de ladrillo y cemento. Cuando las familias apenas logramos cubrir gastos de alimentos, escuela, vestido, ¿cómo se va a construir en duro? ¿qué tiene de malo que las casitas-tiendas de los mercados rurales sean de adobe?

Continuamente están sacando leyes nuevas, dicen que es para mejorar los cultivos y nuestra vida y todas son obligatorias, pagando muy caro si no se aplican. Por ejemplo, hay que distanciar las bananeras, hay que sembrar tal producto, hay que juntar los pequeños terrenos…, o llaman para hacer niveles de terrazas en las colinas sin que pidan permiso a los dueños de los terrenos, lo imponen.

Todas las leyes las repiten continuamente en la tv, la radio, con grandes carteles y se hacen teatrillos por todas partes. Igualmente es obligado controlar el número de hijos; primero dijeron que 3 y ahora que 2. Si las mujeres no dan a luz en el centro de salud, tienen que pagar una multa.
Casi no hay tiempo para trabajar los campos personales, lo primero es el trabajo comunitario forzado, son 3 días a la semana, y es para hacerles las casas a los que llaman “rescapés”, o sea los sobrevivientes tutsi del genocidio del 94. Conozco a un director de un colegio que está en la cárcel por decir que durante el genocidio del 94 también murieron muchos hutu.

También tenemos “formación” todos los que vivimos en las colinas, pero sobre todo los jóvenes. La última ha sido a finales de noviembre. Sentimos que no somos tratados como personas, además es obligatorio el manejo del fusil. Para ir a comer nos hacen llegar arrastrándonos y avanzando con los codos, no nos podemos lavar, tenemos que comer con las manos sucias, sin cubiertos, y una comida, por decirlo suavemente, poco agradable.

Apenas hay tiempo y posibilidades de ducharse. Nos dicen: vais a ser líderes de la nación. Es como darnos el gusto de matar para cuando llegue la ocasión. El último día hay una fiesta y de todos los lugares tenemos que ir a Kigali. Ahora tiene que constar en el carné de identidad que se ha hecho esta formación”.

“… No sé si recordarás a mi compañera de clase Edith. Acabo de hablar con ella por teléfono. Ha sido convocada a un gacaca. En los días del genocidio acogió a varios tutsi en su casa, y creo que los salvó. Después se fue al Zaire y regresó. Su marido, con una función importante en el pasado, se ha visto obligado a huir. Resulta que ahora, 15 años después de la tragedia del 94, le llaman acusándola de haberse quedado con utensilios de cocina y objetos y pertenencias de unos tutsi. Una multa de más de 1.000$; si no paga le embargarán su casa”.

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